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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Explanada «Tres Cruces» (Montevideo)
Miércoles 1 de abril de 1987

 

1. “El Señor es mi pastor” (Sal 23 [22], 1).

Estas palabras que la Iglesia proclama en la liturgia de hoy quieto repetirlas de nuevo para saludar cordialmente, en el nombre del Señor Pastor de nuestras almas, a todos los aquí reunidos en la capital del Uruguay.

Cuando en diciembre de 1978 se cernía sobre América del Sur la amenaza de una guerra, un Enviado mío, el Cardenal Antonio Samorè, estuvo precisamente aquí, en vuestra capital, donde gracias al auxilio divino y a la buena voluntad de los hombres, fue posible dar el primer paso de la mediación. Con la firma de aquel Acuerdo de Montevideo, los dos países, Argentina y Chile, se decidieron a caminar juntos por el sendero de la solución pacífica de una cuestión tan controvertida.

Con mi presencia en vuestra ciudad, durante esta visita pastoral al Cono Sur americano he querido, también, conmemorar la feliz conclusión del diferendo sobre la zona austral, y dar gracias, junto con vosotros, a Dios nuestro Señor. El es el Buen Pastor de los pueblos y de las naciones; El es el Buen Pastor de cada hombre

2. En su nombre, en el nombre de Jesucristo, saludo a toda la Iglesia que está en el Uruguay y a la entera sociedad de esta nación. En primer lugar, al Señor Presidente de la República y a las autoridades civiles del país aquí presentes. Saludo igualmente a los venerables y queridos hermanos en el Episcopado, al arzobispo de Montevideo y sus obispos auxiliares, y a los obispos diocesanos de Canelones, Florida, Maldonado-Punta del Este, Melo, Mercedes, Minas, Salto, San José de Mayo y Tacuarembó. Os saludo a todos, amadísimos hermanos y hermanas que, desde los cuatro puntos cardinales del Uruguay, habéis venido esta mañana en forma multitudinaria a esta explanada, denominada “ Tres Cruces ”, que fuera escenario de importantes acontecimientos en la historia de vuestra patria. Sé que muchos de vosotros habéis tenido que hacer un gran sacrificio para acudir a esta cita. Por eso, os digo de corazón: ¡Gracias, muchas gracias por vuestra presencia!

Aquí, a la sombra de la cruz imponente que preside este altar, sobre el que vamos a renovar de forma sacramental el Sacrificio redentor de Jesucristo en el Calvario, quiero desear a todos los presentes, y a todos los uruguayos, al norte y al sur del Río Negro, en cada uno de sus diecinueve departamentos, mi afectuoso saludo en el Señor: ¡Gracia y paz a la Iglesia de Dios que está en Uruguay!

3. Estamos celebrando el tiempo litúrgico de la Cuaresma. La Palabra de Dios guía hoy nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia el Hijo del hombre que personalmente anuncia, en presencia de los Apóstoles, su pasión, muerte y resurrección.

El dice que el Hijo del hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, morir y resucitar después de tres días (Mc 8, 31).

Al decir estas palabras, Jesús asume conscientemente los rasgos del Varón de dolores anunciado por el Profeta Isaías (Is 53, 2-3). Sabe con certeza absoluta que las palabras del Profeta se refieren al Mesías, a El mismo.

4. Hoy, en la lectura del Evangelio hemos escuchado a Jesús que pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”. Le dan diversas respuestas, tras lo cual Jesús les interroga de nuevo: “ Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Respondiendo Pedro, le dice: “Tú eres el Cristo” (Mc 8, 27. 29).

Seguidamente, Jesús enseña a los Apóstoles que el Mesías es precisamente Aquel en quien se cumplirá la profecía de Isaías sobre el Varón de dolores.

Y cuando el mismo Pedro, que poco antes había dado un espléndido testimonio sobre el Mesías, se resiste a aceptar todo lo que Jesús dice acerca de su humillación y de su pasión, el Maestro le reprende con gran severidad: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (Ibíd.. 8, 33).

En efecto, en aquellos momentos para Pedro el Mesías debía ser rey, una autoridad de este mundo. Debía sentarse sobre el trono de David y librar a la nación de sus opresores. Pedro hablaba con categorías humanas; pero los planes de Dios iban en otra dirección. En efecto, este Mesías, anunciado por el Profeta Isaías, había de convertirse en Varón de dolores, en un “ despreciado y abandonado por los hombres ”. El Mesías-Cristo-Redentor del hombre, había de cargar con nuestros sufrimientos; ser traspasado por nuestros sufrimientos; ser traspasado por nuestros delitos y aplastado por nuestras iniquidades (Is 53, 3-5).

