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VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

III domingo de Adviento, 14 de diciembre de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Me alegro por el hecho de que hoy puedo estar en vuestra parroquia. Efectivamente, ya están muy cerca para nosotros las fiestas de la Navidad del Señor, y vuestra parroquia está dedicada precisamente a la Natividad. Por eso el período del Adviento se vive en vuestra comunidad de modo particularmente profundo, y me alegro porque puedo participar hoy en este modo vuestro de vivir el Adviento.

Ante todo, deseo saludar cordialmente a cada uno de vosotros, comenzando por la persona del señor cardenal Vicario que, por mandato mío, tiene la responsabilidad del gobierno pastoral sobre toda Roma. Con él saludo tanto al obispo auxiliar, mons. Giulio Salimei, que precisamente en estos días está realizando una cuidadosa visita pastoral entre vosotros, como a vuestro párroco con los sacerdotes del presbiterio, quienes muy oportunamente han realizado un ideal de vida en común en las formas de vivir juntos y de compartir los bienes. Si dirijo a ellos, como a los sacerdotes que con ellos colaboran, un merecido elogio por este testimonio de comunión, no puedo olvidar tampoco a los institutos religiosos que están presentes y que trabajan en la parroquial así como a las varias comunidades de apostolado laical organizado. Pero luego está la más amplia familia de los fieles: no se trata ya de una masa anónima, sino de una formación vital que, aun cuando de origen relativamente reciente, ha podido disfrutar, desde el comienzo, del celo ejemplar de mons. Luigi Rovigatti (a quien dirijo ahora un afectuoso recuerdo), y ha realizado en poco más de 40 años un largo y positivo itinerario de fe, llevando a cabo una feliz síntesis entre los elementos de la tradición y los providenciales fermentos del Concilio.

Por esto, se dirige a todos vosotros, queridos hermanos e hijos, mi saludo que quiere ser y es, al mismo tiempo, expresión de complacencia e invitación a un progreso ulterior.

2. "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" (Mt 11, 3).

Hoy, III domingo de Adviento, la Iglesia repite la pregunta que fue hecha por primera vez a Cristo por los discípulos de Juan Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir?

Así preguntaron los discípulos de aquel que dedicó toda su misión a preparar la venida del Mesías, los discípulos de aquel que "amó y preparó la venida del Señor" hasta la cárcel y hasta la muerte. Ahora sabemos que, cuando sus discípulos presentan esta pregunta a Jesús, Juan Bautista se encuentra ya en la cárcel, de la que no podrá salir más.

Y Jesús responde, remitiéndose a sus obras y a sus palabras y, a la vez, a la profecía mesiánica de Isaías: "Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia... Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo" (Mt 11, 5. 4).

En el centro mismo de la liturgia del Adviento nos encontramos, pues, esta pregunta dirigida a Cristo y su respuesta mesiánica.

Aunque esta pregunta se haya hecho una sola vez, sin embargo nosotros la podemos hacer siempre de nuevo. Debe ser hecha. ¡Y en realidad se hace!

El hombre plantea la pregunta en torno a Cristo. Diversos hombres, desde diversas partes del mundo, desde países y continentes, desde diversas culturas y civilizaciones, plantean la pregunta en torno a Cristo. En este mundo, en el que tanto se ha hecho y se hace siempre para cercar a Cristo con la conjura del silencio, para negar su existencia y misión, o para disminuirlas y deformarlas, retorna siempre de nuevo la pregunta en torno a Cristo. Retorna también cuando puede parecer que ya se ha extirpado esencialmente.

El hombre pregunta: ¿Eres tú, Cristo, el que ha de venir? ¿Eres tú el que me explicará el sentido definitivo de mi humanidad? ¿El sentido de mi existencia? ¿Eres tú el que me ayudará a plantear y a construir mi vida de hombre desde sus fundamentos?

Así preguntan los hombres, y Cristo constantemente responde. Responde como respondió ya a los discípulos de Juan Bautista. Esta pregunta en torno a Cristo es la pregunta de Adviento, y es necesario que nosotros la hagamos dentro de nuestra comunidad cristiana. Hela aquí:

¿Quién es para mi Jesucristo?

¿Quién es realmente para mis pensamientos, para mi corazón, para mi actuación? ¿Cómo conozco yo, que soy cristiano y creo en El, y cómo trato de conocer al que confieso? ¿Hablo de El a los otros? ¿Doy testimonio de El, al menos ante los que están más cercanos a mí en la casa paterna, en el ambiente de trabajo, de la universidad o de la escuela, en toda mi vida y en mi conducta? Esta es precisamente la pregunta de Adviento, y es preciso que, basándonos en ella, nos hagamos las referidas, ulteriores preguntas, para que profundicen en nuestra conciencia cristiana y nos preparen así a la venida del Señor.

3. El Adviento retorna cada año, y cada año se desarrolla en el arco de cuatro semanas, cediendo luego el lugar a la alegría de la Santa Navidad.

Hay, pues, diversos Advientos:

Está el adviento del niño inocente y el adviento de la juventud inquieta (frecuentemente crítica); está el adviento de los novios; está el adviento de los esposos, de los padres, de los hombres dedicados a múltiples formas de trabajo y de responsabilidad con frecuencia grave. Finalmente están los advientos de los hombres ancianos, enfermos, de los que sufren, de los abandonados. Este año está el adviento de nuestros compatriotas víctimas de la calamidad del terremoto y que han quedado sin casa.

