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SANTA MISA CON OCASIÓN DEL JUBILEO DE LAS FAMILIAS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Plaza de San Pedro
Domingo 25 de marzo de 1984

1. "Dame de beber" (Jn 4, 7).

Con esta petición Jesús de Nazaret se dirige a una mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Jesús, cansado de caminar y de enseñar, pide un poco de agua.

Esta petición se asocia, en la liturgia del presente domingo, a la insistencia de los hijos de Israel durante el camino hacia la Tierra prometida. Sucede en el desierto, en Rafidim. La insistencia del pueblo sediento resulta obstinada, más aún, agresiva: «¿Nos has hecho salir de Egipto, para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17. 3).

Moisés entonces intercede ante Dios y, siguiendo su indicación, hace brotar de la roca el agua viva. Este acontecimiento es el signo del poder de Dios y de su providencia hacia el pueblo elegido.

En la localidad de Sicar, Cristo pide a la samaritana agua del pozo de Jacob y, al mismo tiempo, le desvela el misterio del agua viva, que el hombre no saca de un pozo, sino que recibe como don de Dios mismo.

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y El te daría agua viva» (Jn 4, 10).

¿Qué es el agua viva, el agua de la vida?

Jesús responde: «El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (cf. ib., v. 14). Por ello, «el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed» (ib.).

Tenemos pues por una parte el agua como elemento de la tierra, que apaga la sed inmediata del cuerpo y sostiene la vida temporal.

Por otra parte, el agua corno símbolo de la gracia divina, que da la vida eterna.

En el centro de la liturgia del tercer domingo de Cuaresma se encuentra la verdad sobre la gracia.

2. Queridos esposos, queridas familias cristianas; y todos vosotros, queridos hermanos y hermanas que formáis esta numerosa asamblea litúrgica: deseo invitaros hoy a la Fuente de agua viva, que es Jesucristo, el Redentor del mundo; Jesucristo, Esposo divino de la Iglesia, Esposa suya en la tierra.

La alianza del amor esponsal, en la que participan los esposos cristianos, está inscrita profundamente en el misterio de la Redención.

Esta es un "gran Misterio" en Cristo y en la Iglesia.

Hoy, como Obispo de Roma, deseo invitar de modo particular a las parejas de esposos y a las familias aquí presentes y, por medio de ellas, a todos los esposos y a todas las familias de la Iglesia y del mundo

a meditar, a la luz del misterio de la Redención, sobre la dignidad y la grandeza de la vocación de esposos y padres;

— y a renovar, en este Misterio divino, la gracia del sacramento del matrimonio.

¡Que abran de par en par sus corazones y se inclinen hacia la fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna!

El matrimonio es un gran sacramento, que en cierto sentido consagra al hombre y a la mujer como dispensadores del amor recíproco, y como colaboradores del Creador en la obra de la transmisión de la vida humana.

En el centro de la alianza sacramental de los esposos. gracias al poder redentor de Cristo. brota la Fuente de agua viva, tal como una vez brotó de la roca en el desierto. Esta agua que salta hasta la vida eterna.

3. La liturgia de este domingo nos recuerda que en los lugares en los que Moisés hizo brotar agua de la roca, los hijos de Israel se oponían a Dios y "lo tentaban" diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?» (Ex 17, 7). Estos lugares fueron llamados "Masá y Meribá" (ib.).

Encontramos el eco de esta controversia y de esta protesta en el Salmo responsorial de la liturgia de hoy:

«Ojalá escuchéis hoy su voz: / "no endurezcáis el corazón como en Meribá, / como el día de Masá en el desierto, / cuando vuestros padres me pusieron a prueba / y me tentaron aunque habían visto mis obras"» (Sal 95/94, 8-9).

En la época contemporánea, la vida de la sociedad (quizás sobre todo en los países ricos y desarrollados) está llena de episodios y de acontecimientos que atestiguan la oposición a Dios, a sus planes de amor y de santidad, a sus mandamientos, por lo que se refiere a la esfera del matrimonio y de la familia.

Dice el Concilio Vaticano II: «La dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecido por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación» (Gaudiurn et spes, 47).

Y la Exhortación Familiaris consortio, publicada en 1981 como fruto del Sínodo de los Obispos sobre el tema la misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo, después de haber presentado los aspectos positivos de la situación en la que se encuentra la familia en el mundo de hoy, enumera los signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: «una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí, las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional» (núm. 6).

Así se puede decir que a través de la civilización contemporánea pasa una vasta ola de discordia con el Creador mismo y con Cristo-Redentor: la discusión sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio, la discordia sobre la santidad e inviolabilidad de la vida humana, las controversias sobre la esencia misma de la libertad, de la dignidad y del amor del hombre.

Y se puede decir qua la humanidad contemporánea, como en otro tiempo los hijos de Israel en Masá y en Meribá., "tienta" a Dios y "lo pone a prueba" en este campo fundamental, aunque —más que en otras épocas— "ve las obras" de Dios.

«La humanidad, pues, tienta al Señor» (cf. Ex 17, 7), y con el modo de actuar de cada persona, de los matrimonios rotos, de las familias destruidas, de los niños privados de la vida aun antes de nacer y, finalmente, con la voz de la legislación permisiva y de la costumbre, parece preguntar: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».

«Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón, como en Meribá».

Escuchemos esta voz que pasa a través de la cruz de Cristo y su pasión. Esta voz no juzga a los hombres desilusionados y desdichados, sino que solamente llama con su propio nombre lo que está mal.

4. Cristo pide a la samaritana agua del pozo de Jacob, y luego, mientras le habla del agua viva, la misma mujer le responde: «dame esa agua» (Jn 4, 15).

