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VIAJE APOSTÓLICO A COLOMBIA

ENCUENTRO CON LOS INDÍGENAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Popayán, viernes 4 de julio de 1986

 

“Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre y Señor Jesucristo” (Ga 1, 3)

Amados hermanos y hermanas:

1. Venido desde Roma hasta vosotros, como Peregrino y mensajero de Evangelización, quiero en primer lugar saludar fraternalmente al arzobispo de Popayán y a los obispos de esta provincia eclesiástica: de Ipiales y de Pasto así como a los Ordinarios de las diócesis del Sur de Colombia saludo afectuosamente a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles aquí congregados. Me uno también a todos para dar gracias a Dios y alabar al Señor con alegría: “A Dios den gracias los pueblos, alaben los pueblos a Dios” (Sal 67 [67], 6). 

Es hermoso y conmovedor escuchar hoy de vuestros labios este canto que seguramente llenó de fervor a vuestros antepasados. Sois en verdad un pueblo que, desde hace más de cuatro siglos, celebra a Jesucristo, Maestro, Salvador y Redentor, alabándole y dándole gracias.

Sé, hermanos queridísimos, que vosotros los indígenas aquí reunidos, pertenecéis a distintos grupos étnicos esparcidos por el vasto territorio de vuestra patria. A todos os saludo y, desde aquí, envío mi saludo junto con mi bendición a todos los nativos que, en los valles, en las montañas, en las veredas y en las orillas de los ríos colombianos me están escuchando, y les invito a alabar y ensalzar conmigo las grandezas de Dios.

De modo especial saludo a los indios paeces y guambianos:

“Kiay cuentate yus tata Jesucristo pa mipakaue ikuesh eufinseya yusiak anya uala uechana ust yatskate luchiak na kiuete ueshyak puchuicha kia luchiak na kiute ueshyak puchuicha kia pacate yusyata uenyicha jicha selpina usa”.

“Kietii ñimún, kuayab, chigebénd inzhimenrrai, ñimúi, tius Masgáwain guentá.

Jesucristo ñimúi puaig, Nai Kasrákebig larr nuiiketán, mei ñimún weterrawá, saludanrrab, ñimúi asig patemisák Kuíngucha, yu Colombia misaamerá razúnbé, mayeelán peemái undakuinzhíb purugúmiiketán; nesia waíiguentá Naá ashíkebpé mundo erebá”.

Mi gozo es inmenso al reunirme hoy con vosotros y poder saludar, en cada una de vuestras personas, a una porción del pueblo colombiano, que es objeto de amor preferencial y de servicio singular por parte de la Iglesia.

2. A la luz de la lectura del Apóstol San Pablo, que hemos escuchado, quisiera, amados hermanos, celebrar hoy con vosotros esta unidad cristiana que tiene su fundamento en el Señor Jesús. Por esto deseo recordar brevemente las gracias que habéis recibido de Dios durante vuestra historia cristiana, lo cual ha de traducirse, por vuestra parte, en compromiso de respuesta generosa al Señor en este momento privilegiado y difícil de vuestro caminar actual como Iglesia, Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios.

En el año 1546 el Papa Pablo III creó ya esta diócesis de Popayán, dando, por así decirlo, forma canónica a la gesta evangelizadora realizada por intrépidos misioneros y celosos obispos en las primeras décadas que siguieron al descubrimiento del Nuevo Mundo. Aquellos insignes evangelizadores sembraron aquí la semilla de la fe, enseñando la doctrina y las costumbres cristianas a un pueblo que se abrió generosamente a la Palabra de Dios y se incorporó a la Iglesia.

Desde el principio, la ciudad fue puesta bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Asunción, y la Virgen ha hecho de este lugar un terreno fértil para el Evangelio. Fértil espiritualmente en los tiempos pasados y fértil también ahora, puesto que en Popayán hay una comunidad eclesial muy viva y prometedora, llena de afanes apostólicos, en el campo de la juventud, de la educación, de la familia y de los servicios de caridad para con los más pobres. ¿No es éste un motivo singular para dar gracias y alabar a Dios?

3. Vuestra raigambre espiritual ha hecho de vosotros un pueblo fuerte, avezado a la prueba y al sufrimiento. ¿Cómo no recordar el último terremoto del 31 de marzo de 1983, día de Jueves Santo, que devastó gran parte de la ciudad y llenó de dolor a los habitantes de toda esta comarca? Entonces, como ahora, quise mostraros mi solidaridad y la fe de la Iglesia entera a fin de que aquel Jueves y Viernes Santo se transformaran por la resurrección en nueva primavera de vida comunitaria sobre la base del mandamiento del amor.

