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MISA DE INAUGURACIÓN DEL SÍNODO DE LOS
OBISPOS 1980
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Viernes 26 de septiembre de 1980
1. Venerables hermanos en el Episcopado y queridos todos los que participáis en
la sesión del Sínodo que va a comenzar:
Conviene que iniciemos nuestros trabajos entrando en el corazón mismo de la
oración sacerdotal de Cristo. Sabemos en qué momento tan importante y tan
especial pronunció Jesús esta plegaria. Escuchemos sus palabras, cuyo contenido
resulta tan profundo, tan grande y tan luminoso: "Padre Santo, guarda en tu
nombre a éstos que me has dado, para que sean uno como nosotros" (Jn 17, 11).
Cuando la Iglesia ora por su unidad, lo que hace es sencillamente
conectar con esas palabras. Con esas mismas palabras oramos por la unión de los
cristianos. Y, sirviéndonos de ellas mismas, pedimos al Padre, en nombre de
Cristo, esa unidad que debemos realizar durante la asamblea del Sínodo de
los Obispos, que hoy comienza y que emprende sus trabajos, tras una preparación
larga y profunda, para tratar el tema relativo a la misión de la familia
cristiana.
2. Este tema ha sido elegido entre las propuestas hechas por muchos
obispos y Conferencias Episcopales, así como por los Sínodos de los padres
orientales, a la Secretaría general del Sínodo de los Obispos, la cual las
examinó atentamente. Durante las próximas semanas este tema constituirá la base
de nuestras reflexiones, ya que estamos profundamente convencidos de que, a
través de la familia cristiana, la Iglesia vive y cumple su misión que
Cristo le ha confiado. Por eso se puede decir muy bien que el tema de la
presente sesión del Sínodo es como una continuación de los tratados en las dos
sesiones anteriores. Tanto la evangelización, tema del Sínodo de 1974, como la
catequesis, que lo fue del Sínodo de 1977, no sólo se dirigen a la familia, sino
que de ella reciben su auténtica vitalidad. La familia es en realidad el
objeto primordial de la evangelización y de la catequesis de la Iglesia, y
es al mismo tiempo el sujeto indispensable e insustituible de ellas: el sujeto
creativo.
3. Precisamente para esto, para ser ese sujeto, y no sólo para perseverar en la Iglesia y recibir de ella su
fuerza espiritual, sino también para constituir la Iglesia en su
dimensión fundamental, como una "Iglesia en miniatura" (Ecclesia domestica),
la familia debe ser consciente, de un modo especial, de la misión de la Iglesia
y de su propia participación en esta misión.
A este Sínodo corresponde la tarea de mostrar a todas las familias su peculiar
participación en la misión de la Iglesia. Esta participación comporta, al mismo tiempo, la realización de la
finalidad propia de la familia cristiana en su plenitud, dentro de lo posible.
En esta asamblea sinodal queremos captar de nuevo el rico magisterio del
Concilio Vaticano II en lo referente a la verdad sobre la familia, contenida en
él, así como en lo referente a la aplicación del Concilio mismo por parte de las
familias. Las familias cristianas deben encontrar su puesto en esta tarea tan
importante. El Sínodo quiere ayudar, ante todo, a alcanzar este fin.
4. Como enseña San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de hoy, "nosotros,
siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al
servicio de los otros miembros" (Rom 12, 5). Así, pues, aunque la asamblea sinodal es, por su misma naturaleza, una forma
peculiar de actividad del Colegio Episcopal, dentro de esta misma
asamblea sentimos una necesidad especial de la presencia y del testimonio
de nuestros queridos hermanos y hermanas que representan a las familias
cristianas de todo el mundo. "Todos tenemos dones diferentes, según la gracia
que nos. fue dada" (Rom 12, 6). Y precisamente durante esta asamblea, cuyo tema es la familia cristiana y su
misión, tenemos tanta necesidad de la presencia y del testimonio de aquellos
cuyos "dones", según "la gracia" del sacramentó del matrimonio que les ha sido "concedida", son dones de vida y de vocación al matrimonio y a la vida familiar.
Queridos hermanos y hermanas: Os quedaremos muy agradecidos si durante los
trabajos del Sínodo, a los que nos dedicaremos según nuestra responsabilidad
episcopal y pastoral, compartís con nosotros estos "dones" de vuestro estado y
de vuestra vocación, aunque sólo sea con el testimonio de vuestra presencia y
también de vuestra experiencia, radicada en la santidad de este gran sacramento,
que es el vuestro: el sacramento del matrimonio.
