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VIAJE APOSTÓLICO A
VENEZUELA, ECUADOR, PERÚ Y TRINIDAD Y TOBAGO
LITURGIA DE LA PALABRA EN CUZCO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Domingo
3 de febrero de 1985
Queridos hermanos y hermanas,
1 . La palabra de Dios que hemos
escuchado nos conduce al campo en el que los segadores recogen las espigas. Esta
palabra del Antiguo Testamento está tomada del libro de Rut. El campo pertenece
a Booz, procedente de Belén, la ciudad en la que siglos después debía nacer
Jesucristo. Booz es el propietario del campo, y en el período de la siega va a
ver a los segadores. Entre ellos encuentra a Rut la moabita. Booz pregunta sobre
ella, que no le era conocida ni pertenecía a sus trabajadores, sino que se había
acercado voluntariamente al campo en el momento de la siega.
Sabiendo ya quién
era Rut, Booz acepta con gusto su presencia entre los segadores y le demuestra
gran benevolencia y cordialidad. Por el mismo libro sagrado sabemos que Rut se
convirtió en la esposa de Booz.
2. La Palabra de Dios leída en esta celebración
ha sido elegida para que podamos entrar en lo que constituye el contenido de
vuestra vida de cada día, mis queridos campesinos y pobladores de los Andes
peruanos.
A todos vosotros y a los que no han podido venir, aun deseándolo, os
saludo con un abrazo fraterno; a los llegados de los departamentos del Cuzco, de
Puno o Apurímac, así como a los procedentes de otras regiones del Perú o que en
ellas se dedican a las tareas agrícolas.
Con esta visita hasta las alturas
andinas, el Papa desea manifestaras el amor profundo que siente por vosotros, su
vivo respeto ante vuestras condiciones culturales y sociales, el aliento que
querría daros para que vuestra vida sea cada vez más digna de hombres y de
cristianos.
Saludo también con gran estima al arzobispo y pastor de esta sede,
antigua capital del Imperio Incaico, al que dentro de poco voy a imponer el
palio, símbolo de su dignidad de metropolitano y de su especial vinculación al
Sucesor de Pedro. Con él saludo cordialmente a los obispos de las cercanas
diócesis y prelaturas, que con tanto celo y sacrificio se esfuerzan por ayudaras
en vuestra vida de fe y en vuestras necesidades culturales y materiales.
No
olvido tampoco a los sacerdotes, religiosos y religiosas presentes, a los que
expreso mi profunda y afectuosa cercanía en su abnegada y dura labor. Sé que no
pocos de ellos proceden de otras naciones y han venido a colaborar generosamente
con esta Iglesia en el Perú, que sienten plenamente suya. Gracias en nombre de
Cristo por vuestra valiosa entrega, a vosotros y a cuantos ofrecen su obra
eclesial en otras partes de este querido país.
Un saludo afectuoso, lleno de
particular agradecimiento, a los hermanos y hermanas campesinos que, como
«animadores cristianos», «animadores de la fe», «catequistas», «promotores
de salud», o a través de los clubes de madres, tanto bien hacen a los demás. Sé
que vosotros, guiados por sacerdotes y religiosas, dedicáis preciosas energías en favor de los necesitados en el cuerpo y en el alma, y suplís tantas veces
la escasez de sacerdotes. Mi viva gratitud por vuestra tarea, es la de la
Iglesia y la de todos los campesinos del Perú.
3. El pasaje bíblico antes leído
nos presenta a Rut, la extranjera, que va a espigar, porque no tenía qué comer;
los campesinos del lugar le dejan recoger las espigas, para que se alimente ella
y los suyos. El dueño del campo, le ofrece incluso parte de su propia comida:
«Quédate junto a mis criados». «Acércate, puedes comer» (Ru. 2, 8).
Es una hermosa
enseñanza que la Sagrada Escritura da a los hombres de todos los tiempos y
naciones. Lección de solidaridad de unos con otros. Sentirse hermano de cuantos
sufren, ayudarse mutuamente, como aquellos campesinos de Belén dieron de su
cosecha a una pobre viuda que venía en busca de sustento.
He oído hablar tanto
de vuestro sentido de hospitalidad, de vuestra prontitud en socorrer a los
huérfanos, de vuestra generosidad en compartir —aun lo poco que muchas veces
tenéis— con quien posee menos todavía, de vuestra piedad con todo necesitado.
