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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

SANTA MISA EN EL ESTADIO «ILLOS HÖHE» DE OSNABRÜCK

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 16 de noviembre de 1980

¡Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas en el Señor!

1. Cuando Juan el Evangelista, a partir del trato confiado con su Maestro y del profundo conocimiento del corazón amoroso de Jesús, dio forma a las palabras del actual Evangelio, la plegaria de despedida del Señor, tenía ante sí las primeras comunidades cristianas: sólo trabajosamente y poco a poco se habían ido formando, primero en Palestina, después, tras una primera persecución y huida, en Antioquía y desde aquí, bajo el impulso misionero de San Pablo, en Asia Menor y Grecia, hasta llegar incluso a Roma. Sin embargo, su estabilidad era más bien escasa y arriesgada; estas comunidades como minoría vivían entre la gran mayoría de paganos dentro del Imperio romano.

A estos cristianos quiere el Evangelista consolar y fortalecer cuando les dice cómo Jesús mismo, había rogado precisamente por ellos: a ellos les ha revelado Jesús el "nombre" de Dios, a ellos les ha regalado su "gloria", en ellos debe estar el "amor" que existe entre Dios Padre y el Hijo, ellos deben ser "plenamente uno", como Jesús es uno con el Padre. ¡Poderosas palabras de consolación y de fortalecimiento interior para una vida fatigosa en la "dispersión", en la "diáspora"!

¡Hermanos y hermanas míos! A todos vosotros os traigo hoy este Evangelio, esta feliz noticia, esta eficaz oración de Jesús: vale para vosotros, los creyentes de esta antigua, venerable diócesis, que precisamente ha comenzado gozosamente el aniversario de sus 1200 años de existencia; vale para todos los católicos que viven en la diáspora de Alemania del norte y Escandinavia, a los que, hoy me quiero dirigir especialmente desde esta ciudad de Osnabrück, sede episcopal de la diócesis situada más al norte de este país.

Saludo con especial alegría a los Pastores de esta y de las vecinas diócesis, aquí presentes, especialmente a los obispos de Berlín y Escandinavia e igualmente a los sacerdotes y creyentes de cada una de las regiones y países de la diáspora. El Supremo Pastor de la Iglesia, que vive unida entre muchos pueblos, ha venido hasta vosotros, para, juntamente con vosotros, dar gracias a Dios por vuestro coraje en la fe y para fortaleceros en ella con el fin de que sigáis siendo testigos vivos de nuestra redención en Cristo.

2. La situación de fe de los católicos en esta alejada diáspora es muy varia y difícil. Más aún, precisamente en las diócesis del norte de Alemania, está decisivamente teñida de una especial circunstancia histórica. Al final de la guerra fueron muchos los que tuvieron que dejar su patria, entre ellos muchos católicos; afluyeron y se asentaron en grandes regiones de estas diócesis, que hasta entonces habían tenido una población, casi exclusivamente evangélica. Junto a su pequeño equipaje de cosas materiales estos hombres llevaban consigo, como preciosa propiedad, ante todo su fe, a menudo simbolizada solamente en el libro de oraciones que traían de su antigua patria. Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas en la fe, se acuerdan todavía de cómo, en aquel tiempo, tuvieron que buscar una nueva residencia en el extranjero, de cómo había que asegurar las más elementales necesidades vitales y de cómo, al mismo tiempo, tuvieron que ser fundadas centenares de nuevas comunidades católicas. Vosotros, bajo la dirección de activos sacerdotes y obispos, habéis construido nuevas iglesias y habéis levantado nuevos altares. Aunque vosotros mismos padecíais necesidad y vivíais con gran inquietud por vuestras familias, también en vuestra nueva patria os habéis comprometido en la organización de la vida eclesial y habéis contribuido a ello con numerosas ofrendas. Así habéis demostrado al mundo que permanecéis firmes en la fe, que no os habéis dejado desanimar por la cruz que os ha tocado: al contrario, habéis podido trocar el sufrimiento en bendición y la discordia en reconciliación. Por este ejemplo de fidelidad en la fe tenemos que estaros muy agradecidos.