Queridos hermanos y hermanas, Pueblo de Dios que vive en Uruguay: Meditad atentamente las palabras de la liturgia de hoy. Acoged la verdad divina sobre el Hijo del hombre. Ella tiene un poder salvífico; en ella está contenida la plena verdad sobre la liberación del hombre.

5. “El Señor es mi pastor”. Lo canta hoy la Iglesia en la liturgia aquí en Montevideo, en Uruguay, en todo el mundo... El Señor es nuestro Pastor: precisamente El, Cristo crucificado y resucitado, Redentor del hombre y del mundo.

Y la Iglesia, fundada por el mismo Cristo, continúa a través de la historia su obra redentora. Por eso, no puede contemplar la marcha de la humanidad o el devenir histórico de cada hombre, con indiferencia. Así lo enseña el Concilio Vaticano II, en las palabras iniciales de su Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual: “ El gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón ” (Gaudium et Spes, 1).

Esto no supone, sin embargo, que la Iglesia tenga ambición alguna terrena, puesto que lo único que pretende es continuar la misma obra salvífica de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para condenar (Jn 18, 37), para servir y no para ser servido (Mt 20, 28; Gaudium et Spes, 3).

Fiel a su misión, la Iglesia debe proyectar, sobre los problemas que aquejan a la humanidad en cada momento de su historia, la luz limpia y pura que brota del Evangelio, siempre actual por ser Palabra de Dios. Y esto es lo que hace y lo que quiere seguir haciendo en cumplimiento del mandato recibido del mismo Cristo. Para ello pide sólo libertad, para que su voz pueda llegar sin obstáculos a todo aquel que quiera escucharla.

6. Queridos uruguayos: Vuestra patria nació católica. Sus próceres se valieron del consejo de preclaros sacerdotes que alentaron los primeros pasos de la nación uruguaya con la enseñanza de Cristo y de su Iglesia, y la encomendaron a la protección de la Virgen que, bajo la advocación de los Treinta y Tres, hoy nos preside junto a la cruz. El Uruguay de hoy encontrará los caminos de la verdadera reconciliación y del desarrollo integral que tanto ansia, si no aparta los ojos de Cristo, Príncipe de la Paz y Rey del universo.

Y para que esta nación –la gran familia del Uruguay– sea siempre fiel al mensaje salvífico de Cristo, es preciso que la comunidad familiar célula básica de vuestra sociedad–no vuelva sus espaldas a Cristo, sino que sean –como se lo recordaba en Roma a vuestros obispos en su última visita “ad limina”– “familias unidas, sanas moralmente, educadoras en la fe, respetuosas de los derechos de cada persona, empezando por el respeto a la vida de cada criatura, desde el momento mismo de su concepción ” (A los obispos uruguayos en visita "ad limina apostolorum", 14 de enero de 1985, n. 6).

Hoy, por desgracia, no faltan quienes pretenden ofrecer a los matrimonios y a las familias una supuesta felicidad a bajo precio. Yo os pediría que no os dejéis engañar. Dejaos, más bien, iluminar por la Palabra de Dios, interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia, que posee garantía de veracidad, basada en la asistencia del Espíritu Santo que Cristo le prometió hasta el fin de los tiempos. La Iglesia no os propone una vía fácil: el cristiano, si quiere llegar a la resurrección, no puede desviarse del camino recorrido por el Maestro. Pero os garantiza, a cambio, la seguridad de ir por buen camino, porque nuestro guía es el Señor y El infunde en nuestros corazones la paz y la alegría que el mundo no puede dar.

Ante las dificultades que puedan surgir dentro de la vida conyugal, no os dejéis desorientar por el fácil expediente del divorcio que sólo da apariencias de solución, pues en realidad se limita a trasladar los problemas, agravándolos, hacia otros ámbitos. Los cristianos saben que el matrimonio, indisoluble por naturaleza, ha sido santificado por Cristo, haciéndolo participar del amor fiel e indestructible entre El y su Iglesia (Ef 5, 32). Frente a las tensiones y conflictos que puedan parecer, sobre todo cuando la familia está envuelta por un clima impregnado de permisividad y hedonismo, recuerde que “ está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la reconciliación, esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada ” (Familiaris Consortio, 21). De manera especial, mediante la participación en el sacramento de la reconciliación y en la comunión del Cuerpo de Cristo, las familias cristianas encontrarán la fuerza y la gracia necesaria para superar los obstáculos que atentan a su unidad (Ibíd..), , no olvidando además que el verdadero amor se acrisola en el sufrimiento.

