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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA
MISA EN LA IGLESIA DE SAN
BARTOLOMÉ DE ORCASITAS
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Madrid, 3 de noviembre de 1982
Señor cardenal,
hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas: 1. “La piedra que los
constructores desecharon es ahora la piedra angular ...”. Con
estas aleccionadoras palabras, tomadas del salmista y que San Marcos pone en
labios de Jesús, la primitiva comunidad cristiana celebraba gozosa la gloria
del Resucitado, alegría expansiva de quienes se sentían a salvo y felices en
la nueva construcción de Dios: la Iglesia. La piedra, dice San
Pablo, “era Cristo”. Y añade: “Cuanto al fundamento, nadie puede poner
otro, sino el que está puesto, que es Jesucristo”. Jesucristo
es, pues, la piedra fundamental del nuevo templo de Dios. Rechazado, desechado,
dejado a un lado, dado por muerto —entonces como ahora—, el Padre lo hizo
y hace siempre la base sólida e inconmovible de la nueva construcción. Y lo
hace tal por su resurrección gloriosa. “Esta es la obra de Yahvé, admirable
a nuestros ojos”. Sobre El, por la fe en su resurrección,
somos edificados los cristianos. Así nos lo enseña el apóstol Pedro, en su
primera carta: “A El habéis de allegaros, como a piedra viva rechazada por
los hombres, pero por Dios escogida, preciosa. Vosotros, como piedras vivas,
sois edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo ...”. El
nuevo templo, cuerpo de Cristo, espiritual, invisible, está construido por
todos y cada uno de los bautizados sobre la viva “piedra angular”, Cristo,
en la medida en que a El se adhieren y en El “crecen” hasta “la plenitud
de Cristo”. En este templo y por él, “morada de Dios en el Espíritu”, El
es glorificado, en virtud del “sacerdocio santo”, que ofrece “sacrificios
espirituales”, y su Reino se establece en el mundo. La cima de
este nuevo templo penetra en el cielo, mientras sobre la tierra, Cristo, la
piedra angular, lo sostiene mediante el “fundamento que El mismo ha elegido y
dispuesto: los apóstoles y los profetas”, y quienes a ellos suceden, es
decir, en primer término, el Colegio de los obispos, y la “piedra” que es
Pedro. De esta espléndida realidad eclesial, llena de lecciones
y significado para cada cristiano, es símbolo cada templo visible, como éste
ante el que nos hallamos, y que congrega a los miembros de la herencia de Cristo
que constituyen una parroquia en una Iglesia local. 2. Han pasado
muchos siglos desde Cristo. La heredad de Dios ha ido creciendo maravillosamente
—no sin que se repitan los rechazos, las incomprensiones y luchas— sobre
la piedra angular: Cristo muerto y resucitado. Cada día son más los hombres y
pueblos que lo aceptan con fe y con amor, que buscan en El el fundamento sólido
para construir un mundo mejor y más unido, donde se sientan a salvo bajo la
mirada bondadosa de un solo Dios y Padre. Entre todos esos pueblos que no
rechazaron, sino que hicieron de la fe en Jesús el centro de su historia, está
la querida España, profundamente cristiana; entre esos hombres, herederos de
Dios por el bautismo que asimila al hijo muerto y resucitado, os contáis
también vosotros, hermanos y hermanas de esta parroquia madrileña de Orcasitas,
reunidos junto al altar del mismo Cristo. A todos os siento muy dentro de mí y
os acojo como miembros queridísimos de su Iglesia. Este
encuentro me llena de íntima satisfacción, porque me hace revivir aquí mis
visitas periódicas a las parroquias de Roma, diócesis del sucesor de Pedro;
parroquias situadas muchas veces, al igual que la vuestra, en zonas periféricas
de la ciudad o de nueva construcción. No sin cierta nostalgia me recuerda
también mi trabajo ministerial en las parroquias de mi tierra natal como
sacerdote, y posteriormente mis visitas pastorales como arzobispo de Cracovia. 3.
