 |
SANTA MISA CONCELEBRADA EN EL
COLEGIO DE SAN PABLO APÓSTOL
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Sábado 24 de enero de 1981
Queridísimos sacerdotes:
1. Es para mí una gran alegría poderme encontrar hoy con vosotros, en este
Colegio dedicado a San Pablo Apóstol, donde tenéis vuestra residencia, mientras
frecuentáis la Universidad de "Propaganda Fide", para desarrollar y completar
vuestros estudios filosóficos y teológicos y vuestra preparación pastoral. En
las visitas que estoy realizando a los diversos institutos y ateneos de la
ciudad de Roma, no podía y no debía faltar, en la circunstancia tan singular de
la fiesta del Colegio, este encuentro con vosotros, que venís de todas las
partes del mundo y que traéis aquí, al centro de la cristiandad, las
características y los anhelos de vuestros pueblos y de vuestras culturas.
Por esto, recibid mi saludo cordial y afectuoso, que se dirige, ante todo, al
cardenal Prefecto y al Secretario de la Sagrada Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, a los superiores y responsables del Colegio, y se
extiende además a cada uno de vosotros personalmente, comprendiendo también a
todos los que colaboran con diversas tareas para la buena marcha de la casa y de
la vida en común. Es un saludo que quiere expresar satisfacción y aprecio por la
buena voluntad que demostráis en vuestro compromiso de estudio y de
actualización, para un ministerio más eficaz, adaptado a las exigencias de la
sociedad, y para una ayuda iluminada y concreta a las comunidades eclesiales de
vuestras naciones y de vuestras diócesis. Y es un saludo que trata también de
manifestar mi agradecimiento por vuestra fidelidad a la Sede Apostólica y por
las oraciones que ofrecéis por mi persona y misión universal.
2. Pero deseo que el encuentro de hoy en torno al altar, celebrando el
Sacrificio eucarístico, se convierta para todos vosotros en un estímulo para una
vida sacerdotal cada vez más santa y para un compromiso cada vez más responsable
en vuestros estudios y en vuestros ideales. Precisamente las lecturas de la
liturgia se prestan para algunas reflexiones de notable importancia a este fin.
En la primera lectura hemos oído lo que dice el Señor por medio del Profeta
Isaías: "Como baja la lluvia y la nieve de lo alto del cielo, y no vuelven allá
sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la
simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no
vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión" (Is 55,
10-11). Se trata de expresiones bien conocidas, que han hecho reflexionar a los
Padres y a los Doctores de la Iglesia, a los santos y a los místicos de todas las épocas y
que causan impresión también a nuestras almas, porque afirman la absoluta
potencia y eficacia de la Revelación de Dios: ningún obstáculo o rechazo humano puede detenerla o apagarla. Nosotros sabemos que la "Palabra de Dios" se
encarnó en la plenitud de los tiempos: "En el principio era el Verbo, y el Verbo
estaba junto a Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,
1. 14), y permanece presente en la historia humana por medio de la Iglesia: "Yo
estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28; 20).
La
"Palabra de Dios" es siempre eficaz, porque ante todo pone en crisis a la razón
humana: las filosofías simplemente racionales y temporales, las interpretaciones
meramente humanistas e historicistas, quedan desquiciadas por la "Palabra de
Dios", que responde con suprema certeza y claridad a los interrogantes que se
plantean al corazón del hombre, y lo ilumina acerca de su verdadero destino, sobrenatural y
eterno, indicándole la conducta moral que debe practicar, como camino auténtico
de serenidad y de esperanza. No sólo esto: la "Palabra de Dios" da "luz" y
"vida", se hace vida de gracia, participación en la misma vida divina, inserción
en el misterioso, pero real, dinamismo de la redención de la humanidad.
Efectivamente, Jesús se definió "luz del mundo": "Yo he venido como luz al
mundo, para que todo el que crea en mi no permanezca en tinieblas" (Jn 12, 46),
y vida de las almas.
