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PRIMERA AUDIENCIA GENERAL DEL AÑO
SANTO EXTRAORDINARIO DE LA REDENCIÓN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II DURANTE LA LITURGIA DE LA PALABRA
Miércoles 30 de marzo de 1983
(Lectura: Isaías 50, 5-9; Salmo 68; evangelio de san
Mateo, capítulo 26, versículos 47-50)
1. Año Santo, Puerta Santa, Lugares Santos, Semana
Santa...: esta atribución tradicional de la "santidad" a realidades del
espacio y del tiempo atestigua que en ellas el alma popular, o incluso la
Iglesia, descubren y reconocen un vínculo especial con Dios y, por lo tanto, un
título de "consagración".
A nosotros, cristianos, el valor sacro de estos días santos nos
viene de la memoria de la pasión y muerte de Cristo, que en ellos celebramos,
con una fe más viva, con una piedad más tierna y, a la vez, austera y
consciente, con la propia identificación litúrgica y espiritual en ese misterio
de la redención expresado en el Credo de cada día: Crucifixus etian pro nobis...,
passus et sepultus est.
Estos son, pues, los días de la cruz, los días en que sube
espontáneamente a los labios de los cristianos el antiguo himno litúrgico,
transmitido de generación en generación, y repetido por millones de creyentes en
todos los tiempos, incluida la época del primer Año Santo, convocado por el Papa
Bonifacio VIII el año 1300: Vexilla Regis prodeunt / fulget Crucis mysterium...
La cruz es la enseña de Cristo a la que nosotros veneramos y
cantamos. Más aún, por su función de instrumento de nuestra redención
estrechamente unido, según el designio del Padre, con el que fue suspendido en
ella como en un patíbulo, nosotros la adoramos como por una extensión del
culto que reservamos al Hombre-Dios. En realidad adorar la cruz (como, haremos
litúrgicamente el Viernes Santo) es adorar a Cristo mismo: Adoramus Te,
Christe, et benedicimus Tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!
2. En realidad la cruz pertenece a nuestra condición
existencial, como nos demuestra la experiencia de cada día. Más aún, se
diría que tiene sus raíces en la misma esencia de las cosas creadas.
El hombre es consciente de los valores, pero también de los
límites. De aquí el problema del mal que, en determinadas condiciones de
desconcierto físico, psicológico, espiritual, es dolor, sufrimiento, o incluso
pecado. ¿Por qué el mal, por qué el dolor, por qué esta cruz humana que parece
coesencial con nuestra naturaleza, y sin embargo, en muchos casos, tan absurda?
Se trata de preguntas que atormentan desde siempre la mente y el
corazón del hombre, y a las cuales, quizá, se pueden dar respuestas parciales de
orden teórico, pero que continúan planteándose de nuevo en la realidad de la
vida, a veces de modo dramático, sobre todo cuando se trata del dolor de los
inocentes, de los niños, incluso de grupos humanos y de pueblos enteros
subyugados por fuerzas prepotentes que parecen señalar en el mundo el triunfo de
la maldad. ¿Quién de nosotros no siente una herida en el corazón ante tantos
hechos dolorosos, ante tantas cruces?
Es verdad que la experiencia universal enseña también los
benéficos efectos que en muchos hombres produce el dolor, como generador de
madurez, de sabiduría, de bondad. de comprensión, de solidaridad, de tal manera
que se ha podido hablar de la fecundidad del dolor. Pero esta constatación deja
sin resolver el problema de fondo y no elimina la tentación de Job, que se asoma
también al espíritu del cristiano, cuando se siente impulsado a preguntar a
Dios: ¿Por qué? Más aún, para muchos el problema del mal y del dolor es
una objeción contra la Providencia de Dios, e incluso a veces contra su
existencia. La realidad de la cruz se convierte entonces en un escándalo, porque
se trata de una cruz sin Cristo: ¡La más pesada e insoportable, a veces terrible
hasta la tragedia!
