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VISITA PASTORAL A SIENA

MISA EN HONOR DE SANTA CATALINA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza del Campo, Siena
Domingo 14 de septiembre de 1980

 

1. No olvidemos las grandes obras de Dios.

Venimos hoy a Siena para recordar, después de 600 años, esa particular obra de Dios, que aquí tuvo su comienzo: Catalina de Siena. Venimos no sólo para recordarla en esta ciudad, sino también para bendecir a Dios en ella y por ella; para dar gracias a Dios por la obra que quiso realizar en ella y mediante ella en la historia de la Iglesia y en la historia de Italia. Después de seis siglos, esta obra aún permanece viva, y todavía tiene su particular elocuencia. Catalina de Siena vive en Dios esa vida, cuyo comienzo fue injertado en ella mediante el bautismo, recibido aquí en Siena, inmediatamente después del nacimiento, acaecido, según la tradición, el 25 de marzo del año 1347. Y esta su vida en Dios, en el tabernáculo de la Santísima Trinidad, confirma de modo definitivo la verdad de las palabras que pronunció una vez San Ireneo, Padre de la Iglesia, en el siglo II: "El hombre viviente es gloria de Dios".

2. Al mismo tiempo, Santa Catalina, en quien la gracia del bautismo maduró hasta los más altos ápices en el misterio de la Comunión de los Santos, vive también una vida ulterior en la memoria y veneración de la Iglesia. El testimonio que ella dio de Cristo, Hijo del Padre, Verbo Eterno, Esposo de las almas inmortales, no sólo permanece en la Iglesia, sino que asume, diría, un significado siempre nuevo. De ello es prueba el hecho de que una de las dos mujeres, honradas por Pablo VI con el título de Doctora de la Iglesia —junto a Santa Teresa de Ávila—, es precisamente ella: Catalina de Siena.

Es difícil no maravillarse de esto. Efectivamente, ella fue una sencilla muchacha; no recibió instrucción particular alguna (aprendió a escribir cuando ya tenía bastantes años) y pasó rápidamente por la vida, como si tuviese prisa de llegar al eterno tabernáculo de la Santísima Trinidad. Todo lo que ella fue, todo lo que realizó en el curso de su vida de apenas 33 años, fue obra admirable de Dios mismo. Fue obra del Espíritu Santo, al que la virgen sienesa estuvo sometida y obediente a semejanza de esa Mujer excelsa, que permanece para nosotros modelo inalcanzable: la Madre del Salvador.

Efectivamente, favorecida con visiones celestiales desde la primera infancia, Catalina cultivó constantemente una profunda unión con el Esposo divino, aun en medio de las ocupaciones agobiantes de su vida tan agitada. Lo pudo gracias a la "celda interior", que había llegado a construir en su intimidad. "Haceos una celda en la mente, de la cual no podáis jamás salir", aconsejará más tarde a sus discípulos, basándose en la experiencia personal (Legenda maior, I, IV). Efectivamente, en ella "encontramos el manjar angélico del ardiente deseo de Dios hacia nosotros" (Carta 26).

Es en esta contemplación apasionada de los misterios de Cristo, unida con la conciencia de la propia nulidad ("Tú eres lo que no es, en cambio, yo soy el que soy": Legenda maior. I, X), donde debe buscarse el secreto de una acción, de cuya amplitud y carácter incisivo quedamos aún hoy asombrados. Es un secreto que desvela ella misma en las recomendaciones, que no se cansa de dirigir a los hijos espirituales: "Poned, poned la boca en el costado del Hijo de Dios, porque es una fuente que echa fuego de caridad, y derrama sangre para lavar vuestras iniquidades. Digo que el alma que allí descansa y mira con los ojos del entendimiento el corazón consumido y abierto por amor, recibe en sí tantas semejanzas con él, viéndose tan amada, que no puede menos de amar" (Carta 97). Es necesario remontarse a esta interior comunión de vida con Cristo, sellada por el don místico de los estigmas, para comprender el ascendiente que esta frágil e inerme muchacha pudo ejercer sobre todo género de personas, sobre nobles y plebeyos, sobre hombres de Iglesia como sobre aventureros alejados de Dios y capaces de toda violencia.