Hay diversos advientos. Se repiten cada año, y todos se orientan hacia una dirección única. Todos nos preparan a la misma realidad. Hoy, en la segunda lectura litúrgica, escuchamos lo que escribe el Apóstol Santiago: "Hermanos, tened paciencia, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca". Y añade inmediatamente después: "Mirad que el juez está ya a la puerta'' (5, 7-9).

Precisamente este reflejo deben tener tales advientos en nuestros corazones. Deben parecerse a la espera de la recolección. El labrador aguarda el fruto de la tierra durante todo un año o durante algunos meses. En cambio, la mies de la vida humana se espera durante toda la vida. Y todo adviento es importante. La mies de la tierra se recoge cuando está madura, para utilizarla en satisfacer las necesidades del hombre. La mies de la vida humana espera el momento en el que aparecerá en toda la verdad ante Dios y ante Cristo, que es juez de nuestras almas.

La venida de Cristo, la venida de Cristo en Belén anuncia también este juicio. ¡Ella dice al hombre por qué le es dado madurar en el curso de todos estos advientos, de los que se compone su vida en la tierra, y cómo debe madurar él!

En el Evangelio de hoy Cristo, ante las muchedumbres reunidas, da el siguiente juicio sobre Juan Bautista: "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él" (Mt 11, 11). Mi deseo es que nosotros, queridos hermanos y hermanas, podamos ver el momento en que escuchemos palabras semejantes de nuestro Redentor, como la verdad definitiva sobre nuestra vida.

4. Estoy meditando sobre este mensaje de Adviento, unido a la liturgia de este domingo, juntamente con vosotros, queridos feligreses de la comunidad dedicada a la Natividad del Señor.

Por tanto, es necesario que cada uno lo considere como dirigido a él mismo y es necesario también que todos lo acojáis en vuestra comunidad.

Efectivamente, la parroquia existe para que los hombres bautizados en la comunidad, esto es, completándose y ayudándose recíprocamente, se preparen a la venida del Señor.

A este propósito quisiera preguntar: ¿Cómo se desarrolla y cómo debería desarrollarse en la comunidad esta preparación a la venida del Señor? La respuesta podría ser doble: desde un punto de vista inmediato, se puede decir que esta preparación se realiza siguiendo "en sintonía" la acción pedagógica de la Iglesia en el presente, típico período del Adviento: esto es, acogiendo la renovada invitación a la conversión y meditando el eterno misterio del Hijo de Dios que, encarnándose en el seno purísimo de María, nació en Belén. Pero, desde un punto de vista más amplio, no se trata sólo del Adviento de este año, o de la Navidad, para vivir en actitud de fe más viva; se trata también de la cotidiana, constante venida de Cristo en nuestra vida, gracias a una presencia que se alimenta con la catequesis y, sobre todo, con la participación litúrgico-sacramental.

Sé que en vuestra parroquia ésta es una de las líneas pastorales fundamentales: efectivamente, se da la catequesis sistemática y permanente, según las diversas edades, y se dedica una atención especial a la sagrada liturgia. En realidad, la vida sacramental, cuando está iluminada por un paralelo y profundo anuncio de Cristo, es el camino más expedito para ir al encuentro de El. En la oración y, ante todo, en la participación en la Santa Misa dominical nos encontramos precisamente con El. Pensándolo bien, esta participación es la renovación, cada semana, de la conciencia de la "venida del Señor". Si ella faltase, se disiparía esta conciencia, se debilitaría y pronto se destruiría. Por esto quiero dirigir la exhortación del Concilio acerca del permanente valor del domingo como "fiesta" primordial que se debe inculcar a la piedad de tos fieles, "a fin de que se reúnan en asamblea para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía" (cf. Sacrosanctum Concilium, 106).

Pero —como bien sabemos— Cristo viene a nosotros también en las personas de los hermanos, especialmente de los más pobres, de los marginados y de los alejados. También a este respecto sé que vuestra comunidad está comprometida según una línea pastoral, que configura una opción precisa y valiente. Sé, por ejemplo, que son muchas las Asociaciones y los grupos eclesiales que practican la acogida evangélica como "una sincera atención para todos los males, las tristezas y las esperanzas del hombre de hoy" (cf. Relazione pastorale, pág. 2): bajo la coordinación del consejo pastoral, esta solicitud florece en numerosas obras de asistencia, de promoción y de caridad.

Deseo expresaros públicamente mi aprecio y también mi gratitud por cuanto hacéis en favor de los ancianos, de los jóvenes en dificultad, de los enfermos, de las familias necesitadas, como por el interés y la ayuda que ofrecéis a la misión de Matany en Uganda.

5. Y ahora permitidme que termine esta meditación sobre el Adviento con las palabras que sugiere el Profeta Isaías: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios ... El os salvará" (Is 35, 3-4).

Que nunca falte en vuestra vida, queridos feligreses de la parroquia de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, esta esperanza que su venida deposita en el corazón de cada hombre y en la que lo confirma saludablemente.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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