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SANTA MISA POR LA FAMILIA
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro
Domingo 12 de octubre de 1980
Queridos hermanos y hermanas:
1. Una gran alegría llena hoy nuestros corazones, por la oportunidad que se nos
concede de encontrarnos en una comunidad tan insólita y, al mismo tiempo, tan
elocuente. Mientras se desarrolla la reunión ordinaria del Sínodo de los
Obispos, que desde el 26 de septiembre está estudiando el tema "De muneribus
familiae christianae", se celebra hoy el encuentro de las familias y,
sobre todo, el encuentro de los matrimonios, que con su misma presencia dan
testimonio de esos "munera": La misión de la familia cristiana en el
mundo contemporáneo.
Resulta verdaderamente feliz este día durante los trabajos del Sínodo actual. Si
faltara este día, faltaría algo de la máxima importancia, algo esencial. Pues no
sería suficiente sólo discutir el tema estudiado por el Sínodo de los Obispos,
aunque se hiciera con la mayor competencia. Hay que hacer de este tema el
objeto de la oración y precisamente junto con vosotros. Hay que darle la
dimensión eucarística; hay que llevarlo al altar y presentarlo al Padre Eterno,
incluyéndolo en el sacrificio de Cristo mismo.
2. Por eso os saludo cordialmente, queridísimos esposos, reunidos ante la
basílica de San Pedro.
Os saludo, queridos esposos cristianos, en unión con todo el Sínodo de los
Obispos que, como yo, esperaba con impaciencia este día de encuentro con vosotros.
Os saludo y os agradezco el que hayáis venido, tan numerosos, no sólo de la
ciudad de Roma y del resto de Italia, sino también de los diferentes países y de
los diversos continentes del mundo entero.
Queridos esposos y esposas, os saludo en el amor de Jesucristo y os agradezco el
que hayáis venido a la plaza de San Pedro, que es un lugar especial de encuentro
para los cristianos de todo el mundo en la unidad de la Iglesia universal.
Estáis aquí como matrimonios de diversas partes de África, América, Australia,
Asia y Europa. Os habéis reunido aquí y estáis orando por la gran causa de la
familia cristiana en el mundo contemporáneo.
Muchos de vosotros, queridos esposos, llegáis desde lejos. Por ello, cuanto
mayores han sido las dificultades afrontadas y los sacrificios hechos, tanto más
estimada y preciosa es vuestra presencia en esta comunidad, que os recibe con
gran alegría, con fraterno afecto, con profunda gratitud.
"Este es el día que hizo el Señor" (Sal 117/118, 24). El día del Señor,
elegido de un modo particular para estar juntos. Por eso os saludo, esposos
aquí reunidos. Os agradezco de corazón vuestra presencia.
Saludo también de corazón a los esposos procedentes de los países de lengua
alemana. Como sabéis, he subrayado desde el principio la necesidad de unir
las deliberaciones del Sínodo de los Obispos sobre la misión de la familia,
a la oración de toda la Iglesia en favor de la familia. Esta oración alcanza
hoy su punto culminante. Gracias a vuestra presencia, la Iglesia de Roma se une
a toda la Iglesia con su oración intensa, profunda y llena de confianza. Así,
encomienda al Padre Eterno, por Cristo en el Espíritu Santo, la misión de la
familia en el mundo contemporáneo.
3. Y gracias a esto toda la Iglesia se siente hoy, de un modo especial,
no sólo Pueblo de Dios, sino una verdadera familia de Dios. Este día es
verdaderamente extraordinario. Lleno de alegría y de esperanza. ¡Y cuan necesario es entre los falsos caminos y las dudas que presenta la
marcha del tiempo! ¡Y cuán lleno está de la seguridad que recibe de la Alianza
eterna! Verdaderamente éste es el día que ha hecho el Señor.
Este día me recuerda muchos otros días de mi servicio episcopal, tantos
encuentros con los esposos en las parroquias que he visitado. Los he considerado
siempre como un momento clave de la visita a una parroquia. Encontrarse
con los esposos, orar junto con ellos por los problemas que constituyen el
contenido de su vocación y la finalidad de su vida. Unirse a ellos en la
comunión del sacrificio eucarístico y bendecir cada pareja de esposos y de
padres (en cuanto sea posible, con sus hijos), para renovar en ellos la
gracia del sacramento del matrimonio.