3. Es necesario acercarse a este fuego de amor para tener, además, la explicación del atractivo que la Santa de Siena continúa ejerciendo también sobre nosotros, hombres del siglo XX. En efecto, Catalina vive aún como una vida ulterior, aquí sobre la tierra, en la memoria y en la veneración de la Iglesia. Vive, particularmente, en la memoria y en la veneración de su patria. Italia, que ve en ella, junto a San Francisco de Asís, a su principal Patrona. Y con toda razón. Efectivamente, Catalina amó a Italia y gastó sin medida las propias energías para hacer frente a tantos males que la afligían: fue enfermera junto al cabezal de los apestados; fue dispensadora de ayudas para los indigentes; suscitó iniciativas de caridad en favor de los necesitados de todo género; sobre todo, fue embajadora de paz entre los individuos, las familias, los Estados.

Este es un aspecto característico de la misión de la Santa: ella supo hacer resonar eficazmente la palabra de paz allí donde se ensañaba la fiebre de la discordia. Y realmente no faltaban discordias en la sociedad borrascosa de aquellos tiempos. Odios y contiendas constituían el pan de cada día de los soberbios grupos gentilicios, transformados en facciones de armas y estragos. Sospechas, tensiones, guerras, estallaban frecuentemente entre los varios Estados, en los que entonces estaba dividida la península. Urgía la obra mediadora de una persona que estuviese con toda seguridad por encima de las partes y sin embargo suficientemente cercana al corazón de cada uno para poder abrir brecha, suscitando atención y consenso. Catalina asumió esta tarea. Sólo con la fuerza del nombre de Cristo, apoyada por un amor ardiente a los hermanos, la frágil muchacha afrontó a las facciones opuestas: llevando en los labios la invocación: "Paz, paz, paz", se interpuso entre los Gobiernos de las varias ciudades, intervino ante cada uno de los ciudadanos, llamó a todos al sentido de sus responsabilidades de hombres y de cristianos.

Con intensos acentos, y sobre todo con la fuerza irresistible de la gracia, impetrada mediante la ofrenda de sí a Dios en la oración y en las lágrimas, Catalina obtuvo conversiones y reconciliaciones, que parecen milagros.

4. Sin embargo, el aspecto que en la acción de Catalina tiene mayor relieve y que parece decidir su puesto particular en la memoria y en la veneración de toda Italia, es el estrictamente ligado con el papel que desarrolló junto a los Papas, un papel que Roma y la Sede de Pedro no pueden olvidar. Precisamente por obra de Santa Catalina los Sucesores de Pedro regresaron de Aviñón a la Sede que les había destinado la Providencia misma al comienzo de la historia de la Iglesia, en Roma precisamente, donde los Apóstoles Pedro y Pablo habían puesto los fundamentos de la fe no sólo con las palabras de la predicación, sino también con el testimonio de la muerte padecida por amor a Cristo.

Los Papas se habían trasladado a Aviñón, Francia, en los primeros años del siglo, y así numerosos obstáculos se interponían para su retorno. Catalina no se rindió. Con valentía, que le venía de la fe, habló, escribió, insistió, oró y al final consiguió: el 17 de enero de 1377 el Papa Gregorio XI regresaba a Roma, acogido por el alborozo festivo de toda la población. Un capítulo no alegre de la historia del Papado llegaba así a su conclusión.

Por este motivo, desde los primeros días de mi servicio en la Sede de Pedro, después de la visita a la basílica de "Santa Maria sopra Minerva", he deseado tanto venir a Siena (lo mismo que fui a Asís), para "unir en la tierra lo que está unido en los cielos" con el signo de esta visita. Y hoy que me es dado realizar este deseo, pronuncio, elevando mi espíritu, las palabras de la liturgia: "No olvidemos las grandes obras de Dios". Santa Catalina de Siena es una gran obra de Dios.

