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VISITA PASTORAL A TERNI
MISA PARA EL PUEBLO EN EL ESTADIO
DE LA CIUDAD
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Jueves 19 de marzo de 1981
1. "Dichosos los que viven en tu casa (Señor), alabándote siempre (Sal 83
[84], 5).
Queridos hermanos y hermanas:
Después del encuentro matutino en el lugar del trabajo, nos reunimos ahora en
este amplio estadio para participar en la Eucaristía. Una vez más quiero
manifestaros mi gratitud, porque el día en que la Iglesia venera a San José,
"hombre justo", que trabajó en Nazaret en el taller de carpintero, he podido
encontrarme con vosotros esta mañana dentro del recinto de una de las
fábricas, donde se halla el puesto de trabajo de tantos hombres residentes en
Terni y en las localidades circunvecinas. Ese encuentro se centró sobre el
gran problema del trabajo humano, hacia el cual dirige nuestros
pensamientos y corazones, de modo particular, el día de hoy.
Aquí os saludo por segunda vez en un círculo más amplio: acompañados por
vuestras familias, por vuestras mujeres y por los hijos, por vuestros
familiares, allegados, vecinos y conocidos, José de Nazaret, "hombre justo",
cuya solemnidad nos permite mirar con ojos de fe la gran causa del trabajo
humano, es, al mismo tiempo, cabeza de la casa, cabeza de la familia: de la
Sagrada Familia, lo mismo que cada uno de vosotros, mis hermanos y hermanas, es
marido y padre, esposa y madre, responsable de la familia y de la casa. Hay un
estrecho vínculo entre el trabajo y la familia: entre vuestro trabajo y
vuestra familia. San José es, por título particular, Patrono de este vínculo. Y
por esto esta bien: que, después de nuestro encuentro matutino que nos ha
visto reunidos en torno al puesto de trabajo, nos podamos encontrar aquí para
dedicar la Santa Misa de la solemnidad de San José a las familias. A cada una y
a todas las familias.
Precisamente a estas familias deseo invitar de modo más cordial a la comunidad
eucarística, que expresa nuestra unidad familiar con Dios, Padre de
Jesucristo y Padre nuestro; y al mismo tiempo, manifiesta la unidad recíproca de
los hombres, sobre todo de los que constituyen una sola familia.
2. La Eucaristía manifiesta y realiza la unidad familiar de toda la
Iglesia. Al participar en el sacrificio de Cristo, para alimentarse de su
Cuerpo y de su Sangre, la Iglesia se reúne como una familia en la mesa de la
Palabra divina y en la mesa del Pan del Señor.
Hoy, en esta solemne asamblea eucarística, participa de modo particular, toda
la Iglesia de Terni, Narni y Amelia.
Deseo saludar cordialmente a esta Iglesia como a la familia del Pueblo de Dios
con el obispo Santo Bartolomeo Quadri, que es su Pastor, con todo el
presbiterio. Saludo a los miembros de los cabildos, a los educadores del
seminario, a los párrocos y a sus colaboradores. Saludo también a los religiosos
y religiosas de las órdenes y congregaciones que desarrollan su trabajo en la
zona, prestando su preciosa aportación a la edificación del Pueblo de Dios.
Dirijo un deferente saludo a las autoridades civiles que han querido honrar esta
celebración con su presencia. Una palabra de saludo quiero reservar a la
representación de la parroquia de Castelnuovo di Conza, afectada por el
terremoto, y con la cual los fieles de esta tierra se han unido laudablemente en
hermandad de solidaridad. Saludo también con especial cordialidad a los laicos comprometidos en el apostolado, especialmente entre ellos a los que han aceptado
insertarse activamente en las varias formas asociadas que trabajan a nivel,
tanto diocesano como parroquial. Y saludo a los jóvenes, que veo aquí presentes
en tan gran número: que sepan conservar el corazón siempre abierto a los valores
anunciados en el Evangelio, comprometiéndose a construir sobre ellos Un futuro
más digno del hombre. Finalmente, un saludo a todos los fieles de las
comunidades diocesanas que, con el cotidiano cumplimiento de sus deberes
familiares y sociales, dan testimonio ante los hermanos de la solidez de sus
convicciones cristianas.
Las Iglesias de Terni, Narni y Amelia pueden gloriarse de antiguas tradiciones
de fe, selladas por la sangre de los mártires ilustres: Valentín, Juvenal,
Fermina, son nombres que conocéis bien, que evocan el recuerdo de tiempos
difieres, en los cuales la adhesión a Cristo frecuentemente comportaba el
sacrificio de la misma vida. El ejemplo de impávida fortaleza que vuestros
Santos Patronos os han dejado como patrimonio imperecedero, sea para cada uno de
los hijos de esta tierra constante estímulo para esa valiente coherencia de
vida, sin la cual no es posible sentirse ni ser auténticamente cristianos. ¡A
ejemplo de esos antiguos cristianos que murieron por la fe, sabed
vosotros, hoy, vivir de fe!
