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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DEL SANTÍSIMO SALVADOR
Y DE LOS SANTOS JUAN BAUTISTA Y JUAN EVANGELISTA EN EL LATERANO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán
Domingo 9 de noviembre de 1980

 

1. Permitid, queridos hermanos y hermanas, que este domingo en que la Iglesia celebra el correspondiente aniversario de la Dedicación de la Basílica Lateranense, exprese yo, junto con vosotros, la más profunda veneración a nuestro Dios y Señor, que habita en este venerable templo.

¡Dios habita en el interior de su Iglesia!

Cuando el templo fue erigido en este lugar —y sucedió por vez primera en tiempos del Emperador Constantino—, fue dedicado a Dios solo. En efecto, se edifican las iglesias para dedicarlas a Dios, como para darle a El solo su particular propiedad y su habitación en medio de nosotros, que somos su pueblo. Y de nuestros antepasados en la fe recibimos la certeza de la verdad revelada, según la cual Dios quiere habitar en medio de nosotros. Quiere estar con nosotros. ¿De qué otra cosa, si no de esto, es testimonio la historia de los Patriarcas y de Moisés?

Y, ¿qué otra cosa testimonia, sobre todo. Cristo. Señor y Salvador nuestro que, de modo especial, es desde el principio, Patrono de la Iglesia en Letrán?

2. Sí, hace poco hemos escuchado sus palabras pronunciadas ante los habitantes de Jerusalén y ante los peregrinos que habían llegado para visitar el templo de Salomón: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Jn 2, 19). Cristo había subido al templo de Jerusalén junto con los demás y —como hemos escuchado— había echado fuera a la gente que vendía bueyes, ovejas, palomas y a los cambistas sentados allí. Y entonces, ante la reacción tan dura del Maestro de Nazaret, ante las palabras que había pronunciado en esa ocasión: "no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación", le fue hecha esta pregunta: "¿Qué señal das para obrar así?" (Jn 2, 16. 18).

La respuesta de Cristo suscitó una sensación de recelo: "Cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?" (Jn 2, 20).

Solamente los más cercanos a Cristo eran conscientes de que en lo que había dicho se había manifestado su "celo" filial por la casa del Padre, un celo que lo devoraba (cf. Jn 2, 14). Y ellos, los discípulos, entendieron después, cuando Cristo resucitó, que echando entonces a los comerciantes del templo de Jerusalén, pensaba sobre todo en el "templo de su cuerpo" (Jn 2, 21).

Así, pues, en el día en que celebramos el recuerdo anual de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que es madre de todas las Iglesias, deseamos expresar la máxima veneración a esta "morada de Dios con nosotros" (cf. Ap 21, 3), profesando que ella representa al mismo Cristo crucificado y resucitado. Cristo, nuestra Pascua; porque por El, en El y con El tenemos acceso al Padre en el Espíritu Santo; por El, en El y con El, Dios mismo, en el misterio inescrutable de su Vida Trinitaria, se acerca a nosotros para estar con nosotros, para habitar en medio de nosotros.

3. De este modo, yo. Obispo de Roma, deseo hoy expresar mi veneración al misterio de este templo al que estoy unido desde hace dos años, y deseo expresar esa veneración juntamente con vosotros, que sois una parte peculiar de la Iglesia de Roma. Sois, en efecto, la parroquia lateranense. ¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Es una gran distinción, verdaderamente singular, la vuestra! Ella os impone el deber de captar, ante todo, de modo especialmente perspicaz, el misterio del templo de Dios, que la liturgia de hoy pone tan magníficamente de relieve, y os permite también vivirlo después con la necesaria coherencia.

Al saludaros del modo más cordial, con ocasión de la visita que hoy realizo a vuestra parroquia, deseo al mismo tiempo saludar con respeto y amor a cuantos tienen un especial vínculo con este insigne templo por las funciones que ejercen en la Iglesia de Roma.

Saludo, por tanto, al señor cardenal Vicario que, en su calidad de arcipreste del cabildo de la Basílica, tiene en esta iglesia una presencia especialmente significativa y estimulante. Saludo después al vicegerente, mons. Canestri, y a mons. Plinio Pascoli, a cuyo celo pastoral está confiada la zona de la diócesis a que pertenece esta parroquia; y saludo también a los venerables canónigos del cabildo que, juntamente con los beneficiados, animan la vida litúrgica de la Basílica, participando activamente en las celebraciones que en ella se desarrollan. Aprovecho gustoso la ocasión para testimoniarles mi aprecio, mientras, al dar las gracias a cuantos prestan servicio en las Sagradas Congregaciones, en el Vicariato y en otras formas de ministerio, envío de buen grado un saludo afectuoso y un augurio cordial a todos aquellos a quienes la enfermedad les ha impedido estar aquí con nosotros en esta gozosa circunstancia.

Un saludo especialmente caluroso dirijo también al párroco, don Sergio Vazzoler, que se está prodigando con generoso celo para hacer de la parroquia, reestructurada hace cuatro años en conformidad con las normas conciliares, una comunidad viva, que circunde la gran catedral, como los hijos rodean a la madre, para que no quede sola, sin vida pastoral propia.

