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DOMINGO DE RAMOS PRIMERA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 23 de marzo de 1986
1. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!
¡Hosanna en el cielo!” (Antífona de entrada).
Estas palabras se han proclamado precisamente hoy, el día en que
la Iglesia celebra, cada año, este recuerdo: el Domingo de Ramos.
Estas palabras fueron pronunciadas con entusiasmo por los
hombres que habían ido a Jerusalén para la fiesta de Pascua, como había ido
también Jesús para celebrar su Pascua.
Según dice el texto litúrgico, estás palabras fueron proclamadas
de modo particular por los jóvenes: “pueri hebraeorum”. La participación de los
jóvenes en el acontecimiento del Domingo de Ramos es ya una tradición. De ello
da testimonio también la ciudad de Roma y, especialmente, esta plaza de San
Pedro. Este testimonio ha sido particularmente significativo en los dos últimos
años: el Año del Jubileo, de la Redención y el Año Internacional de la Juventud.
2. Queridos jóvenes amigos: Hoy estáis de nuevo aquí para
comenzar en Roma, en la plaza de San Pedro, la tradición de la jornada de la
Juventud, a cuya celebración ha sido invitada toda la Iglesia.
Doy cordialmente la bienvenida y saludo a todos los que habéis
venido no sólo de Roma y de Italia, sino también de España, de Francia, de
Suiza, de Yugoslavia, de Alemania, de Austria y de otros diversos países. Saludo
a todos los aquí presentes. Y al mismo tiempo en vosotros saludo a todos los que
no están aquí, pero que hoy —o en cualquier otro día del año, según las diversas
circunstancias— manifiestan esta unidad que es la Iglesia de Cristo en la
comunidad de los jóvenes. Por tanto, deseo saludar ahora a todos los que en
todas partes —en cualquier país de los cinco continentes— celebran la Jornada de
la juventud. El punto de referencia para esta jornada sigue siendo, como cada
año, el Domingo de Ramos.
Os agradezco el hecho de haberos preparado a este domingo, aquí
en Roma, con espíritu de recogimiento y oración, meditando el misterio pascual
de Cristo, vinculado a la cruz y a la resurrección. Este misterio revela del
modo más profundo a Dios: Dios que es Amor: Dios que “tanto amó al mundo, que le
dio su unigénito Hijo” (Jn 3, 16). Al mismo tiempo este misterio permite al
hombre comprenderse totalmente a sí mismo: hombre, en su dignidad y su vocación,
como nos enseña el Concilio Vaticano II.
3. Hoy, por consiguiente, todos nosotros miramos a Cristo
—este
Cristo— que (según la predicción del Profeta), viene a Jerusalén montado sobre
un pollino, según la costumbre del lugar. Los Apóstoles han puesto sus vestidos
encima, para que Jesús pudiera estar sentado. Y cuando se encontraba cerca de la
bajada del Monte de los Olivos, todo el grupo de los discípulos, exultante,
comenzó a alabar a Dios a voces, por los prodigios que había visto (cf.
Lc 19,
37).
Efectivamente, en su tierra natal, Jesús había conseguido ya
llegar con la Buena Nueva a mucha gente, a muchos hijos a hijas de Israel, a los
ancianos y a los jóvenes, a las mujeres y a los niños. Y enseñaba actuando:
haciendo el bien. Revelaba a Dios como Padre. Lo manifestaba con las obras y la
palabra. Haciendo el bien a todos, de modo particular a los pobres y a los que
sufren, preparaba en sus corazones el camino para la aceptación de la Palabra,
aun cuando esta Palabra resultase, en un primer momento, incomprensible, como lo
fue, por ejemplo, el primer anuncio de la Eucaristía; e incluso cuando esta
Palabra era exigente, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio. Tal
era y tal permanece.
Entre las palabras pronunciadas por Jesús de Nazaret se
encuentra también una dirigida a un joven, a un joven rico. A este coloquio he
hecho referencia en la Carta del pasado año a los jóvenes y a las jóvenes. Es un
diálogo conciso, contiene pocas palabras, pero qué denso, qué rico de contenido
y qué fundamental es.
4. Así, pues, hoy contemplamos a Jesús de Nazaret, que viene a
Jerusalén; su llegada está acompañada con el entusiasmo de los peregrinos.
“¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21, 9).
Sabemos, sin embargo, que el entusiasmo será sofocado dentro de
poco. Ya entonces “algunos fariseos de entre la gente le dijeron: Maestro,
reprende a tus discípulos” (Lc 19, 39).
Qué expresiva es la respuesta de Jesús: “Os digo que, si éstos
callan, gritarán las piedras” (Lc 19, 40).
Contemplamos, por lo tanto, “al que viene en nombre del Señor”
(Mt 21, 9) en la perspectiva de la Semana Santa. “Mirad, subimos a Jerusalén
y... el Hijo del hombre será entregado a los gentiles, y escarnecido, a
insultado, y escupido, y después de haberle azotado le quitarán la vida...” (Lc
18, 31-33).
Así, pues, se acallarán los gritos de la muchedumbre del Domingo
de Ramos. El mismo Hijo del hombre se verá obligado al silencio de la muerte. Y
la víspera del sábado, lo bajarán de la cruz, lo depositarán en un sepulcro,
pondrán una piedra a la entrada del mismo y sellarán la piedra.
Sin embargo, tres días más tarde esta piedra será removida. Y
las mujeres que irán a la tumba, la encontrarán vacía. Igualmente los Apóstoles.
Así, pues, esa “piedra removida” gritará, cuando todos callen. Gritará.
