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BEATIFICACIÓN DE 5 SIERVOS DE DIOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Domingo 29 de marzo de 1987

 

Venerables hermanos en el Episcopado,
amadísimos hijos e hijas:

1. “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue –dice el Señor– tendrá la luz de la vida” (Jn 8 12).

En el camino de la Cuaresma, las lecturas bíblicas de este cuarto domingo recuerdan, de un modo particular, la preparación al bautismo, que los catecúmenos solían recibir en la noche santa de la vigilia de la Pascua. E1 período de los cuarenta días anteriores a la Pascua era, en la Iglesia primitiva, un tiempo de catecumenado particularmente intenso. Y así sucede también hoy, especialmente en las Iglesias jóvenes y en las misiones.

La curación del ciego de nacimiento, descrita con todo detalle en el evangelio de San Juan, se refleja, como sabemos, en la liturgia sacramental del bautismo. El hombre, que nace con la herencia del pecado original, debe ser conducido a la Luz que es Cristo. En realidad, todo el pasaje de la donación de la vista a un ciego de nacimiento es, en cierto modo, el comentario mas explícito a las palabras de Cristo: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue... tendrá la luz de la vida” (Jn 8 12).

2. Hoy, cuarto domingo de cuaresma, elevamos a la gloria de los Beatos a tres hijas del Carmelo: Sor María Pilar de San Francisco de Boria, Sor María Ángeles de San José y Sor Teresa del Niño Jesús, así como a otros dos hijos de la Iglesia en España: el Cardenal Marcelo Spínola y Maestre, y el sacerdote Manuel Domingo y Sol. La santidad de los Siervos y Siervas de Dios es precisamente un fruto particular de la gracia bautismal. Mediante esa santidad se manifiesta, de un modo excepcional, la fuerza salvífica del misterio pascual, la fuerza de la redención, el poder del Espíritu Santo y santificante, por medio de la cruz y de la resurrección de Cristo Señor.

Los Siervos de Dios, que la Iglesia declara hoy dignos de la gloria de los altares, se abrieron particularmente a esta Luz del mundo que es Cristo. Y de modo particular lo han seguido, caminando a través de la fe, a la luz de la vida eterna. Este camino de perseverancia, coronado con el fruto de la santidad de vida, da testimonio del poder sobrenatural del Espíritu, que en la liturgia del bautismo se expresa mediante el rito de la unción. E1 libro de Samuel, nos ha hablado precisamente de esa unción en la primera lectura de esta celebración eucarística.

3. Por eso, al contemplar el camino que se abre en la vida de un cristiano por medio del bautismo, y que le lleva a la santidad en el Señor, la Iglesia, rebosante de confianza, se dirige hoy al Buen Pastor, con las palabras del salmo responsorial:

“El Señor es mi pastor, / nada me falta... / Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre” (Sal 23 [22], 1. 3).

Los Beatos, hijos e hijas de la tierra española, pronuncian hoy, con una especial acción de gracias, las palabras con las que toda la Iglesia expresa su confianza sin límites en Cristo, Buen Pastor. El nos conduce muchas veces con mano firme y segura, a través de caminos difíciles y dolorosos, como lo expresan las siguientes palabras del salmo:

“Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 23 [22], 4).

4. Con estas palabras pudieron dirigirse al Buen Pastor estas tres hijas del Carmelo, cuando les llegó la hora de dar la vida por la fe en el divino Esposo de sus almas. Sí, “Nada temo”. Ni siquiera la muerte. El amor es más grande que la muerte y “Tú vas conmigo”. ¡Tú, el Esposo crucificado! ¡Tú, Cristo, mi fuerza!

Este seguimiento del Maestro, que nos debe llevar a imitarlo hasta dar la vida por su amor, ha sido casi una constante llamada, para los cristianos de los primeros tiempos y de siempre, a dar este supremo testimonio de amor –el martirio– ante todos, especialmente ante los perseguidores. Así la Iglesia, a través de los siglos, ha conservado como un legado precioso las palabras que Cristo dijo: “el discípulo no es más que el maestro” (Mt 10, 24), Y que “si a mí me han perseguido, lo mismo harán con vosotros” (Jn 15, 20).

