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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA DE LA SALUD

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 15 de noviembre de 1981

 

Queridísimos feligreses:

1. "Dichoso el que sigue los caminos del Señor" (Sal 127, 1). Con estas palabras de la sagrada liturgia os expreso la alegría de hallarme hoy entre vosotros, romanos del barrio de Primavalle, y de poderos manifestar personalmente mi profundo cariño, cumpliendo así una promesa que hice a una representación vuestra, en diciembre del año pasado, con ocasión de la bendición en el Vaticano de la imagen de la Virgen de vuestro centro deportivo: les dije que vendría a visitaros en vuestra sede parroquial.

Deseo, pues, saludar ante todo al cardenal Poletti y al obispo auxiliar de este sector de la diócesis de Roma, mons. Remigio Ragonesi; al párroco, p. Cosma di Mambro, el cual, juntamente con sus hermanos de la Tercera Orden Regular, dirige esta parroquia, que desde hace 30 años se ha convertido en punto de referencia espiritual y social para la población de esta zona.

Dirijo también un saludo cordial a todos los que trabajan y se prodigan por el anuncio del Evangelio, por la salvación y la santificación de las almas, y por la ayuda caritativa a quienes tienen necesidad de pan y de consuelo. En particular saludo a las Religiosas Sacramentinas de Bérgamo, a las de la Preciosísima Sangre de Monza, a las del Amor de Dios, a las Pequeñas Operarias de los Sagrados Corazones y a las Hijas de la Sabiduría, cuyos beneméritos institutos se dedican entre vosotros a la educación de los niños del jardín de infancia y de los muchachos de las escuelas elementales, o atienden y acogen a los pobres y peregrinos; saludo también a los representantes del consejo pastoral, a los catequistas, a los varios grupos de Acción Católica y de otras asociaciones eclesiales, entre los cuales están el grupo Cáritas parroquial y el del Compromiso Misionero, la coral "Canto Sacro", el grupo de monaguillos, el de las ACLI, el de Cruzada contra la blasfemia, el de Cristianos en la escuela, el de la prensa "Jóvenes de Europa", y tantos otros.

Hago extensivo mi saludo también a toda la gran familia parroquial, con un recuerdo especial a los niños, que son el consuelo y la esperanza de la familia, a los enfermos y a las personas ancianas que sufren por las múltiples dificultades en que se encuentran, a causa de la enfermedad o de la soledad. A todos estrecho junto a mi corazón en el nombre de Cristo y de la Virgen Santísima de la Salud, vuestra celestial Patrona.

2. "Dichoso el hombre que teme al Señor" (Sal 127, 4). En la liturgia de este XXXIII domingo "per annum", que nos prepara al Adviento ya cercano, la Iglesia nos llama a un vigilante y dinámico uso de los talentos que el Señor ha confiado a cada uno de nosotros, y a ser generosos en la correspondencia a las gracias y a los dones que El nos destina. Por esto, no son dignos del Señor la comunidad o el individuo que por miedo de comprometerse, se cierran en sí mismos y se desentienden de las realidades de este mundo. Precisamente en el Evangelio de hoy tenemos la actitud típica del que no hace fructificar los dones recibidos: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra" (Mt 25, 24-25). ¿Se puede decir de él que es "dichoso", porque "ha tenido miedo del Señor"? ¡Ciertamente, no! Lo dan a entender las mismas palabras de Cristo. Efectivamente, el Señor de la parábola reprueba el comportamiento de ese siervo. Es un siervo "negligente y holgazán", que no ha utilizado en absoluto su dinero, no lo ha explotado, sino que sin más lo ha desperdiciado. Y he aquí lo que dice el Señor: "Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene" (Mt 25, 28-29). Esta parábola de los talentos nos enseña a distinguir el auténtico temor de Dios del falso. El verdadero temor de Dios no es miedo, sino más bien don del Espíritu, por el cual se teme ofenderle, entristecerle y no hacer lo suficiente para ser fieles a su voluntad; mientras que el falso temor de Dios se funda sobre la desconfianza en El y sobre el mezquino cálculo humano. Tiene verdadero temor de Dios el que "sigue los caminos del Señor" (Sal 127, 1), tal como se manifestó en el comportamiento del primero y del segundo siervo, alabados ambos por el Señor con las palabras: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante" (Mt 25, 21 y 23).