5. Esta visita y toda la solemnidad coinciden con el día en que la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz.

Escuchemos, pues, en el Evangelio las palabras que Cristo dirige a Nicodemo en el curso de ese diálogo nocturno, en el que el Hijo del Hombre revela a aquel escriba y a la vez ciudadano ilustre, la verdad central de la economía divina en la historia del hombre: "A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que creyere en El tenga la vida eterna" (Jn 3, 14-15).

Y escuchemos también en la segunda lectura las palabras de Pablo sobre Cristo Jesús que "se humilló hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8), y precisamente por esto "Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 9-11).

Y pensemos, al reflexionar y en cierto modo al asimilar con toda el alma estas palabras (tan obvias por la certeza de la fe y al mismo tiempo tan inescrutables por la grandeza del misterio) ...pensemos de qué modo particular fue "exaltada" la cruz de Cristo en el corazón de vuestra conciudadana, Santa Catalina. Y reflexionemos cómo ella misma fue exaltada en la cruz.

Porque aun cuando la cruz fue el signo de la ignominia del hombre, es al mismo tiempo verdad que en esta cruz el más "exaltado" es el hombre. Todo hombre. El hombre de todos los tiempos. He querido testimoniarlo inmediatamente al comienzo de mi servicio en la Sede romana mediante la Encíclica Redemptor hominis. Hoy me alegro de que el día en que me ha sido dado honrar de modo particular a Santa Catalina de Siena, junto con toda la Iglesia y especialmente con toda. Italia, coincida precisamente con la fiesta de la Exaltación de la Cruz.

Catalina tuvo la intuición clarísima del papel confiado a la cruz en la liberación y "exaltación" del hombre: "El Cordero inmaculado —escribe ella—, para dar la libertad al hombre y hacerlo libre, se entregó a Sí mismo a la oprobiosa muerte de la santísima cruz. ¡Ved qué amor tan inefable!, que con la muerte nos ha dado la vida; padeciendo oprobios y vituperios nos ha dado honor; con las manos enclavadas y ligadas a la cruz, nos ha roto los lazos del pecado" (Carta 28). "Oh dulcísimo amor Jesús —ora ella también—Tú has jugado con la muerte con los brazos en la cruz" (Carta 97), "has puesto en paz por medio de tu muerte al hombre con Dios: porque los clavos se nos han convertido en llave que ha abierto la vida eterna" (Carta 184).

6. Jesucristo continúa hablando a Nicodemo: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

El Evangelio es mensaje de vida. El cristianismo lleva profundamente en todo su contenido el sentido del valor de la vida y del respeto a la vida. El amor de Dios, como Creador, se manifiesta en esto, que El es dador de vida. El amor de Dios, como Creador y Padre, se manifiesta en esto, que el hombre, creado a su imagen y semejanza como varón y mujer, ha sido hecho por El, desde el principio, su colaborador, colaborador del Creador en la obra de dar la vida. A esta tarea está unida una particular dignidad del hombre: la dignidad generativa, la dignidad del padre y de la madre, dignidad fundamental e insustituible en todo el orden de la vida humana: individual y social al mismo tiempo.

El problema de la afirmación de la vida humana desde el primer instante de su concepción y, en caso de necesidad, también el problema de la defensa de esta vida, está unido de modo estrechísimo con el orden más profundo de la existencia de hombre, como ser individual y como ser social, para quien el ambiente primero y fundamental no puede ser sino el de una auténtica familia humana.

Por esto es necesaria la afirmación explícita de la vida humana desde el primer instante de su concepción bajo el corazón de la madre, es necesaria también la defensa de esta vida cuando está amenazada de cualquier modo (amenazada también socialmente), es necesaria e indispensable, porque, a fin de cuentas, se trata aquí de la fidelidad a la humanidad misma, de la fidelidad a la dignidad del hombre.