Acabo de visitar la catedral, centro y símbolo de la Iglesia local. He orado en ella por vosotros y por vuestros seres queridos, y he pensado que los majestuosos muros de esa basílica, cuatro veces quebrantados por catástrofes sísmicas, son a la vez signo de la tragedia acaecida y presagio de un pujante resurgir, al que todos estáis generosamente entregados.

Que Dios os dé firme esperanza y que El sea vuestra fortaleza en esta dura tarea, pues “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores” (Sal 127 [126], 1).  Os acompaño con afecto de padre en vuestros afanes y deseo que mi presencia aquí sea estímulo para vuestra total reconstrucción espiritual, social y material, llevada a cabo con la mirada puesta en nuestro Padre que está en los cielos y que quiere ver vuestra comunidad cristiana como una familia de hermanos que saben convivir y caminar unidos compartiendo generosamente sus bienes.

4. En vuestro pueblo y en toda la comarca sudoccidental de Colombia, gracias a la plurisecular evangelización, se encuentra una fe arraigada profundamente, que se expresa de manera eminente en extraordinarias manifestaciones de religiosidad y de piedad popular. También esto es expresión de la fe católica que ha marcado la identidad histórica y cultural de Colombia. Os aliento pues a perseverar en estas manifestaciones, que son una catequesis constante que estimula a una práctica religiosa más intensa y auténtica, reforzando los lazos de unión en el seno de la familia de los hijos de Dios. Una genuina piedad eucarística y mariana es garantía de profunda y sólida vida cristiana, que os defenderá también de ideologías ajenas al Evangelio.

Se puede decir que la piedad popular responde al acervo de valores con que la sabiduría cristiana y el sentido religioso de los fieles, sobre todo de la gente sencilla, afronta los grandes interrogantes de la existencia humana, bajo la luz de Dios Padre, orientándola hacia el reino de los cielos y cooperando al desarrollo de la historia humana, según los designios salvíficos del Señor.

¡Que no disminuya vuestro aprecio por estas prácticas religiosas!

En ellas encontraréis una síntesis vital que fortalece la fe en todas las circunstancias de la vida, en la alegría, como en el dolor; que refleja sed de Dios y comporta una fina sensibilidad ante los atributos divinos, como la paternidad y la providencia; que hace presente en nuestra existencia a Cristo Redentor y a su Santísima Madre; que ilumina el corazón y que robustece la vida nueva en el Espíritu; que da fuerza para la generosidad y el sacrificio; que engendra actitudes interiores de paciencia, amor a la cruz, valoración del sufrimiento, aceptación de los demás y desapego de las cosas terrenas; que confirma los sentimientos cívicos y patrios elevándolos hacia Dios, que une a los diversos sectores de la sociedad a través de las manifestaciones comunitarias y estrecha los vínculos de la comunidad eclesial, convirtiéndolos en una expresión de la catolicidad de la Iglesia.

5. Son éstos algunos de los grandes aspectos positivos de la piedad popular, que mi venerado predecesor el Papa Pablo VI señaló en la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” (n. 48)  y a los que se refiere también la reciente Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre libertad cristiana y liberación (cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Libertatis Conscientia, 22).  Esta fue también la enseñanza del Episcopado Latinoamericano reunido en Puebla (Puebla, 444-459). 

La piedad popular debe ser instrumento de evangelización y de liberación cristiana integral; de esa liberación de que están sedientos los pueblos de América Latina, conscientes de que sólo Dios libera plenamente de las esclavitudes y de los signos de muerte presentes en nuestro tiempo (cf. Dominum et Vivificantem, 57). 

Pero observamos, por otro lado, que una religiosidad popular mal concebida tiene sus límites y está expuesta a peligros de deformación o desviaciones. En efecto, si esta piedad quedara reducida solamente a meras manifestaciones externas, sin llegar a la profundidad de la fe y a los compromisos de caridad, podría favorecer la entrada de las sectas e incluso llevar a la magia, al fatalismo o a la opresión, con grandes peligros para la misma comunidad eclesial (Evangelii Nuntiandi, 48). 

El llamado “catolicismo popular”, la misma piedad popular, son realmente auténticos cuando reflejan la comunión universal de la Iglesia, con manifestaciones de una misma fe, un mismo Señor, un mismo Espíritu, un mismo Dios y Padre.

Os invito, pues, amados hermanos, sobre todo los que os habéis comprometido en las tareas catequísticas y apostólicas, a no cejar en vuestro empeño por evangelizar las masas, tal vez propensas a conformarse con un catolicismo débil o superficial; trabajad por revitalizar los movimientos apostólicos, renovando su espiritualidad, sus actitudes y sus líneas de acción misionera sin fronteras; por enriquecer las prácticas piadosas infundiéndoles auténtico espíritu bíblico y eclesial; por hacer que la liturgia realizada siempre según las normas de la Iglesia— sea el centro y culmen de la vida comunitaria.