3. Pero, ¿cuál es el significado de estos talentos evangélicos? Como es sabido, tienen un sentido analógico y, por esto, pueden prestarse a varias aplicaciones. La parábola responde, ante todo, a las instancias del Reino: se engañan los que creen cumplir su deber con relación a Dios, dándole lo que juzgan lo "suyo", como dice el siervo holgazán "aquí tienes lo tuyo" (Mt 25, 25), es decir, sin pensar que se trata de una relación existencia! en la que el hombre debe corresponder con la entrega total de sí mismo, sin soluciones de comodidad o de miedo. Efectivamente, la parábola, insertada como está en el contexto de la parusía, hace pensar en la plenitud del Reino, como premio de una vigilancia que es espera operante y valiente, en vista de la cual no nos podemos contentar de conservar el tesoro, mucho menos cuando dejar infructuosos los dones de los diversos talentos es culpa que merece "llanto y rechinar de dientes" (Mt 25, 30). Todo esto comporta para cada uno de los cristianos el compromiso de corresponder a las gracias divinas en orden a la perseverancia final, y exige también la voluntad de construir un mundo nuevo. Por ejemplo, en este barrio de Primavalle se trata de actuar para transformar cada vez más la parroquia en un centro de promoción espiritual, en una verdadera comunidad de creyentes que alaban al Señor y que, en su nombre, se aman mutuamente, solícitos siempre los unos por las necesidades de los otros. Este esfuerzo mira a contribuir a la solución de los más graves problemas sociales que agobian a los habitantes de esta zona, como los problemas de la vivienda, de la desocupación, de la carencia de medios de transporte y de escuelas superiores, la tutela de los ciudadanos frente al fenómeno insistente de la violencia, de la droga y de las malas costumbres, que amenazan frecuentemente a los más débiles, inexpertos e inocentes.

4. Estos fenómenos negativos amenazan sobre todo la santidad e integridad de la familia. El pasaje del libro de los Proverbios y el Salmo responsorial, que hemos leído hace poco, son muy instructivos a este respecto. En ellos se describe a la mujer ideal, en el seno de la familia, y se exaltan sus méritos y la alegría con que ella sabe colmar su hogar. Sus cualidades principales son: la laboriosidad, el interés por los pobres, la prudencia, la bondad y la donación total al marido y a los hijos. De este modo ella, empleando sabiamente su talento, realiza con plenitud su vocación de mujer en el ámbito de su familia y en el más amplio de la Iglesia y de la sociedad. En cualquier parte, gracias a la mujer que hace fructificar su talento de fe y de caridad operante, la familia, de la que ella es sabia custodia e inspiradora, y "en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad" (Gaudium et spes, 52).

5. Por esto, de la liturgia de hoy nace una doble llamada a permanecer en Cristo, como hemos escuchado en el canto del Aleluya: "Sé fiel hasta la muerte, dice el Señor, y te daré la corona de la vida eterna", y a vigilar, según la palabra de San Pablo a los Tesalonicenses. También aquí retorna el tema general del empleo generoso de los talentos, dados por Dios. El cristiano no es aquel que pierde el tiempo discutiendo sobre el día y la hora de la venida del Señor, sino más bien aquel que, instruido por las palabras de Jesús, vive en comunión con El, vigilando constantemente. Esta espera, para ser auténtica, debe ser operante. Pablo insiste a los Tesalonicenses para que sean activos en el bien: el bien concreto, el de cada día. Se salvarán los que son vigilantes y sobrios, no los que duermen. Una certeza guía la vida del cristiano y determina su conducta: ¡el Séñor vendrá! Y no hay que considerar su venida solamente en términos escatológicos, es decir, la que tendrá lugar al fin del mundo, sino también la que se realiza en nuestro tiempo y en nuestras vicisitudes cotidianas. De aquí nace también nuestra responsabilidad ante el mundo por su paz y su seguridad (cf. 1 Tes 5, 3); pero no por "esa paz que reina entre los hombres, infiel, inestable, mudable e incierta..., sino por la paz que proviene de Jerusalén", como explica San Agustín (Enarr. in Ps.. 127, 16), esto es, por la paz que garantiza el Señor. Continúa el Santo obispo de Hipona: "Esta es la paz que os predicamos, la que nosotros mismos amamos y deseamos que améis. Es una paz que conseguirán los que en la tierra han sido pacíficos. Para estar allí en la paz, es necesario ser pacíficos aquí. Estos pacíficos se sientan alrededor de la mesa del Señor" (ib., 16)

6. Queridísimos feligreses de Primavalle: Con esta paz en el corazón también nosotros nos acercamos ahora al santo altar para tomar parte en la celebración eucarística. Pidamos al Señor Jesús, que dentro de poco se hará presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, que confirme en nuestros corazones los deseos expresados en esta liturgia de la Palabra, y que se pueden resumir en el empeño cotidiano para saber valorar cada vez mejor y siempre más la función insustituible de la familia en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Pidamos que la espera activa y confiada del día del Señor sea tal que guíe la vida y determine la conducta. Y finalmente, pidamos un empleo sabio de los talentos recibidos de Dios con amorosa confianza en el Padre, sin dejarnos llevar por el miedo del tercer siervo, porque el miedo en el cristiano no debe subsistir, habiéndose convertido él, con el bautismo, en hijo de Dios y coheredero de Cristo.

Que las palabras del Señor: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor..., pasa al banquete de tu Señor" (Mt 25, 21 y 23), se cumplan y se realicen también para cada uno de vosotros.

Confío estos deseos a María Santísima de la Salud. Ella os ayudará a descubrir y a poner en juego todos vuestros talentos. Os ayudará a hacer el mejor uso de ellos. Ella, que es salud de los enfermos, no dejará de salvar vuestras almas y de llevaros a Jesús, fruto bendito de su seno. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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