Proclamará el misterio pascual de Jesucristo. Y de ella recogerán este misterio
las mujeres y los apóstoles, que lo llevarán con sus labios por las calles de
Jerusalén, y más adelante por los caminos del mundo de entonces. Y así, a través
de las generaciones, “gritarán las piedras”.
5. ¿Qué es el misterio pascual de Jesucristo? Son los
acontecimientos de estos días, particularmente de los últimos días de la Semana
Santa. Estos acontecimientos tienen su dimensión humana, como dan testimonio de
ello las narraciones de la pasión del Señor en los Evangelios. Mediante estos
acontecimientos el misterio pascual se sitúa en la historia del hombre, en la
historia de la humanidad.
Sin embargo, tales acontecimientos tienen, a la vez, su
dimensión divina, y precisamente en ella se manifiesta el misterio.
Escribe concisamente San Pablo: “Cristo, a pesar de su condición
divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su
rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp 2, 6-7).
Esta dimensión del misterio divino se llama Encarnación. El Hijo
de la misma sustancia del Padre se hace hombre y, como tal, se hace siervo de
Dios: Siervo de Yavé, como dice el libro de Isaías. Mediante este servicio del
Hijo del hombre, la economía divina de la salvación llega a su ápice, a su
plenitud.
Continúa hablando San Pablo en la liturgia de hoy: “Actuando
como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).
Esta dimensión del misterio divino se llama Redención. La
obediencia del Hijo del hombre, la obediencia hasta la muerte de cruz compensa
con creces la desobediencia hacia el Creador y Padre contenida en el pecado del
hombre desde el principio.
Así, pues, el misterio pascual es la única realidad divina de la
Encarnación y de la Redención, introducida en la historia de la humanidad.
Introducida en el corazón y en la conciencia de cada uno de nosotros. Cada uno
de nosotros está presente en este misterio mediante la herencia del pecado, que
de generación en generación conduce a la muerte. Cada uno de nosotros encuentra
en ella la fuerza para la victoria sobre el pecado.
6. El misterio pascual de Jesucristo no se agota en el despojo
de Cristo. No lo cierra la gran piedra puesta a la entrada del sepulcro tras la
muerte en el Gólgota.
Al tercer día esta piedra será removida por la potencia divina y
comenzará a “gritar”: comenzará a hablar acerca de lo que San Pablo expresa con
estas palabras de la liturgia de hoy:
«Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el
“Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
—en el cielo, en la tierra, en el abismo—, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo
es Señor!”, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). Redención significa también exaltación.
La exaltación, es decir, la resurrección de Cristo abre una
perspectiva absolutamente nueva en la historia del hombre, en la existencia
humana, sometida a la muerte a causa de la herencia del pecado. Por encima de la
muerte está la perspectiva de la vida. La muerte forma parte de la dimensión del
mundo visible; la vida está en Dios.
El Dios de la vida nos habla con la cruz y con la resurrección
de su Hijo.
Esta es la última palabra de su Revelación. La última palabra
del Evangelio. Justamente esta palabra está contenida en el misterio pascual de
Jesucristo.
7. Mediante la cruz y la resurrección, mediante el misterio
pascual, Cristo dirige a cada uno de nosotros la llamada: “Sígueme”.
La dirigió al joven del Evangelio en el camino de su
peregrinación mesiánica, pero entonces la verdad sobre Él (sobre Cristo) no
había sido aún revelada en su plenitud.
Ha de revelarse en su totalidad en estos días. Ha de ser
complementada con su pasión, muerte y resurrección. Ha de convertirse en
respuesta a los interrogantes más fundamentales del hombre. Ha de convertirse en
desafío de la inmortalidad.
Precisamente en estos días, vosotros jóvenes habéis venido junto
a los sepulcros de los Apóstoles. Aquí, donde Pedro y Pablo hace casi dos mil
años dieron testimonio de Cristo, quien mediante la cruz ha venido a ser “el
Señor, para gloria de Dios Padre”.
Hemos decidido celebrar en la Iglesia la Jornada de la Juventud
precisamente en este domingo.
8. Realmente no quedaron decepcionados los que durante la
entrada de Jesús en Jerusalén gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el
que viene en nombre del Señor!”.
Tampoco quedaron decepcionados los jóvenes: “pueri hebraeorum”.
El viernes por la noche todo parecía testimoniar la victoria del
pecado y de la muerte. Sin embargo, a los tres días, ha hablado de nuevo la “piedra
removida” (“gritarán las piedras”).
Y no quedaron decepcionados. Todas las expectaciones del hombre,
cargado con la herencia del pecado, han sido completamente superadas.
Dux vitae mortuus — regnat vivus.
No quedaron decepcionados.
Y por esto celebramos en este día la Jornada de la Juventud. En efecto, este día está
vinculado a la esperanza que no
decepciona (cf. Rm 5, 5). Las generaciones que siempre se renuevan necesitan
esta esperanza. La necesitan cada vez más.
No quedaron decepcionados los que gritaron: “¡Bendito el que
viene en nombre del Señor!”. Sí. Llega. Entró en la historia del hombre. En
Jesucristo Dios entró definitivamente en la historia del hombre. Vosotros
jóvenes, debéis encontrarlo los primeros. Debes encontrarlo constantemente.
“La Jornada de la Juventud” significa precisamente esto: salir
al encuentro de Dios, que entró en la historia del hombre mediante el misterio
pascual de Jesucristo. Entró en ella de manera irreversible.
Y quiere encontraros antes a vosotros, jóvenes. Y a cada uno
quiere decir: “Sígueme”.
Sígueme. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Amén.
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