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MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS ROMANOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Viernes 19 de diciembre de 1980

1. "O Radix Iesse, qui stas in signum populorum, super quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".

Con estas palabras la liturgia de Adviento saluda hoy a Aquel que debe venir, a Aquel que es el objeto de nuestra espera. En torno a estas palabras de la liturgia de hoy deseo encontrarme con vosotros, que constituís el ambiente universitario de Roma: con vosotros, distinguidos profesores e investigadores, con vosotros, queridos estudiantes. He deseado mucho este encuentro de Adviento. Lo considero como un acto indispensable de mi ministerio en la Iglesia romana. Lo juzgo, además, como una ocasión particular para manifestar esta unidad, esta "communio" espiritual, que os une en torno a Cristo, y mediante esto os une también entre vosotros, y de manera más fuerte que las diversas divisiones y diferencias, a las que está sometida la vida pública y la opinión social. En estas diferencias se manifiesta, sin duda, la dignidad humana y cívica. Sin embargo, es necesario estar muy atentos para que no se conviertan en un factor, que haga imposible la acción por el bien común, y paralice el indispensable vínculo social.

Me alegro, pues, de vuestra presencia, queridos hermanos y hermanas míos, y al mismo tiempo, hijos e hijas, dado que como Obispo de Roma, en lo que se manifiesta también la paternidad de nuestra familia espiritual, me es lícito llamaros así. Me alegro de vuestra presencia, esta tarde, en la basílica de San Pedro, y me gozo juntamente con vosotros de esa alegría de Adviento que, sobre todo, en los últimos días de este período, se hace sentir particularmente en la liturgia. Efectivamente, en estos días el Adviento se convierte verdaderamente en el período de la espera gozosa.

2. Mientras estoy de nuevo aquí reunido con vosotros, no puedo separar este encuentro del contexto más amplio de tantos otros encuentros vinculados a mi ministerio pastoral en diversos lugares de Italia y del mundo. Pienso en los diversos encuentros que en el pasado, y particularmente en el curso de este último año, han tenido lugar en diversos países e incluso en diversos continentes. Sin embargo, han sido parecidos a nuestros encuentros de Adviento y de Cuaresma en la basílica de San Pedro, tanto por lo que se refiere al carácter del ambiente, con el que he podido encontrarme durante mis visitas fuera de Roma, como también por lo que se refiere a la semejanza de los temas que presentan esos ambientes, dado su carácter universitario.

Recuerdo, pues, muy bien el continente africano y los encuentros de Kinshasa, en el Zaire, y también, un poco después, los de Abidján en Costa de Marfil. Por lo que se refiere a la visita que hice en el mes de julio a Brasil, la gran reunión de jóvenes en Belo Horizonte, no estaba reservada solamente a la juventud académica, sino a toda la juventud del lugar y también a la que había llegado de las diversas partes de ese inmenso país. Sin embargo, por otra razón, no puedo pasar por alto el encuentro particular con los representantes calificados del mundo de la ciencia y de la cultura en Río de Janeiro. Volviendo al continente europeo, tengo vivo en la memoria el "coloquio" vespertino con 50.000 jóvenes franceses en el "Parc des Princeps", y además la visita al Instituto Católico de París. Finalmente, hace poco, en Alemania, recuerdo, sobre todo, el encuentro que tuvo lugar en la catedral de Colonia y luego el de Munich.

Recuerdo esta tarde todo esto para poner en evidencia también el carácter esencial de nuestro encuentro de Adviento. Como Obispo de Roma aprecio mucho estas tardes de oración común con vosotros, y de participación común en la Palabra de Dios y en la Eucaristía, que me permiten sacar de ellas inspiración para otros encuentros similares, y de estos otros encuentros toman, no obstante, la dimensión y el tema. Pero en todas estas vías por las que pasa el coloquio con el hombre contemporáneo sobre el tema de la cultura, de la ciencia y, al mismo tiempo, de las dimensiones fundamentales de la existencia espiritual, soy sobre todo el Obispo de Roma, es decir, vuestro Obispo. La cultura, la ciencia, el servicio a la verdad y a la belleza son, efectivamente, con mucha frecuencia la expresión ignorada del Adviento para el hombre, son la manifestación del hecho de que él vive en una espera que, a la vez, es una aspiración; y la medida de esta aspiración es más grande que la forma solamente material de la producción y del consumo, que la civilización contemporánea trata de imponer a la vida humana. Y por esto aprecio tanto que junto a la Santa Sede exista la Pontificia Academia de las Ciencias y otros organismos que sirven a la causa de la cultura y de la ciencia. Y estoy muy contento porque he podido hablar sobre este tema, durante el año que acaba, en París ante la Asamblea General de la UNESCO. Os agradeceré muy particularmente a vosotros, que formáis el ambiente universitario de Roma, el que penséis conmigo, vuestro Obispo, en estos importantes problemas, y os agradeceré también que busquéis conmigo los caminos para el futuro del hombre, los caminos del adviento humano.

