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VISITA PASTORAL A SOTTO IL MONTE Y BÉRGAMO

SANTA MISA EN BÉRGAMO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

II Domingo de Pascua, 26 de abril de 1981

 

1. "Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros" (Jn 20, 19).

La experiencia que vivieron los Apóstoles "al anochecer de aquel día, el primero de la semana" (ib.), experiencia que se repitió ocho días después en el mismo Cenáculo, también nosotros la revivimos, de modo misterioso pero real, esta tarde: en nuestra asamblea litúrgica, recogida en torno al altar para celebrar la Eucaristía, Cristo renueva su presencia de resucitado y repite su augurio: ¡Paz a vosotros!

Con este mismo augurio me dirijo también yo a todos, queridísimos hermanos y hermanas de la antigua y gloriosa Iglesia que está en Bérgamo. Me dirijo ante todo a usted, venerado hermano monseñor Giulio Oggioni, que, al suceder al querido mons. Clemente Gaddi, prosigue su trabajo, como celoso pastor en la guía de esta escogida porción del rebaño de Cristo. Mi saludo y mi augurio de gozo y de paz pascual van después a todos los obispos aquí presentes y a todos los fieles de Lombardía, con un pensamiento particular a la archidiócesis de Milán, a la que me ligan entre otras cosas el afecto y la devoción a San Carlos y a la que me llevará, si Dios quiere, el próximo Congreso Eucarístico Nacional, que se está preparando allí para el 1983; y con un especial recuerdo para Brescia, diócesis de origen del Papa Pablo VI, que continuó la obra emprendida por Juan XXIII y que también pretendo honrar con una visita a su tierra natal el próximo año.

Dirijo un respetuoso saludo a todas las autoridades civiles y renuevo, además, mi saludo afectuoso a los sacerdotes y a los religiosos, con quienes he tenido ya ocasión de encontrarme; lo extiendo a los miembros de las diversas asociaciones laicales que trabajan en la diócesis de Bérgamo y, entre ellos, sobre todo a los jóvenes: como su obispo, así también el Papa pone su confianza en cada uno de los laicos cristianos, deseando que toda la comunidad adquiera una conciencia cada vez más viva de las responsabilidades que nacen del bautismo y sepa dar un testimonio coherente y valeroso en cada momento de su vida.

2. ¡Paz a vosotros! Con este saludo vengo aquí, queridos hermanos y hermanas, en el domingo que tradicionalmente llamamos "in Albis", y que concluye la octava de Pascua.

Vengo para entrar, en cierto sentido, en el cenáculo. El cenáculo es la casa en la que nació la Iglesia. He venido, pues, para visitar ante todo una casa. Es la casa familiar, de la que salió un gran Papa y siervo de Dios, Juan XXIII. Este año coincide con el centenario de su nacimiento en Sotto il Monte. Por este motivo he acogido con gozo la invitación de la Iglesia en Bérgamo a visitar este año el lugar de nacimiento de Angelo Giuseppe Roncalli, y la tierra a la que estuvo vinculado por razón de su proveniencia: vuestra tierra bergamasca.

Ya esta mañana en Sotto il Monte he dado las gracias a Dios por este hombre, que en el bautismo recibió el nombre de Angelo Giuseppe, y que después de la elección a la Sede Romana de San Pedro tomó el nombre de Juan. Así, pues, la Iglesia y el mundo lo conocen como el hombre "cuyo nombre era Juan". Con este nombre fue conocido y amado. Con este nombre se le recuerda y se le invoca: Papa Juan.

Un hombre de maravillosa sencillez y de humildad evangélica, que en el curso de poco menos de cinco años de su ministerio pastoral en la Cátedra de Pedro dio comienzo casi a una nueva época de la Iglesia. Anciano ya de ochenta años, manifestó la juventud de la Esposa de Cristo, juventud que no conoce ocaso. Un hombre enamorado de la tradición dio comienzo a una nueva vida en la Iglesia y en la cristiandad. Hizo todo esto en plena consonancia con lo que él mismo fue, y, al mismo tiempo, como si nada procediese de él. ¿Como si estuviese guiado por una luz superior y conducido por una confianza incondicionada y filial hacia Aquel que lo "ciñó y guió" (cf. Jn 21, 18), tal vez allí donde él mismo no quería? No. Ciertamente no. Todo ello se desarrolló en la más profunda armonía entre la voluntad de Aquel que lo guió y de aquel que se dejó guiar, y que, a su vez, guió a la Iglesia. Y la Iglesia sabía y sentía que ésta era la figura de Pedro, que aquel que, como Sucesor de Pedro, llevaba el nombre de Juan, era verdaderamente Pedro de nuestros tiempos, a quien el Señor mismo conduce. Aquel que el Espíritu Santo guía. Y la Iglesia tuvo confianza en el Papa Juan, en aquel que a su vez tenía confianza ilimitada.