De este modo vemos que el martirio –testimonio limite en defensa de la fe– es considerado por la Iglesia como un don eximio y como la prueba suprema de amor, mediante la cual un cristiano sigue los mismos pasos de Jesús, que aceptó libremente el sufrimiento y la muerte por la salvación del mundo. Y aunque el martirio sea un don concedido por Dios a unos pocos, sin embargo, todos deben –y debemos– estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres, sobre todo en los periodos de prueba que nunca –incluso hoy día– faltan a la Iglesia. Al honrar a sus mártires, la Iglesia los reconoce, a la vez, como signo de su fidelidad a Jesucristo hasta la muerte, y como signo preclaro de su inmenso deseo de perdón y de paz, de concordia y de mutua comprensión y respeto.

Las tres mártires carmelitas tuvieron, sin duda, muy presentes, como conocemos por sus testimonios, aquellas palabras que dejó escritas su Santa Madre y Doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús: “El verdadero religioso... no ha de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio” (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 12, 2).

En la vida y martirio de Sor María Pilar de San Francisco de Boria, de Sor María Ángeles de San José, y de Sor Teresa del Niño Jesús, resaltan hoy, ante la Iglesia, unos testimonios que debemos aprovechar:

— el gran valor que tiene el ambiente cristiano de la familia, para la formación y maduración en la fe de sus miembros;

— el tesoro que supone para la Iglesia la vida religiosa contemplativa, que se desarrolla en el seguimiento total del Cristo orante y es un signo preclaro del anuncio de la gloria celestial;

— la herencia que deja a la Iglesia cualquiera de sus hijos que muere por su fe, llevando en sus labios una palabra de perdón y de amor a los que no los comprenden y por eso los persiguen;

— el mensaje de paz y reconciliación de todo martirio cristiano, como semilla de entendimiento mutuo, nunca como siembra de odios ni de rencores;

— y una llamada a la heroicidad constante en la vida cristiana, como testimonio valiente de una fe, sin contemporizaciones pusilánimes, ni relativismos equívocos.

La Iglesia honra y venera, a partir de hoy, a estas mártires, agradeciéndoles su testimonio y pidiéndoles que intercedan ante el Señor para que nuestra vida siga cada día más los pasos de Cristo, muerto en la Cruz.

5. Elevamos hoy también a la gloria de los altares el Cardenal Marcelo Spínola y Maestre, que fue obispo de Coria, de Málaga, y luego Arzobispo de Sevilla. Es una ocasión oportuna para agradecer al Señor el testimonio de santidad de los que “puso el Espíritu Santo como guardianes y pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre” (Hch 20, 28).

Al contemplar la vida de este Pastor de la Iglesia, deseo destacar, ante todo, su confianza en el Señor, que fue el lema de su episcopado: “Todo lo puedo en El” (Flp 4, 13). Apoyado en esta confianza logró brillar en aquellas virtudes que constituyen la gloria y corona de un Obispo:

— la heroicidad en el cumplimiento sacrificado de sus deberes episcopales;

— el amor y entrega a los pobres, desde el desprendimiento y la austeridad;

— la preocupación por la formación de los más humildes, que le llevó a fundar la Congregación de “Esclavas del Divino Corazón”, para el apostolado de la educación de la juventud;

— su independencia eclesial, por encima de divisiones y partidos, siendo portador de paz y comprensión, a la vez que defensor de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión sagrada;

— todo ello alimentado por un amor encendido a Jesucristo, y revestido de una profunda humildad personal.

Los Pastores de la Iglesia debemos ver en el nuevo Beato un ejemplo, un aliento y una esperanza en el ejercicio del ministerio que se nos ha confiado. Por ello el pueblo fiel se alegra al ver hecha una realidad la santidad excelsa de uno de sus abnegados Pastores.

6. Cierra este glorioso grupo de nuevos Beatos el sacerdote de la diócesis de Tortosa, Manuel Domingo y Sol, apellidado con razón por la Iglesia “el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales” (Decr. super virtutibus, die 4 maii 1970: AAS 63 (1971) 156). En efecto, al presentarlo hoy a la Iglesia como un modelo sobresale, por encima de todo, su intenso apostolado en favor de las vocaciones consagradas y especialmente las sacerdotales, a las que dedicó los mejores esfuerzos de su vida.