Lo mismo debe realizarse hoy en nuestra comunidad, no ya en las dimensiones de
una sola parroquia visitada por el obispo, sino, en cierto sentido, en las
dimensiones de la comunidad universal de toda la Iglesia, y esto gracias a
vuestra presencia, gracias a vuestra visita, queridos hermanos y hermanas, a
los lugares de las "memorias de los Apóstoles" en Roma. ¡Cuánto os lo
agradezco, junto con todos mis hermanos en el Episcopado, reunidos en la
presente sesión del Sínodo! ¡Esperamos tanto de este día, de esta comunión de
almas, de esta oración, de esta Eucaristía!
4. Las lecturas de la liturgia de hoy nos hablan de cómo Dios, en su designio
eterno, ha unido el deber fundamental de la familia —que es el don de la vida
ofrecido por los padres, hombre y mujer, a sus hijos, a cada nuevo ser humano—
con la vocación al amor, a la participación del amor que procede de Dios,
porque El mismo es amor. Sí. "Dios es amor" (1 Jn 4, 8).
Cuando, como leemos en el libro del Génesis, Dios creó al hombre a su imagen y
semejanza (cf. 1, 2), llamándolo a la existencia por amor, lo llamó, al mismo
tiempo, al amor. Puesto que Dios es amor y el hombre es creado "a imagen de
Dios", hay que concluir que la vocación al amor ha sido inscrita, por decirlo
así, orgánicamente en esta imagen, es decir, en la humanidad del hombre, que
Dios creó varón y mujer.
A la luz de esta verdad fundamental sobre el hombre, que es imagen de Dios,
volvemos a leer las palabras dirigidas al principio al hombre y a la
mujer: "Procread y multiplicaos; y henchid la tierra; sometedla" (Gén 1,
28).
Son palabras de bendición. Todas las creaturas vivas han heredado la bendición
del Creador, pero en las palabras pronunciadas sobre el hombre, sobre el varón y
sobre la mujer, esta bendición ha confirmado el doble don: el don de la
vida y el don del amor.
5. De este doble don del Creador se origina la familia. El sacramento del
matrimonio es el sacramento que decide sobre ella en la historia del hombre
y, al mismo tiempo, en la historia de la salvación.
Remontarse a los fundamentos mismos de los deberes que la familia debe cumplir
en cada época —que ha de cumplir también en el mundo contemporáneo— quiere
decir remontarse a este sacramento del que San Pablo escribe que es grande,
haciendo referencia a Cristo y a la Iglesia (cf. Ef 5,
22).
Durante el Sínodo, nosotros los obispos tratamos de hacer esto,
día tras día, mediante la reflexión y el intercambio de ideas, guiados por la
luz del Espíritu Santo y por la solicitud pastoral. Hoy deseamos hacerlo de un
modo especial en esta comunidad de esposos que con su vocación específica
expresan los deberes de la familia cristiana en la Iglesia y en el mundo
contemporáneo. Por eso deseamos renovar junto con vosotros, queridos hermanos, y
hermanas, la conciencia del sacramento, de la que nace y sobre la que se
desarrolla la familia cristiana. Deseamos hacer que despierten de nuevo
las potencias divinas y humanas contenidas en él. Dseamos, en cierto
sentido, entrar en el designio eterno del Creador y de Redentor y unir,
como El los ha unido, el misterio de la vida y el misterio del amor, para
que actúen juntos y se unan inseparablemente el uno con el otro.
"Lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mt 19, 6). En este "no lo
separe" está contenida la grandeza esencial del matrimonio y, al mismo tiempo,
la unidad moral de la familia.
Hoy pedimos esa grandeza y esa dignidad para todos los esposos del mundo;
pedimos esa potencia sacramental y esa unidad moral para todas las familias. ¡Y
lo pedimos para el bien del hombre! Para el bien de cada uno de los hombres. El
hombre no tiene otro camino hacia la humanidad más que a través de la
familia. Y la familia debe ser colocada como el fundamento mismo de toda
solicitud para el bien del hombre y de todo esfuerzo para que nuestro mundo
humano sea cada vez más humano. Nadie puede sustraerse a esta solicitud: ninguna
sociedad, ningún pueblo, ningún sistema; ni el Estado ni la Iglesia, ni siquiera
el individuo.
6. El amor, que une al hombre y a la mujer como cónyuges y padres,
es, al mismo tiempo, don y mandamiento. Que el amor es don: nos lo
dice, sobre todo, la segundar lectura de la liturgia de hoy con las
palabras de la Carta de San Juan: "En eso está el amor, no en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo, como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10).