Cuando, después de un breve pontificado, estaba a punto de dejar este mundo todos lo sentían y saludaban con lágrimas; y sin embargo sabían que en ello estaba la mano del Señor; que se marchaba porque ya había cumplido su misión y su "parte" en la obra de Cristo en el curso del siglo XX. Se marchaba, pues, el Papa Juan humildemente, como humildemente había subido a la Sede de Pedro. Se marchaba aunque el Concilio había apenas comenzado, aunque los trabajos sobre la reforma del derecho canónico (que había ideado también él) se están desarrollando todavía. Y sin embargo —al visitar, en el centenario de su nacimiento, la casa de la que salió y la tierra que le vio nacer— debemos reconocer que el Papa que salió de aquí, de este nido, se asemejaba de modo particular a aquel amo de casa de que habla el Evangelio que del tesoro del Reino de Dios saca "lo nuevo y lo añejo" (Mt 13, 52). Y venimos precisamente para dar gracias por ello al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el centenario de su nacimiento. Cuán necesarios, cuán indispensables son en la historia de la Iglesia tales "amos de casa" que —guiados por el Espíritu de Verdad— saben manifestar de nuevo todos los tesoros del Reino de Dios: "lo añejo y lo nuevo".

3. Así, pues, desde los umbrales de la casa rural en Sotto il Monte, desde las colinas de esta tierra vuestra bergamasca, desde la fuente bautismal y desde los altares de la Iglesia que en ella cumple su misión, se ve el Cenáculo jerosolimitano como el lugar del encuentro de Cristo resucitado con la Iglesia de los tiempos que han venido y de los que vendrán.

El Cenáculo de Jerusalén es el primer lugar de la Iglesia sobre la tierra. Y es, en cierto sentido, el prototipo de la Iglesia en todo lugar y en toda época. También en la nuestra. Cristo, que fue adonde estaban los Apóstoles la primera tarde después de su resurrección, viene siempre de nuevo a nosotros para repetir continuamente las palabras: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos..." (Jn 20, 21-23).

¿La verdad contenida precisamente en estas palabras no se ha convertido tal vez en la idea guía del Concilio Vaticano II ?, ¿del Concilio que ha dedicado sus trabajos al misterio de la Iglesia y a la misión del Pueblo de Dios, recibida de Cristo a través de los Apóstoles? ¿Misión de los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos? "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21).

De este Concilio —cuya obra comenzó Juan XXIII guiado (como él mismo confesaba) por la clara inspiración del Espíritu Santo— la Iglesia ha salido con fe renovada en el poder de las palabras de Cristo, dirigidas a los Apóstoles en el Cenáculo. Ha salido con una nueva certeza sobre la propia misión: la misión recibida del Señor y Salvador. Ha salido hacia el porvenir. De los umbrales de la casa de Sotto il Monte, de las colinas de vuestra tierra bergamasca se ve la Iglesia como cenáculo de todos los pueblos y continentes, abierta hacia el futuro.

Es difícil someter aquí a un análisis profundo la perspectiva de esta apertura. Pero es también difícil no mencionar al menos lo que, de modo particular, salió del corazón del Papa Juan. Es el nuevo impulso hacia la unidad de los cristianos y una especial comprensión para la misión de la Iglesia en relación con el mundo contemporáneo. Éstos temas han visto una profundización esencial en la mesa del Concilio. Si bien en este espacioso cenáculo de la Iglesia de nuestros tiempos, difundida en todo el globo terrestre, no faltan las dificultades, las tensiones, las crisis, que crean temores justificados, sería difícil no reconocer que gracias al Papa salido de vuestra tierra bergamasca, de Sotto il Monte, ha tenido origen una obra providencial. Se necesita tan sólo que nosotros mantengamos fidelidad al Espíritu de Verdad, que ha guiado esta obra, que seamos honestos en comprender y realizar el Concilio, y éste demostrará que es precisamente ése el camino por el que la Iglesia de nuestros tiempos y del futuro debe caminar hacia el cumplimiento de su destino.