¡Fortalecidos con esta certeza que viene de Dios, es necesario tener la valentía
de su Palabra! ¡Ningún miedo a la verdad: la "Palabra de Dios" es siempre
eficaz, no es inerte, jamás es derrotada, no vuelve a Dios humillada o
desilusionada! Y entonces, os digo con San Pablo: "Andad como hijos de la luz"
(Ef 5, 8). Ciertamente la "Palabra de Dios" es desconcertante, porque dice
el Señor: "No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son
vuestros caminos" (Is 55, 8); pone en crisis, porque es exigente, es tajante
como espada de dos filos, no se basa en persuasivos discursos de sabiduría
humana, sino en la manifestación del Espíritu y de su potencia (cf. 1 Cor 2,
4-5). "Nadie se engañe —escribía San Pablo a los Corintios—; si alguno entre
vosotros cree que es sabio según este siglo, hágase necio para llegar a ser
sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios... Nadie, pues,
se gloríe en los hombres" (1 Cor 3, 18-19. 21). En efecto, hay una falsa
sabiduría que puede tentar y engañar, confundiendo y convirtiendo en
presuntuosos. Comentando la afirmación: "Demos a Dios un culto que le sea
agradable, con temor y reverencia, porque mostró Dios ser un fuego devorador" (Heb
12, 28-29), el cardenal Newman, un apasionado de San Pablo, decía así: "El temor
de Dios es el principio de la sabiduría; hasta que no veáis a Dios como un fuego
consumidor, y no os acerquéis a El con reverencia y santo temor, por ser
pecadores, no podréis decir que tenéis siquiera a la vista la puerta estrecha:
El temor y el amor deben ir juntos; continuad temiendo, continuad amando hasta
el último día de vuestra vida. Esto es cierto; pero debéis saber qué quiere
decir sembrar aquí abajo con lágrimas, si queréis cosechar con alegría en el más
allá" (Parochial and Plain Sermons, vol. I, Serm. 24; cf. J. H.
Newman, La mente e i1 cuore di un grande, Bari, 1962, página 230).
3. En la segunda lectura, el célebre episodio de la conversión de San Pablo,
contado por él mismo a los judíos de Jerusalén, es igualmente denso de
enseñanzas para vuestra vida sacerdotal. En el camino de Damasco, caído en el
polvo, San Pablo queda cegado por la luz fulgurante de aquel Jesús a quien él
perseguía en los cristianos; sigue su conversión inmediata y decisiva, evidente
obra milagrosa de la gracia de Dios, porque Pablo debía ser el primer autorizado
intérprete del mensaje de Jesús, divinamente inspirado. El Divino Maestro le
manda levantarse y proseguir el camino; y desde ese momento, se puede decir que
San Pablo se convierte en maestro y guía del conocimiento y del amor a Cristo.
Pero sobre todo deben interesarnos y hacernos meditar las palabras del justo
Ananías: "El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su
voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo
ante todos los hombres de lo que has visto y oído" (Act 22, 14-15). Estas
palabras se pueden aplicar también a cada sacerdote, ministro de Cristo. También
vosotros habéis sido elegidos, más aún, predestinados, por el Altísimo para
conocer la "Palabra de Dios", para encontraros con Cristo, para participar de
sus mismos poderes divinos, para anunciarlo y testimoniarlo ante todos los
hombres. Como Pablo, convertido a la verdad, se lanzó con ardiente fervor a su
misión de apóstol y testigo, y ninguna dificultad logró nunca detenerlo, haced
así también vosotros. El mundo tiene necesidad de almas fervorosas y decididas,
humildes en el comportamiento, pero firmes en la doctrina; generosas en la
caridad, pero seguras en el anuncio; serenas y animosas, como Pablo, que en
medio de dificultades y contrastes de todo género, sobreabundaba de alegría en
cada una de sus tribulaciones, porque para él vivir era Cristo y morir una ganancia (cf. 2 Cor 7, 4; Flp 1,
21).
El Evangelista San Marcos refiere las últimas palabras de Jesús, categóricas e
imperativas: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El
que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado"
(Mc 16, 15-16). Ellas significan que es positiva voluntad de Dios que el
mensaje evangélico sea anunciado a todo el mundo, y que se crea en la "Palabra
de Dios". Ser sacerdotes es indudablemente una dignidad inmensa y excelsa; pero
es también una responsabilidad grande. ¡Tened siempre conciencia clara de
vuestra grandeza y sed dignos de la confianza que Dios ha puesto en vosotros I
Queridísimos, que os ilumine en vuestros estudios y os conforte en vuestros
propósitos María Santísima, a la que en estos días rezamos como "Madre de la
unidad de la Iglesia", y a la que siempre invocamos como "Trono de la
Sabiduría", "Causa de nuestra alegría".
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
|