Respecto al desarrollo de la vida eclesial en aquellos difíciles años recordamos también con agradecimiento a las numerosas comunidades evangélicas de este país, que durante mucho tiempo han abierto sus iglesias también a los cristianos católicos dando así, a sus Pastores la posibilidad de reunir de nuevo a su grey dispersada.

3. De hecho, tiempos duros han producido amargas heridas; pero el Señor también las ha sanado y ha ayudado. Evocando estas cosas, parece apropiado señalar hoy que vuestro país se acuerda de los innumerables muertos de la última guerra mediante el "día de duelo popular". El mismo Señor Jesucristo que ayer estuvo a vuestro lado con su fuerza consoladora, os proporciona también hoy y os proporcionará mañana la fuerza de su amor, para que, en medio de las pruebas de este tiempo, sigamos siendo testigos fidedignos de su anuncio liberador.

Así —según las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy tomada de la primera Carta de San Pedro— vosotros tenéis una buena razón "por la cual exultáis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones para que vuestra fe probada, más preciosa que el oro, que no se corrompe aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza" (1 Pe 1, 6-7). El crédito de vuestra fe: ¡Esa es vuestra suerte! ¡Una fe interior, madura, conscientemente responsable: éste puede ser vuestro regalo a toda la Iglesia! Y vosotros mismos podréis, así, lograr la meta de vuestra fe, la salvación de las almas" (ib., 9), que os ha de tocar en suerte "en la revelación de Jesucristo". "A quien amáis sin haberlo visto, en quien ahora creéis sin verle" (ib., 8). Por su resurrección de entre los muertos tenéis vosotros "una viva esperanza" en la "herencia incorruptible... inmarcesible..., que os está reservada en el cielo" (ib., 3-4). El mismo "poder de Dios" es el que os fortalece en esta fe (ib., 5), si vosotros —nos permitimos añadir— hacéis lo que os es posible para mantener vuestra fe viva y fortalecida. Vuestra situación vital como cristianos en la diáspora os presenta un desafío especial.

Pocos de entre nosotros pueden hoy, en su praxis de fe, sentirse sostenidos todavía con facilidad por un fuerte ambiente creyente. Más bien tenemos que decidirnos, conscientemente, a querer ser cristianos declarados y tener el valor, si es necesario, de diferenciarnos de nuestro ambiente. Presupuesto para un decisivo testimonio cristiano de vida así, es que observemos y tomemos la fe como una preciosa posibilidad de vida, que es superior a los modos de vivir y a la praxis vital del mundo ambiente. Deberíamos aprovechar cualquier oportunidad para experimentar cómo la fe enriquece nuestra vida, cómo produce en nosotros una adecuada fidelidad en la lucha vital, cómo fortalece nuestra esperanza contra el asalto de cualquier forma de pesimismo y duda, cómo nos motiva, fuera de todo extremismo, para un compromiso por la justicia y la paz en el mundo, cómo, finalmente, nos puede consolar en el sufrimiento y nos puede alentar. Tarea y posibilidad de la situación de diáspora es, pues, experimentar más conscientemente cómo la fe ayuda a vivir más plena y profundamente.

4. Nadie, sin embargo, cree para sí mismo. El Señor ha convocado a sus discípulos en una comunidad, en un Pueblo de Dios peregrino, en la Iglesia, que El, con su fuerza vital, vivifica como un cuerpo vivo. Allí donde varios creyentes se reúnen para la profesión común, la celebración, la oración y la actuación, allí quiere el Señor encontrarse con ellos. "Donde están dos o tres congregados en mi nombre; allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). ¡Como si el Señor quisiera, con estas palabras, aludir precisamente a una situación de diáspora, no habla de miles, ni de cientos, ni de diez, sino de "dos o tres"! Ya aquí nos promete el Señor su presencia corroborante.