Aceptemos por tanto estas palabras de la liturgia de hoy, tomadas de la primera Carta de San Pedro: "Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe —de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego— llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo Nuestro Señor" (1 Pe 1, 6-7).

Acojamos estas palabras —y acojamos la prueba de nuestra fe— pidiendo al Señor resucitado que seamos capaces de ello como lo fue el Papa Juan.

4. De los umbrales de la casa campesina de Sotto il Monte, de las colinas de vuestra tierra bergamasca, por obra de aquel hijo suyo que fue el Papa Juan —Angelo Guiseppe Roncalli— se ven las grandes perspectivas de la iglesia y del mundo. Las perspectivas de la familia humana que vive en la paz construida sobre la verdad, sobre la libertad, sobre la justicia y sobre el amor, gracias al mensaje que salió del cenáculo jerosolimitano. Se ve, pues, ese gran cenáculo de la Iglesia de nuestros tiempos, difundida en medio de las gentes y de los continentes, en medio de las naciones y de los pueblos... la dimensión universal de la Iglesia.

Pero se ve también la dimensión más pequeña de la Iglesia: la "iglesia doméstica". El Papa Juan ha permanecido fiel a esa Iglesia hasta el fin de la vida, y constantemente volvía a ella, primero en el sentido literal de la palabra, como sacerdote, obispo y cardenal patriarca de Venecia; después como Papa, entonces ya sólo con el recuerdo, con el pensamiento y con el corazón y mediante las visitas de sus seres queridos.

Esta mañana, al celebrar la liturgia eucarística en Sotto il Monte, hemos recordado muchas palabras suyas sobre este tema. Hemos evocado aquel clima de su familia, que fue una verdadera "iglesia doméstica". Familia que vivió de oración y de trabajo, de Eucaristía y de amor recíproco, de sacrificio unido al espíritu de sencillez y de pobreza. ¿Esta casa de familia en Sotto il Monte no fue tal vez un pequeño cenáculo, en el que Cristo resucitado venía para decir, deteniéndose en medio de los familiares, "Paz a vosotros"? En efecto, precisamente allí, en aquel ambiente. Angelo Giuseppe sintió por primera vez las palabras: "Como el Padre me ha enviado, así te envío también yo. Recibe el Espíritu Santo" (cf. Jn 20, 21-22). Las vocaciones sacerdotales nacen más fácilmente en un clima así.

Cuán a menudo también allí, en aquella casa. Cristo escuchó de aquella gente sencilla, que vivía del trabajo de los campos, la misma profesión que, en otro tiempo, había escuchado en el Cenáculo de Jerusalén de boca de Tomás: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). La conciencia de la presencia del Salvador y la ley divina inscrita en los corazones de los familiares fueron la fuente de la felicidad habitual de aquella noble gente, según las mejores tradiciones del ambiente y de la sociedad a la que ellos pertenecían.

5. ¡Queridos hermanos y hermanas! En la memoria del Papa Juan encontramos hoy estas dos dimensiones de la Iglesia: la grande, universal, en la que, durante los últimos años de su vida Angelo Giuseppe Roncalli fue llamado a suceder a San Pedro en la Sede Romana; y la pequeña, "doméstica". La "iglesia doméstica", la familia cristiana, constituye un fundamento particular de la grande. Constituye también el fundamento de la vida de las naciones y de los pueblos, como lo ha testimoniado el reciente Sínodo de los Obispos y como, constantemente, lo testimonia la experiencia no corrompida por las malas costumbres de tantas sociedades y de tantas familias.

Precisamente esa "iglesia doméstica" pertenece a la herencia del Papa Juan. Es la parte integral del mensaje que constituye toda su vida, del mensaje de la verdad y del amor dirigido a toda la Iglesia y a todo el mundo, pero de modo particular dirigido a Italia: a esta tierra.

Este mensaje hay que volverlo a leer con la óptica de las palabras de la primera Carta de San Pedro: "Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo..." (1, 3-4).

Pero hay que volver a leer al mismo tiempo que este mensaje, el mensaje particular del Papa Juan, en el contexto de las amenazas, amenazas reales, que hieren el patrimonio humano y cristiano de la familia, desarraigando los principios fundamentales sobre los que está construida, desde sus fundamentos, la más espléndida comunidad humana. Estos principios afectan, al mismo tiempo, a los valores esenciales, de los cuales no puede prescindir ningún programa, no sólo el cristiano, sino el simplemente humano.