Y entonces —¡de qué manera tan expresiva¡— comienza el siguiente coloquio:

Jesús: «Anda, llama a tu marido y vuelve» (ib.. v. 16).

La samaritana: «No tengo marido» (ib., v. 17).

Jesús: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho verdad» (ib., vv. 17-18).

La samaritana: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén» (ib., vv. 19-20).

Jesús: «Créeme, mujer: se acerca la hora... en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad» (ib., vv. 21. 23-24).

Jesús habla con la samaritana, con una mujer divorciada varias veces, con una mujer adúltera. Pero indirectamente habla también con cada uno de aquellos hombres que, a pesar de lo que "al principio" había sido establecido por Dios, la habían tomado por mujer, aunque había sido la mujer de otro.

Jesús, en el coloquio con esta mujer —a la que quizá se le había hecho mal— está lleno de amor y de comprensión. Sin embargo, proclama la verdad. Toca la conciencia. La conciencia es la voz de la verdad. Jesús guía a la samaritana hacia la verdad sobre el amor que debe unir al hombre y a la mujer en el matrimonio.

La Encíclica Humanae vitae (cf. núm. 9) afirma que este amor, es decir, el amor conyugal, es ante todo amor plenamente humano, o sea, sensible y espiritual; no un simple impulso de instinto y de sentimiento. sino también y principalmente un acto de la voluntad libre. Es además amor total, lo cual significa una forma del todo especial de amistad personal, en la que los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas y cálculos egoístas. Es también amor fiel y exclusivo hasta la muerte; una fidelidad que puede ser a veces difícil, pero que es siempre posible, siempre noble y meritoria, cosa que nadie puede negar. Es finalmente amor fecundo, que no se agota todo en la comunión entre los cónyuges, sino que está destinado a prolongarse. suscitando nuevas vidas. Esta es la verdad acerca del amor matrimonial, expresada por el Magisterio para nuestro tiempo.

Y Jesús dice que solamente en. la verdad el hombre es un verdadero adorador de Dios. Sólo en la verdad del amor matrimonial el marido y la mujer adoran a Dios "en espíritu y verdad".

Queridos hermanos y hermanas: Tratemos de transferir esta conversación de Cristo con la samaritana a la dimensión de nuestro tiempo. Pongámosla en el centro de nuestra asamblea eucarística.

¿Qué quiere decir renovar lar gracia del sacramento del matrimonio? Quiere decir volver a encontrar la verdad sobre el amor de los esposos y de los padres, que tiene su origen en Dios Creador y su definitivo sello sacramental en el Redentor del mundo. Significa acoger esta verdad, aceptarla con el corazón y con la conciencia, hacer de ella la medida de la vida.

Queridos esposos: ¿qué fuerza tiene esta verdad en vuestra vida? El día de vuestro matrimonio os habéis prometido recíprocamente un amor verdadero y total, sin limitaciones ni restricciones. ¿Queréis volver a encontrar hoy la verdad, la pureza de aquel amor? Lo podréis hacer, si sabéis hallar la gracia que Dios os ofrece siempre en el sacramento. Y hallaréis esa gracia, día tras día, si sabéis orar con fe. Orar juntos en la intimidad de la familia. He ahí una consigna que el Papa os deja en este encuentro jubilar. Gracias a la oración asidua y fervorosa, vosotros no perderéis nunca la verdad acerca de vuestro amor.

La Iglesia enseña esta verdad de generación en generación. La enseña en nuestra época mediante la Casti connubii, la Gaudiurn et spes, la Humanae vitae y la Familiaris consortio.

Es una verdad exigente, como es exigente todo el Evangelio. Sin embargo, todo lo que ella exige, sirva para el bien del hombre, para el bien del hombre entendido auténticamente. Sirve para su dignidad. Sirve para el amor. Sirve para la gloria de Dios, porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva de acuerdo con la verdad y el amor.

5. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5).

De esto nos habla el misterio de la Redención.

De esto nos habla el Año Jubilar de la Redención.

«Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo... murió por nosotros (ib., v. 8).

Peregrinamos hacia este amor como al manantial del agua viva. Nos encontramos aquí reunidos, ante el sepulcro de San Pedro: esposos y. esposas, padres e hijos, matrimonios, familias, todos nosotros, que deseamos adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Todos deseamos vencer la tentación, con la que el mundo actual "tienta" al Creador y al Redentor, lo "pone a prueba" diciendo "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?". ¿Somos su sacramento en Jesucristo? ¿O bien la única dimensión y el sentido de nuestra. vida son la temporalidad, la "mundanidad" y la libertad desenfrenada del "hombre" sensual?

Queremos vencer esta tentación. Día a día, año tras año, para toda la vida. Desearnos vencerla con el poder de Cristo: con el amor con el que El nos ha amado. Deseamos —por El, con El y en El— adorar al Padre en espíritu y verdad.

 «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» en el sacramento de la Iglesia.

Oremos juntos por la victoria de este amor en cada uno de nosotros, en cada matrimonio, en cada Familia.

De esta victoria depende el futuro de toda la familia humana.

La Iglesia la pide sin cesar, rezando como hemos hecho durante el Sínodo de los Obispos del año 1980 relativo a la misión de la familia cristiana en el mundo actual:

Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra; Padre, que eres Amor y Vida, haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo Jesucristo, "nacido de mujer", y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones que siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente. te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas  las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia.

Por Cristo nuestro Señor, que es el camino, la verdad y la vida. por los siglos de los siglos. Amén.

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

 

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