Se debe aceptar esta dignidad desde el principio. Si. se la destruye en él seno de la mujer, en el seno de la madre, será difícil defenderla después en tantos campos y ámbitos de la vida y de la convivencia humana.

Efectivamente, ¿cómo es posible hablar de derechos humanos, cuando se viola este derecho primigenio? Muchos disertan hoy sobre la dignidad del hombre, pero no vacilan, después, en conculcar al ser humano, cuando éste se asoma, débil e indefenso, a los umbrales de la vida. ¿No hay una contradicción en todo esto? No debemos cansarnos de afirmarlo: el derecho a la vida es el derecho fundamental del ser humano, un derecho de la persona, que obliga desde el principio.

En efecto, Dios ha amado tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El tenga la vida...

Y Dios ha amado tanto la maternidad humana, la maternidad de una Mujer —de la Virgen de Nazaret, mediante la cual pudo dar al mundo su Hijo unigénito—, que a esta luz toda maternidad humana adquiere una dimensión extraordinaria. Y sagrada.

La vida es sagrada. Es sagrada la maternidad de cada madre.

De aquí el problema de la afirmación de la vida. El problema de la defensa de la vida ya en el seno de la madre es, para todos los que confiesan a Cristo, un problema de fe y un problema de conciencia.

Y es problema de conciencia también para los otros, para todos los hombres sin excepción: lo es en virtud de su misma humanidad.

Aquí, ante Santa Catalina de Siena, Patrona de Italia, presento a Dios juntamente con vosotros, una ferviente súplica, a fin de que estas fuerzas de fe y estas fuerzas de conciencia se vuelvan a encontrar y se manifiesten en medio de esta nación, que siempre se ha distinguido por su gran amor a la familia y al niño. Pido a Dios que esta nación no disipe su herencia fundamental: herencia de vida y herencia de amor responsable, que sirviendo a la vida, se expresa a sí misma frente a Dios y frente a los hombres. Que no disipe Italia esta herencia, más aún, que la exalte en una promoción efectiva del ser humano a todos los niveles, y la traduzca en una tutela positiva y plena, incluso jurídica, de sus derechos inalienables, el primero de los cuales es y será siempre el derecho a la vida. "No olvidemos las grandes obras de Dios".

7. Las obras del Dios vivo son más grandes que el hombre y que el mundo. Más grande que el hombre y que el mundo es ese amor con el que Dios ha amado al mundo, dándole su Hijo: "Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

Catalina de Siena se convirtió para la generación de entonces y para las futuras en un testigo insuperable de ese amor, porque estaba inmersa, de modo extraordinario, en Dios y en sus "grandes problemas" (magnalia).

Tampoco faltan en nuestra generación los hombres, no faltan los jóvenes, que buscan con ardor a Dios, y estando en relación con El, descubren la profunda belleza del mundo y el sentido transcendente de la propia humanidad. Porque el mundo, por sí mismo, no aleja al hombre de Dios, sino que lo conduce a El. No en las criaturas, sino en el corazón humano, se deben buscar las causas del alejamiento de Dios, de la indiferencia espiritual y de ese estar tan absorbidos por el mundo, como si él constituyese la única dimensión del ser humano.

Hallándonos aquí ante Santa Catalina, la muchacha extraordinaria que nació en esta ciudad y se distinguió por la misión especial que le confió la Providencia para con la Iglesia y para con Italia, debemos pedir la renovación del espíritu, esto es, la capacidad de volvernos hacia Dios y de "sumergirnos" en El, como exige nuestro conocimiento actual del mundo y del hombre en el mundo.

Porque se trata de esto: que el hombre "no perezca", completamente absorbido por el mundo, sino que "tenga la vida eterna".

Esta vida no viene del mundo, sino de Dios: de esto da testimonio de modo irrefutable Santa Catalina de Siena.

La gloria de Dios es el hombre viviente, que vive la plenitud de vida que viene de Dios. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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