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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN SABAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

IV domingo de Cuaresma
29 de marzo de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Deseo juntamente con vosotros saludar a Cristo Buen Pastor con las palabras del Salmo responsorial de la liturgia de hoy, que colma nuestros corazones de tanta confianza:

¡El Señor es mi Pastor, nada me falta! (Sal 22 [23], 1).

En el nombre de Cristo que es el Pastor Eterno de la Iglesia, Pastor de las almas, saludo a esta pequeña parte de la Iglesia romana, que es la comunidad de San Sabas en el Aventino.

Me encuentro entre vosotros en una circunstancia feliz: el 50 aniversario de la fundación de la parroquia. Efectivamente, en 1931, Pío XI, de venerada memoria, decretaba su erección y la confiaba a los padres jesuitas. Después del largo y asiduo trabajo desarrollado por los sacerdotes salesianos en esta zona de Roma, a los cuales va también la expresión de nuestra gratitud, les sucedieron los Hijos de San Ignacio, ¡y cuánto bien han prodigado en este medio siglo de fatigas apostólicas! Por esto, recordando a tantas personas que trabajan por vosotros y con vosotros, os presento a todos mi saludo con grande y gozoso afecto.

Ante todo quisiera saludar al cardenal Vicario y al obispo auxiliar, al párroco con su vicepárrocos, a los hermanos coadjutores y a todos los padres y sacerdotes colaboradores. Extiendo también con particular cordialidad este saludo a todos los que participan más íntimamente en la vida parroquial: a los religiosos y religiosas de las varias congregaciones, especialmente a las religiosas salesianas, al consejo pastoral, a la Acción Católica de adultos, a los catequistas, a las Lámparas Vivientes, al Apostolado de la Oración, a las Comunidades juveniles, a los monaguillos, a los "Muchachos nuevos", al grupo de esposos y de la "Tercera Edad", a Caritas parroquial, a las Asociaciones deportivas y culturales. Pero, sobre todo, con esta visita pastoral quiero presentar mi saludo de padre, de pastor, de amigo, a todas las varias clases de personas que forman el tejido de vuestra comunidad parroquial: dirigentes, industriales, constructores, empresarios, profesores de universidad, diplomáticos, profesionales, maestros, empleados, obreros, artesanos, comerciantes, artistas, con cada una de sus familias, con sus propias alegrías y sus sufrimientos: a todos quiero llegar con mi amor, mi oración y mi afán apostólico. Vuestra parroquia, que tiene verdaderamente la característica de la variedad y de la complejidad, sienta en este momento de manera intensa que está presente siempre en el pensamiento y en el corazón del Papa, el cual en este alegre cincuentenario desea a todos la paz de Cristo.

2. El Salmo responsorial del IV domingo de Cuaresma dirige nuestras almas hacia el misterio pascual, en el que Cristo se revela realmente como Pastor que ofrece la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15). La imagen que emerge del Salmo 22 es una preparación en el Antiguo Testamento de la figura que Cristo mismo ha delineado con la parábola del Buen Pastor. Evidentemente, el Salmo refleja una mentalidad oriental y se expresa con modalidades típicas del contexto histórico judío y, por esto, requeriría una esmerada exégesis. Sin embargo, su mensaje es fácilmente comprensible: Jesús, el Verbo Divino, se encarnó precisamente para conducir las almas hacia la verdad: "En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas".

Jesús vino para alentarnos en el camino de la vida, para guiarnos en el camino justo de la salvación, para prepararnos la mesa de la gracia, para darnos la alegría de la certeza. Jesús está con nosotros todos los días de nuestra existencia: la fe en El nos da seguridad y valentía, aun cuando a veces tengamos que caminar en un valle oscuro. ¡Animo, pues, queridos hijos! Es la primera exhortación que nos sugiere la liturgia de hoy. ¡A pesar de las penas y de los contrastes de la vida, a pesar de las situaciones sociales y públicas que a veces pueden llegar a ser dramáticas, no perdáis la confianza en Cristo Buen Pastor, Redentor de nuestras almas, Salvador de la humanidad 1

3. Cristo es precisamente el Pastor Eterno de toda la humanidad, porque en El todos nosotros hemos sido elegidos por el Padre como sus hijos adoptivos. Y por medio de su obra redentora hemos sido unidos al Espíritu Santo, de manera que participamos así también de la misión de Cristo "Sacerdote, Profeta y Rey" (cf. Lumen gentium, 31). Hacia estos pensamientos nos orienta Ja primera lectura del libro de Samuel, que narra la elección y la unción del futuro Rey David por parte del Profeta.

Del relato del episodio histórico resulta que en el Antiguo Testamento sólo alguno era elegido por el Altísimo para la realización de sus designios. En este caso, uno solo de los 7 hijos de Jesé fue elegido y consagrado Rey de Israel.

En cambio, la revelación de Cristo y la enseñanza perenne de la Iglesia afirman que, en el Nuevo Testamento, la elección es universal: toda la humanidad y, por esto, cada uno de los hombres, es llamado y elegido en Cristo para participar de la misma vida divina mediante la gracia. ¡Así, pues, sentíos dichosos y estad agradecidos por haber no sólo conocido estas realidades divinas, sino por haber recibido la "unción" y la "consagración" mediante el bautismo y la confirmación! ¡Acordaos siempre de vuestra dignidad, de vuestra grandeza, de vuestra riqueza y comportaos de modo que también los demás puedan conocerla y vivirla!