Sé que esta parroquia se ha ido formando gradualmente con habitantes venidos de
diversos lugares. Conozco asimismo vuestros esfuerzos en cuanto trabajadores. Mi
gran deseo es que crezca también vuestra vida de ciudadanos y que se hagan
realidad las ilusiones que os han animado a venir, y las mejoras con que soñáis
y a las que tenéis pleno derecho. Al mismo tiempo me hago cargo de los
numerosos y graves problemas que se plantean en un barrio nuevo, y casi siempre
con penosas consecuencias no sólo de orden laboral, sino también familiar,
religioso y moral. Son problemas humanos, suscitados en buena parte por la
urbanización acelerada y la creación de poblaciones periféricas de aluvión,
que al alterar muchas veces el ritmo sosegado de las habituales ocupaciones
condicionan notablemente la vida diaria, ofuscando quizá las vivencias
religiosas, incluso las más arraigadas. La Iglesia, esa heredad
de Dios solidaria con la suerte del hombre en todo momento histórico, no
considera tales condicionamientos como obstáculos insuperables para llevar a
cabo su misión; al contrario, ve en ellos un llamamiento a prodigarse con
abnegación y entrega, pareja a las dificultades y a las necesidades, para que
no sufra mengua alguna la obra redentora de Cristo. Este nuevo templo os invita
encarecidamente a dar testimonio, como personas y como comunidad parroquial, de
que estáis unidos en Cristo en una misma fe y en una misma esperanza. Este
templo va a ser signo de la construcción permanente del Reino de Dios en
vosotros y en vuestro país. Es casa de Dios y casa vuestra. Apreciadlo, pues,
como lugar de encuentro con el Padre común. Me alegro de saber que bajo el
impulso del señor cardenal arzobispo se desarrolla en Madrid un vasto programa
de construcción de templos parroquiales. Felicito a cuantos participan en ese
empeño eclesial. Permitid que me detenga ahora en algunos puntos
concretos que, en cuanto Pastor y responsable de la Iglesia universal, considero
de particular importancia para que siga creciendo, en bien vuestro y de la
entera familia eclesial, el edificio espiritual de esta comunidad. 4.
No me encuentro con vosotros simplemente ante un templo, sino en una parroquia
y, en cuanto tal, estáis llamados a formar una sola cosa en Cristo, y obligados
a testimoniar vuestra vocación comunitaria. Una parroquia es, en
efecto, una comunidad de hombres que, por el bautismo, están personal y
socialmente conectados al sacerdocio de Cristo: a la dedicación plena que
Cristo hizo de sí mismo al culto y alabanza de Dios, Creador y Padre. Vosotros
sois una parroquia ante todo, gracias al hecho de que Cristo está aquí: en
medio de vosotros, con vosotros, en vosotros. Vosotros sois parroquia porque
estáis unidos a Cristo, de modo especial gracias al memorial de su único
Sacrificio ofrecido en el propio Cuerpo y Sangre en la cruz; que se hace
presente y se renueva en la Iglesia como el sacrificio sacramental del pan y del
vino. Este sacrificio eucarístico traza el constante ritmo de la vida de la
Iglesia, también de vuestra parroquia. ¡Centrad vuestras actividades
parroquiales en la Sagrada Eucaristía, en el encuentro personal con Cristo,
perenne huésped nuestro! Deseo, en especial, recordaros la necesidad de que
participéis en la santa misa los domingos y días festivos. La
unión con Jesús en la-Eucaristía influirá en vuestra vida y enriquecerá
vuestra parroquia, pues la comunidad cristiana crece y se consolida gracias al
testimonio de vida que sus miembros saben ofrecer. A este respecto, es
fundamental que los padres den en sus familias un ejemplo de vida coherente y
que los miembros de los varios grupos y asociaciones sepan ser buenos
discípulos de Cristo, generosos con todos, incluso con aquellos que se muestran
aún refractarios al mensaje cristiano. Particular importancia tiene el
compromiso de caridad hacia aquellos que, por una u otra razón, se hallan en
necesidad. Los pobres, las personas enfermas, los ancianos, los minusválidos,
representan otras tantas “llamadas” con las que Dios pulsa a la puerta de
vuestro corazón. Pedidle a El la generosidad necesaria para responder con
entrega, de la forma adecuada en cada caso. 5. “Un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo”, cantáis con frecuencia, gozosos ante el
misterio de la unidad de la Iglesia universal. Papel privilegiado
de la parroquia es mantener y hacer visible esta unidad. Ella ha de ser
acogedora para todos, colaborando a la “unidad de todo el género humano”.