Deseo alentares en estas envidiables virtudes humanas y cristianas que ya
poseéis y de las que podéis sentiros orgullosos. Sabed que cualquier adelanto en
este sentido de cooperación, organizado mejor y ampliado a todo vuestro trabajo
agrícola, os servirá de no pequeño avance en vuestra condición social; podréis
así ayudares a mejorar las difíciles situaciones de inseguridad, penuria, escasa
alimentación, falta de medíos para atender a vuestra salud y la de vuestros
hijos, para defender vuestro derecho a la necesaria y urgente promoción humana.
Al buscarla con todas vuestras fuerzas, no permitáis que se degrade vuestra
dignidad moral y religiosa cediendo a sentimientos de odio o de violencia, sino
amad siempre la paz.
La solidaridad que el libro de Rut nos presenta, es la
fuerte llamada que el Papa quiere hacer a los hombres de las ciudades y a los
cultivadores de la tierra, para que sean ejemplo de colaboración justa entre el
campo y la ciudad, en todo el Perú y en el mundo. No se puede hacer patria sólo
con la ciudad ni sólo con el agro. Es necesario ser solidarios unos de otros,
estimarse y ayudarse, sin que nadie explote a nadie, porque todos somos hermanos,
hijos del mismo Padre, Dios, aunque tengamos distintos servicios en la comunidad.
Esta gigantesca fortaleza de Sacsayhuamán ante la que nos encontramos, es
símbolo de colaboración mutua. No pudo ser edificada sin la
labor conjunta de vuestros antecesores, sin la acoplada unión de tantas piedras.
Tampoco podrá construirse una patria grande sin fraternidad y ayuda mutua, sin
justicia entre el poblador del campo y el habitante de la ciudad, sin equilibrio
entre el crecimiento técnico e industrial, sin el cuidado esmerado por los
problemas agrícolas. Es un terreno que reclama la obligada atención de las
autoridades públicas, con medidas adecuadas y urgentes que incluyan, cuando sea
necesario, las debidas reformas en la propiedad y su explotación. Es un problema
de justicia y humanidad.
4. Esa solidaridad excluye todas las formas de egoísmo,
que siembran cizaña en la convivencia. Es lo más opuesto a las ideologías que
dividen a los hombres en grupos enemigos e irreconciliables y que propugnan una
lucha fanática hasta el exterminio del adversario. También en vuestra amada
patria sufrís esta plaga, bajo la forma de violencia inhumana. Como sufrís otras
plagas, menos espectaculares, pero no menos dañinas.
Una de ellas es la
extremada diferencia de clases sociales. El ostentoso bienestar y derroche de
unos, frente a la pobreza de muchos campesinos y habitantes de los pueblos
jóvenes de vuestras ciudades, que carecen del mínimo imprescindible para llevar
una vida digna. Situación que deja el campo abierto a inconsideradas iniciativas,
inspiradas en el resentimiento y la violencia.
Lo mismo ocurre con todas
aquellas prácticas en las que los intereses particulares e injustos se imponen
sobre el bien de la comunidad. Tal es el caso del soborno en los distintos
niveles de la administración pública o privada; el fraude para eludir la justa
contribución a las necesidades de la colectividad; la eventual utilización
indebida de los fondos públicos para el enriquecimiento personal.
El egoísmo es
también la causa del negocio corruptor que se ha creado en torno a los cultivos
de coca. Un producto que los nativos usaban a veces de modo natural como
estimulante de la actividad humana, y que al convertirse en droga se ha
transformado un funesto veneno, que algunos explotan sin el menor escrúpulo.
Importándoles bien poco la gravísima responsabilidad moral de que los beneficios
económicos que obtienen algunos, sean a costa de la salud física y mental de
muchas personas —sobre todo, adolescentes y jóvenes—, que en tantos casos
quedarán inutilizados para una vida digna.
Frente a todas esas raíces de egoísmo insolidario que anidan en el corazón humano, la Iglesia se esfuerza en proclamar
la apremiante necesidad de renovar moralmente los espíritus, de cambiar a los
hombres desde dentro, de hacerles volver a las raíces más hondas de su humanidad.
Sigue luchando también en la causa de la justicia mediante su doctrina social y
la acción promocional de tantos hombres y mujeres. Y quiere sobre todo estar
presente y ser solidaria con los más pobres. Como en sus orígenes surgió con
gente humilde y necesitada —con los pobres de Yavé—, la Iglesia quiere también
hoy trabajar con amor preferencial por esta porción predilecta del Señor. Porque
si no lo hiciera así, no sería fiel a su Fundador, Jesucristo. Pero quiere
hacerlo no por inspiración política, sino desde el Evangelio; no con métodos de
lucha de clases, no con miras a aparentes liberaciones parciales que no
consideran, o no suficientemente, la dimensión espiritual del hombre, o le
conducen a nuevas y no menores esclavitudes al quitarle su libertad (Cfr.
