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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA
CELEBRACIÓN DE LA
PALABRA CON LOS JÓVENES
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Madrid, 3 de noviembre de 1982
Queridos jóvenes, 1. Es éste uno de los encuentros que
más esperaba en mi visita a España. Y que me permite tener un contacto directo
con la juventud española, en el marco del estadio Santiago Bernabéu, testigo
de tantos acontecimientos deportivos. En todas mis visitas
pastorales, en las diversas partes del mundo, he querido siempre reunirme con
los jóvenes. Lo hago por la gran estima que nutro hacia vosotros y porque sois
la esperanza de la Iglesia, no menos que de la sociedad. Ellas, en efecto,
dentro de no muchos años descansarán en gran parte sobre vosotros. Sobre
vosotros y tantos miles de compañeros vuestros que están unidos a vosotros en
este momento. Desde todos los lugares de España de los que venís. Sé
que muchos de ellos - la noticia me llegó a Roma antes de mi salida - querían estar también aquí esta tarde. Y que ante la dificultad de encontrar
puesto para todos, os mandaron como sus representantes. Sé
también que tantos de ellos os encargaron expresamente que trajeseis su saludo
al Papa y le dijerais que están con nosotros en la oración, ante la radio y la
televisión, porque tienen sed de verdad, de ideales grandes, de Cristo. Queridos
jóvenes: esto me emocionó; os lo digo como una confidencia que se hace al
amigo. Los jóvenes sois capaces de ganar el corazón con tantos de vuestros
gestos, con vuestra generosidad y espontaneidad. Era vuestra
primera respuesta, antes de vernos, a un interrogante mío. En
efecto, alguna vez me había preguntado: los jóvenes españoles, ¿serán
capaces de mirar con valentía y constancia hacia el bien; ofrecerán un ejemplo
de madurez en el uso de su libertad, o se replegarán desencantados sobre sí
mismos? La juventud de un país rico de fe, de inteligencia, de heroísmo, de
arte, de valores humanos, de grandes empresas humanas y religiosas, ¿querrá
vivir el presente abierta a la esperanza cristiana y con responsable visión de
futuro? La respuesta me la dieron las noticias que me llegaban de
vosotros. Me la ha dado, sobre todo, lo que he visto en tantos de vosotros en
estos días y vuestra presencia y actitud esta tarde. Quiero
decíroslo: no me habéis desilusionado, sigo creyendo en los jóvenes, en
vosotros. Y creo, no para halagaros, sino porque cuento con vosotros para
difundir un sistema nuevo de vida. Ese que nace de Jesús, hijo de Dios y de
María, cuyo mensaje os traigo. 2. Hace unos momentos se nos
invitaba a reflexionar sobre el texto de las bienaventuranzas. En la base de
ellas se halla una pregunta que vosotros os ponéis con inquietud: ¿por qué
existe el mal en el mundo? Las palabras de Cristo hablan de
persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de
insultos. E indirectamente hablan del sufrimiento del hombre en su vida
temporal. Pero no se detienen ahí. Indican también un programa
para superar el mal con el bien. Efectivamente, los que lloran,
serán consolados; los que; sienten la ausencia de la justicia y tienen hambre y
sed de ella, serán saciados; los operadores de paz, serán llamados hijos de
Dios; los misericordiosos, alcanzarán misericordia; los perseguidos por causa
de la justicia, poseerán el reino de los cielos. ¿Es ésta;
solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus
discípulos ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de los cielos
situado más allá de la muerte? Sabemos bien, queridos jóvenes,
que ese “reino de los cielos” es el “reino de Dios”, y que “está
cerca”. Porque ha sido inaugurado con la muerte y resurrección de Cristo.