3. La lectura del Evangelio según Mateo nos invita a meditar sobre un momento
particular de la vida de José de Nazaret, un momento lleno de contenido divino
y, al mismo tiempo, de profunda verdad humana. Leemos: "El nacimiento de
Jesucristo fue de esta manera: La madre de Jesús estaba desposada con José y,
antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu
Santo" (Mt 1, 18). Cuando escuchamos estas palabras, nos vienen a la
mente aquellas otras tan conocidas que rezamos cada día en la oración de la
mañana, del mediodía y de la tarde:
"El Ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo'
Por obra del Espíritu Santo fue concebido el Hijo de Dios para hacerse hombre:
Hijo de María; Este fue el misterio del Espíritu Santo y de María. EL misterio
de la Virgen, que a las palabras de la anunciación, contestó: "He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).
Y así sucedió: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"
(Jn 1,
14). Y sobre todo vino a habitar en el seno de la Virgen que —permaneciendo
virgen— se convirtió en madre: "resultó que esperaba un hijo, por obra del
Espíritu Santo" (Mt 1, 18).
Este fue el misterio de María. José no conocía este misterio. No sabía que en Aquella de quien era esposo, aun cuando, de acuerdo con la
ley judía no la había recibido aún en su casa, se había cumplido la promesa
de la fe hecha a Abraham, de la que habla San Pablo en la segunda lectura
de hoy. Esto es, que en Ella, en María, de la estirpe de David, se había
cumplido la profecía que en otro tiempo había dirigido el Profeta Natán a
David. La profecía y la promesa de la fe, cuya realización esperaba todo el
pueblo, el Israel de la elección divina, y toda la humanidad.
Este fue el misterio de María. José no conocía este misterio. Ella no se lo podía
transmitir, porque era misterio superior a las capacidades del entendimiento
humano y a las posibilidades de la lengua humana. No era posible transmitirlo
con medio humano alguno. Se podía solamente aceptarlo de Dios, y creer.
Tal como creyó María.
José no conocía este misterio y por esto sufría muchísimo interiormente. Leemos:
"José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en
secreto" (Mt 1, 19).
Pero llegó cierta noche en la que también José creyó. Le fue dirigida la
palabra de Dios y se hizo claro para él el misterio de María, de su Esposa y
Cónyuge. Creyó, pues, que en Ella se había cumplido la promesa de la fe hecha a Abraham y la profecía que
había escuchado el Rey David. (Ambos, José y María, eran de la estirpe de David).
"José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque
la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le
pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados" (Mt
1, 20-21).
"Cuando José se despertó del sueño —concluye el Evangelista— hizo lo que le
había mandado el ángel del Señor" (Mt 1, 24).
4. Nosotros, reunidos aquí, escuchamos estas palabras y veneramos a José;
hombre justo. A José que amó más profundamente a María, de la casa de David,
porque aceptó todo su misterio. Veneramos a José, en quien se reflejó más
plenamente que en todos los padres terrenos la paternidad de Dios mismo.
Veneramos a José, que construyó la casa familiar en la tierra al Verbo Eterno,
así como María le había dado el cuerpo humano. "El Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros" (Jn 1, 14).
Desde este gran misterio de la fe dirigimos nuestros pensamientos a nuestras
casas, a tantas parejas y familias, ¡José de Nazaret es una revelación
particular de la dignidad de la paternidad humana! José de Nazaret, el
carpintero, el hombre del trabajo. Pensad en esto vosotros, precisamente
vosotros, hombres del trabajo de Terni, Narni y Amelia, y de toda Italia y de
toda Europa y de todo el mundo. La familia se apoya sobre la dignidad de la
paternidad humana, sobre la responsabilidad del hombre, marido y padre, así como
también sobre su trabajo. José de Nazaret es un testimonio de ello.
Las palabras que Dios le dirige: "José, hijo de David, no tengas reparo en
llevarte a María, tu mujer" (Mt 1, 20), ¿acasó no se dirigen a cada
uno de vosotros ? ¡Queridos hermanos, maridos y padres de familia! "No tengáis
miedo de llevar..." ¡No abandonéis! Fue dicho al principio: "Por eso
dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer"' (Gen 2, 24). Y
Cristo añade: "Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mc 10, 9). La unidad
de la familia, su estabilidad es uno de los bienes fundamentales del hombre
y de la sociedad. La unidad de la familia constituye la base de la
indisolubilidad del matrimonio; si el hombre, si la sociedad buscan los caminos
que privan al matrimonio de su indisolubilidad y a la familia de su cohesión y ce
su estabilidad, entonces cortan como la raíz misma de su fuerza moral y de su
salud, se privan de uno de los bienes fundamentales, sobre los que está
construida la vida humana.
