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SANTA MISA EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Cementerio del Verano, Roma
Sábado 1 de noviembre de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estoy contento al encontrarme hoy en medio de vosotros para celebrar juntos la solemnidad de Todos los Santos, una de las más grandes del año litúrgico, ciertamente una de las más características y más entrañables para el pueblo cristiano. También me complace concelebrar esta Santa Misa con un nutrido número de párrocos de la ciudad, que representan en la comunión del altar no sólo a sus beneméritos hermanos, sino también a todas las comunidades parroquiales de Roma, siempre presentes en mi corazón y en mis preocupaciones pastorales de Obispo de la Urbe.

2. La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana. En el centro de la liturgia están sobre todo los grandes temas de la comunión de los santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento, y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús en el Evangelio según Mateo. Pero la clave de toda esta rica temática es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: "Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos"; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces y de la que saca la linfa de la propia vitalidad y de la propia identidad espiritual.

3. La primera lectura bíblica, tomada del libro del Apocalipsis de Juan, nos " transporta, en términos muy ricos de imaginación, en medio de la corte celestial, "de pie ante el trono y ante el Cordero", en un contexto de exultación desbordante y de amplios horizontes. Aquí encontramos "una muchedumbre grande, que nadie podía contar, de toda nación, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Y éste es ya un dato consolador, que da respiro a nuestra alma, puesto que se nos asegura que somos muchos para celebrar la fiesta. Cuando un día, uno preguntó a Jesús: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?", El no respondió directamente; sin embargo, aun recordando la necesidad de "entrar por la puerta estrecha", prosiguió: "Vendrán de Oriente y de Occidente, del Septentrión y del Mediodía, y se sentarán en la mesa del reino de Dios" (Lc 13, 22. 24. 29). Pues bien, hoy nosotros estamos inmersos con el espíritu entre esta muchedumbre innumerable de santos, de salvados, los cuales, a partir del "justo Abel" (Mt 23, 35), hasta el que quizá está muriendo en este momento en alguna parte del mundo, nos rodean, nos animan, y cantan todos juntos un poderoso himno de gloria a Aquel a quien los salmistas llaman con razón "el Dios de mi salvación" (Sal 25, 5) y "el Dios de mi alegría y de mi júbilo" (Sal 43, 4).

4. Efectivamente, este día, en el que vivimos con acentos especiales la realidad vivificante de la comunión de los santos, debemos tener firmemente presente que en el comienzo, en la base, en el centro de esta comunión está Dios mismo, que no sólo nos llama a la santidad, sino que también y sobre todo nos la da magnánimamente en la sangre de Cristo, venciendo así nuestros pecados. He aquí por qué los santos del Apocalipsis "clamaban con grande voz diciendo: Salud a nuestro Dios... y al Cordero" (Ap 7, 10), y luego "cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos" (7, 11-12). También nosotros debemos cantar siempre al Señor un himno de gratitud y de adoración, como hizo María con su Magníficat para reconocer y proclamar gozosamente la magnificencia y la bondad del "Padre que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz... y nos trasladó al reino del Hijo de su amor" (Col 1, 12.13). Por esto, la fiesta de Todos los Santos nos invita también a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos, sino a mirar al Señor para ser radiantes (cf. Sal 34, 6); a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios que siempre nos confunde (cf. Lc 19, 5-6); a no presumir de nuestras fuerzas, sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5, 8); y también a no cansarnos jamás de obrar el bien, puesto que en todo caso nuestra santificación es "voluntad de Dios" (1 Tes 4, 3).

5. Por su parte, el Evangelio que acaba de ser leído nos recuerda un aspecto esencial de nuestra identidad cristiana y del constitutivo de la santidad. Las bienaventuranzas pronunciadas tan solemnemente por Jesús, están, por un lado, en antítesis con algunos valores que, en cambio, aprecia mucho el mundo y, por otro, en la perspectiva de un destino futuro y definitivo, donde las situaciones son trastocadas. Se mantienen o caen todas juntas; no se puede tomar una sola de ellas, con menoscabo de las otras. Todos los santos han sido siempre y son actualmente, aunque en medida diversa, pobres de espíritu, mansos, afligidos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, obradores de paz, perseguidos a causa del Evangelio. Y así debemos ser también nosotros. Además, basándonos en esta página evangélica, es evidente que la bienaventuranza cristiana, como sinónimo de santidad, no está separada de un cierto sufrimiento o al menos dificultad: no resulta fácil ser, o querer ser, pobres, mansos, puros; no se quisiera ser perseguidos, ni siquiera por causa de la justicia. Pero el Reino de los cielos es para los anticonformistas (cf. Rom 12, 2), y también para nosotros valen las palabras de San Pedro: "Bienaventurados vosotros si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno padezca por homicida, o por ladrón, o por malhechor, o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre" (1 Pe 4, 14-16). Efectivamente, nuestra perspectiva no es a corto plazo, no tiene fin. Están escritas para nosotros las palabras iluminadoras del Apóstol Pablo: "Por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas" (2 Cor 4, 17-18).

6. Queridos hermanos y hermanas: El cementerio donde estamos reunidos nos invita a meditar también sobre nuestra suerte futura, mientras cada uno piensa en los propios seres queridos, que ya nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz. La segunda lectura bíblica de la Misa, tomada de la primera Carta de San Juan Apóstol, se expresaba así: "Ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser" (3, 2). Hay, pues, una diferencia entre lo que somos ya y lo que seremos después, es decir, en cierto sentido, entre lo que somos nosotros y lo que ya son nuestros difuntos. Entre estos dos polos se coloca nuestra espera y nuestra esperanza, que va más allá de la muerte, porque la considera solamente como un paso para encontrar definitivamente al Señor y para ser "semejantes a El, porque le veremos tal cual es" (ib.). Hoy también estamos invitados a vivir una comunión particular con nuestros difuntos, en la vigilia de la conmemoración litúrgica dedicada a ellos con la fiesta de mañana. Así, en la fe y en la oración restablecemos los vínculos familiares con ellos, que nos miran, nos siguen y nos asisten. Ellos, en espera de la resurrección, ven ya al Señor "tal como es", y por esto nos animan a proseguir el camino, más aún, la peregrinación que todavía nos queda en esta tierra. Efectivamente, "no tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura" (Act 13, 14). Lo importante es que no nos cansemos, y sobre todo que no perdamos de vista la meta final. El pensamiento dirigido a nuestros difuntos nos ayuda para esto, porque ellos ya están allí donde también estaremos nosotros. Más aún, hay un terreno común entre nosotros y dios que nos los hace cercanos, y es la misma inserción en el misterio trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que se basa en el mismo bautismo: aquí nos damos la mano, porque en este ámbito no existe la muerte, sino sólo una corriente única de vida que no acaba.

De esta fe se deriva nuestra alegría y nuestra fuerza. Que el Señor nos la conserve siempre intacta y fecunda. Y con su gracia nos proteja y nos sostenga siempre. ¡Así sea!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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