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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS CON LOS SACERDOTES,
LOS RELIGIOSOS, LOS DIÁCONOS Y LOS SEMINARIST
AS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Catedral de Santiago de Chile
Miércoles 1 de abril de 1987

 

1. “Considerad, hermanos, vuestra vocación” (1Co 1, 26).

Con estas palabras invitaba el Apóstol Pablo a los cristianos de Corinto a una reflexión sobre el significado de la propia vocación. Con estas palabras deseo también comenzar hoy, queridos sacerdotes, religiosos, diáconos y seminaristas, invitándoos a meditar sobre el don que cada uno de vosotros ha recibido al ser llamado por Dios, a fin de que reconozcáis una vez más la grandeza de vuestra vocación, y os llenéis de agradecimiento hacia Aquel que ha hecho en vosotros cosas grandes (Lc 1, 49).

“No hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles” (1Co 1, 26). Ved hermanos míos, el punto de partida que el Apóstol quiere resaltar: la insuficiencia de nuestros recursos humanos, el escaso valor de nuestras facultades, para la misión que Cristo ha confiado a los ministros de su Iglesia. Sin embargo, esta misma realidad –la clara conciencia de la indignidad personal– nos sitúa, con actitud evangélica, “más cerca” de la elección divina, y subraya ulteriormente la índole sobrenatural y gratuita de la llamada de que hemos sido objeto. Sí, amadísimos hermanos, Dios nos ha escogido no por nuestros méritos, sino en virtud de su misericordia.

En efecto, “de El os viene lo que sois vosotros en Cristo Jesús, el cual ha sido constituido para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, de modo que, según está escrito: el que se gloríe, gloríese en el Señor” (Ibíd. 1, 30-31), El don sobrenatural que hemos recibido debe llevarnos, por tanto, a gloriarnos total y solamente en Cristo. Quien tiene conciencia de no ser nada, puede descubrir que Cristo lo es todo para él (cf. Jn 20, 28); que en Cristo está la única fuente de su verdadera existencia; y esta glorificación en Cristo constituye precisamente el rasgo característico que revela la verdadera humildad personal, y la consiguiente entrega, sin reservas, de sí mismo a Dios y a los hermanos. Si, por el contrario, nos creyésemos sabios, autosuficientes, superiores, quedaríamos confundidos y nuestro trabajo sería estéril, porque El se sirve de “lo vil y lo despreciable del mundo, lo que no es nada, para destruir lo que es, para que ninguno se gloríe delante de Dios” (1Co 1, 28-29).

2. Amados hermanos: Está todavía reciente el momento en que, con profunda emoción, he besado por primera vez esta bendita tierra chilena. Ahora me encuentro reunido con vosotros en la iglesia catedral de Santiago, para dar gracias a Dios nuestro Señor que ha dirigido mis pasos hacia aquí, y también para pedir junto con vosotros, invocando a la Trinidad Beatísima –por la intercesión de Santa María, Patrona de este templo–, que sean muchos los frutos de renovación y de santidad en todos y en cada uno de los miembros de esta Iglesia de Dios que peregrina en Chile, y de la que vosotros representáis una porción escogida. Pensad que habéis sido llamados por Dios en un momento particularmente importante. La Iglesia, en efecto, se dispone a iniciar el tercer milenio de su peregrinación hacia la casa del Padre de los cielos, hacia la Jerusalén celestial. América Latina se prepara además a conmemorar los 500 años del comienzo de la evangelización de los hombres del Nuevo Mundo. Todo ello dará ocasión para que, con la ayuda del Espíritu, se renueve vuestro compromiso y fidelidad a la misión evangelizadora que la Iglesia comenzó aquí hace ya casi cinco siglos.

3. Demos “gracias al Padre, que os ha hecho idóneos para participar en la herencia de los santos en la luz ” (Col 1, 12). Con este agradecimiento al Padre, y con la actitud humilde y sumisa que nos recordaba San Pablo hace unos instantes, contemplad ahora vuestra idoneidad. Ella es consecuencia de haber sido rescatados por Cristo del poder de las tinieblas y de haber sido trasladados al reino del Hijo de su amor, obteniendo así “la redención, el perdón de los pecados” (cf. Ibíd. 1, 13-14), “ya que en El quiso el Padre que habitase toda la plenitud. Y quiso también por medio de El reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas por la sangre de su cruz” (Ibíd. 1, 19-20).