Efectivamente, por estos caminos se encuentra precisamente Aquel a quien la Iglesia, en la antífona de Adviento de hoy, invoca gritando como desde lo profundo de cada hombre, desde la profundidad de su humanidad misma: "O Radix Iesse, qui stas in signum populorum,... veni!".

3. Las lecturas litúrgicas de esta tarde, como sucede otras veces, confrontan dos acontecimientos distintos en el tiempo, pero de algún modo semejantes y recíprocamente cercanos. Uno de ellos se vincula con el nacimiento de Sansón, el cual, en la época de los Jueces, después de haber llegado el pueblo de Israel a la Tierra Prometida, fue llamado a defender a su pueblo de los filisteos. En cambio, el otro se vincula con el nacimiento de Juan el Bautista.

Todo el Adviento permanece en la perspectiva del nacimiento. Sobre todo de ese nacimiento en Belén que representa el punto culminante de la historia de la salvación. Desde el momento de ese nacimiento, la espera se transforma en realidad. El "ven" del Adviento se encuentra con el "ecce adsum" de Belén.

Sin embargo, esta primera perspectiva del nacimiento se transforma en una ulterior. El Adviento nos prepara no sólo al nacimiento de Dios que se hace hombre. Prepara también al hombre a su propio nacimiento de Dios. Efectivamente, el hombre debe nacer constantemente de Dios. Su aspiración a la verdad, al bien, a lo bello, al absoluto se realiza en este nacimiento. Cuando llegue la noche de Belén y luego el día de Navidad, la Iglesia dirá ante el recién Nacido, que, como todo recién nacido, demuestra la debilidad y la insignificancia: "A cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Adviento prepara al hombre a este "poder": a su propio nacimiento de Dios. Este nacimiento es nuestra vocación. Es nuestra heredad en Cristo. El nacimiento que dura y se renueva. El hombre debe nacer de Dios siempre de nuevo en Cristo; debe renacer de Dios.

El hombre camina hacia Dios —y éste es su adviento— no sólo como hacia un absoluto desconocido del ser. No sólo como hacia un punto simbólico, el punto "Omega" de la evolución del mundo. El hombre camina hacia Dios, de manera que llega a El mismo: al Dios viviente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y llega, cuando Dios mismo viene a él, y éste es el Adviento de Cristo. El Adviento que supera la perspectiva de la trascendencia humana, supera la medida del adviento humano.

El Adviento de Cristo se realiza en el hecho de que Dios se hace hombre, Dios nace como hombre. Y al mismo tiempo, se realiza en el hecho de que el hombre nace de Dios, el hombre renace constantemente de Dios.

Una vez, al comienzo de su historia, el hombre, varón y mujer, escuchó las palabras de la tentación: "Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal" (Gén 3, 5). Y el hombre siguió esta tentación. Y continúa siguiéndola instantemente. Ahora, en medio de la historia de la humanidad ha venido Cristo para llevar de nuevo al hombre de los caminos de la tentación al sendero de la Promesa y de la Alianza, para mostrar lo que en esa tentación hubo de falso y, al mismo tiempo, revelar cómo debe realizarse el adviento del hombre en el camino de la Promesa divina y de la Alianza. ¿De qué modo, por el contrario, puede el hombre "ser como Dios", sino sólo "naciendo" de Dios, sino sólo como "hijo en el Hijo Unigénito"? ¿Cómo podrá de otra manera?

A la tentación perenne del hombre hay que contraponer el Adviento de Cristo: es necesario nacer de Dios y renacer incesantemente de Dios.