Hermanos queridos: Esa voz que escuchó José de Nazaret aquella noche decisiva de
su vida, llegue siempre a vosotros, en particular cuando amenaza el peligro de
la destrucción de la familia. "No tengas miedo de perseverar". "¡No abandones!".
Comportaos como lo hizo ese hombre justo.
5. José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María y al que ha sido
engendrado en ella (cf. Mt 1, 20). Así dice Dios-Padre al hombre con el
que, en cierto modo, ha compartido su paternidad. Queridos hermanos: Dios
comparte, en cierto sentido, su paternidad con cada uno de vosotros. No del modo
misterioso y sobrenatural con que lo hizo con José de Nazaret... Y, sin
embargo, toda paternidad en la tierra, toda paternidad humana toma de El su
origen, y en El encuentra su modelo. Vuestra paternidad humana, queridos
hermanos, se une siempre con la maternidad. Y el que ha sido concebido en
el seno de la mujer-madre os une a vosotros esposos, marido y mujer, con un
vínculo particular que Dios-Creador del hombre ha bendecido desde "el,
principio". Este es el vínculo de la paternidad y de la maternidad, que
se forma desde el momento en que el hombre, el marido, encuentra en la
maternidad de la mujer la expresión y la confirmación de su paternidad humana.
La paternidad es responsabilidad por la vida: por la vida, primero concebida en el seno de la mujer, luego dada a luz,
para que se revele en ella un nuevo hombre, que es sangre de vuestra sangre y
carne de vuestra carne. Dios que dice: "no abandones a la mujer, tu esposa",
dice al mismo tiempo: "¡acoge la vida concebida en ella!". Como le dijo a José
de Nazaret, aunque José no fuese el padre carnal de Aquel que fue concebido por
obra del Espíritu Santo en María Virgen.
Dios dice al hombre: "¡Acoge la vida concebida por obra tuya! ¡No permitas que
se suprima!". Dios habla así con la voz de sus mandamientos, con la voz de la
Iglesia. Pero habla así sobre todo con la voz de la conciencia. La voz de
la conciencia humana. Esta voz es unívoca, a pesar de cuanto se haga para
impedir que se la escuche y para sofocarla, esto es, para que el hombre no
escuche y la mujer no escuche esta voz sencilla y clara de la conciencia.
Los hombres del trabajo, los hombres del trabajo duro conocen esta voz sencilla de la
conciencia. Lo que ellos sienten del modo más profundo es precisamente ese
vínculo que une el trabajo y la familia. El trabajo es para la familia, porque
el trabajo es para el hombre (y no viceversa), y precisamente la familia y ante
todo la familia es el lugar específico del hombre. Es el ambiente donde
es concebido, nace y madura; el ambiente en favor del cual asume la
responsabilidad más seria, en el cual se realiza cotidianamente; el ambiente de
su felicidad terrena y de la esperanza humana. Y por esto, hoy, día de San José,
conociendo los corazones de los hombres del trabajo, su honestidad y
responsabilidad, manifiesto la convicción de que precisamente ellos asegurarán y
consolidarán estos dos bienes fundamentales del hombre y de la sociedad: la
unidad de la familia y el respeto a la vida concebida bajo el corazón de la
madre.
6. "Dichoso el que habita en tu casa, Señor" (cf. Sal 83 [84], 5).
Queridos hermanos y hermanas: Os deseo la felicidad. Os deseo esa felicidad que
brota de la conciencia pura. Os deseo esa felicidad que ofrece el hogar
doméstico. Desde la casa de Nazaret de José, de María, de Jesús, desde
ese modesto puesto de trabajo, unido con ella, trazo con el pensamiento y el
corazón como una línea continua hasta estos modernos centros del trabajo
industrial, en los que vosotros os fatigáis, y la llevo más adelante: hasta
vuestras casas, a vuestras familias. Que reine en ellas la felicidad que
proviene de Dios. Sea ella más fuerte que todas las pruebas de la vida, de las
que jamás está privado el hombre en la tierra. Y, sobre todo, que en vuestras
casas, en vuestras familias madure el hombre según la medida
propia de su dignidad.
De la dignidad que le ha dado Jesús de Nazaret... Jesús, de quien la gente
hablaba como del "hijo del carpintero" (Mt 13, 55). Mientras El era de la misma
sustancia que el Padre, el Hijo de Dios que se encarnó y nació como hombre de la
Virgen María por obra del Espíritu Santo.
Y crecía en Nazaret al lado de José. Bajo su mirada vigilante y solícita.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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