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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA
ROMANA
DE SAN CARLOS Y SAN BLAS
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 8 de febrero de 1981
1. "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt
5, 13-14).
Repito gustosamente las palabras de la perícopa evangélica de este domingo, y
con estas palabras deseo saludar a la parroquia de San Carlos y San Blas "ai
Catinari". ¿Por qué con estas palabras? Porque las ha pronunciado Cristo ante
sus discípulos, y la parroquia es precisamente la comunidad de los discípulos
de Cristo. Con estas palabras Cristo definió a sus discípulos y, al mismo
tiempo, les asignó una tarea, explicó cómo deben ser, puesto que se
trata de sus discípulos.
Enmarcado en esta perspectiva, mi saludo se dirige, ante todo, al señor cardenal
Carlo Confalonieri, Decano del Sacro Colegio Cardenalicio, al señor cardenal Ugo
Poletti quien, como mi primer colaborador en la pastoral diocesana, me acompaña
siempre en las visitas dominicales a las diversas parroquias de la Urbe, y hoy
ha venido con el nuevo obispo auxiliar mons. Fílippo Giannin. Deseo saludar
también a los otros hermanos en el Episcopado, al párroco, p. Antonio
Francesconi, que es a la vez superior de la comunidad local religiosa, formada
por los hijos espirituales de San Antonio María Zacarías, llamados comúnmente
barnabitas.
Como sabéis, ésta es una iglesia del centro histórico, y basta esta alusión
ambiental para darnos cuenta rápidamente de su perfil socio-religioso: al número
no muy elevado de sus fieles corresponden numerosas estructuras y entidades de
carácter público y de importancia no sólo local, sino incluso nacional; por otra
parte, en relación con la tipología que la compone y con la "movilidad" de los
habitantes, surgen problemas particulares en orden a la asistencia y la
animación pastoral. ¿Cómo recordar, pues, todas las instituciones y las personas
que trabajan en la zona? Permitidme mencionar sólo, entre otros, a los padres
teatinos de la cercana basílica de San Andrés "della Valle" y a los padres
pallotinos, en cuya casa me hospedé, durante algún tiempo, en el lejano 1946.
Entre las religiosas, recordaré solamente las Hijas de la Caridad de San Vicente
de Paúl, que trabajan en el Pontificio Instituto "San Clemente". Finalmente
recuerdo y saludo, por lo que se refiere a los grupos laicales, a la Obra
O.A.S.I. en favor de los hermanos israelitas, al grupo neocatecumenal, erigido
recientemente en San Salvador "in Campo", al Centro italiano de solidaridad. Lo
que me apremia declarar al fin de esta reseña, necesariamente incompleta, es que
a todos y a cada uno de los sacerdotes, religiosos y laicos, comprendidos en el
ámbito de esta insigne comunidad parroquial, mi visita quiere traerles una
palabra de satisfacción, de ánimo y de estímulo por su laudable y multiforme
compromiso de testimonio eclesial.
Deseo dirigir, después, un afectuoso saludo a los fieles de la parroquia de
Santa María de Constantinopla en Avelino, que están aquí presentes con su
párroco, los cuales han venido a Roma con ocasión de la declaración de hermandad
de la primera y segunda prefectura de la diócesis romana con su parroquia. Y
mediante ellos, envío, con particular e intenso afecto, mi saludo, mis buenos
deseos y la seguridad de mi recuerdo en la oración, a cuantos sufren a causa
del terremoto de hace algunos meses.
2. ¿Por qué el Señor Jesús ha llamado a sus discípulos "la sal de la tierra"? El
mismo nos da la respuesta si consideramos, por una parte, las circunstancias en
las que pronuncia estas palabras y, por otra, el significado inmediato de la
imagen de la sal. Como sabéis, la afirmación de Jesús se inserta en el sermón de
la montaña, cuya lectura comenzó el domingo pasado con el texto de las ocho
bienaventuranzas: Jesús, rodeado de una gran muchedumbre, está enseñando a
sus discípulos (cf. Mt 5, 1), y precisamente a ellos, como de
improviso, les dice no que "deben ser", sino que "son" la sal de la tierra. En
una palabra, se diría que El, sin excluir obviamente el concepto de deber,
designa una condición normal y estable del discipulado: no se es
verdadero discípulo suyo, si no se es sal de la tierra.
Por otra parte, resulta fácil la interpretación de la imagen: la sal es la
sustancia que se usa para dar sabor a las comidas y para preservarlas, además,
de la corrupción. El discípulo de Cristo, pues, es sal en la medida en
que ofrece realmente a los otros hombres, más aún, a toda la sociedad humana,
algo que sirva como un saludable fermento moral, algo que dé sabor y que
tonifique. Dejando a un lado la metáfora, este fermento sólo puede ser la virtud
o, más exactamente, el conjunto de las virtudes tan estupendamente indicadas en
la serie precedente de las bienaventuranzas.
Se comprende, pues, cómo estas palabras de Jesús valen para todos sus
discípulos. Por tanto, es necesario que cada uno de nosotros, queridos hermanos
e hijos, las entienda como referidas a sí mismo. Cuando en mi saludo inicial he
citado estas palabras programáticas, pensaba precisamente en vosotros, y ahora,
después de la explicación que de ellas he hecho, debéis sentiros comprendidos en
ellas todos los feligreses. No me refiero sólo a los que llamamos
"comprometidos", sino a todos, a cada uno de vosotros, sin excepción. ¡Porque todos sois discípulos de Cristo!
Y ahora la segunda pregunta: ¿Por qué el Señor Jesús llamó a sus discípulos "la
luz del mundo"? El mismo nos da la respuesta, basándonos siempre en las
circunstancias a que hemos aludido y en el valor peculiar de la imagen.
