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VIAJE APOSTÓLICO A CENTRO AMÉRICA

SANTA MISA EN MANAGUA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Managua, viernes 4 de marzo de 1983

 

Queridos hermanos en el Episcopado,
amados hermanos y hermanas:

1. Nos hallamos aquí reunidos junto al altar del Señor. ¡Qué alegría encontrarme entre vosotros, mis queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos ―congregados en torno a vuestros Pastores― de esta amada tierra de Nicaragua, tan probada, tan heroica ante las calamidades naturales que la han azotado; tan vigorosa y activa para responder a los desafíos de la historia y procurar edificar una sociedad a la medida de las necesidades materiales y de la dimensión trascendente del hombre!

Saludo en primer lugar, con sincero afecto y estima, al Pastor y arzobispo de esta ciudad de Managua, a los otros obispos, a todos y cada uno de vosotros, ancianos y jóvenes, ricos y pobres, obreros y empresarios, porque en todos vosotros está presente Jesucristo, “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29);  de El “habéis sido revestidos” en vuestro bautismo (cf. Gal 3, 27);  así “todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (cf. Gal 3, 28). 

2. Los textos bíblicos que acaban de ser proclamados en esta Eucaristía nos hablan de la unidad.

Se trata, ante todo, de la unidad de la Iglesia, del Pueblo de Dios, del “rebaño” del único Pastor. Pero también, como enseña el Concilio Vaticano II, de la “unidad de todo el género humano”, de la cual, como de la “intima unión” de todo hombre “con Dios”, la Iglesia una es “como un sacramento o signo” (cf. Lumen Gentium, 1). 

La triste herencia de la división entre los hombres, provocada por el pecado de soberbia (cf. Gen 4, 4. 9), perdura a lo largo de los siglos. Las consecuencias son las guerras, opresiones, persecuciones de unos por otros, odios, conflictos de toda clase.

Jesucristo, en cambio, vino para restablecer la unidad perdida, para que hubiera “un solo rebaño” y “un solo pastor” ”(Gv 10, 16);  un pastor cuya voz “conocen” las ovejas, mientras no conocen la de los extraños (Gv 10, 4-5);  El, que es la única “puerta”, por la cual hay que entrar (Gv 10, 1). 

La unidad es hasta tal punto motivo del ministerio de Jesús, que él vino a morir “para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Gv 11, 52).  Así nos lo enseña el Evangelista San Juan, quien nos muestra a Jesús orando al Padre por la unidad de la comunidad que confiaba a sus apóstoles (Gv 17, 11-12). 

Jesucristo, con su muerte y resurrección, y con el don de su Espíritu, ha restablecido la unidad entre los hombres, la ha dado a su Iglesia y ha hecho de ésta, según dice el Concilio, “como un sacramento o signo de la unión intima con Dios y la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1). 

3. La Iglesia es la familia de Dios (cf. Puebla, 238-249).  Como en una familia debe reinar la unidad en el orden, también en la Iglesia. En ella, ninguno tiene más derecho de ciudadanía que otro: ni los judíos, ni los griegos, ni los esclavos, ni los libres, ni los hombres, ni las mujeres, ni los pobres, ni los ricos, porque todos “somos uno en Cristo Jesús” (cf. Gal 3, 28). 

Esa unidad se funda en “un solo Señor, una sola fe, un solo Dios y Padre que está sobre todos, por todos y en todos”, como dice el texto de la Carta a los Efesios que acabamos de escuchar (Ef 4, 5-6),  y como soléis cantar en vuestras celebraciones.

Hemos de apreciar la profundidad y solidez de los fundamentos de la unidad de que disfrutamos en la Iglesia universal, en la de toda América Central, y a la que debe tender indeclinablemente esta Iglesia local de Nicaragua. Precisamente por eso hemos de valorar también justamente los peligros que la amenazan, y la exigencia de mantener y profundizar esa unidad, don de Dios en Jesucristo.

Porque, como decía en mi carta a los obispos de Nicaragua del mes de agosto último (cf. JUAN PABLO II, Epistula ad Episcopos Nicaraguenses, 29 de junio de 1982: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, V/3 [1982] 172 ss.),  este “don” es quizás más precioso precisamente porque es “frágil” y está “amenazado”.