6. La vida del cristiano, que ha de ser un verdadero e ininterrumpido culto a Dios, tiene su manifestación más profunda y espléndida en la caridad. Nos lo inculca claramente San Pablo quien, al recordarnos que todos “somos un solo cuerpo en Cristo” (Rm 12, 5),  pone de relieve las relaciones recíprocas que existen entre nosotros, y nos invita a amarnos “con amor fraternal”, de forma que nos honremos “a porfía unos a otros” (cf. ibid., 12, 19). 

En este espíritu, mi mensaje de hoy desde Popayán se dirige a todo el Pueblo de Dios de la región sudoccidental, pero de modo particular a los queridos hijos e hijas de las comunidades indígenas aquí presentes, así como a todos los indios esparcidos por la amplia geografía de Colombia. Vosotros sois objeto de un amor preferencial de la Iglesia y ocupáis un puesto de privilegio en el corazón del Papa. Veo en vosotros la presencia de los aborígenes del inmenso continente americano, que hace cinco siglos se encontró con el continente europeo, formando, con la fusión de razas y culturas, el rico panorama étnico del Nuevo Mundo (Puebla, 409).  Pero, sobre todo, veo en vosotros un signo especial de la presencia de Cristo, en su misterio de dolor y de resurrección. El Papa ha venido para honrar a Cristo, que vive en vuestros corazones, en vuestras familias y en vuestro pueblo.

Con los indígenas del Cauca y de toda Colombia quiero agradecer a Dios el don de la fe, que hace ya casi cinco siglos ha arraigado fuertemente en vuestros corazones y en vuestras comunidades. Los misioneros procedentes de España os trajeron el Mensaje salvador de Cristo y os anunciaron la doctrina de Jesús según vuestros moldes culturales. En medio de grandes vicisitudes y dificultades, a veces también de incomprensiones, limitaciones o fallos, la tarea evangelizadora se llevó adelante con la ayuda de Dios. Siempre ha habido obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y también laicos catequistas, que llenos de gran sentido eclesial y de afecto hacia vosotros, dedicaron totalmente su vida a estar a vuestro lado, corriendo vuestra misma suerte para así poder atenderos espiritual y materialmente.

7. Con vuestra fidelidad constante a la fe profesada al recibir el bautismo y los demás sacramentos, con vuestra correspondencia a los dones recibidos, vosotros habéis enriquecido a la Iglesia universal. Sé que os mantenéis firmes en esta fe católica, resistiendo los embates de sectas o ideologías extrañas a vuestra idiosincrasia y a vuestra tradición. Sed siempre fieles a la Iglesia de Cristo, al mandamiento del amor fraterno y a la reconciliación. Esta es la consigna que hoy os da el Papa.

Sé también que lucháis por la defensa de vuestra cultura representada en vuestras lenguas, vuestras costumbres y estilo de vida; por la defensa de vuestra dignidad humana y también por la consecución de los derechos que os competen como ciudadanos. Que vuestra lucha esté siempre en la línea evangélica del amor a todos los demás hermanos y de acuerdo con las normas de la moral cristiana.

La Iglesia apoya estas aspiraciones vuestras; por esto quiere, pide y se esfuerza para que vuestras condiciones de vida sean cada vez mejores, de tal manera que podáis gozar de todas las oportunidades en el terreno de la educación, trabajo, salud, vivienda, etc., de las cuales gozan los demás ciudadanos colombianos. Por ello, mi predecesor el Papa Pablo VI, de feliz memoria, quiso que el Fondo “Populorum progressio”, creado a raíz de su visita a Colombia en el año 1968, fuera íntegramente aplicado en favor de los campesinos indígenas, concretamente los del Cauca.

8. Que vuestro ordenamiento social humano y cristiano, se vea fortalecido cada día por vuestro propio empeño, sostenido por vuestros obispos, misioneros y líderes cristianos, que ya están surgiendo numerosos entre vosotros. Especialmente deseo y pido con insistencia al Señor que haga surgir de vuestras comunidades nuevas vocaciones al apostolado, a la vida consagrada, a los diversos ministerios y, de modo particular, al sacerdocio ministerial para que podáis contar con sacerdotes de vuestra misma sangre.

Queridos hermanos y hermanas: Termino exhortándoos con las mismas palabras de San Pablo, que han inspirado este encuentro eclesial de oración, diálogo y amistad: “Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros” (Rm 12, 9). 

Que la Virgen Santísima, que, al comienzo de la evangelización del continente, en Guadalupe, manifestó su predilección por los indios en la persona de Juan Diego, y que la ha manifestado también en Chiquinquirá para los colombianos, os siga ayudando y protegiendo siempre como Madre bondadosa y solícita.

A todos los aquí presentes, a vuestras familias, a vuestros niños, ancianos, enfermos y a todos cuantos sufren, os bendigo de corazón.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

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