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VISITA AL PONTIFICIO COLEGIO ALEMÁN DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 18 de octubre de 1981

 

Queridos alumnos,
queridos padres y hermanos de la Compañía de Jesús,
queridas hermanas,
querida familia del Colegio:

1. En la primera Carta a los Tesalonicenses, cuya lectura comienza en la liturgia dominical de hoy, el Apóstol Pablo, junto con Silvano y Timoteo, escribe: "Nos habíamos propuesto resueltamente ir a vosotros..." (2, 18). Entre los dos viajes pastorales a dos de vuestros países, Alemania y Suiza, estaba especialmente indicado que el Papa hiciera también una visita al Pontificio Colegio Germánico-Húngaro. Conocéis bien la causa que hizo imposible realizar a su debido tiempo, tanto esta visita a vosotros, como mi viaje a Suiza. Pero sabéis también "que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman" (Rom 8, 28). Así, pues, se nos ha concedido hoy este encuentro tan deseado, en medio de la alegría profunda que brota de la fe y con un redoblado deseo de abrir el corazón ante Dios para darle gracias, queriendo compartir a la vez con todos vosotros estos mismos sentimientos.

Como dice la lectura de hoy, yo también veo en vosotros una "comunidad..., que vive en Dios Padre y en el Señor Jesucristo" (1 Tes 1, 1) y, lo mismo que Pablo, "doy gracias a Dios por todos vosotros, por la actividad de vuestra fe, por el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza" (cf. 1, 2 s.). Lleno de alegría puedo afirmar con el Apóstol: "Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que El os ha elegido" (1, 4). Esta gratuita vocación en Cristo concierne a todos los miembros del nuevo Pueblo de Dios; pero va dirigida de una manera especial a quienes han sido llamados a seguirle más de cerca como discípulos suyos.

A vosotros, queridos sacerdotes y aspirantes al ministerio sacerdotal del Colegio Germánico-Húngaro, os ha cabido en suerte esta llamada al seguimiento especial de Cristo. La historia de vuestro Colegio os da derecho a sentir orgullo y alegría; pero al mismo tiempo os invita a una humilde seriedad. Estáis llamados según la mente de los fundadores del Colegio, a anunciar la Buena Nueva en vuestros pueblos y, de un modo especial, a poneros al servicio de aquella unidad, por la que Jesús oró en su despedida y que hoy es tan intensamente deseada por la cristiandad (¡y no sólo por ella!). ¡Ojalá vuestros países, en otro tiempo origen de separación, puedan ser hoy también origen de reconciliación!

2. A fin de subrayar la gran importancia que tiene en nuestro tiempo esta solicitud por el ecumenismo, quise con especial interés hacer mi visita pastoral a Alemania, precisamente en el año jubilar de la Confessio Augustana. Y Dios me concedió el favor de tener allí encuentros felices con los dirigentes de las otras Iglesias cristianas, como deseo tener y así lo pido encarecidamente a Dios durante el viaje que espero hacer a Suiza.

Mi memorable visita a la República de Alemania, en el 700 aniversario de la muerte de San Alberto Magno, iba naturalmente dirigida en primer lugar a mis hermanos y hermanas en la fe, para vivir intensamente, en alabanza de Dios y en intercambio fraterno, la experiencia de la comunión eclesial; iba dirigida a la renovación y animación de la vida religiosa en las familias y en las comunidades. Pero mi visita quiso servir también al mismo tiempo a la gran causa de la Ekumene: "ut unum sint" (cf. Jn 17, 21). Pues sólo una Iglesia viva y afianzada en su fe puede ser una Iglesia de auténtico diálogo.

3. Lo inmerecida que es la elección de la que hemos sido objeto y la situación tan radical a que conduce nos lo pone claramente ante los oíos la lectura que hemos hecho del Antiguo Testamento en la liturgia de hoy: "Te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro: fuera de mí no hay dios" (Is 45. 4 s.).

El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra con qué fuerza contrapone el Señor esta exigencia radical de Dios a las pretensiones del mundo: "Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22, 21). Estas palabras conservadas por el Evangelista van más allá del contexto inmediato des la discusión de Jesús con los fariseos, convirtiéndose en clave fundamental para superar la tensión entre nuestro estar en el mundo y nuestro ser para Dios. Quien tome en serio nuestra implicación con él cosmos y con la humanidad debe guardarse de menospreciar dicha exigencia de Dios. Quien ponga a Dios resueltamente en el centro de su vida tiene que pensar que, al mismo tiempo, debe estar en consonancia con la creación de Dios y con las exigencias que surgen de vivir con los demás hombres.