4. En efecto, la unidad de la Iglesia es puesta en cuestión cuando a los poderosos factores que la constituyen y mantienen, la misma fe, la Palabra revelada, los sacramentos, la obediencia a los obispos y al Papa, el sentido de una vocación y responsabilidad común en la tarea de Cristo en el mundo, se anteponen consideraciones terrenas, compromisos ideológicos inaceptables, opciones temporales, incluso concepciones de la Iglesia que suplantan la verdadera.

Sí, mis queridos hermanos centroamericanos y nicaragüenses: cuando el cristiano, sea cual fuere su condición, prefiere cualquier otra doctrina o ideología a la enseñanza de los Apóstoles y de la Iglesia; cuando se hace de esas doctrinas el criterio de nuestra vocación; cuando se intenta reinterpretar según sus categorías la catequesis, la enseñanza religiosa, la predicación; cuando se instalan “magisterios paralelos”, como dije en mi alocución inaugural de la Conferencia de Puebla (Eiusdem Allocutio ad Episcopos in urbe “Puebla” aperiens III Coetum Generalem Episcoporum Americae Latinae habita, 28 de enero de 1979: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II [1979] 188 ss.), entonces se debilita la unidad de la Iglesia, se le hace más difícil el ejercicio de su misión de ser “sacramento de unidad” para todos los hombres.

La unidad de la Iglesia significa y exige de nosotros la superación radical de todas estas tendencias de disociación; significa y exige la revisión de nuestra escala de valores. Significa y exige que sometamos nuestras concepciones doctrinales y nuestros proyectos pastorales al magisterio de la Iglesia, representado por el Papa y los obispos. Esto se aplica también en el campo de la enseñanza social de la Iglesia, elaborada por mis predecesores y por mi mismo.

Ningún cristiano, y menos aún cualquier persona con título de especial consagración en la Iglesia, puede hacerse responsable de romper esa unidad, actuando al margen o contra la voluntad de los obispos “a quienes el Espíritu Santo ha puesto para guiar la Iglesia de Dios” (At 20, 28). 

Ello es válido en toda situación y país, sin que cualquier proceso de desarrollo o elevación social que se emprendan pueda legítimamente comprometer la identidad y libertad religiosa de un pueblo, la dimensión trascendente de la persona humana y el carácter sagrado de la misión de la Iglesia y de sus ministros.

5. La unidad de la Iglesia es obra y don de Jesucristo. Se construye por referencia a El y en torno a El. Pero Cristo ha confiado a los obispos un importantísimo ministerio de unidad en sus Iglesias locales (cf. Lumen Gentium, 26).  A ellos, en comunión con el Papa y nunca sin él (cf. Ivi 22),  toca promover la unidad de la Iglesia, y de tal modo, construir en esa unidad las comunidades, los grupos, las diversas tendencias y las categorías de personas que existen en una Iglesia local y en la gran comunidad de la Iglesia universal. Yo os sostengo en ese esfuerzo unitario, que se reforzará con vuestra próxima visita ad Limina.

Una prueba de la unidad de la Iglesia en un determinado lugar es el respeto a las orientaciones pastorales dadas por los obispos a su clero y fieles. Esa acción pastoral orgánica es una poderosa garantía de la unidad eclesial. Un deber que grava especialmente sobre los sacerdotes, religiosos y demás agentes de la pastoral.

Pero el deber de construir y mantener la unidad es también una responsabilidad de todos los miembros de la Iglesia, vinculados por un único bautismo, en la misma profesión de fe, en la obediencia al propio obispo y fieles al Sucesor de Pedro.

Queridos hermanos: tened bien presente que hay casos en los cuales la unidad sólo se salva cuando cada uno es capaz de renunciar a ideas, planes y compromisos propios, incluso buenos ―¡cuánto más cuando carecen de la necesaria referencia eclesial! ―por el bien superior de la comunión con el obispo, con el Papa, con toda la Iglesia.

Una Iglesia dividida, en efecto, como ya decía en mi carta a vuestros obispos, no podrá cumplir su misión “de sacramento, es decir, señal e instrumento de unidad en el país”. Por ello alertaba allí sobre “lo absurdo y peligroso que es imaginarse como al lado ―por no decir contra ―de la Iglesia construida en torno al obispo, otra Iglesia concebida sólo como “carismática” y no institucional, “nueva” y no tradicional, alternativa y, como se preconiza últimamente, una “Iglesia popular”. Quiero hoy reafirmar estas palabras, aquí delante de vosotros.