Y si en medio de las amplias perspectivas, que despliega ante nosotros el progreso de la cultura o de la ciencia, el cual suscita la legítima alegría y el desarrollo de la civilización, de la amenaza y de la violencia, si, repito, en medio de estas perspectivas tengo, en esta tarde de Adviento, alguna propuesta particular que dirigiros, es la siguiente: ¡no ceséis de vivir, naciendo constantemente de Dios y renaciendo de Dios!

El Adviento de Cristo late en la nostalgia del hombre por la verdad, por el bien y la belleza, por la justicia, el amor y la paz. El Adviento de Cristo late en los sacramentos de la Iglesia, que nos permiten nacer de Dios y renacer de Dios.

¡Vivir la Navidad, regenerados en Cristo por el sacramento de la reconciliación! ¡Vivid la Navidad, sumergiéndoos en el contenido más profundo del misterio de Dios, hacia el cual, en definitiva, se abre todo el adviento del hombre. // "O Radix Iesse... veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".

4. Con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista, su padre Zacarias escuchó estas palabras: "...Será grande a los ojos del Señor... Se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y poder..." (Lc I, 15-17).

Esta es también otra dirección del camino, por el que nos lleva el Adviento. El hombre no sólo camina hacia Dios a través de lo que en él hay: a través de su imperfección, de su amenaza, y a la vez del carácter trascendental de su personalidad, orientado hacia la verdad, el bien, la belleza; a través de la cultura y de la ciencia; a través del deseo y de la nostalgia por un mundo más humano, más digno del hombre.

El hombre no sólo camina hacia Dios (por lo demás, frecuentemente sin saberlo o incluso negándolo) a través de su propio adviento: a través del grito de su humanidad. El hombre va hacia Dios, caminando, en la historia de la salvación, ante Dios: ante el Señor, como escuchamos en el Evangelio con relación a Juan el Bautista, que debía caminar delante del Señor con el espíritu y el poder.

Esta nueva dirección del camino del adviento del hombre está vinculada de modo particular con el Adviento de Cristo. Sin embargo, el hombre camina "delante del Señor" desde el comienzo y caminará delante de El hasta el fin, porque es sencillamente imagen de Dios. Al caminar, pues, por las sendas del mundo, dice al mundo y se da testimonio a sí mismo de Aquel cuya imagen es. Camina delante del Señor sometiendo la tierra, porque de hecho la misma tierra, así como toda la creación, están sometidas al Señor y el Señor se las ha dado al hombre para que las domine.

Camina delante del Señor, llenando su humanidad y su historia terrestre con el contenido de su trabajo, con el contenido de la cultura y de la ciencia, con el contenido de la búsqueda incesante de la verdad, del bien, de la belleza, de la justicia, del amor, de la paz. Y camina delante del Señor, implicándose frecuentemente en todo lo que es negación de la verdad, del bien y de la belleza, negación de la justicia, del amor y de la paz. A veces se siente muy implicado en estas negaciones. Entonces, como por contraste, advierte todo el peso de la imagen desfigurada de Dios en su alma y en su historia.

El adviento del hombre se encuentra con el Adviento de Cristo.

"O Radix Iesse, qui stas in signum populorum... quem gentes deprecabuntur, veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".

El Adviento de Cristo es indispensable para que el hombre encuentre de nuevo en él la certeza de que, caminando por el mundo, viviendo de día en día y de año en año, amando y sufriendo..., camina delante del Señor, cuya imagen es en el mundo; da testimonio de El ante toda la creación.

5. Queridos participantes en este encuentro de Adviento. Al terminar esta meditación, quiero desearos a vosotros y a todo el ambiente que representáis, que la Navidad renueve en cada uno de vosotros la certeza de este camino, por el que vais, en el que os guía Cristo.

Que todos vosotros, vuestros compatriotas y juntamente todos aquellos a los que ha llegado, en el curso de este año que está alcanzando su fin, mi servicio, adquiráis de nuevo la valentía y la alegría de este camino por el que vais, en el que os guía Cristo.

Que continuéis, con constancia y de manera cada vez más madura, "caminando delante del Señor".

¡Sí! Que caminéis "delante del Señor". Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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