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FESTIVIDAD DE LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Lunes 2 de febrero de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Constituye para mí una profunda alegría encontrarme hoy, en esta basílica, con vosotros, religiosos y religiosas, que representáis de manera privilegiada esa gran riqueza espiritual, que es, para el crecimiento y el dinamismo de la Iglesia de Dios, la vida consagrada. Saludo también a los representantes de las basílicas patriarcales, de las colegiatas de Roma, de las iglesias nacionales en la Urbe, al colegio de los párrocos urbanos, a los seminarios romanos, a los colegios eclesiásticos, a las archicofradías y a todos los fieles.

Este encuentro tiene lugar en un rito que, dentro de la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II, ha asumido un lugar y un significado particulares: estamos reunidos para celebrar la fiesta a la que se ha restituido —como afirmó mi predecesor Pablo VI— la denominación de "Presentación del Señor", y que "debe ser considerada, para poder asimilar su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yavé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza, por el sufrimiento y por la persecución" (Marialis cultus, 7).

2. La liturgia de hoy representa y actualiza de nuevo un "misterio" de la vida de Cristo: en el templo, centro religioso de la nación judía, en el cual se sacrificaban continuamente animales para ser ofrecidos a Dios, entra por primera vez, humilde y modesto, Aquel que. según la profecía de Malaquías, deberá sentarse "para fundir y purificar" (Mal 3, 3), en particular a las personas consagradas al culto y al servicio de Dios. Hace su primera entrada en el templo Aquel que "tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo" (Heb 2, 17).

El Salmista, previendo esta venida, exclama lleno de entusiasmo, dirigiéndose al templo mismo: "¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra... El Señor de los Ejércitos: El es el Rey de la gloria" (Sal 23 [24], 7-10).

Pero el "Rey de la gloría" es, ahora, un pequeño recién nacido de 40 días, que es llevado al templo para ser ofrecido a Dios, según la prescripción de la ley de Moisés.

¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El "la salvación" de Dios, la "luz para alumbrar a las naciones", la "gloria" del pueblo de Israel, la "ruina y la resurrección de muchos en Israel", el "signo de contradicción". Todo esto es ese Niño, que, aun siendo "Rey de la gloria", "Señor del templo", entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana.

3. Hoy, 40 días después de la solemnidad del misterio de la Navidad de Cristo, con la fiesta de la Presentación del Señor, la liturgia intenta ya iluminar ante nosotros la perspectiva de la Vigilia pascual, en la que se bendecirá el cirio, símbolo de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

También hoy la Iglesia nos hace bendecir las candelas, que vosotros, queridísimos hermanos y hermanas, habéis traído con vosotros en un gesto de ofrenda, cargado de un profundo significado interior. El cirio, que tenéis en vuestras manos, es ante todo el símbolo de Cristo, "gloria de Israel y luz de los pueblos", y, además, símbolo de su potencia y misión mesiánica. Por esto compartimos con los otros esta luz y tratamos de transmitirla a todas las actitudes de nuestra vida.

4. Este cirio representa también el don de la fe, infundida en vosotros en el santo bautismo, donde fuisteis ofrecidos y consagrados a la Santísima Trinidad. Pero este cirio, en vuestras manos de religiosos y religiosas, quiere significar, en particular, esa opción incondicionada que habéis hecho por Cristo, luz de vuestra vida, con el don definitivo y total de vosotros mismos, consagrándoos a la vida religiosa, que es una forma más perfecta de la consagración bautismal: "Los miembros de cualquier instituto —afirma el Concilio Vaticano II— recuerden ante todo que, por la profesión de los consejos evangélicos, respondieron a un llamamiento divino, de forma que, no sólo muertos al pecado, sino también renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, entregaron su vida entera al servicio de Dios, lo cual constituye, sin duda, una peculiar consagración, que radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud" (Perfectae caritatis, 5).

Por tanto, estáis llamados a una particular imitación de Jesús ya un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios ésta debe consumarse toda entera para su gloria.

5. Os conforta, ayuda e impulsa a esta imitación y a este testimonio la ejemplar actitud interior de las personas, de las que habla el Evangelio de hoy: el amor silencioso y tierno de San José; la fe fuerte y constante del anciano Simeón; la fidelidad continua y orante de la anciana profetisa Ana; pero sobre todo la absoluta y total disponibilidad de la Virgen Santísima, protagonista, juntamente con el Hijo, de este misterio de salvación, que orienta el episodio de la Presentación en el templo hacia el acontecimiento salvífico de la cruz. La Iglesia misma —escribió Pablo VI— "ha percibido en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del rito" (Marialis cultus, 20).

También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa "voluntad de oblación", con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo. La castidad, abrazada por el Reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), hace libre de manera especial el corazón de la persona (cf. 1 Cor 7, 32 ss.), de modo que la enciende cada vez más en la caridad hacia Dios y hacia los hermanos; la pobreza, abrazada voluntariamente para seguir a Cristo, hace partícipes de esa pobreza de Cristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8, 9; Mt 8, 20); la obediencia, mediante la cual se ofrece a Dios la completa consagración de la propia voluntad como sacrificio de sí mismos, une a la voluntad salvífica de Dios (cf. Perfectae caritatis, 12-14).

Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un "signo de contradicción", es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad.

6. Hoy, mientras mutuamente nos comunicamos y compartimos la "luz", que brilla en los cirios, pensamos en todos los religiosos y religiosas esparcidos por el mundo, oramos intensamente por ellos, para que, dondequiera se encuentren, brillen verdaderamente con esa luz que es Cristo, y sean siempre un signo auténtico de su Evangelio y de su Espíritu.

¡Que todos los religiosos y religiosas sepan ofrecerse juntamente con Cristo, como una llama que se consume en el amor! ¡Que vivan de El y para El, en la Iglesia y para la Iglesia! Y que María Santísima los lleve a esta cada vez mayor intimidad con su Hijo, precediéndolos en el camino de la oblación y de la donación. Sea siempre María vuestro ejemplo, vuestro modelo, vuestra fuerza, queridísimos hermanos y hermanas. "Esta Mujer —como he dicho en otra ocasión—, por asociación con su Hijo, se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza... Esta Mujer, que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente..., esta Mujer, que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos... Esta Mujer... es la expresión más grande de total consagración a Jesucristo" (Homilía a las religiosas durante la celebración de Laudes en el santuario de la Inmaculada Concepción en Washington, 7 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de noviembre de 1979, pág. 9).

Es mi deseo y mi bendición.

Amén. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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