7. Vaya también en este día mi palabra de aliento y de esperanza a vosotros, queridísimos jóvenes uruguayos. Es de todos conocido el afecto y el aprecio que nutro dentro de mí por la juventud. Lamento que, en esta visita, no me haya sido posible tener un encuentro especial con vosotros, que sois la esperanza de vuestro país v también de la Iglesia.

Os ha tocado vivir un tiempo difícil, es verdad, pero también no es menos cierto que estamos ante uno de los momentos más apasionantes de la historia, en el que vais a ser testigos y protagonistas de profundas transformaciones. Vosotros, los jóvenes, tenéis una sensibilidad única para intuir el mundo nuevo que se aproxima v que va a necesitar de vuestros brazos jóvenes y generosos.

Para la construcción de ese mundo tendréis que emprender grandes tareas. Si queréis ser consecuentes con vuestros legítimos ideales y no claudicar, no podéis menos de ser ya desde ahora audaces, pacientes y sinceros con vosotros mismos, y tener una fe inquebrantable.

Sabéis que el hombre ha recibido de Dios esa vocación que es única: la del amor, que puede ser realizada en el matrimonio o en la donación total de sí mismo por el reino de los cielos. En ambos casos, la fidelidad es la virtud que ennoblece el amor.

Tendría todavía muchas cosas que deciros... y. sobre todo, me gustaría mucho escucharos; escuchar de vuestros labios cuáles son vuestras ilusiones e inquietudes, vuestros problemas y dificultades. De todos modos espero veros a muchos de vosotros el Domingo de Ramos, en Buenos Aires. Allí celebraremos el Día mundial de la Juventud con jóvenes llegados de los cinco continentes, y en particular de este gran “ continente de la esperanza ”, que es América Latina.

8. Queridos hermanos y hermanas: En esta primera etapa de mi viaje apostólico al Cono Sur americano, deseo también yo, como San Pablo, doblar “mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad en los cielos y en la tierra” (Ef 3, 14-15), pues mi peregrinación tiene –en este caso– un particular significado de acción de gracias a Dios porque fue posible evitar la guerra y asegurar la paz en el diferendo sobre la zona austral entre Chile y Argentina.

Recuerdo aquellos últimos días del año 1978 y comienzos de 1979, tan cargados de tensión para los ciudadanos de estas dos naciones y en cierto modo, para todos los habitantes de América Latina. Fueron jornadas de gran preocupación. Fue entonces cuando, con la confianza puesta en Dios, sentí el impulso de llevar a cabo aquel gesto de paz, arriesgado y al mismo tiempo esperanzador.

9. En este día venturoso doy gracias al Altísimo, en íntima unión con los Pastores y los fieles de esta querida Iglesia particular, y a la vez os pido que recéis intensamente por la paz de toda América. Recemos por la justicia social e internacional, que son condición de una paz verdadera. Pidamos a Dios que se respeten los derechos de los hombres, de los pueblos y de las naciones de todo el mundo, cada país y cada continente de este nuestro mundo que debe ser verdaderamente un mundo siempre más humano.

Y a vosotros, queridos habitantes de esta capital y de esta tierra, que hoy me acogéis como Sucesor de Pedro, os deseo, con las palabras del Apóstol, que Cristo habite, mediante la fe, en vuestros corazones: que podáis conocer cada vez mejor el amor de Cristo que excede todo conocimiento; que os llenéis de toda plenitud de Dios (Ef 3, 17-19).

Y a Aquel que contemplamos, mediante las palabras de la liturgia cuaresmal, como Varón de dolores, nuestro Redentor, Príncipe de la Paz, crucificado y resucitado; a Aquel que, según el poder que ya obra en nosotros, puede hacer mucho más de cuanto podemos pedir y pensar, a El la gloria en la Iglesia y en los corazones de los hombres de buena voluntad, por todas las generaciones (Ibíd.. 3, 20-21). Amén.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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