En Cristo todo el mal ha sido ya vencido; la muerte ha sido derrotada en su misma raíz que es el pecado. Cristo ha bajado hasta la profundidad del corazón del hombre con el arma más poderosa: el amor, que es más fuerte que la muerte (Ct 8, 6). De este modo, los cristianos –y más aún los ministros de Dios– no avanzamos en la historia con paso incierto. No podemos hacerlo porque hemos sido rescatados del “poder de las tinieblas” (Col 1, 13); avanzamos por el justo camino “en la herencia de los santos en la luz” (Col 1, 12). Por tanto, cualquier incertidumbre que nos pueda acechar, cualquier tentación de carácter personal o sobre la eficacia de nuestra misión y ministerio, puede ser superada en esa estupenda perspectiva de unión a Cristo, en quien todo lo podemos, porque El es nuestra victoria definitiva. En El se halla el principio y la raíz de nuestra victoria personal; en El hallamos la fuerza necesaria para superar cualquier dificultad, pues el Señor es para nosotros “sabiduría, justicia, santificación y redención” (1Co 1, 30).

4. Queridísimos míos: ¡Cristo vive! Vive hoy y actúa poderosamente en la Iglesia y en el mundo. Y nosotros hemos sido llamados a actuar en su nombre y en su representación: in nomine et in persona Christi (Presbyterorum Ordinis, 2. 13). Anunciamos a los hombres su salvación, celebramos sacramentalmente su propio culto salvífico, enseñamos a cumplir sus mandamientos. Cristo vive hoy, y continúa desplegando incesantemente su obra salvadora en la Iglesia.

Muy elocuentes son, en este sentido, las palabras del Salmista que hace unos momentos hemos pronunciado: “Tú eres sacerdote para siempre” (Sal 110 [109], 5).

¡Oh Cristo! Tú eres el único, eterno y sumo sacerdote. Tú eres el único sacerdote del único sacrificio, del que también eres Víctima (Hb 5.7.8.9.). Tú eres la única fuente del sacerdocio ministerial en la Iglesia.

5. La respuesta que corresponde a este don no puede ser otra que la entrega total: un acto de amor sin reservas. La aceptación voluntaria de la llamada divina al sacerdocio fue, sin duda, un acto de amor que ha hecho de cada uno de nosotros un enamorado. La perseverancia y la fidelidad a la vocación recibida consiste no sólo en impedir que ese amor se debilite o se apague (cf. Ap 2, 4), sino principalmente en avivarlo, en hacer que crezca más cada día.

Cristo inmolado en la cruz nos da la medida de esa entrega, ya que nos habla de amor obediente al Padre para la salvación de todos (cf. Flp 2, 6ss.). El sacerdote, tratando de identificarse totalmente con Cristo, sacerdote eterno, debe manifestar en el altar y en la vida este amor y esta obediencia. Como he dicho en otra ocasión, “un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada y no amada, sacerdocio desfalleciente y en peligr” (Discurso al clero italiano, n. 3, 16 de febrero de 1984: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1 (1984) 406).).

Hemos de considerar también que nuestro ministerio va dirigido a rescatar a los hombres del “poder de las tinieblas” y trasladarlos al “reino del Hijo de su amor”, mediante “la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14).

6. Comprendéis que os estoy invitando a realizar una pastoral, que podríamos llamar de la primacía de Cristo en todo. Hemos de llevar a los hombres hacia Cristo, Redentor del hombre. En El está todo, en El habita la plenitud, en El ya ha sido vencido el mal. Por eso, nuestro anuncio, es siempre de esperanza, de paz, de confianza y de serenidad. Con el ministerio de la Palabra de Dios nos dirigimos a la conciencia de cada uno, para que se abra a Cristo, y la iluminamos con la doctrina del Maestro: la misma que estudiamos, meditamos y aplicamos a nuestras propias vidas.

En nuestras manos sacerdotales, amados hermanos, Cristo ha querido depositar el inmenso tesoro de la redención, de la remisión de los pecados. Quiero exhortaros a que no descuidéis esta realidad salvadora. Mostrad siempre un especial aprecio por el sacramento de la reconciliación, en el cual los cristianos reciben la remisión de sus pecados. Habéis de impulsar una acción pastoral que arrastre a los fieles hacia la conversión personal, para lo cual habéis de dedicar al ministerio del perdón todo el tiempo que sea necesario, con generosidad, con la paciencia de auténticos “pescadores de hombres ”.

Por otro lado, si el sacerdote ha de conducir a las almas por este camino de la conversión, él mismo deberá recorrerlo; convirtiéndose a Dios, volviéndose hacia El, cuantas veces sea preciso. Debéis estar permanentemente abiertos a Cristo, fuente de esa redención, de la que sois instrumentos en las manos de Dios.

7. “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor” (1Co 1, 31), La Iglesia entera da gloria a Dios. Y una de las manifestaciones más importantes de esa alabanza es ciertamente el testimonio de los religiosos, religiosas y miembros de institutos de vida consagrada. La Iglesia, amados hermanos, necesita de vuestro testimonio y de vuestro servicio. Considerad que para llevar a cabo la misión que Dios os ha confiado, es preciso que vuestra vida sea signo del espíritu fundacional de vuestras respectivas familias religiosas. Rechazad pues cualquier tentación que os pueda llevar a descuidar las exigencias de los consejos evangélicos que habéis profesado. Amad la vida en comunidad; avanzad por el camino suave de la obediencia a vuestros superiores, cooperando de este modo a dar a la vida comunitaria una unidad real y tangible; tened en gran aprecio el signo externo que debe distinguir inconfundiblemente vuestra consagración a Dios.