Respecto a esto, vuestras diócesis y comunidades parroquiales ofrecen múltiples posibilidades de encontrar no uno o dos creyentes, sino enteras comunidades y grupos. Por ello quisiera yo agradecer de corazón, en este lugar, a todos los sacerdotes y colaboradores laicos, que se comprometen, a pesar de grandes dificultades, incansablemente, con abnegado celo, en pro de una vida comunitaria viva y fructífera. Al mismo tiempo pido a todos los creyentes que en nombre de Dios aprovechen todas las oportunidades que se les ofrecen para la mejora de su fe y su futuro. Sed especialmente asiduos y fieles en la asistencia a la Santa Misa el domingo o el sábado por la tarde. Y donde la asistencia a la celebración eucarística dominical no sea posible por causa de las grandes distancias, pero haya una celebración de la Palabra de Dios, quizás con distribución de la sagrada comunión, ¡tomad parte en ello! Donde estamos reunidos en el nombre de Jesús allí está El, en medio de nosotros.

5. Ante todo, sin embargo, yo quisiera animaros a buscar el contacto con vuestros compañeros creyentes evangélicos en la fe sincera y a profundizar en ello. El movimiento ecuménico de los últimos decenios os ha hecho ver claramente cuán unidos están con vosotros los cristianos evangélicos en sus preocupaciones y alegrías y cuánto tenéis en común con ellos, cuando vosotros y ellos vivís honrada y consecuentemente la fe en nuestro Señor Jesucristo. Por ello, agradecemos de todo corazón a Dios que las diversas comunidades eclesiales en vuestras tierras ya no vivan sin comprenderse ni se cierren temerosamente en sí mismas unas en relación con las otras. Más bien ya habéis hecho a menudo la feliz experiencia de que una comprensión y una aceptación mutuas eran especialmente fáciles, cuando ambas partes conocían bien su propia fe, la afirmaban con alegría y apreciaban mucho vivirla en comunidad con los propios hermanos de fe. Yo quisiera animaros a seguir por ese camino.

Vivid vuestra fe como cristianos católicos agradecidos a Dios y a vuestra comunidad eclesial, dad un testimonio fidedigno de los valores propios de vuestra fe con toda humildad y sin arrogancia, y animad discreta y amorosamente también a vuestros compañeros creyentes evangélicos a que fortalezcan y profundicen sus propias convicciones de fe y sus formas religiosas de vida en Cristo. Si realmente todas las Iglesias y comunidades crecen hacia la plenitud del Señor, su Espíritu nos mostrará, con toda seguridad, el camino para alcanzar la unidad interna y externa de la Iglesia.

Jesús mismo ha orado por la plena unidad de los suyos: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Es lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Y una vez más, todavía más encarecidamente, Jesús pide a su divino Padre: "Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en dios y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí" (Jn 17, 22-23).

Esta petición por la unidad debe valer, según la voluntad de Jesús, también para todos y cada uno de los cristianos, que se apoyan mutuamente y se fortalecen en la fe. "Pero no ruego sólo por éstos", así ora Jesús, "sino por cuantos crean en mí por su palabra (ib., 20). Por eso podemos esperar confiadamente que todos los diálogos ecuménicos, toda oración y actuación comunitaria de cristianos de diferentes confesiones están comprendidos en esta oración de Jesús: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean una cosa en nosotros". De esta unidad depende la credibilidad del anuncio de la redención mediante la muerte y resurrección de Cristo: "para que el mundo crea que tú me has enviado" (ib., 21). Una condición expresa, ciertamente, el Señor en la misma oración: "Y yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que tú me has amado, esté en ellos y yo en ellos" (ib., 26). Así pues, nosotros rezaremos y actuaremos ecuménicamente, realmente en "el nombre de Jesús", si guardamos el amor a Cristo y a los demás y si ponemos como fundamento de todos nuestros esfuerzos una profunda unidad.

