 |
SANTA MISA PARA LA INAUGURACIÓN
DEL AÑO ACADÉMICO DE LOS CENTROS DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Viernes 23 de octubre de
1981
1. "Yo soy la vid verdadera... Permaneced en mí" (Jn 15, 1. 4).
Con estas palabras la Iglesia Romana saluda hoy a vuestra comunidad académica,
profesores y estudiantes de los Ateneos eclesiásticos de Roma, que comenzáis el
nuevo año de trabajo. Estas palabras, tan conocidas, resuenan en esta liturgia
de la Santa Misa de inauguración. Cristo se las dirigió a sus Apóstoles el
Jueves Santo. ¿Qué quiso expresar entonces?
Valiéndose de una imagen, a la que el Antiguo Testamento había recurrido muchas
veces para indicar al Pueblo elegido y para lamentar los frutos no buenos que
había producido —¿quién no recuerda el texto de Isaías: "Cómo esperando que
diese uvas, dio agrazones" (5, 4)?—, Jesús se presenta a Sí mismo como la
"verdadera vid" que ha correspondido a los cuidados y a las esperanzas del
Padre. Como vid lozana, Jesús tiene sarmientos: están constituidos por aquellos
que, mediante la fe y el amor, están vitalmente injertados en El. Con ellos se
establece una circulación de savia vital , que, si, por una parte, es
indispensable para dar frutos ("sin mí no podéis hacer nada", Jn 15,
5), por otra, comporta la exigencia de manifestarse en frutos fecundos:
todo sarmiento que no da fruto es echado fuera y quemado (cf. Jn 15, 6).
De aquí, el imperativo: " Permaneced en mí y yo en vosotros... El que permanece
en mí y yo en él, ése da mucho fruto" (Jn 15, 4-5). Jesús mismo se
preocupa de aclarar en qué consiste este "permanecer en El": consiste en el
amor; pero un amor que no se agota en sentimentalismo, sino que se traduce en el
testimonio concreto de cumplir los mandamientos.
2. Este es, pues, en síntesis el contenido del denso pasaje evangélico propuesto
para esta liturgia. Pero se impone una segunda pregunta: si este sentido es
válido para todos, ¿qué quiere expresar la Iglesia Romana cuando al
principio del nuevo año académico os saluda a vosotros, profesores y alumnos de
los Ateneos eclesiásticos, con las mismas palabras que Jesucristo dirigió al
círculo de sus discípulos más íntimos?
Todos sois discípulos de Cristo, que escuchan sus palabras en las dos últimas décadas del siglo XX. Pero sois una
comunidad particular de discípulos de Cristo. Algunos de vosotros, discípulos de
este único Maestro, son, al mismo tiempo maestros, docentes, profesores. Otros
son estudiantes, en diversas etapas de los estudios y con diversos rumbos en la
investigación teológica y científica.
Y sois una comunidad caracterizada por la presencia de personas provenientes de
todas las partes del mundo. Quizá no haya otro centro de estudios, en el que la
catolicidad de la Iglesia se transparente de manera tan clara. Se puede decir
que cada nación de la tierra está representada aquí y frecuentemente en formas de convivencia comunitaria, que
permiten a cada uno insertarse más fácilmente en el nuevo ambiente, sin perder
la propia identidad de donde proviene. Están representados, además, entre
vosotros todos los sectores del Pueblo de Dios: sacerdotes diocesanos y
regulares, religiosas y laicos, almas de vida contemplativa y almas que se
preparan a asumir tareas de apostolado activo.
Ahora bien, la pregunta es: ¿Qué significa para vosotros, para los unos y
para los otros, "permanecer en Cristo como el sarmiento permanece en la vid"?
¿Qué significa: "dar fruto, como lo da el sarmiento en cuanto permanece en la
vid"? ¿Acaso no se trata de interpelar a toda vuestra existencia, que debe
dejarse invadir cada vez más por la savia de la gracia que promana de Cristo,
para poderse abrir a la revelación de sus misterios? Vivir la unión con Cristo,
mediante la fe que actúa por el amor, es la condición ineludible para progresar
en el conocimiento de la verdad de Dios, que en el Verbo Encarnado ha salido al
encuentro de nuestra hambre de respuestas seguras y satisfactorias. Está
escrito: "Si permanecéis en mi palabra... conoceréis la verdad" (Jn
8, 31-32). Efectivamente, "el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor"
(1 Jn
4, 8).