4. Sin embargo, el pensamiento sobre el que pone más fuertemente el acento la liturgia de hoy es que Cristo es el Pastor de nuestras almas en cuanto nos abre los ojos para ver la luz de Dios.

El relato de la curación del ciego de nacimiento, como nos lo presenta el Evangelista Juan, es ciertamente una de las páginas más espléndidas del Evangelio. Sería necesario detenerse largamente para analizar los valores literarios, para saborear la composición, de la escena, para profundizar en la sicología de los diversos personajes, para seguir la dinámica de la acción, para descubrir su valor apologético, para meditar su mensaje doctrinal. Lo podréis hacer en vuestros encuentros de grupo, con comodidad y provecho; para este encuentro es suficiente una sola, pero fundamental, observación: Jesús realizó el llamativo milagro de la curación del ciego de nacimiento para demostrar su divinidad y la consiguiente necesidad de acoger su Persona y su mensaje.

El ciego, una vez curado, no sabe todavía quién es Jesús pero lo intuye, y contra la incredulidad de los judíos y el temor de sus mismos padres, afirma: "Jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder". Cuando después Jesús le dice claramente que es el "Hijo del hombre", esto es, el Mesías, el Hijo de Dios, el ciego curado no tiene duda alguna e inmediatamente hace su profesión de fe: "Creo, Señor".

He aquí, pues, el significado, inmediato del milagro realizado por Jesús: El es verdaderamente Dios, el cual como pudo dar enseguida la vista a un ciego, mucho más puede dar la vista al alma, puede abrir los ojos interiores para que conozcan las verdades supremas que se refieren a la naturaleza de Dios y al destino del hombre. Por esto, la curación física del ciego, que luego es causa de su fe, se convierte en un símbolo de la conversión espiritual. De este modo Jesús vuelve a confirmar la verdad de las palabras que ya había pronunciado: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida" (Jn 8, 12). Cristo es Buen Pastor porque es la luz de nuestras almas. No podemos menos de creer en El, seguirle, amarle, escucharle.

5. De la meditación de las lecturas de la liturgia de hoy debemos sacar ahora alguna conclusión práctica, que pueda servir en el camino ulterior de vuestra vida personal y parroquial.

Ante todo, tened siempre un profundo sentido de responsabilidad sobre vuestra fe cristiana. El relato evangélico nos hace comprender cuán preciosa es la vista de los ojos, pero cuánto más preciosa es aún la luz de la fe. Pero sabemos que esta fe exige firmeza y fortaleza, porque está siempre insidiada. Frente a la luz que es Cristo, hay a veces una actitud de abierta hostilidad, o de rechazo y de indiferencia, o también de crítica injusta y parcial.

Sentíos responsables de vuestra fe en la sociedad moderna en la que debéis vivir, cada uno en su puesto de vida y de trabajo, cada uno en el ámbito de sus relaciones de familia y de profesión. Y por esto, profundizad cada vez más en ella, con una catequesis sana, completa, metódica. A este propósito manifiesto mi viva satisfacción por la incansable y diligente obra de catequesis que se desarrolla en vuestra parroquia, para todas las edades y clases de personas. ¡Corresponded al celo de vuestros Pastores! ¡Conocer mejor la propia fe significa estimarla más, vivirla más intensamente, irradiarla con más eficaz testimonio!

6. Una segunda consecuencia práctica se puede sacar de la Carta de San Pablo a los cristianos de la ciudad de Éfeso.

"En otro tiempo erais tinieblas —escribía el Apóstol—, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz" (Ef 5, 8). La exhortación de San Pablo es siempre actual: "Buscad lo que agrada al Señor" (Ef 5, 10). "No toméis parte en las obras estériles de las tinieblas" (Ef 5, 11).

¡Sed luz también vosotros en vuestra parroquia, en vuestra ciudad, en vuestra patria! Sed luz, con la frecuencia asidua y convencida a la Santa Misa dominical y festiva; sed luz eliminando escrupulosamente las palabras soeces, la blasfemia, la lectura de diarios y revistas pornográficas, la visión de espectáculos negativos; sed luz con el ejemplo continuo de vuestra bondad y de vuestra fidelidad en todo lugar, pero especialmente en el ambiente privilegiado de la familia, recordando que "toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz".

7. Queridísimos:

El IV domingo de Cuaresma eleva nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia Cristo que, al ofrecer su vida por los Hombres en la pasión y en la cruz, se revela el único Buen Pastor que abraza a todos y a cada uno, se cuida del verdadero bien de cada hombre y de la humanidad aquí, en la tierra, y, en definitiva, se cuida de nuestra salvación eterna.

¡Estemos dispuestos para seguir a Cristo por los caminos que El nos indica, también mediante la enseñanza de la Iglesia que El ha instituido!

¡Estemos dispuestos a sacar fuerza de las fuentes de la gracia, que El nos abre en la Iglesia mediante los sacramentos de la fe: Penitencia y Eucaristía!

¡Y, finalmente, estemos dispuestos a buscar en El el apoyo en todas las dificultades de nuestra vida y de nuestra conciencia!

¡No nos separemos nunca de El! ¡El es la luz del mundo!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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