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MISA EN EL PONTIFICIO SEMINARIO FRANCÉS DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 11 de enero de 1981

 

Esta celebración del Bautismo de Jesús el Señor nos introduce en la intimidad del misterio de la persona y misión de Cristo. Y por lo mismo nos introduce en una mejor comprensión de nuestro ser de cristiano, de bautizado y, más aún, de nuestra vocación de sacerdote o futuro sacerdote.

1. Al final de esta semana de Epifanía asistimos precisamente a la manifestación de Cristo, a su "epifanía" al ser bautizado por Juan Bautista. A orillas del Jordán Jesús se mezcló con los pecadores, con cuantos esperaban la presencia del Mesías haciendo penitencia.

El Verbo hecho carne, a pesar de ser de condición divina, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, sino que tomó la forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres, y se hizo obediente (cf. Flp 2, 4-8) viviendo en la carne para rescatar a cuantos estaban en poder de la carne.

Y "los cielos se abrieron", dice misteriosamente San Mateo. Queda manifiesto así a quienes fue revelado entonces este acontecimiento espiritual, y a todos aquellos a quienes está destinado el relato evangélico, que no hay barrera alguna entre Dios y Jesús, sino contacto inmediato, unión total, un cara a cara; y nosotros creemos que es así en virtud también de la Encarnación, pues es el Verbo de Dios quien se ha hecho carne.

El Profeta Isaías había suspirado por la venida de Dios después de su revelación plena, con estos términos conmovedores: "Oh si rasgaras los cielos y bajaras... para dar a conocer tu nombre" (Is 64, 1-2). Gracias al Hijo conocemos ahora el nombre verdadero de Dios. El Padre se revela como tal llamando a su Hijo "muy amado" en quien ha puesto todo su amor. Revela al Hijo. Lo presenta abiertamente al mundo, comenzando por sus discípulos. "Es el testimonio de Dios, el testimonio que Dios ha dado de su Hijo" (1 Jn 5, 9), dirá San Juan. Con Jesús penetramos en el misterio verdadero de Dios, el de la Trinidad Santa.

Porque el Espíritu Santo también se manifestó. Se posa sobre Jesús en forma de paloma, esta ave familiar, símbolo del amor y de la paz, que aquí es imagen del don perfecto procedente de las profundidades de Dios. Viene a manifestar el vínculo inefable que une a Jesús con su Padre, y a dar a entender también que Jesús va a inaugurar públicamente su misión de salvación entre los hombres con la potencia de lo Alto. Se nos invita, pues, a aplicar a Jesús la profecía de Isaías donde Dios dice: "He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él... te he tomado de la mano, y te he formado, te he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes" (Is 42, 1-6).

Sí, adoremos al Hijo muy amado en esta "epifanía" que los Padres, de Oriente sobre todo, celebran al mismo tiempo que la manifestación a los Magos en Belén; abierto el cielo, se nos ha manifestado en el seno de la Trinidad, se nos ha manifestado como investido de su misión para con nosotros.

2. El Hijo único de Dios viene a hacernos hijos a nosotros. El misterio de su bautismo nos adentra en el misterio de nuestro bautismo. "Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia" (Jn 1, 16). Hemos sido bautizados no sólo en agua, sino en el Espíritu que viene de lo alto y comunica la vida de Dios. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, para entrar en comunión con ellos. En cierta manera los cielos se han abierto para cada uno de nosotros, a fin de que entremos en la "casa de Dios" y conozcamos la adopción divina. Llevamos el sello para siempre, no obstante nuestra debilidad e indignidad. Demos gracias hoy del don de nuestro bautismo; al hacernos partícipes de la vida de Dios, nos hace participar en el culto espiritual de Cristo, en su misión profética, en su servicio real que constituye el sacerdocio común de todos los bautizados. "¡Cristiano, reconoce tu dignidad!". El 1 de junio último interpelé así a todo el pueblo de Francia: "Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?". Este interrogante os lo planteo hoy a cada uno de vosotros que pertenecéis al pueblo de Francia, si bien vivís actualmente en la diócesis de Roma.

3. Y en fin, damos gracias a Dios por esta llamada de Cristo a participar en su sacerdocio ministerial, que nos une tan estrechamente a su misma misión de "Siervo" inaugurada en su bautismo.

