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VIAJE APOSTÓLICO A COLOMBIA

MISA PARA EL LAICADO COLOMBIANO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Ciudadela Real de Minas, Bucaramanga
 D
omingo 6 de julio de 1986

 

Queridos hermanos en el Episcopado,
amadísimos hijos e hijas:

1. “La gracia y la paz sean con vosotros de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 3).  ¡Recibid todos un cordial saludo de paz y de fraternidad en Cristo!

Elevo mi ferviente acción de gracias a Dios, que me ha deparado la alegría de este encuentro con tantos fieles hijos de la Iglesia, que viven y trabajan en estas tierras montañosas de Santander. Hombres y mujeres que guardan en sus corazones, como en sagrado relicario, el tesoro de la fe y del amor a Cristo. Pueblos de acendrada devoción a la Virgen María, conservada como tradición bendita en el santuario de los hogares. Que Dios bendiga a estos pueblos con hogares cristianos para que sean escuelas de virtud y de trabajo, templos de fe y de oración. ¡Paz a vuestras casas! (cf. Lc 10, 5) 

Vaya mi saludo a los Pastores de las provincias eclesiásticas de Bucaramanga y de Nueva Pamplona. Paz y bien al pueblo de Dios de estas dos arquidiócesis y de las diócesis de Arauca, Barrancabermeja, Cúcuta, Ocaña, Socorro y San Gil, y de la prelatura de Tibú.

Saludo también de todo corazón a los representantes de los laicos de todo el país, convocados y reunidos en esta ciudad de Bucaramanga. Con fe y entusiasmo habéis exclamado en el Salmo responsorial: “Jesucristo, Jesucristo, yo estoy aquí”. Habéis querido con ello proclamar vuestra disponibilidad y entrega a la causa del Evangelio. En la narración del evangelista San Lucas que acabamos de oír, el Señor designa y envía setenta y dos discípulos a todos los pueblos y lugares a donde El pensaba ir. Además de los doce Apóstoles y siguiendo su testimonio, muchos otros son llamados y enviados por el Señor para que a lo largo de los siglos y hasta nuestros días fueran precursores, mensajeros y testigos que anuncien la presencia y llegada de Cristo y proclamen el advenimiento del Reino de Dios.

Vosotros formáis parte de esa multitud ininterrumpida de discípulos que, de generación en generación, en todos los pueblos y ciudades, en todas las culturas, ambientes y naciones, son testigos y pregoneros de la cercanía de ese reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (cf. Lumen gemtium, 36).  Repetid una vez más con fuerza, aquí en Bucaramanga, para que el eco llegue a todos los rincones de Colombia: “Jesucristo, Jesucristo, yo estoy aquí”. ¡Aquí estamos como discípulos; aquí estamos como “Christifideles”!

2. Este es el primer título de dignidad y responsabilidad con que el Concilio Vaticano II nombra a los laicos, en la comunión de todos los hermanos en la fe.

Con la presencia e inspiración vigorosas del Espíritu de Dios, el Concilio Vaticano II quiso ser un eco renovado y potente de ese llamado de Cristo para movilizar las energías cristianas de todos los bautizados, para convocarlos a la santidad de los auténticos discípulos, para enviarlos por los caminos del hombre con el ímpetu de una “nueva evangelización”, para animarlos en el esfuerzo de creación de formas de vida más dignas del hombre hacia el horizonte de una civilización del amor.

Mas, como reconocían también los padres conciliares, “la mies es mucha y los obreros pocos” (Lc 10,2).  El campo de labor que se abre hoy ante los ojos del apóstol es inmenso y, al mismo tiempo, variado y complejo. No faltan las ciudades que, ayer como hoy, no escuchan y rechazan a los discípulos del Señor, enviados “como corderos en medio de lobos” (Ibíd. 10,3).  El materialismo, el consumismo, el secularismo han obnubilado y endurecido el corazón de muchos hombres. Pero hay muchas casas y ciudades que viven en la ley del Señor, que reciben “como río la paz”, según las palabras del Profeta Isaías (Is 66,12).  ¡La mies es abundante! ¡Se necesitan muchos brazos que trabajen en la construcción del reino de Dios!

Por eso el Concilio Vaticano II destacó con claridad y fuerza particulares, que toda vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 3),  invitando a todos los laicos a redescubrir su dignidad bautismal de discípulos del Señor, de obreros de la mies, y a reavivar su responsabilidad apostólica ante la magnitud de la tarea.

3. Por el bautismo y la confirmación, por la participación en el sacerdocio de Cristo, como miembros vivos de su Cuerpo, los laicos participan en la comunión y en la misión de la Iglesia. La Iglesia quiere y necesita laicos santos que sean discípulos y testigos de Cristo, constructores de comunidades cristianas, transformadores del mundo según los valores del Evangelio. Guiados por vuestros Pastores, estáis todos invitados a participar activamente en esta misión de salvación: jóvenes, ancianos, pobres y ricos, hombres y mujeres, doctos e iletrados. Para todos hay una tarea en la misión de anunciar que “el reino de Dios está cerca” (Lc 10,9). 

El campo de trabajo del laico en la misión de la Iglesia se extiende a todos los ambientes y situaciones de la convivencia humana. Así lo afirmó mi venerado predecesor el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”: “El campo propio de su actividad evangélica es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y de los jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento” (Evangelii Nuntiandi, 70). 

Los laicos, fieles a vuestra identidad secular, debéis vivir en el mundo como en vuestro ambiente y realizar allí una presencia activa y evangélica, dinámica y transformadora, como la levadura en medio de la masa, como la sal que da sentido cristiano a la vida del trabajo, como la luz que brilla en las tinieblas de la indiferencia, del egoísmo y del odio.