IOANNIS PAULI PP. II Allocutio ad Patres Cardinales
et Romance Curiae Sodales, 10, 21 dec. 1984: Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
VII, 2 (1984) 1621 ss.).
Es necesario e imprescindible comprometerse en la causa de los
pobres y de su promoción. Es la causa de todos: de vosotros, miembros de la
Iglesia, de la jerarquía, de sacerdotes y familias religiosas. Una causa en la
que recomiendo gran atención a las oportunas directrices dadas hace poco por
vuestros obispos (Cfr. S. CONGR. PRO DOCTRINA FIDEI Instructio de
quibusdam aspectibus «Theologiae Liberationis»).
5. El libro de Rut, que con su enseñanza inspira nuestro encuentro, nos muestra
la dimensión religiosa de aquellos trabajadores del campo. Al saludo espontáneo
de Booz: «Yavé con vosotros», responden: «Que Yavé te bendiga» (Ru. 2,
4).
En vosotros,
amadísimos hijos campesinos, la fe y religiosidad cristiana que profesáis os han
hecho sentir hondamente a Jesucristo en lo íntimo de vuestro ser; y se han
plasmado —a través de los siglos— en las manifestaciones de devoción que
celebráis a lo largo del año. Son
vuestras procesiones —con las que exteriorizáis de modo comunitario y público
vuestra vivencia cristiana— y vuestras peregrinaciones a los grandes santuarios
del Señor de Huanca, del Señor de Koylloriti, de la Virgen de Cocharcas, vuestra
devoción profunda y sentida al Señor de los Temblores, vuestra piedad
eucarística expresada en las fiestas del Corpus, vuestro sentimiento filial
hacía María, la Virgen Santísima Madre de Dios y nuestra, bajo múltiples advocaciones.
Esa religiosidad popular que ha sellado vuestra alma, como la de América Latina,
marcando su identidad histórica. Purificad y aumentad cada vez más vuestro
conocimiento y amor a Cristo, siguiendo las enseñanzas de vuestros obispos y
sacerdotes. Y que esa fe os ayude a lograr además la šabiduría de «un humanismo
cristiano», al afirmar radicalmente la dignidad de toda persona humana como
hijo de Dios, y establecer una fraternidad fundamental. Así, esa religiosidad
popular encarnada en vuestra cultura, por este esencial contenido fraterno,
puede y debe ser el más formidable resorte liberador de las estructuras injustas
que oprimen a vuestros pueblos.
6. Los primeros evangelizadores sembraron
generosamente la fe cristiana en el corazón de vuestros pueblos andinos. Fe que
debe desarrollarse cada día, para dar frutos más maduros, mis queridos
campesinos.
También el alma, como la tierra buena, necesita un cuidado vigilante
para dar fruto. Hay que acoger en ella la semilla de la Palabra de Dios,
enseñada por la Iglesia: hay que regarla frecuentemente con los sacramentos que
nos infunden la gracia; hay que abonarla con el esfuerzo por practicar las
virtudes cristianas; hay que quitar las malas hierbas de las pasiones desviadas;
y hay que compartir sus frutos por el buen ejemplo y la propagación de la fe.
No hay cultivo más importante que éste ni que ofrezca fruto más seguro, un fruto
que va hasta la vida eterna.
Para vivir como hermanos hemos de comportarnos
primero como buenos hijos de Dios, mediante el cumplimiento fiel de los deberes
religiosos. Dar culto a Dios, participando en la Santa Misa los domingos y días
de fiesta, será una muestra sincera del sentido religioso de vuestra vida.
Recibir con frecuencia al Señor realmente presente en la Eucaristía y acoger el
perdón divino en el Sacramento de la Penitencia, os ayudará a mantener una recta
conducta cristiana. Oír la Palabra de Dios y recibir los sacramentos instituidos
por Cristo son medíos indispensables para todos, hombres y mujeres, jóvenes y
mayores.
7. Al pasar por la histórica capital de los Incas, para llegar a esta
impresionante fortaleza, he podido admirar fugazmente algunas de las grandezas
de vuestra historia.
En esta misma explanada vuestros antepasados rindieron
culto al Sol, como fuente de vida. Hoy habéis venido aquí para escuchar las
palabras del Papa, representante de quien es el verdadero «sol de justicia y
amor, Cristo nuestro Salvador», el cual no sólo da la vida en este mundo, sino
la vida que perdura más allá de la muerte, la vida que nunca termina, la vida
eterna.
En este lugar os manifiesto sinceramente mi profundo respeto por vuestra
cultura ancestral de siglos, por vuestra piedad y religiosidad que, al recibir
la luz de Jesucristo, se vertió en el arte y belleza de las basílicas y templos
de vuestras ciudades a lo largo de todos los Andes.
