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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

SANTA MISA EN EL QUEZON CIRCLE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 19 de febrero de 1981

Aquí en Quezon Circle hemos escuchado las palabras del Señor nuestro Dios que nos recuerda el Profeta Isaías: "Paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice Yavé, yo le curaré" (Is 57, 19). ¡Y mirando hoy a esta inmensa asamblea, os anuncio a todos vosotros, lejanos y cercanos, la paz del Señor, la paz de Cristo! Con el Apóstol Pedro digo yo también: "La paz a todos vosotros los que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).

1. Queridísimos hermanos y hermanas de Filipinas: Estamos celebrando hoy la paz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo; la paz que los ángeles anunciaron en su nacimiento; la paz que El comunicó a todos los que entraron en contacto con El durante su vida terrena; la paz que dio a sus Apóstoles cuando, después de su resurrección, se paso en medio de ellos y les dijo: "La paz sea con vosotros" (Jn 20, 19).

Estamos celebrando la paz que Cristo consiguió para nosotros mediante su misterio pascual, mediante su pasión, muerte y resurrección de entre los muertos. Hoy podemos gozar de la paz porque Dios envió a su propio Hijo al mundo para que fuera nuestro Redentor.

2. Y la paz que celebramos es nuestra redención del pecado, nuestra liberación de la cólera de Dios y del castigo eterno. Sin Cristo habríamos seguido siendo, en palabras de San Pablo, "hijos de ira" (Ef 2, 3). Pero hemos sido verdaderamente liberados por Cristo; todo es nuevo en nuestra relación con Dios. Cristo nos ha reconciliado consigo, "pacificando con la sangre de su cruz" (Col 1, 20).. Hemos sido llamados de la oscuridad del pecado a la luz maravillosa del Reino de Dios, donde hemos recibido misericordia, gracia y paz de parte de Jesucristo.

3. A través del amor de Dios no solamente hemos recibido, el don de la vida humana, sino que hemos llegado a ser también hijos adoptivos de Dios. Gracias a la gran acción pacificadora de Cristo —su Sacrificio en la cruz— hemos llegado a ser sus hermanos y hermanas y, junto con El, herederos de la vida eterna. A causa de esta nueva relación nuestra con Dios en Cristo, la paz es ahora posible: paz en nuestros corazones y en nuestros hogares, paz en nuestras comunidades y en nuestras naciones, paz en todo el mundo.

Sí, Jesucristo es el supremo Pacificador de la historia humana, el Reconciliador de los corazones humanos, el Liberador de la humanidad, el Redentor del hombre. "El es nuestra paz" (Ef 2, 14).

4. El plan de Dios Padre es que la paz que su amado Hijo Jesucristo consiguió para nosotros en el Calvario sea comunicada a todo ser humano, individualmente y como miembro de la sociedad. Esta comunicación de la paz de Cristo tiene lugar en la Iglesia a través de la acción del Espíritu Santo que actúa mediante la Palabra de Dios y los sacramentos.

Por la fe y el Bautismo entablamos una relación con Dios que hace posible verdaderamente la paz. Llegamos a ser de hecho hijos de Dios y somos incorporados al Cuerpo de Cristo. Somos bautizados en la muerte de Cristo (cf. Rom 6, 4) —su gran acto pacificador— para que podamos tomar parte en su resurrección y caminar en novedad de vida.

Mediante el Sacramento de la Penitencia Jesús nos ofrece el perdón y la paz. Precisamente a causa de su importancia como sacramento de la reconciliación subrayé en mi primera Encíclica "el derecho del hombre a un encuentro más personal con Cristo crucificado que perdona" (Redemptor hominis, 20; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de marzo de 1979, pág. 14),: y recomendé encarecidamente la fiel observancia de la secular costumbre de la confesión individual. Hoy quiero presentar una vez más el sacramento de la penitencia como un don de la paz y del amor de Cristo, y os pido que os esforcéis por beneficiaros de esta ocasión. de gracia.

Y la Eucaristía, mis queridos hermanos; es la culminación de nuestra paz sacramental, en la cual volvemos a presentar al Padre el sacrificio de su Hijo y recibimos a cambio el don de la reconciliación y de la paz, el don de Jesús mismo. Jesús, el Príncipe de la Paz, se comunica a Sí mismo y se hace nuestra paz.

5. Queridos hermanos y hermanas: Es Verdaderamente importante para nosotros entender cómo Dios nos pone en contacto con Cristo y nos comunica la paz de Cristo. Es de vital importancia para los padres el transmitir a sus hijos una comprensión de la fe, y un profundo aprecio de la vida sacramental, de modo que cada generación sea consciente de la paz de Cristo. El éxito de la misión de la Iglesia en este aspecto depende de vosotros; está íntimamente unido con la insustituible actividad catequística de la familia.

6. Al mismo tiempo Cristo nos invita y nos manda llevar su paz al mundo. Este es el modo como El quiere que vivamos; nos lo ha explicado de un modo muy sencillo en las bienaventuranzas del Evangelio: "Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9). Estamos llamados a comunicar la curación que nosotros hemos experimentado, y la reconciliación que nos ha sido dada tan pródigamente. Y en la segunda lectura de hoy se nos ha dicho lo que debemos hacer: "Revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos mutuamente... Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros" (Col 3, 12 ss.). Habiendo sido perdonados, estamos llamados a perdonar. Habiendo sido justificados por la gracia de Dios, estamos llamados a dar testimonio de la justicia en nuestras vidas, pues sabemos bien que pueden existir en el mundo relaciones pacificas solamente cuando la justicia de Cristo impregne los corazones y se exprese en todas las estructuras de la sociedad.

7. Pero para comunicar la paz de acuerdo con las palabras de Cristo, debemos vivir nosotros esta paz. Con palabras del Apóstol Pablo: "La paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo" (Col 3, 15). Sí, queridos hermanos y hermanas, debe haber paz en nuestras familias, entre maridos y mujeres, entre padres e hijos; paz en nuestras comunidades; paz en nuestras parroquias e Iglesias locales; paz en la sociedad y sobre la tierra: paz en el corazón de los ministros de Cristo, en el corazón de los religiosos y en el de los laicos, en ' el corazón de todos aquellos que abrazan su Evangelio de amor.

8. Sólo entonces puede ser eficaz nuestra proclamación y nuestra comunicación de paz: paz a los pobres y a los ricos, paz a los jóvenes y a los ancianos, paz a los enfermos y a los que sufren, a los presos y a todos los que lloran. Paz a los que están agobiados por el peso del pecado, y a aquellos que tropiezan bajo el peso de su cruz. Paz a todos los que sirven con nosotros en el nombre de Cristo y para gloria de su Padre. Paz a todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo, a todos nuestros prójimos, los seres humanos: la paz de la reconciliación, de la justicia, de la libertad, del miedo, de la liberación de la opresión y el pecado, de la liberación de la muerte eterna. La paz del Reino de Cristo, la paz de la esperanza, la paz de Jesús mismo. Queridísimos, es ésta la paz que yo quiero proclamar hoy a los de lejos y a los de cerca: la paz del Reino de Dios, la paz de Cristo.

9. Vuestra paz es un don del Señor, una responsabilidad y un reto. Escuchemos a Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida. El habla a nuestros corazones, y dice: "Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios". Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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