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MISA PARA LA DELEGACIÓN DE LOS SINDICATOS POLACOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Capilla del apartamento pontificio
Domingo 18 de enero de 1981

 

"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". La Iglesia pone hoy estas palabras del Profeta en labios de Cristo, que se detiene en las riberas del Jordán para dar comienzo a su misión de realizar la voluntad del Padre. La liturgia de hoy nos presenta una vez más la revelación de Jesús en el Jordán. Pues apenas llega a la orilla de este río, donde Juan predicaba el bautismo de penitencia, invitaba a la conversión y bautizaba con agua, el mismo Juan lo señala con la mano diciendo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Con estas palabras lo dijo todo, todo lo que se puede decir de Cristo hoy y mañana; porque aquello era sólo el comienzo, ya que Jesús había llegado al Jordán como un desconocido. Como Cordero de Dios se iba a revelar al final de su misión, pero Juan ya lo proclamó tal señalándolo con la mano: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Y precisamente entonces, cuando Jesús llega al río para hacer la voluntad del Padre, se realiza la revelación o, mejor, se confirma la revelación del Niño a quien no recibieron los "suyos", a quien nadie reconoció, a no ser su Madre, José, los pastores, los Reyes Magos venidos de Oriente; nadie más; la revelación del Niño nacido en Belén como Mesías que llega al Jordán para hacer la voluntad del Padre. El Padre mismo le rinde testimonio entonces; sobre cuantos se habían congregado a orillas del Jordán se oye una voz: "Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias". Y el Espíritu Santo le rinde testimonio, el mismo Espíritu que Juan había anunciado: "El os bautizará con Espíritu Santo", os inmergirá en el Espíritu Santo, en Dios vivo, como yo os bautizo con agua. En conexión con el tema principal de la liturgia del domingo pasado, la liturgia de hoy confirma la revelación de Jesucristo en el Jordán, y al mismo tiempo nos participa a nosotros esta revelación de Jesucristo.

Jesucristo ha venido para darnos fuerza; nos ha dado fuerza para que lleguemos a ser hijos de Dios. Hemos cantado estas palabras del Evangelio de Juan repitiendo tres veces "Aleluya". Jesucristo viene para revelar el hombre al hombre, para indicarle su dignidad extraordinaria y su gran vocación. De modo que según la interpretación de la liturgia de hoy, la revelación de Jesucristo en el Jordán es asimismo revelación de la vocación del hombre en Jesucristo. Estas son las ideas contenidas en la liturgia de la Palabra.

Y ahora, mis queridos hermanos y hermanas, demos comienzo a la liturgia eucarística, la liturgia del sacrificio y unión con Dios en el sacrificio del Cordero de Dios. Al disponerme a comenzar esta liturgia en vuestra presencia y con vuestra participación, me viene al pensamiento Polonia entera, Polonia como gran campo de trabajo; campo de trabajo humano, de trabajo polaco, compuesto de muchos sectores de producción. Me refiero al trabajo físico y al mental, al trabajo en la fábrica y al trabajo de todas las personas, al trabajo profesional y al trabajo en la familia, al trabajo de los padres y también al de las madres. El trabajo que maneja la materia que el hombre transforma para satisfacer sus necesidades; pero también el trabajo sobre el mismo hombre, el que comienza en el corazón de la madre y junto a este corazón, y dura toda la vida familiar, y se realiza a través de la educación escolar; todas las formas de trabajo. El enorme campo de trabajo que es nuestra patria, me viene al pensamiento ahora porque recibo hoy a estos peregrinos singulares venidos de Polonia. Con frecuencia recibo a peregrinos y, cuando llegan, aprovecho la ocasión para encontrarme con ellos en la Misa, si es posible. Hoy os recibo a vosotros, peregrinos representantes de "Solidaridad", y a través de vosotros veo todo el trabajo enorme que se está desarrollando en nuestra patria.

Veo a los obreros. Y pues debemos comenzar la liturgia eucarística, deseo reunir ante vosotros y con vosotros en torno a este altar, a todo el pueblo polaco y hacer la ofrenda del pan y del vino y de todo cuanto constituye el contenido de cada uno de vuestros días, de cada día de trabajo de Polonia, "donde el sol nace y tramonta", como dice nuestro gran poeta contemporáneo en el título de su obra; de todo el gran trabajo polaco. Os ruego me ayudéis a ello vosotros que representáis al mundo del trabajo, al pueblo trabajador. Os ruego ofrezcáis aquí en el altar de la capilla del Papa, este trabajo polaco bajo los símbolos del pan y del vino. Nuestro sacrificio se transformará en su sacrificio, en el de Jesucristo, el Cordero de Dios; ante nosotros aquí reunidos se repetirá el misterio del Calvario, se repetirá también en cierto modo el misterio del Jordán. Gracias a la voz interior de la fe, oiremos las palabras del Padre: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias". El, el Hijo predilecto, Hijo de Dios, vendrá a nuestra comunidad para bautizarnos con el Espíritu Santo, para sumergirnos en el Espíritu Santo, para sumergirnos en la realidad divina, en el elemento divino. Y, ¿para qué? Para darnos fuerza. Si ofrecemos en este altar todo el trabajo polaco, a través del sacrificio de Cristo, a través de la Eucaristía volverá a nosotros y a cuantos representamos, a todos los trabajadores de la tierra polaca, la fuerza que procede de El; fuerza por la que el hombre se hace hijo de Dios y, como hijo adoptivo de Dios, recibe dignidad para toda la vida, para todo su trabajo, sublimándolo hasta el nivel de hijo de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: Al ofrecer este sacrificio pediremos que vuestra solidaridad, la solidaridad de todos los trabajadores de Polonia, esté al servicio de esta gran causa. Esto es todo lo que os quería decir, todo lo que deseo pediros. Si puedo añadir algo antes de que oigáis el saludo final "podéis ir en paz", quisiera rogaros que llevéis con vosotros estas palabras de vuestro compatriota, del Sucesor de Pedro en la Sede Apostólica, y se las transmitáis a los trabajadores de Polonia: Que su trabajo esté al servicio de la dignidad humana, que eleve al hombre, que eleve a las familias, que eleve a todo el pueblo. Se acerca la hora de vuestro retorno a la patria; por ello os pido: cuando os marchéis de aquí, llevad con vosotros esta noticia, esta Buena Noticia que comenzó en Belén, fue refrendada a orillas del Jordán, se cumplió en el misterio pascual y se actualiza de nuevo hoy en la Eucaristía, para que el hombre se fortalezca con ella, para que repita mientras va caminando por la tierra: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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