La Iglesia debe mantenerse unida para poder contrarrestar las diversas formas, directas o indirectas, de materialismo que su misión encuentra en el mundo.

Ha de estar unida para anunciar el verdadero mensaje del Evangelio ―según las normas de la Tradición y del Magisterio ―y que esté libre de deformaciones debidas a cualquier ideología humana o programa político.

El Evangelio así entendido conduce al espíritu de verdad y de libertad de los hijos de Dios, para que no se dejen ofuscar por propagandas antieducadoras o coyunturales, a la vez que educa al hombre para la vida eterna.

6. La Eucaristía que estamos celebrando es en sí misma signo y causa de unidad. Somos todos uno, siendo muchos, “los que participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 17) que es el cuerpo de Cristo. En la plegaria eucarística que pronunciaremos dentro de unos instantes, pediremos al Padre que, por la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo, haga de nosotros “un solo cuerpo y un solo espíritu” (Prex eucharistica III). 

Para lograr esto se requiere un compromiso serio y formal de respetar el carácter fundamental de la Eucaristía como signo de unidad y vinculo de caridad.

La Eucaristía, por ello, no se celebra sin el obispo ―o el ministro legítimo, es decir, el sacerdote que es en su diócesis el presidente nato de una celebración eucarística digna de tal nombre (cf. Sacrosanctum Concilium, 41).  Ni se celebra adecuadamente cuando esta referencia eclesial se pierde o se pervierte porque no se respeta la estructura litúrgica de la celebración, tal como ha sido establecida por mis predecesores y por mí mismo. La Eucaristía que se pone al servicio de las propias ideas y opiniones o para finalidades ajenas a ella misma, no es ya una Eucaristía de la Iglesia. En lugar de unir, divide.

Que esta Eucaristía que yo mismo, sucesor de San Pedro y “fundamento de la unidad visible” (cf. Lumen Gentium, 18) presido, y en la que participan vuestros obispos en torno al Papa, os sirva de modelo y renovado impulso en vuestro comportamiento como cristianos.

Amados sacerdotes: renovad así la unidad entre vosotros y con vuestros obispos, a fin de conservarla y acrecentarla en vuestras comunidades. Y vosotros, religiosos, estad siempre unidos a la persona y a las directrices de vuestros obispos. Sea el servicio de todos a la unidad, un verdadero servicio pastoral a la grey de Jesucristo y en su nombre. Y vosotros, obispos, estad muy cercanos a vuestros sacerdotes.

7. En este contexto se debe insertar igualmente el verdadero ecumenismo, o sea el empeño por la unidad entre todos los cristianos y todas las comunidades cristianas. Una vez más os digo que esa unidad se puede fundar solamente en Jesucristo, en el único bautismo (cf. Ef 4, 5) y en la común profesión de fe. La tarea de reconstruir la plena comunión entre todos los cristianos no puede tener otra referencia y otros criterios y ha de usar siempre métodos de leal colaboración y búsqueda. No puede servir más que para dar testimonio de Jesucristo “para que el mundo crea” (cf. Gv 17, 21). 

Otra finalidad u otro uso del empeño ecuménico no puede llevar más que a crear unidades ilusorias y, en última instancia, a causar nuevas divisiones. ¡Qué penoso sería que lo que debe ayudar a reconstruir la unidad cristiana y constituye una de las prioridades pastorales de la Iglesia en este momento de la historia, se convierta, por miopía de los hombres, en virtud de criterios errados, en fuente de nuevas y peores rupturas!

San Pablo nos exhorta por ello, en el pasaje recién leído, a “conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4, 3).  Yo os repito esta exhortación y os señalo una vez más las bases y la meta de esa unidad. “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4, 4-6). 

8. Amados hermanos: Os he hablado de corazón a corazón. Os he encarecido y encomendado esta vocación y misión de la unidad eclesial. Estoy cierto de que vosotros, pueblo de Nicaragua, que habéis sido siempre fieles a la Iglesia, continuaréis siéndolo también en el futuro.

El Papa, la Iglesia, así lo esperan de vosotros. Y esto pido a Dios para vosotros, con gran afecto y confianza. Que la intercesión de María, la Purísima, como vosotros la llamáis con tan hermoso nombre, que ella que es la Patrona de Nicaragua, os ayude a ser siempre constantes a esta vocación de unidad y fidelidad eclesial. Así sea.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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