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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
III
domingo de Adviento, 13 de diciembre de 1981
1. "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación
de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el
Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo..." (Lc 1.
46-49).
Queridos hermanos y hermanas:
Permitidme que, con motivo de la visita a vuestra parroquia, dedicada al
Corazón Inmaculado de María, haga referencia a estas palabras de la Madre de
Dios, que la liturgia de hoy ha elegido como Salmo responsorial.
La solemnidad de la Inmaculada Concepción acaba de celebrarse, marcando su signo
feliz en todo el tiempo de Adviento. Por esto hoy —casi como prolongación de
esta fiesta— puedo visitar la parroquia dedicada al Corazón Inmaculado de María,
para poder pronunciar, juntamente con vuestra comunidad, las palabras de la
adoración a Dios que sólo podían salir del corazón de la "Llena de Gracia",
y sólo en el corazón de la "Llena de Gracia" podían
resonar con un eco tan profundo, como el que pedía su significado.
"El Poderoso ha hecho obras grandes por mí", dice Aquella que en
la Anunciación se llamó a Sí misma "esclava", y en el Magníficat
se expresó de manera análoga: "Ha mirado la humillación de su esclava".
¡Cuánto amamos a esta esclava del Señor! ¡Cuán profundamente le
confiamos todo y a todos, la Iglesia, el mundo! ¡Cuánto nos dice su "humildad"!
Constituye como el espacio adecuado para que en Ella pueda
revelarse Dios. Para que de Ella pueda nacer Dios. Para que por Ella pueda
obrar Dios "de generación en generación".
¡Las palabras de María están realmente llenas de Adviento!
Es difícil "sentir" bien la cercanía de Dios si no escuchamos
estas palabras.
2. Quiero expresar mi alegría porque entre estas "generaciones", de las que
afirma la Madre de Dios que la "llamarán bienaventurada", se encuentra vuestra
parroquia desde el comienzo mismo de su existencia, que se remonta al 1936.
En esta oportunidad deseo saludar al cardenal Vicario, al obispo auxiliar de la
zona, mons. Alessandro Plotti; al rvdo. p. Gustavo Alonso, superior general de
los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María o claretianos, y a los
miembros del consejo general; al párroco, p. Tulio Vinci; al vicepárroco, p.
Renato Logar; a todos los buenos y celosos religiosos que prestan su aportación
de plegaria, de sacrificio y de entrega a las obras pastorales de la parroquia.
Un saludo también a las religiosas que. trabajan en el ámbito de la
parroquia: las religiosas Siervas. de María de la congregación de Pistoya; las religiosas
de la Caridad de Santa Antida Thouret; las religiosas de la Caridad del
Príncipe Palagonia; las Misioneras Reparadoras del Sagrado Corazón.
Saludo igualmente a las asociaciones masculinas y femeninas, al consejo
pastoral, a los padres, madres, a los jóvenes y a las jóvenes, a los niños,
ancianos, enfermos; a todos los 11.000 feligreses de la comunidad parroquial.
¡Mi saludo cordial y afectuoso!
3. El Adviento nos habla en la liturgia de hoy con las palabras del
Magníficat mariano. Habla también con otra figura que retorna
continuamente en la liturgia de Adviento. Es Juan, hijo de Zacarías e Isabel, el
cual predicaba en las orillas del Jordán.
He aquí el testimonio de Juan. ¡Ante todo de sí mismo! "¿Eres tú Elías? —No lo
soy. —¿Eres tú el Profeta? —No. ¿Quién eres?— —Yo soy la voz que grita en el
desierto".
Juan es voz. Ha dicho admirablemente San Agustín: "Juan es la voz, pero el Señor
(Jesús) es la Palabra que existe desde el principio. Juan era una voz
provisional, Cristo desde el principio era la Palabra eterna. Quita la palabra,
¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin
la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón..." (Sermo 293,
3; PL 38, 1328).
Así, pues, Juan no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y, sin embargo, predica y bautiza.
"Entonces, ¿por qué
bautizas?", preguntan los enviados de Jerusalén. Esta era la causa
principal de su inquietud. Juan predicaba repitiendo las palabras de Isaías: "Allanad
el camino del Señor", y el bautismo que recibían sus oyentes era el
signo de que las palabras llegaban a ellos y provocaban su conversión; los enviados de
Jerusalén preguntan, pues: "¿Por qué bautizas?" (Jn 1, 25).
Juan responde: "Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no
conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy
digno de desatar la correa de la sandalia" (Jn 1. 26 s).
Juan es un precursor: sabe que Aquel al que esperan, viene "detrás de él".
Juan es anunciador de Adviento. Dice: "En medio de vosotros hay uno que no conocéis".
Adviento no es sólo espera. Es anunciación de la Venida. Juan dice: "El que debe venir ya ha venido".
Las palabras de Juan junto al Jordán están llenas de Adviento; lo mismo que una
vez las palabras de María en el umbral de la casa de Zacarías, cuando fue a
visitar a Isabel, su pariente, la madre de Juan.