Saludo igualmente a los religiosos y a las religiosas de los institutos presentes en el ámbito de la parroquia, con un reconocimiento especial hacia aquellos que, directamente, se ocupan en las diversas formas de servicio indispensable para una ordenada vida litúrgica y pastoral.

Mi saludo se dirige, por último, a los laicos que componen la coral polifónica, laudablemente comprometida en la animación de las celebraciones dominicales; a los jóvenes que se están preparando para el importantísimo ministerio de la catequesis, a los que aseguran el servicio del altar en las funciones sacras, y a los miembros del consejo pastoral, que secundan con generosa disponibilidad el trabajo apostólico del párroco.

4. ¿Qué os diré, queridos fieles de la parroquia de San Juan de Letrán? Permitidme seguir a San Pablo y proponeros una frase suya, sacada de la liturgia de hoy: "Vosotros sois arada de Dios, edificación de Dios" (1 Cor 3, 9).

Dos comparaciones, cada una de las cuales habla en modo muy expresivo de cada uno de vosotros y, al mismo tiempo, de toda vuestra comunidad.

Sois la "arada de Dios", que debe su buena cosecha sobre todo al agua del bautismo. Aquí, junto a la Basílica, se encuentra una fuente bautismal muy antigua. Y aquí, con el agua de la fuente bautismal lateranense, muchos de vosotros han nacido a la vida divina en la gracia de hijos adoptivos, viniendo a formar parte de esta comunidad parroquial. ¡Cuán elogiosamente el Salmo responsorial de hoy exalta las "corrientes del río" que "alegran la ciudad de Dios" (Sal 45 [46] 5)1 Y el Profeta Ezequiel evoca la imagen de los árboles que crecen a la orilla del torrente y gracias a ello producen frutos. He aquí sus palabras: "En las riberas del río, al uno y al otro lado, se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán y cuyo fruto no faltará. Todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario, y serán comestibles, y sus hojas, medicinales" (Ez 47, 12).

Así también vosotros, queridos hermanos y hermanas, crecéis en virtud de la gracia del bautismo y producís frutos de buenas obras, frutos que deben durar para la vida eterna, si permanecéis fieles a esa gracia del bautismo.

Está después otra comparación: vosotros sois la edificación de Dios". Tal imagen expresa la misma verdad respecto a nuestro vínculo orgánico con Cristo, como "fundamento" de toda la vida espiritual: "Cuanto al fundamento, nadie puede poner otro, sino el que está puesto, que es Jesucristo" (1 Cor 3, 11).

Así escribe el Apóstol Pablo en la primera Carta a los Corintios, y seguidamente plantea a los destinatarios de su Carta —y también a nosotros— la siguiente pregunta: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (1 Cor 3, 16). Y añade todavía (son palabras fuertes e incluso en cierto sentido severas y amenazadoras): "Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo aniquilará" (1 Cor 3, 16). Para concluir después: "Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros" (1 Cor 3, 17).

5. He aquí el metro con el que conviene medir vuestra vida cristiana: cada uno de vosotros individualmente y todos juntos en el contexto de esta comunidad parroquial.

Es un metro que debe estimular el sentido de responsabilidad de cada uno, induciéndole a asumirse generosamente los deberes que derivan de su inserción, mediante el bautismo, en el Cuerpo místico de Cristo. El formar, pues, parte de esta parroquia, no grande pero especialmente significativa, a la vez que constituye para todos vosotros un título especial de honor, ofrece también a cada uno la justificación de especiales deberes. Vuestra vida cristiana se desarrolla a la sombra de la catedral del Papa, a la que vienen fieles de todas partes del mundo, para confirmar su adhesión a la Cátedra de Pedro y renovar, en el contiguo baptisterio, el compromiso de su promesas bautismales.

¿Cómo no advertir el toque de atención que supone semejante contacto habitual y su consiguiente e inevitable parangón? Vosotros podéis recibir mucho de los testimonios de fe intensa y de fervorosa devoción que dan los peregrinos procedentes de regiones a veces lejanísimas, consintiéndoos experimentar cotidiana y directamente la dimensión católica de la Iglesia. A vosotros os corresponde ofrecerles una acogida que les agrade y les haga sentirse, aquí en el centro de la catolicidad, como "en su propia casa". A vosotros os corresponde darles ejemplo de una comunidad dinámicamente tendente hacia los demás, en el deseo de hacer partícipes a todos del gozo que produce el haber descubierto el amor de Cristo. A vosotros os corresponde, sobre todo, manifestaros, en cualquier aspecto de vuestra conducta. dignos herederos de aquellos romanos, por los que San Pablo daba gracias a Dios "porque la faina de su fe se había extendido por todo el mundo" (cf. Rom 1, 8).

6. Al final de esta meditación, dirijamos una vez más la mirada de nuestra fe sobre este maravilloso templo, que hoy celebra el aniversario de su dedicación.

Y acompañen nuestro encuentro con la comunidad de la parroquia lateranense estas solemnes y gozosas palabras de la liturgia de hoy: "He elegido y consagrado esta casa para que mi nombre habite en ella perpetuamente (2 Cor 7, 16). Aleluya".

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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