Así, pues, el amor es don: "procede de Dios, y todo el que ama es
nacido de Dios y a Dios conoce" (1 Jn 4, 7). Y, al mismo tiempo, el amor es un
mandamiento, es el mandamiento más grande. Dios lo entrega al hombre
y se lo confía como misión. Lo exige del hombre. A la pregunta sobre el
mandamiento más grande, Cristo responde "Amarás..." (Mt 22, 37).
Este mandamiento está en la base de todo el orden moral. Es verdaderamente "el
más grande". Es el mandamiento-clave. Cumplirlo en la familia
significa responder al don del amor, que los esposos reciben en la alianza
conyugal.
"Si de esta manera nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos
a otros" (1 Jn 4, 11). Cumplir el mandamiento del amor significa realizar
todos los deberes de la familia cristiana. En definitiva, todos se reducen a
él: la fidelidad y la honestidad conyugal, la paternidad
responsable y la educación. La "pequeña iglesia" —la iglesia doméstica—
significa la familia que vive en el espíritu del mandamiento del amor: su verdad
interior, su esfuerzo diario, su belleza espiritual y su fuerza.
El mandamiento del amor tiene su estructura interior: "Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda, tu mente... Amarás al
prójimo coma, a ti mismo" (Mt 22, 37. 39).
Esta estructura del mandamiento. corresponde a la verdad del amor. Si Dios es amado sobre todas las cosas, entonces también el hombre ama y es
amado con toda la plenitud del amor accesible a él. Si se destruye esa
estructura inseparable, de la que habla el mandamiento de Cristo, entonces el
amor del hombre se apartará de su raíz más profunda, perderá la raíz de la
plenitud y de la verdad, que le son esenciales.
Imploramos para todas las familias cristianas, para todas las familias del
mundo, esta plenitud y verdad del amor, indicada por el mandamiento de
Cristo.
7. Dentro de poco, en nuestra gran comunidad, se realizará la renovación de
las promesas matrimoniales. Estas palabras, que los esposos pronuncian en el
rito del matrimonio, como ministros propios de este sacramento, son
maravillosas:
"Yo te quiero a ti como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte
fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los
días de mi vida".
Esta promesa, pronunciada "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo", es, al mismo tiempo, una oración dirigida a Dios, que es el amor y que
desea unir, al final, a todos en la última alianza de la Comunión de los santos.
En el momento en que, un día, pronunciasteis estas palabras, queridos
esposos, en lenguas diversas y en diferentes partes del mundo, en años, meses y
días distintos, os administrasteis el santo sacramento de vuestra
vida, de vuestro matrimonio, de vuestra familia; el sacramento en el que se
refleja el amor de Dios hacia el hombre y el amor de Cristo hacia la Iglesia.
Volved hoy, con el pensamiento y con el corazón —volved con la fe, con la
esperanza y con el amor—, a aquel gran momento. Y renovad en vuestras
almas lo que ha sido el contenido esencial del sacramento del matrimonio. Su
realidad diaria. Renovad la alianza del hombre y de la mujer. Ante el Dios de la
Alianza renovad la alianza, penetrada por el don del amor y por el don de
la vida.
8. Haced lo en unión con toda la Iglesia. En unión con todas las
familias cristianas en la Iglesia y con todas las familias en el mundo entero.
Que vuestro pensamiento y vuestra oración estén, al mismo, tiempo, cerca de
todas aquellas situaciones difíciles que durante estos días y semanas pasan ante los ojos de los
obispos del Sínodo y no dejan de suscitar su solicitud pastoral. En este acto
profundo y humilde, mediante el cual queréis renovar la gracia del. sacramento
del matrimonio, se deja sentir todo el férvido deseo de la vida y de la
santidad, que incansablemente late en el corazón de la Iglesia y se
manifiesta en el testimonio de cada familia cristiana fiel a la eterna Alianza
con el Dios del amor.
¡Y perseverad así! Que este día sea un nuevo comienzo de vuestro testimonio y de vuestra
misión. Que sea la luz que penetre las tinieblas del mundo contemporáneo.
¡Y perseverad así!, con la confianza de que, "si nosotros nos amamos mutuamente, Dios
permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto" (1 Jn 4, 12).
Amén.
© Copyright 1980
- Libreria Editrice Vaticana
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