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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

SANTA MISA PARA LOS RELIGIOSOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Santuario mariano de Altötting
Martes 18 de noviembre de 1980

 

¡Queridos hermanos y hermanas en el Señor!

1. En el peregrinaje por vuestro país llegamos juntos a la casa del Señor, a este santuario, para encontrarnos de manera especial con María, Nuestra amada Señora. En este encuentro tomáis parte sobre todo vosotros, estimados hermanos y hermanas, que tenéis una especial vocación como miembros de órdenes, institutos seculares y otras comunidades religiosas. Podéis decir de vosotros que, por vuestra entrega consagrada y total, "vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3).

Con vosotros llego yo, como peregrino, a esta capilla de gracia de Altötting. Con vosotros, me alegro por la presencia del señor cardenal Joseph Ratzinger, arzobispo de Munich y Freising, del Pastor de la diócesis de Passau, obispo Anton Hofmann, de otros obispos, obispos también de fuera, así como de numerosos peregrinos —sacerdotes y laicos— de Baviera y regiones vecinas, que aquí se han reunido para esta vespertina celebración eucarística. ¡Un cordial "Dios os lo pague" por vuestra venida! ¡Os agradezco la oración y los callados, a veces escondidos, sacrificios con que venís preparando religiosamente, desde hace varias semanas, este encuentro! Os agradezco la fidelidad manifestada en vuestro saludo al Sucesor de Pedro. Una unión tan cariñosa me permite encontrarme entre vosotros como en casa, en la festividad de la Dedicación de la basílica de San Pedro y San Pablo en Roma.

Permitidme comparar esta visita nuestra a Altötting con la visita de María a Zacarías e Isabel. Confío en que esta visita produzca abundantes frutos si intentamos asemejarla a la de María. A este respecto vamos a dejarnos conducir en lo posible por la luz de la Palabra de Dios escuchada en esta Liturgia.

2. María entra en casa de sus familiares, saluda a Isabel y escucha de ella las palabras de saludo. Estas palabras nos resultan profundamente familiares. Las decimos incontables veces, sobre todo cuando consideramos los misterios del Rosario: " ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42). Así saluda la mujer de Zacarías a María. Con ello expresa una primera bienaventuranza, cuyo eco resuena en la historia de la Iglesia y de la humanidad, en la historia del corazón y pensamiento humanos. ¿Pudo el hombre alcanzar algo más elevado? ¿Pudo experimentar de sí mismo algo más profundo? ¿Pudo el hombre, mediante el desarrollo de su humanidad, mediante el entendimiento, la grandeza de espíritu u obras heroicas, ser elevado tan alto como le tocó en suerte en este "fruto del vientre" de María, en quien se ha hecho carne la eterna Palabra, el Hijo esencialmente igual al Padre? ¿Puede la amplitud del corazón humano recibir una mayor plenitud de verdad y amor que la de que Dios se ofrezca a Sí mismo, entregue al hombre su Hijo único? ¡El Hijo de Dios se hace hombre, concebido por obra del Espíritu Santo! ¡Sí, realmente Tú eres, María, la más bendita entre todas las mujeres!

Isabel añade a su primera bienaventuranza otra segunda: "Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor" (Lc 1, 45). Isabel elogia y ensalza la fe de María.

Ella ha tratado de comprender la grandeza singular del momento en que la Virgen de Nazaret escuchó las palabras de la Anunciación. Pues este anuncio había hecho saltar todas las medidas del entendimiento humano, a pesar de la gran tradición del Antiguo Testamento. Y he aquí que María no sólo ha escuchado estas palabras, no sólo las ha aceptado, sino que ha dado a ellas la respuesta totalmente adecuada: "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Una tal respuesta exigía de María una fe incondicional, una fe según el modelo de Abraham y Moisés, todavía mayor. Isabel elogia precisamente esta fe de María.

