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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

SANTA MISA PARA LAS ASOCIACIONES Y CONSEJOS DE LOS LAICOS

HOMILÍA EL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza de la catedral de Fulda
Martes 18 de noviembre de 1980

 

1. Permitidme, venerables hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal, hermanos y hermanas de las órdenes y congregaciones religiosas; permitidme, los representantes aquí presentes del apostolado laical, que en primer lugar manifieste mi veneración a aquél a cuya tumba hemos venido en esta peregrinación, aquí en Fulda, en el santuario de vuestra nación.

San Bonifacio era benedictino, miembro de aquella venerable orden que en el tiempo de Gregorio Magno había llegado a las islas Británicas con el monje Agustín. Bonifacio aceptó la llamada de los pueblos que en Germania habitaban las regiones al este del Rhin. El la siguió como la llamada de Cristo, y puso así sus pies en el país de vuestros antepasados.

San Bonifacio, obispo y mártir, significa el "comienzo" del Evangelio y de la Iglesia en vuestro país. Hemos llegado aquí hoy para enlazar con este "comienzo"; para abrirnos a sus dimensiones. Este "comienzo" significa la obra de Dios mismo que se ha servido del testimonio de un hombre: del testimonio de Bonifacio, de su vida y de su martirio.

2. En la segunda lectura nos habla San Pablo con las palabras de su Carta a los Tesalonicenses, pero ninguno puede dudar de que las palabras del Apóstol de las Gentes también pueden ser puestas en la boca del apóstol de Alemania. Ellas brotan también de su corazón, como una vez habían brotado del corazón de Pablo de Tarso.

"Nos atrevimos (confiados) en nuestro Dios, a predicaros el Evangelio de Dios en medio de mucha contrariedad" (1 Tes 2, 2). ¿Entre vosotros? ¿Cuáles eran aquellos pueblos? ¿Cómo suenan los nombres históricos de aquellas estirpes entre las cuales había llegado Bonifacio como misionero? Los historiadores nombran a los turingios y a los hesenios, los alemanes, los bávaros y los frisos. San Bonifacio, ante cuya tumba aquí en Fulda, estamos detenidos, trajo a estos pueblos las palabras del Evangelio y aquel amor de carácter único que en virtud de la fuerza del Espíritu Santo se había convertido en herencia de su propio corazón, para él como para otros muchos antes de él y después de él: para los apóstoles, misioneros y pastores. "Como apóstoles de Cristo", escribe San Pablo, "nos hicimos como pequeñuelos y como nodriza que cría a sus niños; así, llevados de nuestro amor por vosotros, queremos no sólo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas; tan amados vinisteis a sernos" (1 Tes 2, 7-8).

3. Traslademos ahora nuestra atención de la lectura de la Carta a los Tesalonicenses al Cenáculo el día antes de la Pascua. Cristo dice: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). Vemos una contraposición plena de significado: Siervo es aquél que no sabe; amigo, por el contrario, aquél a quien se da participación, aquél a quien se confía todo; aquél que sabe.

¿Y qué es lo que sabe y conoce este amigo y apóstol? Conoce, aquello que Cristo mismo ha oído del Padre. Porque Cristo ha hecho partícipes de aquello que ha oído del Padre precisamente a los que El ha elegido: los apóstoles, los amigos.

Bonifacio, que hace muchos siglos llegó al país de vuestros antepasados, tenía la misma conciencia y certeza, con la que Cristo había fortalecido a sus apóstoles en el cenáculo, cuando los llamó amigos. Nosotros predicamos porque probados por Dios se nos había encomendado la misión de evangelizar; "y así hablamos, no como quien busca agradar a los hombres, sino sólo a Dios, que prueba nuestros corazones" (1 Tes 2, 4). Estas palabras proceden de San Pablo, el Apóstol de las naciones, pero la liturgia de este día las coloca también en la boca de Bonifacio, el apóstol de Alemania. Y lo hace así con perfecto derecho. La obra de la evangelización que él había llevado a cabo en vuestro país se apoya en el hecho de que anunció las enseñanzas de Dios. Y no sólo las enseñanzas de Dios. El estaba también dispuesto a entregar su misma vida movido por el amor que sentía por aquéllos a los que había sido enviado. El Evangelio y la Iglesia están levantados sobre el fundamento de la verdad y del amor divinos que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5).

4. Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. No puede gustarles siempre. Porque no puede ser falsificado con vanas lisonjas, ni se puede buscar en él ninguna ventaja personal, ni tipo alguno de fama o celebridad. A los oyentes les parecerá "palabras duras", y quien lo anuncia y lo confiesa se convertirá en "signo de contradicción". Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: "Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece" (Jn 15, 19). Y también: "Sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros" (ib., 15, 18).

En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: "concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida" (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene "del Padre".

Este cruce de ambas corrientes perdura y se repite de modos diversos a lo largo del curso de la historia. Cristo sigue viviendo en su centro. Cristo no ha venido al mundo para condenarlo desde el alto tribunal de la absoluta verdad trascendental. El ha venido para que el mundo sea salvado por El. Y por eso mismo envía a sus discípulos al mundo: al "mundo entero". Y les dice: "Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaren mi palabra, también guardarán la vuestra" (Jn 15, 20). ¿No se demuestra, aquí en Fulda, junto a la tumba de San Bonifacio, que estas palabras son perennemente sublimes?

5. Hemos considerado todo esto que encierra la liturgia de la Palabra de este día, y lo hemos meditado con toda solicitud para manifestar nuestra veneración al primer Patrón de Alemania. Pues todas las palabras de la liturgia hacen referencia a él, todas hablan de él. Y es precisamente por esto por lo que él ha llegado a convertirse en una piedra angular de la Iglesia de vuestra nación: porque esas palabras han encontrado cumplimiento en él.

Como la levadura penetra en la harina, así también Bonifacio con su testimonio ha penetrado y transformado los corazones en el espíritu de Cristo. Recordemos con él a todos los hijos e hijas de vuestra patria, diciendo de ellos las palabras de la primera lectura tomada del libro de Ben Sirac: "Alabemos a los gloriosos varones, nuestros padres, que vivieron en el curso de las edades; grande gloria les confirió el Señor, y magnificencia desde el principio. Ejercieron en sus reinos el señorío y fueron famosos por su valor. Consejeros de gran prudencia, que todo lo veían en visiones proféticas. Fueron honrados entre sus coetáneos e ilustres en sus días. Muchos de ellos dejaron gran nombre para que se canten sus alabanzas. Mas los primeros fueron hombres piadosos, cuya justicia no cayó en el olvido. La dicha perdura con su linaje" (Ben Sirac 44, 1-3. 7-8. 10-11).

¡Cuántos hombres y apellidos se podrían citar aquí! Valgan sólo unos ejemplos: Bruno de Querfuhrt y Benno de Meissen; Hildegarda de Bingen e Isabel de Turingia; Eduvigis de Andechs y Gertrudis de Helfta; Albert Magno y Pedro Canisio; Edith Stein y Alfred Delp, Franz Stock y Karl Sonnenschein. Ciertamente su "justicia no cayó en el olvido..." (Ben Sirac 44, 10). "Sus cuerpos fueron sepultados en paz, y su nombre vive de generación en generación. Los pueblos se hacen lenguas de su sabiduría y la asamblea pregona sus alabanzas" (ib., 44, 14-15).

6. Y mirad, efectivamente, al seguir nosotros el razonamiento de la lectura veterotestamentaria y al dirigir nuestra mirada a este maravilloso ejemplo que la liturgia pone ante nosotros, llegamos. hasta la actualidad, hasta vuestra generación.

Queridos hermanos y hermanas: De hecho, a pesar de todas las diferencias, nuestra situación y nuestra misión tienen, mucho de común con la misión de San Bonifacio. En cierto sentido con él comenzó la historia del cristianismo en vuestro país. Hay muchos que dicen que esa historia se inclina ahora hacia su fin. Pero yo os digo a vosotros: esta historia del cristianismo en vuestro país debe comenzar ahora de nuevo, y precisamente por medio de vosotros, a través de vuestro testimonio, formado en el espíritu de San Bonifacio.

Qué hermoso es lo que quiero poner precisamente en vuestro corazón, queridos católicos de los consejos y asociaciones del apostolado laical. La historia de las asociaciones católicas en los últimos 130 años, pero también la actuación de los consejos, del apostolado laical, que tienen entre vosotros una buena tradición y que después del Concilio Vaticano II han surgido por todas partes ofrecen un presupuesto lleno de esperanzas para la misión  y las tareas de esta hora. No os conforméis con lo ya logrado, atreveos a comenzar valientemente como Bonifacio. Dad como "amigos de Cristo" a los hombres de hoy el "Evangelio de Dios" y vuestra "propia vida" (cf. Jn 15, 15; 1 Tes 2, 8).