4. Esto se traduce, aquí y ahora, para Colombia, en el compromiso y contribución de los cristianos laicos para asegurar condiciones económicas, sociales, culturales y religiosas que favorezcan la unidad y estabilidad de las familias, que refuercen el sentido de respeto a la vida, que ataquen las causas profundas de la violencia y del terrorismo, que combatan todas las formas de corrupción del tejido social; que lleven adelante con valentía modelos y estrategias de desarrollo capaces de ir superando situaciones estridentes de injusticia, desigualdad, marginación y pobreza; que promuevan la iniciativa, la autogestión, la corresponsabilidad y participación en la vida pública; que dignifiquen el trabajo y lo extiendan cada vez más como derecho de todos: que tengan horizontes amplios en el diálogo, solidaridad e integración de la gran familia latinoamericana.

La Conferencia de Puebla señaló la contradicción existente entre el sustrato cultural católico a nivel popular y nacional, y las “estructuras” sociales, económicas y políticas que manifiestan y generan injusticias derivadas del pecado. Urge, pues, que se ponga en práctica con más dedicación, creatividad y eficacia esa opción de Puebla en pro de la evangelización y crecimiento cristiano de los laicos “constructores de la sociedad”. Los retos que se presentan en este final del segundo milenio cristiano son enormes y complejos. No hemos de cesar, pues, de pedir “al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2). 

5. La presencia y contribución del cristiano laico en la vida multiforme de la sociedad colombiana no puede disociarse de su participación en el seno de las comunidades cristianas. ¡Todo lo contrario! La fuerza constructora liberadora de la presencia de los cristianos en el orden social, la identidad y originalidad de su aportación, se inspira y alimenta de su profundo arraigo y participación en la comunión eclesial. La fuente de todo apostolado y, en especial de la animación cristiana de lo temporal, se encuentra en la íntima unión del creyente con Cristo.

Laico colombiano, ¡Cristo te llama! Cristo te espera para que contribuyas también tú en la edificación del reino de Dios. Hay pues, que alentar la intensidad y multiplicidad de formas de participación de los laicos en las comunidades cristianas, en su vida litúrgica, en sus programas y consejos pastorales, en su ministerios laicales, en la práctica y testimonio de la caridad. Hay que superar toda separación entre la fe y la vida. La formación cristiana de los laicos requiere una pedagogía pastoral que ilumine y oriente toda su vida con la luz y la fuerza de la fe. La fe profesada tiene que convertirse en vida cristiana. Prevalezca siempre la unidad y comunión eclesiales en la verdad y en la caridad, bajo la guía de los obispos, padres y maestros en la fe. En la obediencia a los Pastores y a la sana doctrina, sepan reaccionar los laicos contra todo intento o manipulación que trate de sembrar la división y la discordia. “Desead la paz a Jerusalén” (Sal 122 [121], 6)  rezábamos en el Salmo responsorial; que la nueva Jerusalén, que es la Iglesia, sea “como una ciudad bien unida compacta” (Ibíd. 3)  en la fraternidad y el amor.

6. Dirigiéndome a los hombres y mujeres, cristianos comprometidos de Colombia, deseo presentar un saludo particular a los miembros del Consejo nacional de Laicos. Sé que este Organismo cuenta ya con varios años de servicio activo en íntima colaboración con la Conferencia Episcopal. A todos aliento para que el próximo Sínodo de los Obispos, de 1987, que versará sobre “la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad”, contribuya a movilizar, ya desde la visita del Papa, nuevas energías de santidad y apostolado que hagan cada vez más fecunda su misión.

Deseo dirigir también una palabra de saludo, reconocimiento y homenaje a la mujer colombiana; a la mujer de toda América Latina. Bien ha sido dicho que la mujer ha desempeñado un papel providencial en la conservación de la fe de los pueblos latinoamericanos de generación en generación. Humildes y fuertes mujeres del pueblo cristiano han sido y continúan siendo como ángeles custodios del alma cristiana de América Latina; pedagogas de la fe, discretas; perseverantes y fieles, en la familia y en la comunidad nacional. A imitación de María, la llena de gracia, que encarnó el Evangelio y nos entregó a Jesús, fruto bendito de su vientre, la mujer cristiana tiene en los designios divinos una misión muy importante que cumplir en la historia de la salvación. Lo confirma la historia de la evangelización en este continente de la esperanza.

7. Queridos hijos, hermanos, amigos: me llevo en el corazón el testimonio de vuestra disponibilidad y prontitud para acoger el llamado del Señor y convertiros en sus discípulos, conscientes de que la mies es mucha y los obreros pocos. Me llevo la resonancia de vuestro canto, que es plegaria y compromiso: “Jesucristo, Jesucristo yo estoy aquí”. Me llevo el testimonio de vuestra entrega a la causa del Evangelio, para colocarlo ante el sepulcro de los Apóstoles Pedro y Pablo y ofrecerlo, con toda la Iglesia, a Cristo Redentor y Señor de la historia.

Os recuerdo nuevamente la palabra del Señor que hemos escuchado en esta celebración eucarística, exhortándoos a los dos grandes amores que han de inspirar y penetrar la vida del laico cristiano, la vida del apóstol: el amor a Cristo crucificado por nuestros pecados y resucitado por nuestra salvación; el amor a la Iglesia, la Jerusalén celeste, que como madre y maestra nos acoge en su amor, nos aumenta con los sacramentos, nos acompaña en nuestro caminar hacia la patria definitiva.

Católicos colombianos, la mies es abundante en esta tierra fecunda bendecida por Dios con la semilla de su palabra hace casi cinco siglos.

Mientras elevo mi ferviente plegaria al Señor para que no falten brazos ni corazones generosos que vengan a trabajar en su mies, invoco sobre todos vosotros la protección de la Santísima Virgen e imparto con afecto mi Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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