Yo confío firmemente en que esta oración del Hijo de Dios, nuestro Señor y hermano, por la unidad de todos los cristianos, alguna vez producirá su pleno fruto. Nosotros queremos pedirle a El que permita que se haga realidad en nosotros lo que el Profeta nos ha anunciado hoy en la primera lectura: "Yo os tomaré de entre las gentes y os reuniré de todas las tierras y os conduciré a vuestra tierra. Y os aspergeré con aguas puras y os purificaré de todas vuestras impurezas, de todas vuestras idolatrías... Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo... Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir por mis mandamientos y observar mis preceptos y ponerlos por obra" (Ez 36, 24-28).

6. ¡Queridos hermanos y hermanas! vosotros vivís vuestra fe ciertamente en condiciones difíciles. Otras diócesis de vuestro país, que se encuentran en mejores condiciones, están a vuestro lado solidariamente, con múltiples ayudas, sobre todo mediante la muy valiosa y eficaz organización de la obra de San Bonifacio. Por vuestra parte, vosotros colaboráis en la obra Ansgar, con la que prestáis fraterno apoyo y asistencia a las diócesis escandinavas. En el Reino de Dios nada pierde quien sabe compartir; más bien al contrario, sólo llegará a ser un verdadero discípulo de Cristo quien se haga pobre por nosotros, para hacernos ricos a todos nosotros (cf. 2 Cor 8, 9).

Ser cristiano en la diáspora es algo que hay que vivir con la conciencia de pertenecer a una gran comunidad de hombres, al Pueblo de Dios a partir de todos los pueblos de esta tierra. También en la "dispersión" estáis, junto con vuestros sacerdotes y obispos, unidos y de múltiples maneras a la Iglesia de vuestro país y a la Iglesia universal. Por eso entiendo que es una gran dicha el que yo, como Obispo de Roma, hoy, el segundo día de mi visita a Alemania, pueda estar precisamente en esta ciudad episcopal conectada con el territorio más nórdico de Europa y esté celebrando con vosotros esta Santa Eucaristía.

Eucaristía significa acción de gracias , de la comunidad creyente al Señor "en comunión con toda la Iglesia", tal como rezamos en el primer canon de la Misa. Hoy queremos, unidos a todos los creyentes, dar gracias a Dios por los favores, mediante los cuales ha guardado y fortalecido El vuestra fe y vuestro amor a la Iglesia, incluso en circunstancias difíciles y en tiempos de duras pruebas. La celebración de la Misa es la inagotable fuente de energía para la vida religiosa y para el mantenimiento de la fe de todo cristiano. Ella conserva y alimenta nuestra comunión con Cristo, a través de la comunión viva con su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Cuando la santa comunión se parte se nos ofrece el pan del Señor y su cuerpo, nosotros vivimos y realizamos clara y comprensiblemente esa interna unidad del Cuerpo de Cristo, la comunión de todos los creyentes. ¡Tomad, pues, hoy nuevamente conciencia, con feliz agradecimiento, de esa profunda unidad interna de la Iglesia por encima de todas las fronteras y límites humanos! ¡Llevad esta conciencia, como precioso tesoro, a vuestras comunidades, a vuestro vecindario, a vuestras familias! Pues, como 'creyentes, jamás sois sólo "pocos", jamás estáis "solos", sino unidos con "tantos", que, a lo largo y ancho del mundo, a través de la fe y la esperanza siguen  con vosotros al Señor Jesucristo y dan testimonio de su amor redentor. El es la fuerza de nuestra fe y el fundamento de nuestra confianza, El os bendiga a vosotros y a vuestras familias y conduzca vuestro peregrinar como cristianos católicos hasta su meta eterna, a la patria definitiva de todos los creyentes, os conduzca de la dispersión de este tiempo a su Reino eterno. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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