3. ¡Mis queridos hermanos y hermanas! Atendiendo al misterio de la vocación personal de cada uno de vosotros, podríamos repetir en cierto modo —guardando las proporciones, por supuesto—: "Dichosa la que ha creído". La fe de María ha brillado también en vosotros cuando habéis pronunciado vuestro "Fiat", vuestro sí a la llamada, al especial seguimiento de Cristo. Sólo en la fe podíais vosotros —igual que los discípulos en el lago de Genesaret— dar los primeros pasos tras la llamada del Señor: en la fe habéis oído la Palabra del que llama; en la fe habéis dejado vuestro anterior espacio vital con todas sus posibilidades; en la fe habéis emprendido el seguimiento del Señor, dispuestos desde ese momento a esperar el sentido y la fecundidad de vuestra vida sólo a partir de la total unión con Cristo.

Por la fe en la fidelidad del que llama y en la fuerza de su Espíritu os habéis puesto a disposición de Dios en los votos de pobreza, virginidad consagrada y obediencia; y ello no como "compromiso revocable", no como "vida ad tempus", no como colaboración en un grupo que se reúne para una tarea y se deshace a discreción. No, vosotros habéis pronunciado, en la fe, un Sí para todo y para siempre, que encuentra su expresión en vuestro modo de vivir, e incluso en vuestro hábito religioso. En nuestro tiempo en el que no se tiene la valentía de aceptar los compromisos, y tantos prefieren una "vida a prueba", os corresponde dar testimonio de que cabe arriesgarse en un compromiso definitivo, en una decisión por Dios que comprenda toda la vida; algo que os hace libres y felices, si se renueva cada día.

Vuestro sí, dado ya desde hace años o decenios, tiene que ser fortalecido siempre de nuevo en el Señor. Para eso se necesita la profunda escucha diaria del misterio de Dios, siempre más grande, el diario adentrarse en su amor crucificado y crucificante. Sólo El puede mantener vivo en vosotros el don de la vocación. Sólo El puede, mediante su Espíritu, superar las debilidades experimentadas una y otra vez.

También el Sí de María, pronunciado con una decisión única, tuvo que ser mantenido por Ella permanentemente, renovándolo siempre hasta el momento de la cruz, donde ofreció a su propio Hijo y se convirtió en nuestra Madre. El que ha tomado el Sí de María como cooperación a la redención, quiere también tomar el vuestro en consideración. ¡Vosotros lo habéis pronunciado! ¡Repetidlo de nuevo cada día! ¡Entonces valdrá también para vosotros el: "Dichosa la que ha creído!".

4. La fe permite que el estado religioso se convierta en testimonio especial del Reino de Dios que se acerca. Cristo habla de este Reino en conexión con el misterio de la resurrección de la carne: "En la resurrección ya no se casarán" (Mt 22, 30). En la liturgia que hoy celebramos junto a Nuestra Señora de Altötting, está expresado este misterio en la Carta de San Pablo a los Corintios: "Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: 'La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?¿Dónde está, muerte, tu aguijón?'. El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado la ley. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo" (1 Cor 15, 54-57).

Estas incisivas palabras del Apóstol de los Gentiles han sido leídas hoy en honor de María. Ella, en efecto, ha alcanzado la participación completa en la resurrección de Cristo mediante la Asunción a los cielos.

Pero estas mismas palabras el Apóstol las dirige también a vosotros, queridos hermanos y hermanas; puesto que, con el gran Sí de vuestra vida, habéis escogido el celibato consagrado a Dios "por amor del reino de los cielos" (Mt 19, 12). ¡Así, sois vosotros un signo visible del Reino de Dios que se acerca!

¡Que el corazón de cada uno de vosotros que habéis renunciado a la paternidad y maternidad terrenas se vea siempre lleno de la inestimable riqueza de la paternidad y maternidad espirituales, de la que muchos de vuestros hermanos tienen una urgente necesidad! ¡Vosotros no amáis menos; vosotros amáis más! Que vosotros os prestáis, de una manera muy profunda, a preocuparos de los demás, a ayudar, a curar, a formar, a guiar y a consolar, lo testifican, no en última instancia, las múltiples, a menudo conmovedoras, cartas en que se suplica al Papa que no permita que hermanas, padres o hermanos sean retirados de un parvulario, de una escuela, de una residencia de ancianos o de un hospital, de un trabajo social o de una parroquia.

¿Por qué se estima tanto vuestro servicio? Ciertamente, no sólo por vuestra competencia o habilidad; no sólo porque, gracias a vuestra elección de vida, podéis dedicar más tiempo al mismo; sino en primer lugar porque los hombres notan que a través de vosotros actúa Otro. Pues en la medida en que vosotros vivís con plena dedicación al Señor, transmitís algo de El; y así llegáis finalmente hasta el corazón humano.