He aquí, pues, el fruto que estáis llamados a dar mediante la cotidiana fatiga
del estudio: el conocimiento cada vez más profundo del "misterio tenido secreto
en los tiempos eternos, pero manifestado ahora mediante el cual la mente humana,
forme a la disposición de Dios" (Rom 16, 25-26). ¿No consiste en esto la
tarea de la teología? En efecto, es un proceso cognoscitivo mediante el cual la
mente humana, iluminada por la fe y estimulada por el amor, avanza en los
campos inmensos, que la Revelación divina le ha abierto delante de par en par.
3. Es oportuno detenernos un momento aquí para reflexionar. La inmensidad de
Dios se nos ha entregado en la limitación de la palabra humana, lo mismo que la
Persona del Verbo, al encarnarse, se ha cerrado en la limitación de una
naturaleza humana. La teología no debe olvidarlo. Su dedicación al estudio de la
palabra, de la imagen, de la proposición, contenidas en los Libros sagrados, no
debe ser otra cosa que un camino hacia la Infinitud, que se nos ha comunicado en
estos elementos.
Por tanto, la teología deberá fundarse continuamente en el conjunto de
la Revelación, tratando de orientarse según las líneas de fondo que han
guiado su desarrollo hacia el cumplimiento y la plenitud, que es Cristo. Esto no
excluye que se pueda dedicar a un aspecto particular del mensaje revelado, sin
tener una atención ulterior, explícita, a todo el arco de su horizonte. La especialización es una consecuencia de la finitud de nuestro entendimiento y
es, por lo tanto, legítima incluso en la ciencia teológica. Pero será necesario
conservar siempre viva la conciencia del hecho de que a la limitación de las
fuerzas humanas no corresponde (como en otras ciencias) la limitación del
objeto. La tensión, pues, del trabajo teológico no corre en la dirección de una
cada vez más minuciosa fragmentación, sino, al contrario, avanza en la dirección
de la síntesis, que nos ha sido ofrecida de manera divinamente insuperable en la
persona de Cristo.
La investigación teológica, en el propósito de escrutar el "misterio de Dios",
deberá mantenerse, además, constantemente abierta a las indicaciones que le
vienen de los "signos de los tiempos". Esto no significa que deba
preocuparse de ir servilmente al paso de las modas del momento. Significa, en
cambio, que debe esforzarse para recoger con dócil prontitud "lo que el Espíritu
dice a las Iglesias" (Ap 2, 7) también en el curso de nuestra
generación, tratando de interpretar las indicaciones que, bajo su acción, surgen
de las esperanzas de los pueblos, de los sufrimientos de los pobres, de los
descubrimientos de la ciencia, de las propuestas de los santos.
Tarea de una teología madura es, finalmente, la de leer el presente a la luz
de la Tradición, de la cual la Iglesia es depositaría. La Tradición es vida:
en ella se expresa la riqueza del misterio cristiano, manifestando poco a poco,
en contacto con las cambiantes vicisitudes de la historia, las virtualidades
implícitas en los valores perennes de la Revelación. El teólogo que desee
ofrecer una respuesta auténticamente cristiana á las preguntas de sus
contemporáneos, no podrá menos que sacarla de esta fuente.
4. He hablado directamente de la teología, pero no he intentado con esto quitar
nada a la importancia de las otras disciplinas, que se cultivan oportunamente en
vuestros Ateneos. Cada una de ellas tiene su preciso papel que desarrollar en la
economía general de los estudios eclesiásticos. Más aún, me resulta muy propicia
la oportunidad para dirigir a cada uno una cordial exhortación a proseguir con
solícito empeño en el propio ramo del saber, ya que de la aportación de todos la
Iglesia podrá sacar el máximo beneficio para su acción de evangelización y de
promoción, humana en el mundo.
Si me he detenido a hablar de modo particular de la teología, es porque veo en
ella como el eje central, en torno al cual gira en su conjunto el
esfuerzo de investigación que se desarrolla en la Iglesia. Efectivamente, hay
disciplinas que predisponen y preparan para la teología, como es el caso, por
ejemplo, de la filosofía, a la que compete, quedando siempre a salvo su
autonomía, asegurar los instrumentos racionales indispensables para toda
investigación teológica. Por lo demás, ¿no afirmaba Santo Tomás que la
metafísica "tota ordinatur ad Dei cognitionem sicut ad ultimum finem, unde et
scientia divina nominatur" (C. Gen., III. c. 25)?
Hay también otras disciplinas que, al tener en la teología su fundamento
natural, constituyen un desarrollo y una derivación de ella. Pienso, por
ejemplo, en el derecho canónico, al que compete ilustrar la dimensión
institucional de la Iglesia, mostrando cómo las estructuras jurídicas brotan de
toda la naturaleza del misterio cristiano. Y pienso también en la historia
eclesiástica, que no puede contentarse con exponer los meros aspectos
político-sociales de la vida de la Iglesia, o reducirse a relatar las acciones u
omisiones de los representantes de la jerarquía, sino que debe, en cambio, dar
cuenta del camino realizado por todo el Pueblo de Dios en las vías de la
historia, poniendo de relieve la novedad que el fermento evangélico ha sabido
suscitar en las vicisitudes milenarias de la humanidad.