Sí, está cerca, porque en buena parte depende de nosotros, cristianos y “discípulos”
de Jesús. Somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo,
los llamados a acercar ese reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como
preparación a su establecimiento definitivo. Y esto se logra con
nuestro empeño personal, con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los
preceptos del Señor, con nuestra fidelidad a su persona, con nuestra imitación
de su ejemplo, con nuestra dignidad moral. Así, el cristiano
vence el mal; y vosotros, jóvenes españoles, vencéis el mal con el bien cada
vez que, por amor y a ejemplo de Cristo, os libráis de la esclavitud de quienes
miran a tener más y no a ser más. Cuando sabéis ser dignamente
sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder; cuando sois limpios de
corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o
hipocresía; cuando construís la paz, en un mundo de violencia y de guerra;
cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o
de una nación por la otra; cuando con la misericordia generosa no buscáis la
venganza, sino que llegáis a amar al enemigo; cuando en medio del dolor y las
dificultades, no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en
el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano. Entonces os
convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores
de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo
trae como mensaje. 3. De esta forma, el hombre —y sobre todo
el joven— que se acerca a la lectura de la palabra de Cristo con la pregunta
de “por qué existe el mal en el mundo”, cuando acepta la verdad de las
bienaventuranzas, termina poniéndose otra pregunta: ¿qué hacer para vencer el
mal con el bien? Más aún: acaba ya con una respuesta a esa
pregunta, que es fundamental en la existencia humana. Y bien
podemos decir que quien halla esta respuesta y sabe orientar coherentemente su
conducta ha logrado hacer penetrar el Evangelio en su vida. Entonces es
verdaderamente cristiano. Con los criterios sólidos que saca de
su convicción cristiana, el joven sabe reaccionar debidamente ante un mundo de
apariencias, de injusticia y materialismo que le rodea. Ante la
manipulación de la que puede sentirse objeto mediante la droga, el sexo
exasperado, la violencia, el joven cristiano no buscará métodos de acción que
le lleven a la espiral del terrorismo; éste le hundiría en el mismo o mayor
mal que critica y depreca. No caerá en la inseguridad y la desmoralización, ni
se refugiará en vacíos paraísos de evasión o de indiferentismo. Ni la droga,
ni el alcohol, ni el sexo, ni un resignado pasivismo acrítico —eso que
vosotros llamáis “pasotismo”— son una respuesta frente al mal. La
respuesta vuestra ha de venir desde una postura sanamente crítica; desde la
lucha contra una masificación en el pensar y en el vivir que a veces se os
trata de imponer; que se ofrece en tantas lecturas y medios de comunicación
social. ¡Jóvenes! ¡Amigos! Habéis de ser vosotros mismos, sin
dejaros manipular; teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con
modelos de vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda
vuestra generosa capacidad creativa, toda vuestra sed de sinceridad y mejora
social, sed de valores permanentes dignos de elecciones sabias. Es el programa
de lucha, para superar con el bien el mal. El programa de las bienaventuranzas
que Cristo os propone. 4. Unamos ahora la reflexión sobre las
bienaventuranzas con las palabras antes escuchadas de San Juan. El
Apóstol indica que quien ama a su hermano está en la luz, y el que le aborrece
está en las tinieblas; él escribe a las dos generaciones: a los padres, que
han conocido a Aquel que existe desde siempre; y a los hijos, a vosotros los
jóvenes, a que sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y
habéis vencido al maligno”. ¿Qué sentido tienen estas
palabras? San Juan habla dos veces de victoria sobre el maligno; es decir, de la
victoria sobre el instigador del mal en el mundo. Es idéntico tema al
encontrado en las bienaventuranzas. Ahora bien, sabemos que es
Jesús quien nos da esa “victoria que vence el mundo” y el mal que hay en
él, que lo caracteriza, porque “el mundo todo está bajo el maligno”. Pero
notemos bien las dos condiciones o dimensiones esenciales que el Evangelio pone
para esa victoria: la primera es el amor; la segunda, el conocimiento de Dios
como Padre. El amor a Dios y al prójimo es el distintivo del
cristiano; es el precepto “antiguo” y “nuevo” que caracteriza la
revelación de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento. Es la “fuerza” que
vigoriza nuestra capacidad humana de amar, elevándola, por amor a Dios, en el
amor al “hermano”. El amor tiene una enorme capacidad transformadora: cambia
las tinieblas del odio en luz. Imaginaos por un momento este
magnífico estadio sin luz. No nos veríamos ni oiríamos. ¡Qué triste
espectáculo sería! ¡Qué cambio, por el contrario, estando bien iluminado!