Vosotros le amáis, a El, en todos los que han sido confiados a vuestro múltiple cuidado, a vuestra oración intercesora, a vuestro escondido sacrificio. A El servís vosotros en "los enfermos y ancianos, los impedidos y minusválidos, de quienes nadie se preocupa..., en los niños, en los jóvenes, en la escuela, en la catequesis y en el cuidado de almas. A El le servís vosotros en los trabajos más sencillos, así como en el cumplimiento de tareas que a veces requieren gran formación" (cf. . Alocución del 5 de junio de 1979 en Tschenstochau). Por El muchos de vuestras comunidades dejan su patria para servir al Reino de Dios, con incansable actividad, en las jóvenes Iglesias. A El buscáis y le encontráis por todas partes, como la novia de El Cantar de los Cantares: "...hallé al amado de mi alma" (Cant. 3, 4). Esta plenitud de vida —por la que vosotros le encontréis en todo y todo lo encontréis en El— es igualmente el mejor estímulo para que los jóvenes cristianos se lancen en la Iglesia a la aventura de seguir la llamada de Jesús —también la llamada a los consejos evangélicos—. En vosotros pueden ver ellos claramente que quien se da, ha encontrado el sentido de su vida (cf. Mc 8, 35).

5. María, hacia la que hemos peregrinado hoy en Altötting, lleva consigo las facciones de aquella mujer que nos describe misteriosamente el Apocalipsis: "Una mujer envuelta en el sol; con la luna debajo de sus pies y sobre la cabeza una corona con doce estrellas" (Ap 12, 1). Esta mujer que está al final de la historia de la creación y salvación, corresponde evidentemente a aquella de quien se dice, en las primeras páginas de la Biblia, que "aplastará la cabeza de la serpiente".

Entre este prometedor inicio y el final apocalíptico precisamente, María ha dado a luz a un hijo, "que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro" (Ap 12, 5).

Su talón es el que será perseguido por aquella primera "serpiente". Es aquella con quien lucha el dragón apocalíptico, pues como madre de los redimidos es imagen de la Iglesia, a la que también llamamos madre (cf. Lumen gentium, 68).

Queridos hermanos y hermanas: ¡Estáis llamados de manera especial a tomar parte en esta lucha espiritual! Estáis llamados a esta duradera confrontación que mantiene nuestra Madre la Iglesia, y que conforma en ella la imagen de la mujer, la Madre del Mesías. Vosotros, los que encontráis en la adoración del Dios Santo el centro de vuestro oficio, estáis también especialmente expuestos a la impugnación del mal —como quedó ejemplarmente patente en la tentación del Señor—. La lucha se desencadena entre la Palabra de Dios y la palabrería del mal. Entre el "¡Di que estas piedras se conviertan en pan!", y el "No sólo de pan vive el hombre" (Mt 4, 3 s.). Dios quiere que sometamos la tierra (cf. Gén 1, 28), llevando a plenitud la tierra —y a nosotros mismos—. La tentación del mal quiere que desfiguremos la tierra y a nosotros mismos; que el trabajo nos esclavice y el ocio nos mime; que ofrezcamos infinitos sacrificios a lo exterior a nosotros, y nos atrofiemos interiormente; que decoremos la casa y nos quedemos sin hogar; que nos preocupemos del tener y nos olvidemos del ser; que la posesión llegue a ser nuestro "dios" (cf. Flp 3, 19). Con la lucha interior por el espíritu de pobreza y la significativa visibilidad de esta pobreza vosotros ayudáis, queridos hermanos y hermanas, a todos los miembros de la Iglesia y de la humanidad a administrar cuidadosamente este mundo, a poseer las cosas de manera que no nos posean ellas, a no convertir la subsistencia de la vida en él contenido de la vida.