El primero de estos valores es el amor fiel de los mismos esposos, como fuente de su confianza recíproca y también de la confianza de los hijos hacia ellos. Sobre esta confianza como sobre una roca se basa toda la sutil construcción interior de la familia, toda la "arquitectura de las almas", que se irradia con una humanidad madura sobre las generaciones nuevas.

El segundo valor fundamental es el respeto a la vida desde el momento de su concepción bajo el corazón de la madre.

6. Es oportuno al respecto que la figura del Papa Juan, del "Papa bueno" de Angelo Giuseppe Roncalli, hijo de esta tierra bergamasca, se eleve ante toda la Iglesia y en particular ante esta nación, en la que vio la luz;

— se eleve con toda la verdad de su mensaje evangélico, que es al mismo tiempo un mensaje tan humano; él, tan lleno de solicitud por el bien de su patria, por el bien de toda nación¡ y-de todo hombre,

— se eleve ante nosotros y esté presente en medio de nosotros.

Permitid, pues, que ante él —ante su figura— repita yo las palabras que pronuncié en el V domingo de Cuaresma:

«Efectivamente, existe en nuestra época una amenaza creciente al valor de la vida. Esta amenaza que, sobre todo, se hace notar en las sociedades del progreso técnico, de la civilización material y del bienestar, plantea un interrogante a la misma autenticidad humana de ése- progreso. Quitar la vida humana significa siempre que el hombre ha perdido la confianza en el valor de su existencia; que ha destruido en sí, en su conocimiento, en su conciencia y voluntad, ese valor primario y fundamental.

»Dios dice: "No matarás" (Ex 20, 13). Y este mandamiento es al mismo tiempo el principio fundamental y la norma del código de la moralidad inscrito en la conciencia de cada hombre.

»Si se concede derecho de ciudadanía al asesinato del hombre cuando todavía está en el seno de la madre, entonces, por esto mismo, se nos pone en el resbaladero de incalculables consecuencias de naturaleza moral. Si es lícito quitar la vida a un ser humano, cuando es el más débil, totalmente dependiente de la madre, de los padres,, del ámbito de las conciencias humanas, entonces se asesina no sólo a un hombre inocente, sino también a las conciencias mismas.

»Y no se sabe lo amplia y velozmente que se propaga el radio de esa destrucción de las conciencias, sobre las que se basa, ante todo, el sentido más humano de la cultura y del progreso del hombre.

»Si aceptamos el derecho a quitar el don de la vida al hombre aún no nacido, ¿lograremos defender después el derecho del hombre a la vida en todas las demás situaciones? ¿Lograremos detener el proceso de destrucción de las conciencias humanas?» (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 12 de abril de 1981, pág. 1).

¡Papa Juan! He pronunciado estas palabras el domingo 5 de abril y las repito hoy aquí, en tu tierra natal. Fueron dictadas por el amor hacia el hombre, por ese amor que tiene su fuente en la caridad con la que abraza al hombre Aquel que lo ha creado y Aquel que lo ha redimido: Cristo crucificado y resucitado. Fueron dictadas por el sentido de la especial dignidad que tiene todo hombre desde el instante de la concepción hasta la muerte. ¡Papa Juan! Estas palabras fueron dictadas por el amor y por el respeto hacia esta nación de la que tú has sido hijo, así como yo soy hijo de mi nación. Y como hijo de mi patria, Polonia, deseo intercambiar el amor que tú has tenido hacia ella, sirviendo yo a Italia, así como, a causa de la misión que he heredado de ti en la Sede de San Pedro, deseo servir a toda la sociedad, a todas las naciones, a todos los . hombres, puesto que el hombre es "el camino de la Iglesia" (cf. Redemptor hominis, 14), así como Cristo es para todo hombre en la Iglesia "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

¡Queridos hermanos y hermanas! Por la memoria del Papa Juan debemos hacer todo lo que puede servir a tutelar la familia y la dignidad de la paternidad y de la maternidad responsable, la confianza recíproca de las generaciones, debemos hacer todo lo posible para tutelar nuestra "iglesia doméstica"

— en medio de la cual se revela Cristo resucitado, así como se reveló a los Apóstoles en el Cenáculo,

— donde El entra...

— y dice: "¡Paz a vosotros!".

Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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