7. Por medio de Bonifacio no sólo creció la fe, sino que también floreció aquella cultura humana que es fruto y confirmación de la fe. En la mediación de la fe y en el servicio al mundo tenéis también vosotros como laicos la más específica tarea. Si los hombres, si los jóvenes preguntan vehementemente por el sentido de la vida, dadles vosotros una convincente y comprensible respuesta. Si el derecho a la vida, si los principios éticos de toda cultura verdaderamente humana están amenazados, defended vosotros el derecho y la dignidad del hombre. Si en la formación y en la educación el hombre no logra formar sobre sí más que una imagen del hombre funcionalística o vacía de sentido, trabajad vosotros por una educación que parta del hombre como imagen de Dios. Si el consumo y el placer de una parte y la angustia ante los límites del crecimiento de otra impregnan los sentimientos de la sociedad, desarrollad vosotros un nuevo estilo de vida y unas condiciones humanas de vida que den testimonio de la esperanza que Cristo nos da.

San Bonifacio tuvo como hermana a una gran mujer: la santa abadesa Lioba, cuya tumba es venerada a unos kilómetros de aquí: dad vosotros a la mujer en nuestra sociedad y en la Iglesia aquella significación y aquella consideración que pueden permitirle cumplir su elevada misión en favor de una vida verdaderamente humana y cristiana. Si a pesar del progreso de la humanidad, crece también el número de aquellos que viven en situaciones marginadas o que no participan plenamente en los frutos del desarrollo general, trabajad vosotros por el derecho y la felicidad de todos, sed vosotros paladines de un orden social, de una libertad, justicia, y paz, que abracen al mundo entero.

8. Queridos hermanos y hermanas: Vosotros sois corresponsables del futuro de nuestra Iglesia. Sed totalmente y sin reservas Iglesia. Haced presentes en vuestras asociaciones las notas esenciales de la Iglesia, de la una, santa, católica y apostólica Iglesia.

Estad unidos entre vosotros, sed —como corresponde a vuestra magna tradición— columnas y sostén de la unión entre el rebaño de Cristo y los Pastores que El ha enviado. Manteneos libres del ansia de prestigio, del egoísmo, de la terquedad, sed por el contrario "un solo corazón y una sola alma" (Act 4, 32). ¡Trabajad con fuerza por la unión de la cristiandad dividida! La unidad de la Iglesia era la pasión de San Bonifacio.

¡Sed santos! Sí, santificad vuestras propias vidas y mantened siempre en vuestro interior la presencia de Aquél que es El solo Santo. Sólo si aceptáis como propio estilo de vida el inmutable carácter específico del Evangelio podréis atraer a los hombres. Servid con vuestro testimonio secular a la santificación del mundo. Bonifacio fue un santo en su vida y en su muerte.

Sed católicos que todo lo abrazan, de apertura universal como Bonifacio, que unió en su vida y en su corazón Inglaterra, Alemania y Roma. No os encerréis en vuestras propias preocupaciones y problemas. Se os exige vuestra entrega por toda la humanidad, por el Tercer Mundo, por Europa para comenzar de nuevo.

Finalmente sed apóstoles, testigos de la fe según el ejemplo de Bonifacio, mártir y apóstol' de los alemanes, en unión con el Papa y los obispos, y al mismo tiempo decididos en vuestra definitiva e ineludible entrega.

9. Permitidme, queridos hermanos y hermanas, que concluya estas reflexiones junto a la tumba de San Bonifacio, apóstol de vuestro país, con un deseo que tomo de la liturgia de hoy: "Su heredad pasó a los hijos de sus hijos; su linaje se mantiene fiel a la alianza. Y sus hijos lo fueron por amor de ellos. Por siempre permanecerá su descendencia y no se borrará su gloria" (Sir 44, 12-13).

¿Qué más puedo desearos a vosotros, la actual generación cristiana en suelo alemán? ¿Y qué podríamos pedir interior y comunitariamente aquí en este santo lugar? Que las generaciones sucesivas conserven la fe en la República Federal. Que Cristo sea su camino, su verdad y su vida. Que ellas, como vosotros, vengan a este lugar, que significa el "comienzo" de la obra de Dios en vuestra patria. Que aquí planeen siempre de nuevo para el presente... Y vuestra gloria no será olvidada.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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