"Déjate caer", dice la segunda tentación de Jesús (cf. Mt 4, 5). Lánzate a la aventura, atrévete a saltar al reino de los sueños, así se dice hoy; embriágate de la abundancia de la vida, en la borrachera de la velocidad, en la borrachera de la sensualidad, en la borrachera de las alucinaciones, en la borrachera de la violencia. Dios nos ha dado un corazón para vivir y todo lo que nos puede llenar, sobre todo el tú. Pero sin El todo es demasiado poco. O buscamos en El nuestra felicidad, o nos equivocamos —lanzados a la caza de la felicidad, de desengaño en desengaño, hasta el hastío y la náusea—. Con vuestra renuncia a la realización en el tú del matrimonio y con el especial fomento de la apertura amorosa a Dios, queridos hermanos y hermanas, ayudáis a todos en la Iglesia a darse sin perderse; a acercarse unos a otros para crecer juntos en Dios; a alegrarse de lo que pasa, tal como reza la Liturgia, de tal manera que al mismo tiempo ya se esté unido a lo eterno (XVII domingo del tiempo ordinario).

Todavía más peligroso y deslumbrante que el mundo y el tú, en cuanto a posesión y felicidad, es el yo y su ansia de realización. Dios quiere al hombre "a su imagen y semejanza" (cf. Gén 1, 26, s.); Lucifer lo quiere como anti-Dios —que rehúsa la adoración— (cf. Jer 2, 20), y como precio por ello se postra ante el ídolo: "Mostrándole todos los reinos del mundo...: todo esto te daré si de hinojos me adorares" (Mt 4, 8 s.). Todas las formas creadas, como toda autorrealización —en la política, en la economía, en la vida espiritual y también en la Iglesia—, tiene el peligro de la vanidad, del orgullo y de la falta de consideración. Queridos religiosos, mediante vuestra fiel lucha en el espíritu de la obediencia y su signo visible, la obediencia al superior, ayudáis a todos los creyentes y a la Iglesia misma a reconocer la tentación del poder y a superarla; ayudad a fortalecer la libertad en la entrega.

Precisamente hoy, quizás más que antes, necesita el Reino dé Dios, que "sufre violencia" (cf. Mt 11, 12), nuevos "luchadores", adecuados a las tentaciones y exigencias de nuestro tiempo. Habrá que encontrarlos en vuestros conventos y comunidades, conformados por la vida comunitaria. Tened el convencimiento de que tales hombres y mujeres de corazón . grande arrastrarán tras de sí nuevas generaciones que sigan a Cristo, y "así renuevas la faz de la tierra" (Sal 103 [104], 30), ¡tanto hoy como mañana!

6. En estos días de mi peregrinaje entre vosotros recuerda la Iglesia a tres Santos de vuestra patria. A ellos quisiera yo encomendar, como despedida, vuestro camino y servicio en la Iglesia. Que San Alberto os ayude a escuchar la llamada de Dios a partir de los signos de los tiempos y a dar respuesta según el espíritu de vuestros fundadores. Que Santa Gertrudis os obtenga el ardor y el fruto del encuentro con Dios en la contemplación y la liturgia. Que Santa Isabel os comunique el fino sentido y la ilimitada apertura en la donación a todos los que os necesitan.

Alberto, Gertrudis e Isabel, a ellos se une, aquí en Altötting, el humilde-feliz portero del convento de Santa Ana, el Santo Hermano Conrado. Le vemos arrodillado en su celda, delante de la ventanita que le habían abierto a través del muro, expresamente para que pudiera ver continuamente el altar de la iglesia. ¡Atravesemos también nosotros, en medio de cada día, los muros de lo visible para poder conservar en los ojos al Señor siempre y por todas partes!

Junto con María queremos nosotros ahora proseguir nuestra visita a su tan querido santuario. Entremos unidos a Ella y repitamos:

"Mi alma engrandece al Señor, y exulta de júbilo mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humanidad de su sierva; por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que fe temen" (Lc 1, 46-50).

¡Es verdad, mis queridos hermanos y hermanas! ¡El Todopoderoso ha obrado "cosas grandes" en cada uno de vosotros! ¡En cada uno de vosotros! ¡No paréis de alabarle! ¡No paréis de darle gracias! ¡No dejéis de revitalizar cada día vuestra donación total, vuestra Vocación, bajo el amparo de la Inmaculada Virgen, nuestra querida Señora de Altötting!

¡Así vivirá en vosotros el Reino de Dios!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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