Meditad frecuentemente la trascendencia eclesial de vuestra consagración, en la perspectiva escatológica del reino. Así, se intensificará vuestra comunión con toda la Iglesia, pondréis de manifiesto el valor absoluto de la entrega a Cristo y seréis portadores de frutos abundantes.

También vosotros, cuantos os habéis consagrado a Dios por la pertenencia a institutos seculares, daréis un edificante testimonio mediante vuestra labor apostólica que quiere llevar a Dios todas las realidades temporales.

8. Me dirijo ahora de modo especial a vosotros, diáconos permanentes y seminaristas. Junto con todos mis hermanos en el Episcopado, os digo que la Iglesia en Chile pone en vosotros una particular esperanza. Quisiera que en esta confianza vierais también un llamado a la responsabilidad. ¡Es Cristo quien os ha llamado! El Papa y los obispos agradecemos a Dios, juntamente con vosotros, el don de vuestra vocación que El hace a su Iglesia y procuramos ayudaros con el fin de que vuestro sí a Cristo sea pleno.

No descuidéis en ningún momento vuestra preparación espiritual; desarrolladla armónicamente junto con los otros aspectos de vuestra formación. Amad el estudio que es un imprescindible instrumento del ministerio pastoral y haced de él, queridos seminaristas, alimento de la meditación personal; practicad una piedad recia y sólida; sed dóciles y sinceros en la dirección espiritual; invocad a Santa María, Madre del sumo y eterno Sacerdote, para que guíe, como Madre, vuestros pasos hacia el sacerdocio.

9. Quisiera ahora recordar a todos, con palabras de San Lucas, que “un día, estando Jesús orando en cierto lugar, acabada la oración, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Habían visto a Jesús recogido en oración y sintieron el profundo deseo de imitarlo. El ejemplo del Maestro despertó en los discípulos la necesidad de hablar con el Padre. También yo, desde esta catedral de Santiago, deseo dirigir mi súplica, en nombre de todos: Señor, ¡enséñanos a orar! ¡Muéstranos la eficacia de la oración! ¡También nosotros queremos seguir tu ejemplo!

Sí, amadísimos hermanos, es preciso que sepamos encontrar cada día un espacio de tiempo para recogernos en diálogo personal con Dios. Este diálogo es imprescindible para nuestro ministerio, porque los presbíteros, como dice el Decreto Presbyterorum Ordinis, buscando el modo de “enseñar más adecuadamente a los otros lo que ellos han contemplado, gustarán más profundamente las inescrutables riquezas de Cristo (Ef 3, 8), y la multiforme sabiduría de Dios” (Presbyterorum Ordinis, 13). Efectivamente, ¿cómo le podremos dar a conocer si no lo tratamos? ¿Cómo encenderemos en los fieles un amor ardiente a Dios si nosotros no estamos unidos a El por un trato continuo, vital?

En la Carta que dirigí a todos los sacerdotes, el año pasado, con motivo de la solemnidad del Jueves Santo, les proponía el ejemplo del Santo Cura de Ars, invitándolos a meditar sobre nuestro sacerdocio a la luz de la vida de ese modelo de Pastores. Quiero ahora recordaros lo que escribí en esa ocasión: “La oración fue el alma de su vida. Una oración silenciosa, contemplativa; las más de las veces en su iglesia, al pie del tabernáculo. Por Cristo, su alma se abría a las tres Personas divinas, a las que en el testamento él entregaría “su pobre alma”. El conservó una unión constante con Dios en medio de una vida sumamente ocupada. Y nunca descuidó ni el Oficio Divino, ni el Rosario. De modo espontáneo se dirigía constantemente a la Virgen” (Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 1986, n. 11, 23 de marzo de1986).

10. Al comienzo os he hablado del don maravilloso que hemos recibido, en el llamado divino. No quiero concluir este encuentro sin añadir unas palabras sobre la responsabilidad en fomentar nuevas vocaciones sacerdotales. Esta debe ser una preocupación prioritaria que debe ser una preocupación prioritaria que debe manifestarse en nuestra oración y en nuestro apostolado. Pido a la Virgen del Carmen –a quien Chile venera como Patrona– que con vuestro celo y vuestro ejemplo sean muchas las almas que se entreguen a Cristo en el sacerdocio y en la vida consagrada. La Iglesia en Chile los necesita para continuar, en esta nueva etapa, la inmensa tarea de evangelización. ¡Santa María, Reina de Chile, Reina de América, intercede ante tu Hijo, y escúchanos!

Con gran afecto por todos y cada uno de vosotros os imparto la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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