Tengo la alegría de celebrar precisamente hoy la Eucaristía en un seminario y dirigirme a sacerdotes y en particular a quienes se preparan al sacerdocio, y también a sus amigos de Roma. No olvido que representáis una parte de los seminaristas de Francia —prácticamente la décima parte, me han dicho— y procedéis de gran número de diócesis de Francia.

Queridos amigos: ¿Os dais bien cuenta de la gracia que el Señor os ha concedido ya? Ha hecho resonar en vosotros su llamada a dejarlo todo para seguirle, esperando conferiros su Espíritu con la imposición de las manos que hará de vosotros diáconos y sacerdotes suyos. ¿Cómo deciros la gran esperanza que pone la Iglesia en vosotros sobre todo para el porvenir de la Iglesia en Francia? El querido cardenal Marty, felizmente presente entre nosotros, podría atestiguarlo mejor que nadie. El Papa comparte esta esperanza de los obispos de Francia y con ellos os manifiesta su confianza y afecto.

A vuestros compañeros del seminario de Issy-les-Moulineaux ya tuve ocasión de decirles mis ideas en junio último, si bien había confiado a los sacerdotes en Notre Dame el aliento y exhortaciones destinados a ellos. Seguro de que no habréis dejado de volver a leer aquellos textos y de que vuestros directores saben orientaros hacia lo esencial, me contentaré con pocos puntos.

4. Realizáis aquí el aprendizaje de servidores de Cristo, aprendizaje que necesita larga maduración espiritual, intelectual y pastoral. Es un poco como la experiencia que hicieron los Apóstoles que el Señor congregó después de su bautismo.

Necesitáis en primer lugar entrar cada día un poco más en el Espíritu de Cristo, enraizaros en El. Esto expresa hasta qué punto debéis familiarizaros con su Palabra, con la Escritura, y meditarla; tratar con el Señor en la intimidad de la oración —nada puede reemplazar la oración personal sin la que nuestra vida sacerdotal se secaría—; aprender a orar juntos y a tener conversaciones espirituales con toda sencillez; celebrar al Señor en una liturgia digna y vivida, según lo permiten el Concilio y la reforma de Pablo VI bien entendida; uniros al Sacrificio de Cristo que será el cénit y centro de vuestra vida sacerdotal diaria. También debéis aprovecharos de la experiencia de autores espirituales e iniciaros en las escuelas de espiritualidad para nutrir vuestra mentalidad cristiana, orientar y fortificar vuestra acción cristiana y adquirir el arte de guiar a las almas, como recordé en mi Carta a los sacerdotes del Jueves Santo de 1979.

5. Estáis aquí igualmente para recibir una sólida formación doctrinal en las diferentes ramas del saber teológico, bíblico, canónico, filosófico. No insisto en ello porque pienso que sois unos convencidos y sé —así lo creo— que os empeñáis en adquirirla. Por otra parte, en esta ciudad de Roma tenéis la suerte de disponer de universidades y facultades relevantes que exigen alto nivel de estudios e investigación; éstas os permiten iniciaros de modo equilibrado en todo el pensamiento del Magisterio de la Iglesia, descubrir su significado profundo y adheriros a él con fidelidad. A veces no veis relación directa entre estos estudios y el ministerio que se os va a pedir; pienso, por ejemplo, en los fundamentos filosóficos que revisten tanta importancia. Pero tened paciencia. Estáis enriqueciendo vuestro raciocinio con elementos sólidos y métodos absolutamente indispensables para libraros de estar a merced de cualquier viento de doctrina y ser capaces de predicar, enseñar y guiar con seguridad la reflexión de los laicos cristianos en el dédalo de las corrientes ideológicas y costumbres actuales. Estos estudios romanos deben daros también gusto y posibilidad de proseguir el trabajo intelectual a lo largo de toda la vida. Claro está que se os llamará a ministerios diversificados que vosotros no podéis prever ni os tocará elegir, pero que exigirán a todos formación sólida y cualificada. Personalmente, siendo arzobispo de Cracovia y profesor en Lublín, siempre he insistido en estos estudios profundos. Piden sacrificios, claro está. Pero dan seguridad a la preparación del porvenir. El problema está en velar para que vuestra vida intelectual y vuestra vida espiritual vayan unidas.