¡Queridos alumnos del Colegio Germánico-Húngaro! En el esfuerzo personal por descubrir de manera realmente católica y por vivir luego en consecuencia esa orientación nuestra a Dios y nuestra vinculación con el mundo, os puede ser de provecho la circunstancia de que vuestro Colegio fue fundado por San Ignacio de Loyola, cuya espiritualidad se os inculca en esta casa. Según el "principio y fundamento" que nos dio en el libro de sus Ejercicios, el hombre ha sido "criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado" (Ejercicios espirituales, núm. 23).

Que vuestra vida sepa dar siempre al cuerpo, a la naturaleza, a las cosas, a las estructuras humanas, lo que les corresponde, pero sin quedarse ahí, sino más bien ofreciéndose en todo a Dios, como nos enseña San Ignacio: "Tomad, Señor, y recibid..." (Ejercicios espirituales, núm. 234). De esta manera responderéis a vuestra vocación sacerdotal; así seréis para los creyentes y para el mundo un vivo "Sursum corda".

En estos años que pasáis en el Colegio estáis libres del trabajo que será después vuestra carga y vuestra alegría. Para el futuro servicio de anunciar la Palabra, tenéis ahora la obligación de escuchar la Palabra y de dedicaros fielmente al estudio asiduo y a veces árido. Es posible que sintáis el temor de que el trato prolongado con los libros os pueda dificultar luego el trato con los hombres. Considerad, sin embargo, la ventaja que supone el proveeros, en un retiro tranquilo, de un bagaje sólido antes de enfrentaros con "los cuidados y la preocupación diaria por las comunidades" (cf. 2 Cor 11, 28). El acercamiento a los hombres ejercitadlo con quienes ahora son vuestros prójimos. Prestadles la misma atención diligente, delicada, comprensiva y generosa, con la que luego querréis acercaros en nombre de Jesús a las personas que os hayan sido encomendadas.

4. El mosaico del ábside de vuestra iglesia nos presenta a María como Reina de los Apóstoles, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia. En este Domingo mundial de las Misiones le encomendamos de manera especial a quienes fueron alumnos de este Colegio y luego, siguiendo una especial invitación de Dios, quisieron ser misioneros, bien como religiosos, o bien —siguiendo las orientaciones de la " Fidei donum" y con la aprobación magnánima de sus obispos— como sacerdotes diocesanos. Que su espíritu misionero anime también a los que saliendo de aquí y siguiendo el objetivo de la fundación del Colegio, vuelven a sus países, a fin de que sepan mantener vivos dentro de sí y afianzarlos en todas sus actividades el pensar y el sentir propios de la Iglesia universal, que tan generosamente se les ha comunicado en ésta ciudad que sabe abrir sus puertas a todos los pueblos.

El pensar y el sentir, la oración y el sacrificio misioneros pude experimentarlo con profunda alegría durante mi visita pastoral a Alemania, como aspiración de las personas concretas, de las familias, de las comunidades, de las diócesis y de las obras interdiocesanas "Missio" y "Adveniat". Con semejante garantía de cada Iglesia local y con la fiel oración y el sacrificio de todos los creyentes puede ser cada vez mayor realidad lo que nos proclama el Salmista en el Salmo responsorial de hoy: "¡Cantad al Señor, toda la tierra! ¡Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones!" (Sal 96 [95], 1.3).

¡Queridos hermanos y hermanas! El Colegio Germánico-Húngaro congrega en Roma, junto a la Sede episcopal de Pedro, a seminaristas y a sacerdotes de diferentes países y lenguas. Se convierte así de un modo especial en un lugar de encuentro y en un lazo promotor de unidad entre distintas Iglesias locales de Europa. ¡Ojalá el Colegio sepa seguir ahondando y consolidando esa unidad de la Iglesia, de la que Roma es signo y centro puesto a su servicio!

Oremos en esta celebración de la Eucaristía por todos los superiores, colaboradores y alumnos de este benemérito Colegio, por quienes lo son ahora y por quienes lo han sido, dondequiera que se encuentren en este momento sirviendo a la Iglesia de Cristo, y digamos con las palabras de la liturgia de hoy: "Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a Ti con fidelidad y servirte con sincero corazón". Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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