Efectivamente, la imagen de la luz se presenta inmediatamente como
complementaria e integrante respecto a la imagen de la sal: si la
sal sugiere la idea de la penetración en profundidad, la de la luz sugiere la
idea de la difusión en el sentido de extensión y de. amplitud, porque —diré con
las. palabras del gran poeta italiano y cristiano— "La luz rápida cae como
lluvia de cosa en cosa, y suscita varios colores, dondequiera que se posa" (A
Manzoni, La Pentecoste, vs. 41-44).
El cristiano, pues, para ser" fiel discípulo de Cristo Maestro, debe
iluminar con su ejemplo, con sus virtudes, con esas "bellas obras" (Kala Erga),
de las que habla el texto evangélico de hoy (Mt 5, 16), y las cuales
puedan ser vistas por los hombres. Debe iluminar precisamente porque es
seguidor de Aquel que es "la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a
todo hombre" (Jn 1, 9), y que se autodefine "luz del mundo" (Jn
8, 12). El lunes pasado hemos celebrado la fiesta de "La Candelaria", cuyo nombre
exacto es el de "Presentación del Señor". Al llevar al Niño al templo, fue
saludado proféticamente por el anciano Simeón como "luz para alumbrar a las
naciones" (Lc 2, 32). Ahora bien, ¿no nos dice nada esta "persistencia de
imagen" en la óptica de los evangelistas? Si Cristo es luz, el esfuerzo de la
imitación y la coherencia de nuestra profesión cristiana jamás podrán prescindir
de un ideal y, al mismo tiempo, de la semejanza real con El.
También esta segunda imagen configura una situación normal y universal,
válida para la vida cristiana: se presenta y se impone como una obligación
de estado y debe tener, por tanto, una realización práctica y detallada, de modo
que en ella se encuentren los sacerdotes, las religiosas, los padres, los
jóvenes, los ancianos, los niños y, sobre todo, los enfermos, los que están
solos, los que sufren. Igual que todos están invitados a hacerse discípulos de
Cristo, así también todos pueden y deben hacerse, en sus obras concretas, sal
y luz para los demás hombres.
3. Y ahora escuchemos la confesión del auténtico discípulo de Cristo.
He aquí que habla San Pablo con las palabras de su Carta a los Corintios. Lo
vemos, mientras se presenta a sus destinatarios, y oímos que lo ha hecho "débil
y temeroso" (1 Cor 2, 3). ¿Por qué?
Esta actitud de "debilidad y temor" nace del hecho de que él sabe que choca con
la mentalidad corriente, la sabiduría puramente humana y terrena, que sólo se
satisface con las cosas materiales y mundanas. Él, en cambio, anuncia a Cristo y
a Cristo crucificado, esto es, predica una sabiduría que viene de lo alto. Para
hacer esto, para ser auténtico discípulo de Cristo, vive interiormente
todo el misterio de Cristo, toda la realidad de su cruz y de su resurrección.
Además, es preciso notar que así también la intensa vida interior se convierte,
casi de modo natural, en lo que el Apóstol llama "el testimonio de Dios" (1 Cor 2, 1). Así, pues, en la vida práctica, un auténtico discípulo debe
siempre ser tal en el sentido de la aceptación interior del misterio de Cristo,
que es algo totalmente "original", no mezclado con la ciencia "humana" y con la
"sabiduría" de este mundo.
Viviendo de este modo tendremos, ciertamente, el "conocimiento" de él y también
la capacidad de actuar según él. Pero es necesario que en relación con los
compromisos de naturaleza laical, nuestra fe no se funde en la sabiduría humana,
sino en el poder de Dios (1 Cor 2, 5).
4. La parroquia —como he dicho al comienzo— es la comunidad de los discípulos de
Cristo. ¿Qué consecuencias prácticas nos conviene sacar de las lecturas
litúrgicas de hoy? Me parece que deben ser éstas: ante todo, la profundización
en la fe y en la vida interior; en segundo lugar, un empeño serio en la
actividad apostólica: "para que (los hombres) vean vuestras buenas obras y den
gloria a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5, 16); y finalmente, la
disponibilidad en ayudar a los otros, como bien dice la primera lectura
con las palabras de Isaías: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los
pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te
abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al
Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: Aquí estoy" (Is 58, 7-9).
5. Permitid ahora que de la palabra divina de este domingo, palabra que hemos
meditado juntos, saque las últimas conclusiones y, al mismo tiempo, formule mis
votos tanto para vuestra comunidad cristiana, como para cada uno de vosotros.
Ante todo, deseo que renovéis en vosotros la conciencia personal y comunitaria:
soy discípulo, quiero ser discípulo de Cristo. Esta es una cosa maravillosa:
¡Ser discípulo de Cristo! ¡Seguir su llamada y su Evangelio! Os deseo que podáis
sentir esto más profundamente, y que la vida de cada uno de vosotros y de todos
adquiera, gracias a esta conciencia, su pleno significado.
En las palabras de Isaías se contiene una promesa particular: el Señor escucha a
los que le obedecen. El responde "Aquí estoy" a los que se hallan ante El
con la misma disponibilidad y dicen con su conducta el mismo "aquí estoy". Os
deseo que vuestra relación con Jesucristo nuestro Señor, Redentor y Maestro, se
regule de este modo. Deseo que Cristo esté con vosotros, y que,
mediante vosotros esté con los demás: y que se realice así la
vocación de sus verdaderos discípulos, los cuales deben ser "la sal de la
tierra" y "la luz del mundo". Así sea.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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