5. Se trata de simples alusiones, pero creo que son suficientes para entrever el
edificio armonioso que constituye el conjunto de las disciplinas, en las que se
centran vuestros intereses. Un "edificio". El pensamiento nos lleva
espontáneamente a esa "piedra angular", de la que nos ha hablado en su primera
Carta el Apóstol Pedro, el Fundador de esta Iglesia de Roma. Esa "piedra viva,
rechazada por los hombres, pero por Dios escogida, preciosa" (1 Pe 2, 4).
¡Jesucristo: verdadera vid!
¡Jesucristo: piedra angular!
¿Cómo cumpliréis vosotros, queridos profesores y estudiantes, en el curso de
toda la vida y particularmente en el curso de este año, la tarea de construir
precisamente sobre esta piedra angular, que es Cristo?
El mismo Apóstol Pedro os sugiere la respuesta: comprometiéndoos a formar "un
edificio espiritual, por medio de un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2, 5). En otras
palabras: comprometiéndoos a "hacer Iglesia" juntamente con los Pastores, que
Cristo ha puesto entre vosotros.
"Hacer Iglesia": ¡Esta es la consigna! Y esto en el doble sentido de vivir en
comunión fraterna de pensamientos, de sentimientos, de trabajo, sostenidos por
el mismo ideal y tendiendo juntos a la misma meta; y "hacer Iglesia" poniéndoos
vosotros mismos constantemente en el contexto de toda la comunidad eclesial,
esto es, viendo en vuestra tarea un servicio que debéis hacer a los hermanos,
los cuales esperan de vosotros que los guiéis a una comprensión más amplia y
profunda de la riqueza infinita de la Verdad divina.
Una viva conciencia eclesial será, por encima de todo, el criterio más seguro
para salvaguardaros del peligro de construir sobre un fundamento diverso del que
ha sido puesto por Dios. Efectivamente, no se puede ocultar —y los hechos lo
confirman— que por desgracia es posible encontrar no la "piedra angular", sino
"una piedra de tropiezo y roca de escándalo" (1 Pe 2, 8) a causa de una
actitud de desobediencia hacia la Palabra (cf. ib.), anunciada
autorizadamente en la Iglesia.
6. Estamos aquí, esta tarde, reunidos en oración para pedir a Dios que no suceda
esto, sino que, en cambio, cada uno de vosotros pueda dar en Jesucristo un
particular fruto de ese conocimiento que nace de la fe animada por el
amor, contribuyendo así a construir la Iglesia.
Vosotros que, mediante la gracia del bautismo os habéis convertido ya en "linaje
escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios" (1 Pe
2, 9), mediante toda esta labor cognoscitiva que os es propia, tanto como
científicos y profesores cuanto como estudiantes, estáis llamados a proclamar
"el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pe 2,
9).
Sed conscientes de que de éste modo formáis parte del Pueblo de Dios y que
esto es vuestra singular parcela y vuestra heredad en este mismo Pueblo de Dios.
Sed conscientes de que cultivando esta parcela y esta heredad, seréis los que
han "alcanzado misericordia" (1 Pe 2, 10).
7. Como Obispo de esta Iglesia, que está en Roma y que se alegra por la
presencia de vuestra comunidad académica, considero particular deber de mi
ministerio en esta sede, comenzar este nuevo año de trabajo juntamente
con vosotros ante el altar de la basílica de San Pedro.
Durante esta litúrgica eucarística rezamos al Espíritu Santo con las siguientes
palabras:
"Infunde en nosotros, Señor, el Espíritu de entendimiento, de verdad y de paz, a
fin de que nos esforcemos en conocer lo que te agrada, para realizarlo en la
unidad y en la concordia" (Oración colecta).
"Mira, oh Dios misericordioso, nuestras ofrendas y oraciones, y concédenos
comprender la verdad y el bien como resplandece a tus ojos, y testimoniarlo con
libertad evangélica" (Oración sobre las ofrendas).
"Padre santo, tu Espíritu que actúa en estos, misterios nos confirme en tu
voluntad y nos haga ante todos testigos de tu Evangelio" (Después de la
comunión).
"...Honor, pues para vosotros los creyentes" (1 Pe 2, 7).
..."En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto" (Jn 15, 8).
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
|