Con razón puede decirnos San Juan que “el que ama a su hermano está en la
luz”, mientras que el que le aborrece “está en las tinieblas”. Con esa
transformación interior se vence el mal, el egoísmo, las envidias, la
hipocresía y se hace prevalecer el bien. Lo hace prevalecer
nuestro conocimiento de Dios como Padre. Y, por lo tanto, la visión del hombre
como objeto del amor divino, como imagen de Dios, con destino eterno, como ser
redimido por Cristo, como hijo del mismo Padre del cielo. Por
ello, no como antagonista, no como adversario, sino como “hermano”.
¡Cuántas fuerzas del mal, de desunión, de muerte e insolidaridad se
vencerían si esa visión del hombre, no lobo para el hombre, sino hermano, se
implantara eficazmente en las relaciones entre personas, grupos sociales, razas,
religiones y naciones! 5. Para ello hace falta que, frente a la
pregunta existencial del “por qué el mal en el mundo”, descubramos en
nosotros el amor como deseo de bien; más aún: como exigencia de bien; como
exigencia “antigua” y “nueva”, actual, orientada hacia los coeficientes
únicos e irrepetibles de nuestra vida, de nuestro momento histórico, de
nuestros compañeros de camino hacia el Padre. Así entraremos en el ámbito de
quienes dan una respuesta evangélica al problema del mal y su superación en el
bien. Así contribuiremos, desde la fidelidad a nuestra relación con Dios-Padre
y al “nuevo mandamiento” de Cristo, que “es verdadero en El y en nosotros”,
a que pasen las tinieblas y aparezca la luz. Ese es el camino
para la construcción del reino de Cristo; donde tienen cabida prevalente los
pobres, los enfermos, los perseguidos, porque el hombre es visto en su capacidad
y tendencia hacia la plenitud de Dios. Un reino donde impere la
verdad, la dignidad del hombre, la responsabilidad, la certeza de ser imagen de
Dios. Un reino en el que se realice el proyecto divino sobre el hombre, basado
en el amor, la libertad auténtica, el servicio mutuo, la reconciliación de los
hombres con Dios y entre sí. Un reino al que todos sois llamados, para
construirlo no sólo aisladamente, sino también asociados en grupos o
movimientos que hagan presente el Evangelio y sean luz y fermento para los
demás. 6. Mis queridos jóvenes: la lucha contra el mal se
plantea en el propio corazón y en la vida social. Cristo, Jesús de Nazaret,
nos enseña cómo superarlo en el bien. Nos lo enseña y nos invita a hacerlo
con acento de amigo; de amigo que no defrauda, que ofrece una experiencia de
amistad de la que tanto necesita la juventud de hoy, tan ansiosa de amistades
sinceras y fieles. Haced la experiencia de esta amistad con Jesús. Vividla en
la oración con El, en su doctrina, en la enseñanza de la Iglesia que os la
propone. María Santísima, su Madre y nuestra, os introduzca en
ese camino. Y os dé valentía el ejemplo de Santa Teresa, esa extraordinaria
mujer y santa; de San Francisco Javier, el del gran corazón para el bien, y de
tantos otros compatriotas vuestros que consumieron su vida en hacer el bien, a
costa de todo, aun de sí mismos. Jóvenes españoles: el mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran
empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre pero no hay que
asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.
Mientras marchemos por el sendero transformador de las bienaventuranzas, estamos
venciendo el mal; estamos convirtiendo las tinieblas en luz. Sea
éste vuestro camino; con Cristo, nuestra esperanza, nuestra Pascua. Y
acompañados siempre por la Madre común, la Virgen Maria. Así sea.
© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana
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