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MISA CRISMAL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Jueves Santo, 16 de abril de 1981

 

1. "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4, 21).

Venerables y queridos hermanos:

No fue demasiado largo el tiempo que, en la vida de Jesucristo, separó el día, en que El pronunció por vez primera estas palabras en la sinagoga de Nazaret, del día en que comenzó a cumplirse en El la misión suprema de Ungido.

Cristo, el Ungido: Aquel que viene en la plenitud del Espíritu del Señor, tal como dijo de El, el Profeta Isaías:

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado..." (Is 61, 1).

He aquí: el Ungido, o el Enviado, está en el final de su misión terrena.

Suenan ya las horas de los días espantosos y, a la vez, santos, en el curso de los cuales la Iglesia, cada año, acompaña, mediante la fe y la liturgia, el último Paso del Señor, Pascha Domini. Y la Iglesia lo hace, encontrando en El siempre de nuevo el principio de la vida del Espíritu y de la Verdad, de la Vida que debía revelarse sólo mediante la muerte. Todo lo que había precedido a esta muerte del Ungido, fue solamente una preparación a esta única Pascua.

2. Nosotros también nos hemos reunido hoy, en la mañana del Jueves Santo, para preparar la Pascua.

Los cardenales y los obispos, los presbíteros y los diáconos, juntamente con el Obispo de Roma, celebran la liturgia de la bendición del crisma, del óleo de los catecúmenos y del óleo de los enfermos. La liturgia matutina del Jueves Santo constituye la preparación anual a la Pascua de Cristo, que vive en la Iglesia, comunicando a todos esa plenitud del Espíritu Santo, que está en El mismo, comunicando a todos la plenitud de su unción.

¡Los cristianos son uncti ex Uncto! Nos hemos reunido aquí para preparar, de acuerdo con el carácter de nuestro ministerio, la Pascua de Cristo en la Iglesia: para preparar la Pascua de la Iglesia en cada uno de ‘los que participan en su misión, desde el niño recién nacido, hasta el venerable anciano gravemente enfermo que se acerca al fin de su vida. Cada uno participa en la misión consignada a toda la Iglesia por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, misión suscitada por obra del misterio pascual de Jesucristo.

La unción y la misión son propias de todo el Pueblo de Dios. Y nosotros hemos venido para preparar la Pascua de la Iglesia de la cual toma inicio, siempre de nuevo, la unción y la misión de todo el Pueblo de Dios.

"A Aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1, 5-6).

3. Estamos, pues, aquí juntos en la comunidad de la concelebración. Estamos juntos nosotros, los humildes adoradores e indignos administradores del misterio pascual de Jesucristo. Nosotros, servidores de la incesante Pascua de la Iglesia, elegidos por la gracia de Dios.

Estamos presentes para renovar el vínculo vivificante de nuestro sacerdocio con el único Sacerdote, con el Sacerdote eterno, con Aquel "que nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre" (Ap 1, 6).

Estamos presentes, para prepararnos a descender juntos con El al "abismo de la pasión", que se abre con el Triduum Sacrum, para sacar de nuevo fuera de este abismo el sentido de nuestra indignidad y la infinita gratitud por el don, del que participa ‘cada uno de nosotros.

Estamos aquí, queridos hermanos, para renovar los compromisos de nuestra fidelidad presbiteral. "Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles" (1 Cor 4, 2).

¡Somos uncti ex Uncto! Hemos sido ungidos, igual que todos nuestros hermanos y hermanas, con la gracia del bautismo y de la confirmación.

Pero, además de esto, también han sido ungidas nuestras manos, con las cuales debemos renovar su propio Sacrificio sobre tantos altares de esta basílica, de la Ciudad Eterna, de todo el mundo.

Y han sido ungidas también nuestras cabezas, puesto que el Espíritu Santo ha elegido a algunos de entre nosotros y los ha llamado a presidir a la Iglesia, a la solicitud apostólica por todas las Iglesias (sollicitudo omnium Ecclesiarum).

Uncti ex Uncto!

¡Qué inestimable es para nosotros este día! Qué especial es la fiesta de hoy: el día en el que hemos nacido todos y ha nacido cada uno de nosotros como sacerdote ministerial por obra del Ungido Divino. "Vosotros os llamaréis sacerdotes del Señor, dirán de vosotros: ministros de nuestro Dios" (Is 61, 6).

Así dice el Señor: "Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos. Los que les vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor" (Is 61, 8-9).

Así se expresa el Profeta Isaías en la primera lectura.

Queridísimos hermanos: Que se cumplan estas palabras en cada uno de nosotros y sobre nosotros.

Recemos también por aquellos que han roto la fidelidad a la alianza con el Señor y a la unción de las manos sacerdotales.

Oremos pensando en aquellos que, después de nosotros, deben asumir la unción y la misión. Que lleguen de diversas partes y entren en la viña del Señor, sin tardar y sin mirar atrás.

Uncti ex Uncto!

Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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