Nadie ha de sentirse extraño entre vosotros. Reflejad en todas las
manifestaciones de la vida parroquial que, como porción de la Iglesia, sois
instrumento de unión con Dios y de unidad entre los hombres. No
hay más que una Iglesia de Jesucristo, la cual es como un gran árbol en el que
estamos injertados. Se trata de una unidad profunda, vital, que es don de Dios.
No es solamente ni sobre todo unir dad exterior; es un misterio y un don. Sería
empeño inútil e injusto pretender la unidad a nivel de pequeña comunidad
mientras en ella se descuidase la unidad profunda en la fe, en los sacramentos
de la fe, en la caridad. Es en Cristo, cabeza de la Iglesia, en su doctrina, en
sus sacramentos, en sus mandatos, en la unión con Cristo donde se realiza y de
donde brota la unidad. La gracia de Cristo sigue llegando sin
cesar a través de la Iglesia visible. Recordáis bien cómo el Señor indica a
sus apóstoles: “Quien a vosotros oye, a mí me oye”, y entrega a Pedro y a
los apóstoles la potestad de atar y desatar. La unidad se
manifiesta, pues, en torno a aquel que, en cada diócesis, ha sido constituido
Pastor, el obispo. Y en el conjunto de la Iglesia se manifiesta en torno al
Papa, sucesor de Pedro, “principio y fundamento perpetuo y visible de la
unidad, así de los obispos como de los fieles”. Otra forma de proceder, bien
sea personalmente, bien en grupo, no sería otra cosa que desgajarse de la vida.
Vivid, pues, con delicada fidelidad lo que prescribe la autoridad eclesiástica,
evitando particularismos que separan y pueden romper la comunión con la
Iglesia. Sois una parroquia joven, recién nacida, necesitada.
aún de muchas cosas. Sin embargo, debéis pensar no sólo en vosotros mismos,
sino también en los demás. Debéis contribuir con vuestra oración y con
vuestro empeño al desarrollo del cristianismo en esta ciudad y en el mundo
entero. Pedid fervientemente que entre vuestros jóvenes surjan vocaciones
sacerdotales que puedan llevar la voz de Cristo a otras parroquias y —¿por
qué no?— también a otras tierras y naciones. 6. Al terminar
nuestro encuentro, quiero bendecir de corazón esta obra y las demás iglesias
que se están construyendo o se construirán en esta zona, en los barrios más
poblados de la archidiócesis madrileña y de las otras ciudades de España. Bastantes
de los aquí presentes habéis vivido las dificultades de la construcción de
este templo, y participasteis luego de la alegría de su inauguración, de su
dedicación al culto de Dios. Y hoy participáis conmigo de la alegría de este
encuentro. Así ocurre también con la construcción de ese templo de Dios que
somos cada uno de nosotros. Cuesta construirlo, porque esa construcción exige
superar el egoísmo, la ira, vivir la paciencia, la fidelidad, la castidad, la
laboriosidad, la hombría de bien. Pero también al final de ese esfuerzo nos
espera la alegría que acompaña a los que son buenos hijos de Dios. No
lo olvidéis: la parroquia no es solamente un lugar donde se celebran algunas
ceremonias y se enseña el catecismo; es además ambiente vivo en que ese
catecismo debe actuarse. Las piedras materiales o la estructura externa del
templo deben siempre recordaros que sois “piedras vivas”, que debéis
construiros constantemente en Cristo, a la medida y ejemplo de Cristo, en lo
personal, familiar y social. Ya está construido este edificio. Edificad ahora
vuestras vidas según el querer de Dios. Para esto, permaneced
siempre cerca de la Virgen Santísima. Ella, que engendró en su seno virginal a
Nuestro Señor y Salvador, lo engendrará igualmente en vuestras almas si pedís
confiadamente su ayuda. Que interceda también por vosotros San Bartolomé,
vuestro Patrono. Así sea.
© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana
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