3. La cruz con Cristo es la gran revelación del
significado del dolor y del valor que tiene en la vida y en la historia. Él que
comprende la cruz, el que la abraza, comienza un camino muy distinto del camino
del proceso y de la contestación a Dios: encuentra, más bien, en la cruz el
motivo de una nueva ascensión a Él por la senda de Cristo, que es precisamente
el Vía Crucis, el camino de la cruz.
La cruz es la prueba de un amor infinito que, precisamente en
esa hostia de expiación y pacificación ha colocado el principio de la
restauración universal y sobre todo de la redención humana: redención del pecado
y, al menos en raíz, del mal, del dolor y de la muerte.
Pero la cruz nos invita a responder al amor con el amor.
A Dios, que nos amó primero, nosotros podemos darle, a nuestra vez, el signo de
nuestra íntima participación en su designio de salvación. No siempre logramos
descubrir en este designio el porqué de los dolores que marcan el camino de
nuestra vida. Sin embargo, sostenidos por la fe, podemos llegar a la certeza de
que se trata de un designio de amor, en el cual toda la inmensa gama de las
cruces, grandes y pequeñas, tiende a fundirse en la única cruz.
La cruz es, pues, para nosotros una garantía de vida, de
resurrección y de salvación, porque contiene en sí y comunica a los creyentes la
fuerza renovadora de la redención de Cristo. Según San Pablo, en ella es una
realidad ya adquirida incluso la futura resurrección y glorificación celeste,
que será en la eternidad la manifestación gloriosa de la victoria que Cristo nos
ha traído con su pasión y su muerte. Y nosotros, con la experiencia de nuestro
dolor cotidiano, estamos llamados a participar en este misterio que es
ciertamente de pasión, pero también de gloria.
4. En estos días de Semana Santa y del Año Santo estamos
invitados a mirar a Cristo que nos ha amado hasta morir en la cruz por nosotros.
Estamos invitados a unirnos a la Iglesia, la cual, especialmente con la
celebración de los misterios conclusivos de la vida terrena de Cristo, quiere
infundirnos una conciencia más viva del misterio de la redención; y ésta es la
razón fundamental del Jubileo.
Saludamos en la cruz, signo e instrumento de Cristo Redentor, al
fundamento de nuestra esperanza, porque reconocemos en ella la prueba
experimental del amor omnipotente y misericordioso que Dios tiene por el hombre.
Nos dirigimos a la cruz y a Cristo crucificado en este "tiempo
de pasión": tiempo no sólo litúrgico, sino histórico, social y espiritual, en el
que vemos agolparse sobre el mundo tantos dolores, tantas "pasiones" y, por
desgracia ¡tantas cruces sin Cristo!
Pidamos al Redentor, en nombre de su cruz, que conceda a su
Iglesia y a toda la humanidad la gracia del Año Santo, los dones de conversión y
de santidad que tanto necesitamos.
Esto quiere el Año Santo, esto nos pide Jesús desde la cruz: una
apertura mayor a su redención con el arrepentimiento de los pecados y la
aspiración a la santidad.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
En esta primera Audiencia general del Ano Santo, saludo con
afecto a todos los presentes de lengua española.
Mi saludo va en primer lugar a las religiosas Siervas de Jesús
de la Caridad, a los miembros de las varias parroquias, y sobre todo a los
estudiantes de diversos colegios de España que son los más numerosos, así como a
los grupos procedentes de América Latina.
El principio del Ano Santo y la celebración de la Semana Santa
que conmemora los misterios centrales de la Redención, son para nosotros una
fuerte llamada a buscar la gracia que nos salva, a unirnos con espíritu de fe al
dolor redentor de Cristo que es también esperanza de resurrección, a
purificarnos de nuestros pecados y vivir cada día más intensamente el misterio
de salvación en Cristo. Esta es la finalidad del Ano Jubilar.
A todos os aliento a seguir con valentía y perseverancia ese
camino, y a todos os doy mi Bendición.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice
Vaticana
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