5. Cristo Señor, antes de morir, en los umbrales del misterio pascual, ora así:
"Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado, para que sean uno
como nosotros". Entonces pide de algún modo, quizás de un modo especial, también
la unidad de los esposos y de las familias. Ora por la unión de los discípulos,
por la unidad de la Iglesia; y San Pablo compara el misterio de la Iglesia con
el matrimonio (cf. Ef 5, 21-33). La Iglesia, por tanto, no sólo coloca el
matrimonio y la familia en un lugar especial dentro de sus afanes, sino que, en
cierto modo, considera también el matrimonio como preclara imagen suya. Colmada
del amor de Cristo-Esposo, que nos amó "hasta el extremo", la Iglesia mira hacia
los esposos, que se juran amor hasta la muerte, y considera como tarea suya
peculiar salvaguardar este amor, esta fidelidad y esta honestidad y todos los
bienes que nacen de ahí para la persona humana y para la sociedad. Es
precisamente la familia la que da la vida a la sociedad. Es en ella donde, a
través de la obra de la educación, se forma la estructura misma de la humanidad,
de cada hombre sobre la tierra.
He aquí lo que dice, en el Evangelio de hoy, el Hijo al Padre: "Yo les he
comunicado las palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron... y
creyeron que tú me has enviado...; todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío" (Jn 17,
8-10).
¿No resuena, en el corazón de las generaciones, el eco de este diálogo? ¿No
constituyen estas palabras algo así como la historia viva de cada una de las
familias y, a través de la familia, de cada hombre?
¿No nos sentimos, mediante estas palabras, especialmente vinculados a la misión
del mismo Cristo: de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey? ¿No nace la familia del
corazón mismo de esta misión?
6. "Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis
vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto
racional" (Rom 12, 1).
Este sacrificio y este culto testimonian vuestra participación en el sacerdocio real de Cristo. Y .esto
sólo se realiza obedeciendo a aquella exhortación hecha por Dios, Creador y
Padre; ya que en la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, se
dice: "La palabra la tienes enteramente cerca de ti, la tienes en tu boca, en tu
mente, para poder cumplirla" (Dt 30, 14).
Y Cristo ora así por sus discípulos: "No pido que los tomes del mundo, sino que
los guardes del mal... Santifícalos en la verdad... Yo por ellos me santifico
para que ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 15-19).
He aquí, tal como aparece en la liturgia de hoy, la misión que debemos presentar
a las familias cristianas en la Iglesia y en el mundo contemporáneo:
— la conciencia de la propia misión, que brota de la misión salvífica del mismo
Cristo y se realiza como servicio peculiar;
— esta conciencia se alimenta con la Palabra del Dios vivo y con la fuerza del
sacrificio de Cristo. De este modo se hace realidad el testimonio capaz de
formar la vida de los demás, capaz de "santificar en la verdad";
— esta conciencia hace que se difunda el bien, lo único capaz de "guardar del
mal". La misión de la familia es así semejante a la función de Aquel que en el
Evangelio de hoy dice de Sí mismo: "Mientras yo estaba con ellos, yo conservaba
en tu nombre a éstos que me has dado, y los guardé, y ninguno de ellos
pereció..." (Jn 17, 12).
Sí. La misión de cada familia cristiana es la de salvaguardar y conservar los
valores fundamentales. Es salvaguardar y conservar al hombre.
7. Que el Espíritu Santo guíe y sostenga todos nuestros trabajos durante la
asamblea que hoy comienza.
Conviene iniciarla en el corazón mismo de la gran oración "sacerdotal" de
Cristo. Conviene iniciarla con la Eucaristía.
Todo nuestro trabajo durante los próximos días no será más que un servicio hecho
a los hombres: a nuestros hermanos y hermanas, a los esposos, a los padres, a
los jóvenes, a los niños, a las generaciones, a las familias, a todos aquellos a
quienes Cristo ha revelado el Padre, a todos aquellos "del mundo" que el Padre
ha dado a Cristo. "Yo ruego por ellos..., por los que tú me diste; porque son
tuyos" (Jn 17, 9).
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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