La Iglesia, en efecto, acoge
las culturas de todos los pueblos. En ellas siempre se encuentran las huellas y
semillas del Verbo de Dios. Así vuestros antepasados, al pagar el tributo a la
tierra (Mama Pacha), no hacían sino reconocer la bondad de Dios y su presencia
benefactora, que les concedía los alimentos por medio del terreno que cultivaban.
O cuando resumían los mandatos de moral en el triple precepto ama sua, ama
quella y ama llulla (no seas ladrón, no seas perezoso, no mientas) - donde se
exige el respeto al prójimo en su dignidad y en sus propiedades (= ama sua); la
obligación de buscar el perfeccionamiento de sí mismo y su contribución al bien
de la comunidad (= ama quella); y la conformidad de su actuar y hablar con el
propio corazón (= ama llulla) - no hacían sino concretar la ley natural a sus
temperamentos.
Conservad, pues, vuestros genuinos valores humanos, que son
también cristianos. Y sin olvidar vuestras raíces históricas, fortificadlas ala
luz de Cristo, siguiendo la enseñanza de vuestros obispos y sacerdotes. Vosotros,
agentes de la pastoral, respetando la cultura de vuestras gentes y promoviendo
todo lo bueno que tienen, procurad completarlo con la luz del Evangelio. Con
ello no destruís su cultura, sino que la lleváis ala perfección, como Jesucristo
perfeccionó la antigua ley en el sermón del monte, en los bien conocidos
párrafos en que repite: Se os ha dicho antes . . ., pero Yo os digo . . . Hay que
presentar, pues, a los fieles toda la novedad cristiana en campo doctrinal y
moral. Que esa respetuosa evangelización eleve cada vez más la vida humana,
cristiana, familiar y social de vuestros fieles, del mundo campesino del Perú.
8. Volvamos una vez más al campo de Booz, del que nos habla el texto bíblico de
esta paraliturgia.
El Antiguo Testamento nos enseña que Rut fue la esposa de Booz y, a través de su hijo Jesé, la abuela del rey David. De la estirpe de éste
ha nacido el Mesías, Jesús de Nazaret.
Así, pues, el campo de segadores en que
trabaja Rut la moabita, ha entrado en la larga genealogía de la espera del
Mesías, del Salvador, a cuya venida se preparaban todas las generaciones del
antiguo Israel.
Apoyándome en esa Palabra de Dios, deseo a todos vosotros,
agricultores y campesinos, que el trabajo del campo se convierta para cada uno
de vosotros en una participación en la obra redentora de Jesucristo, el Salvador
del mundo.
Vosotros podéis comprender mejor el mensaje de Jesús, que hablaba con
frecuencia de la hierba del campo, del lirio, de los pájaros, del sembrador que
lanza la semilla, del pastor que cuida el rebaño, del agricultor que poda las
plantas.
Tratad, por ello, de sentir la presencia de Dios en la naturaleza, en
la Providencia que con la luz, la lluvia o el calor nutre y hace crecer los
sembríos. Poned en vuestros surcos o campos una mirada a Dios y una oración por
vosotros y por los demás.
Unidos a Jesús, que trabajó como vosotros con sus
manos, sentid la dignidad de vuestra condición de campesinos. Poned en ella el
espíritu de servicio, precioso, de quien procura alimentos para la sociedad y
colabora en los planes de Dios. Así podréis sentiros plenamente orgullosos de
vuestra contribución al bien de todos.
Para concluir, con profundo respeto y
estima por vosotros, dejo a cada campesino del Perú un abrazo de padre y amigo;
a cada hogar vuestro, una cordial bendición; una plegaria por vuestras esposas y
seres queridos; una caricia, para que a llevéis vosotros a cada uno de vuestros
hijos. La Madre Santísima del Carmen, cuya imagen de Paucartambo voy a coronar
canónicamente, os acompañe y proteja.
Ancha cuyasqay Qosqo runakuna, anti
orqokunaq Patampi Tiyaq Wawallaykuna:
Jatum kusikuywanmi, sonqoy
llanllarinankama, kunam punchau qankunata imaynam kuyasqayta reqsechinaypaq
llaqtqykichisman chayamuni, taytaykichis jina, michiqniykíchís jina.
Dios Yayaq,
Dios Churiq, Dios Espíritu Santoq Sutimpi.
(Amados hijos campesinos del Cuzco y de todo el Ande Peruano: Con gran ilusión y
alegría llego hoy hasta vosotros para expresaros mi sincero y paternal afecto.
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo estén con vosotros).
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