Las palabras de Juan están llenas de Adviento, aun cuando resuenan casi 30 años más tarde. La liturgia une el Adviento,
expresado con las palabras de María, con el Adviento de las palabras de Juan. La
venida del Mesías, que nacerá la noche de Belén del seno de la Virgen, y su
venida en la potencia del Espíritu Santo, en las riberas del Jordán, donde Juan
predicaba y bautizaba.
4. El adviento de Juan se manifiesta con una actitud singular: Dice: no
soy digno de desatar la correa de sus sandalias al que viene detrás de mí (cf.
Jn 1, 27).
Se trata de algo muy importante. En efecto, el Adviento significa una actitud.
Se expresa mediante una actitud.
Juan en las riberas del Jordán la define con las palabras citadas. Mediante
ellas vemos lo que dice de sí, cómo se siente ante Aquel al que anunciaba.
Sabemos que la correa de las sandalias se las desataba el siervo al amo. Y Juan
dice: "No soy digno de desatar la correa de sus sandalias". ¡No soy digno! Se
siente más pequeño que un siervo.
Esta es la actitud del Adviento. La Iglesia la acepta plenamente y repite
siempre con los labios de todos sus sacerdotes y de todos los fieles: "Señor, no
soy digno...".
Y pronuncia estas palabras siempre ante la venida del Señor, ante el adviento
eucarístico de Cristo: "Señor, no soy digno...". El Señor viene precisamente
hacia los que sienten en lo más hondo su indignidad y la manifiestan.
Nuestras palabras, cuando inclinamos la cabeza y el corazón ante la santa comunión, están
llenas de Adviento. Aprendamos siempre de nuevo esta actitud.
5. Lo que leemos hoy en la liturgia de la primera Carta de San Pablo a los
Tesalonicenses, nos explica aún más ampliamente cómo debe ser en cada uno de
nosotros esa actitud de Adviento, en el que se realiza la Venida, el Adviento de
Dios.
Escribe el Apóstol: "Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda
ocasión tened la acción de gracias... No apaguéis el espíritu, no
despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo
bueno. Guardaos de toda forma de maldad" (1 Tes 5, 16-22).
Estos son, por así decirlo, los elementos constitutivos de la actitud
interior, mediante la cual el Adviento perdura en nuestro corazón. Como
hemos oído, está compuesto el Adviento de alegría y de oración constante. La una
y la otra están unidas con el esfuerzo por evitar toda especie de mal. Al
mismo tiempo, esta actitud interior se manifiesta como apertura a toda
verdad de la profecía, tanto de la que proviene de Dios, y esto se realiza
por vía de revelación y de fe, como también de la que proviene por el camino
de la búsqueda honesta por parte del hombre. Actitud que se expresa en la
disposición a hacer todo lo que es bueno, noble. Perseverando en esta
disposición, el hombre permite al Espíritu Santo actuar en él y no permite que
se apague en él la luz, que el Espíritu enciende en él alma.
El Apóstol escribe: "No apaguéis el espíritu".
La actitud de Adviento se expresa en la apertura interior a la acción del
Espíritu Santo; en la obediencia a esta acción.
Y he aquí que cuando perseveramos en esta actitud, el Dios de la paz santifica
hasta la perfección nuestro espíritu, el alma y el cuerpo se mantienen
irreprensibles para la venida de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tes 5,
23).
Pablo Apóstol, en la primera Carta a los Tesalonicenses, enseñó así a los
primeros cristianos. Su enseñanza es siempre actual; la actitud de Adviento
da al hombre la certeza de que Dios ha venido al mundo en Jesucristo; que ha entrado en la historia del hombre; que está en medio de
nosotros; y que, al mismo tiempo, da al hombre la madurez del encuentro con Dios
durante la vida terrena y la madurez del encuentro definitivo con El.
Aprendamos esta actitud.
Aprendámosla de año en año, de día en día.
A tanto nos invita y dispone toda la liturgia del Adviento.
6. ¿Quién es el que ha venido ya, y viene constantemente y debe venir
definitivamente?
Mirad, es el que trae el alegre anuncio a los pobres, que venda las heridas de
los corazones desgarrados, que proclama la liberación a los hombres privados de
libertad, a los hombres obligados interior o exteriormente a la esclavitud.
El que promulga el año de misericordia del Señor (cf. Is 61, 1 s.).
Es necesario que aquí, en la parroquia del Corazón Inmaculado de María, El sea
esperado con gozo; que todos repitan con María: "Se alegra mi espíritu en Dios
mi Salvador" (Le 1, 47).
Que esta actitud interior de Adviento florezca en todos: en las personas
ancianas que se acercan a los límites de la vida, y en los jóvenes que comienzan
esta vida. Es preciso que esta actitud penetre en vuestras comunidades y en
vuestros ambientes; que se convierta en un clima de la vida familiar. Que
en él crezca y madure cada uno de los hombres en medio de todas las experiencias
y pruebas que la vida no ahorra. Que en ella, en la actitud de Adviento,
encuentren apoyo todos los que sufren: "Desbordo de gozo con el Señor, y me
alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala" (Is 61, 10).
Que el Corazón Inmaculado de María obtenga a cada uno de vosotros esta alegría
de salvación, que es más grande que todo lo que puede ofrecernos el mundo.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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