6. En fin, todo cuanto hacéis se endereza a prepararos a la vida apostólica de sacerdotes. Y habla del esfuerzo que debe animaros en orden a llevar el Evangelio a vuestros contemporáneos, ayudarles a acogerlo con una adhesión de fe que frecuentemente resulta difícil, ejercitarlos en la oración común y en la recepción fructuosa de los sacramentos, y educarlos a las exigencias concretas de la fe en sus ocupaciones varias. Esta ansia de evangelizar ha sido y sigue siendo gloria de un gran número de sacerdotes franceses; espero que seréis de éstos. No para hacer algo para vosotros. Sino para llevar a Jesucristo. Y por los caminos que quiere la Iglesia. Pues ser sacerdote será, participando en el sacerdocio único de Cristo, participar en el sacerdocio de vuestro obispo y bajo su responsabilidad; será integraros en el presbyterium de vuestra diócesis con entusiasmo, confianza y humildad, para ejercer una parte del ministerio, la que se os confíe y a la que debéis estar disponibles; será trabajar solidariamente con vuestros hermanos sacerdotes sin abdicar ninguna de las exigencias de la Iglesia integradas en vuestra formación. Por el momento, el deber del estudio y el hecho de no ser aún sacerdotes, no os consienten encargaros de un apostolado, si bien algunos prestan la ayuda que pueden a la diócesis de Roma. Pero debéis preocuparos por encima de todo de mantener vínculos verdaderos y confiados con vuestro obispo, estar humildemente abiertos a las necesidades espirituales a que deberéis responder el día de mañana; a las inquietudes apostólicas de vuestros hermanos franceses y, sobre todo, a las de vuestros obispos que tienen la responsabilidad de la evangelización. El aprendizaje de la vida eclesial se hace también a través de la calidad de vuestra vida comunitaria en este seminario de "Santa Chiara", de vuestra vida fraterna, de vuestra capacidad de aceptaros, diferentes como sois, y vivir en equipos, orientados hacia la misma meta: la misión de la Iglesia.

Recordáis cómo delineaba Isaías hace un momento la figura del servidor: "No gritará... la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho. No vacilará". Ojalá seáis el día de mañana esos Pastores. intrépidos, firmes y misericordiosos a un tiempo. Y suscitéis también otros candidatos al sacerdocio. Sí, queridos jóvenes, vuestra oración, ejemplo y dinamismo al servicio de la Iglesia, y vuestro gozo de servir a Cristo, pueden mucho para obtener de Dios las vocaciones de que tienen necesidad vital la Iglesia en general, y la Iglesia en Francia.

Finalmente, ¿es necesario añadir que aquí en Roma tenéis la suerte de poder unir a este sentido pastoral, al amor a vuestra Iglesia local, la apertura a otras Iglesias locales con cuyos miembros podéis alternar aquí, y la inquietud por la necesaria unidad de la Iglesia universal en comunión con el Papa? Estoy seguro de que mantendréis fuertemente esta adhesión a Roma y al Sucesor de Pedro; y siempre ayudaréis a vuestras comunidades cristianas a vivirla, para que su crecimiento se desenvuelva dentro de la fidelidad a la fe y en armonía con todo el Cuerpo de Cristo.

7. Queridos amigos: Esta formación será fruto de esfuerzos perseverantes que yo tenía interés en alentar. Los haréis con la ayuda de vuestros directores y profesores de esta casa, y de vuestros consejeros espirituales. Quiero darles gracias sinceras por su colaboración y rendir honor a la congregación de los padres del Espíritu Santo por la animación de este seminario pontificio desde su fundación.

El alma de vuestros progresos en el camino del sacerdocio será, en fin, el Espíritu Santo, el que se apareció sobre Jesús en su bautismo y lo encaminó a su misión. Vamos a pedir al Espíritu Santo por vosotros. Asimismo haréis vosotros por mí. Y ello en unión siempre con la Santísima Virgen, tan disponible precisamente al Espíritu Santo, María Inmaculada, a quien está consagrada vuestra casa y a quien os dirigís con justo título como a la "Tutela domus". Ella os conducirá con seguridad a Jesús el Salvador, para que como sacerdotes lleguéis a ser servidores de su amor. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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