Esta glorificación debe suponer para los sacerdotes un estímulo para tomar conciencia de cuán importante y fundamental sea este objetivo. La Iglesia necesita más sacerdotes. Pero, a su vez, es propio de la misión sacerdotal, –al participar de la solicitud de toda la Iglesia– buscar entre el pueblo fiel a jóvenes y adultos que, respondiendo generosamente a la llamada de Cristo: “ven y sígueme”, sean acompañados y formados como ministros idóneos para enseñar también a otros (2Tm 2, 2).

Así, la formación de los futuros sacerdotes, que el nuevo Beato llamaba “la llave de la cosecha”, o sea, el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones, sigue siendo en nuestros días el campo predilecto y urgente de la Iglesia y de sus Pastores. El mismo Mosén Sol,–como popularmente es conocido en su patria chica el nuevo Beato–, nos decía que “entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia”. Conviene resaltar también en el nuevo Beato su apostolado juvenil, en el que cifró tantas esperanzas para el futuro cristiano de los pueblos, y que sigue siendo hoy una preocupación intensa de la Iglesia.

Tota la tasca apostòlica de Don Manuel té una arrel i una font, des d’on li brollava la força i el sentit de la seva activitat eficaç: el seu esperit eucarístic i reparador, que palesa la seva espiritualitat. Vet aquí l’herència preciosa que va deixar a la seva Germandat de Sacerdots Operaris Diocesans del Cor de Jesús, fundada com una veritable fraternitat sacerdotal, tant en l’estil de vida, com en la forma de treball, per a la millor santificació dels seus membres i la major glòria de Déu.

7. Al venerar hoy a estos dos Pastores, uno Obispo y Cardenal, y el otro sacerdote, me complace señalar cómo ambos se distinguieron por haber puesto la raíz y el cimiento de su intenso ministerio en una profunda vida interior sacerdotal, que es el alma de todo apostolado. Los dos Beatos se distinguieron por su amor ardiente e íntimo a Jesucristo en la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Cuánto hemos de agradecer este ejemplo y cómo hemos de imitarlos los sacerdotes de hoy en nuestra vida ministerial!

La Iglesia se alegra al proclamar a estos cinco nuevos Beatos y da gracias al Señor por su testimonio ejemplar. Por eso pedimos a la Virgen Santísima, Madre del Carmelo, Reina de los Apóstoles y Madre de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,–a la que tanto amaron y veneraron los nuevos Beatos–, que interceda ante al Señor para que conceda a la Iglesia de nuestros días, y en particular a la Comunidad eclesial española:

— nuevos testimonios de generosidad y de firmeza en la fe;

— unos Pastores que, en comunión con el Sucesor de Pedro, sean auténticos maestros de la fe y guías eficaces del Pueblo de Dios;

— un renacer de vocaciones sacerdotales que, como fruto de una sólida vida cristiana en las familias, sepan responder con generosidad a Cristo;

— una vida interior profunda en todas las almas consagradas y en todos los apóstoles de la Iglesia

A vosotras, religiosas de todo el mundo y especialmente de la querida Orden del Carmelo y de la Congregación de Esclavas del Divino Corazón; a vosotros, Obispos, Pastores de la Iglesia, que compartís la tarea de conducir al Pueblo de Dios; a vosotros, sacerdotes, seminaristas y fieles seglares todos, que habéis recibido la influencia del espíritu de Mosén Sol; especialmente a vosotros, sacerdotes y alumnos de la Hermandad de Operarios Diocesanos; a todos os conceda el Señor saber recoger tan grandes ejemplos de virtudes.

8. Cristo, Pastor eterno, es la luz del mundo. El que lo sigue tiene la luz de la vida. Los que siguen a Cristo quedan ellos mismos convertidos en luz, como proclama la carta a los Efesios en la liturgia de hoy.

“En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz; toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz” (Ef 5, 8-9), Esto dice el Apóstol a todos los que, en el sacramento del bautismo, han recibido la participación en la “luz” que es Cristo.

Esto mismo nos repiten también hoy estos nuestros cinco Beatos, hijos e hijas de la Iglesia, que durante tantos siglos, ha producido frutos de fe y santidad en tierras de España. Ellos, que quedaron convertidos, de un modo particular, en “luz en el Señor”, repiten hoy a todos sus hermanos y hermanas de la misma tierra y patria española:

“¡Caminad como hijos de la luz ”

“Bondad, justicia y verdad son frutos de la luz”.

¡Caminad como hijos de la luz!

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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