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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

MISA PARA LAS FAMILIAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto de Valparaíso
Jueves 2 de abril de 1987

 

Amados hermanos en el Episcopado,
autoridades,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

«Bendito eres, Dios de nuestros padres,
y bendito por los siglos tu nombre santo y glorioso
» (Tb 8, 5).

1. Bajo la mirada bondadosa y propicia de la Sagrada Familia de Nazaret saludo cordialmente, junto con el Pastor de esta Iglesia local, a todas las familias aquí reunidas de Valparaíso, de Viña del Mar, de Santiago y de tantas otras localidades de esta querida tierra chilena. Asimismo doy mi bienvenida a los demás obispos de las diócesis vecinas, a los sacerdotes, religiosos y personas consagradas, laicos, gente del mar, de la ciudad y del campo.

2. Acabamos de escuchar las palabras que Tobías y Sara su esposa dirigieron, en un trance particular de su vida, al Dios de sus padres, alabándolo y adorándolo. Dios quiera que este himno de adoración y de gloria se siga cantando por siempre en vuestra patria y en vuestros hogares.

Hemos escuchado también cómo aquella pareja de recién casados, Tobías y Sara, reconocían gozosamente que Dios ha creado al hombre, varón y mujer, Adán y Eva, para que fueran sustento y ayuda mutua en el amor y para que, gracias a su fecundidad se propagara el género humano (cf Tb 8, 6). De este modo, todos los pueblos y naciones de la tierra son deudores a la institución familiar. A la familia debe la sociedad su propia existencia. La familia es el ambiente fundamental del hombre, puesto que ella aparece unida al mismo Creador en el servicio de la vida y del amor. Así podemos comprender que «el futuro de la humanidad se fragua en la familia» (Familiaris consortio, 86).

De nuevo, pues, y con los ojos puestos en la Sagrada Familia de Jesús, María y José, doy la bienvenida a todas y a cada una de las familias reunidas en esta ciudad de Valparaíso, y a todas las familias de Chile, espiritualmente unidas a nuestra celebración eucarística. Es para mí un motivo de inmensa alegría encontrarme con vosotros como testigo y Vicario de Cristo, para proclamar la extraordinaria y misteriosa riqueza de su gozoso mensaje sobre el matrimonio y la familia.

3. La lectura evangélica nos narra la primera subida de Jesús a Jerusalén cuando tenía doce años, con María y José, para celebrar la fiesta de la Pascua. Tal como nos cuenta San Lucas, los padres de Jesús no se dieron cuenta de que éste se había quedado en Jerusalén, terminada la fiesta; sólo después de una jornada de viaje se percataron de su ausencia; volvieron presurosos a la ciudad y hallaron a Jesús en el templo en medio de los doctores de la ley: «los escuchaba y les preguntaba» (Lc 2, 46). Podemos imaginarnos la preocupación de María y de José durante las interminables horas que precedieron al hallazgo de Jesús. ¡No encontraban a su hijo y desconocían las razones profundas de aquel « extravío »!

¿Por qué no pensar que esta preocupación de María y José es semejante a tantas angustias e inquietudes de los padres y madres de todas las épocas? Recordad, queridos padres, cuántas veces vosotros mismos habéis vivido preocupaciones parecidas. Esta preocupación nace del amor entrañable de los padres por sus hijos, y hace madurar este mismo amor uniendo más profundamente a los esposos. En esa misma preocupación se pone de manifiesto una responsabilidad salvífica que confiere a todo amor esponsal y familiar una dignidad y sublimidad particulares.

4. En la celebración eucarística, se renueva el don inefable del amor de Cristo y se hace presente, aquí y ahora, en forma sacramental, el único sacrificio de la Nueva Alianza, desposorio de Cristo con su Iglesia, presentado por San Pablo como fuente inagotable que alimenta el amor conyugal de los cristianos (cf Ef 5, 25-32) . Vuestras legítimas preocupaciones por los hijos, las alegrías, dificultades y renuncias anejas a la convivencia, y en general a toda la vida de familia, encuentran en la Eucaristía una fuente de luz.

En efecto, el misterio del amor esponsal de Cristo penetra más y más en cada persona que recibe asiduamente el sacramento de la Eucaristía. Entre vosotros, esposos, y Cristo existe ya la comunión de amor indisoluble por medio del sacramento del matrimonio, con el que ha sido sellado vuestro hogar para convertirse en célula fundamental de la sociedad humana y cristiana. La celebración eucarística, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana » (Lumen gentium, 11), os hace crecer en el amor de Cristo, incorporándoos cada vez más a su Alianza íntima, y os da fuerza para seguir recreando el amor y la vida nueva para la salvación del mundo.

El amor en el hogar ha de saber valorar a cada miembro de la familia por lo que es y por lo que hace, más que por lo que tiene. Y es así como de la experiencia de este amor eminentemente personal y comunitario, nace a su vez la conciencia de la dignidad propia de cada persona. Esta misma experiencia, que va adquiriendo densidad en la familia, a medida que se va reforzando el amor mutuo y generoso, viene a ser también punto de partida para reconocer y respetar la dignidad de los demás y, por lo mismo, para ejercitarse en las demás actitudes y virtudes que capacitan al hombre para construir una sociedad solidaria y fraterna. He ahí que la familia se convierte en la « escuela de humanidad más completa y más rica », (Familiaris consortio, 21) a la vez que «constituye el fundamento de la sociedad» (Gaudium et spes, 52)

5. Permitidme ahora repetir ese hermoso fragmento de la oración que los jóvenes esposos, Tobías y Sara, elevaron al Señor el mismo día de sus bodas, y que nosotros acabamos de escuchar: «Dios de nuestros padres ... Tú hiciste a Adán del barro de la tierra y le diste a Eva como ayuda. Ahora, Señor, Tú sabes: si yo me caso con esta hija de Israel no es para satisfacer mis pasiones, sino para fundar una familia en la que se bendiga tu nombre por siempre» (Tb 8, 5-8).

Esa es la verdadera oración de los esposos: una oración impregnada de la presencia divina, que es tarea indicadora de la vocación del hombre y de la mujer al matrimonio, y constructora de la vida familiar. Una plegaria semejante debería acompañar toda vuestra vida, porque, como dice el Salmo interleccional que hemos cantado: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127 (126), 1).

Ese es precisamente vuestro objetivo: construir la casa como hogar de una comunidad humana que es la base y la célula de toda la sociedad. Incluso «la Iglesia encuentra su cuna en la familia, nacida del sacramento» (Familiaris consortio, 15). Pero se trata de una casa y un hogar verdadero, donde mora el amor recíproco de los esposos y de los hijos. De esta manera vuestra casa será también «la morada de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), la Iglesia doméstica (Lumen gentium, 11).

6. He venido entre vosotros como peregrino y Pastor, para repetir a las familias chilenas un llamado urgente: «¡Familia, sé lo que eres!» (Familiaris consortio, 17). ¡Familia, descubre tu identidad de ser « íntima comunidad de vida y de amor», con «la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo del amor de Dios y del amor de Cristo por la Iglesia su Esposa» (Familiaris consortio, 17). He venido para deciros que la familia es el punto de apoyo que la Iglesia necesita hoy, también en Chile, para encaminar el mundo hacia Dios y para devolverle la esperanza que parece haberse difuminado ante sus ojos. En la familia cristiana se muestra claramente cómo «la Iglesia es el corazón de la humanidad» (Dominum et vivificantem, 67) ,puesto que «el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia» (Familiaris consortio, 75) y se fragua en ella. Bien lo decía San Agustín con su certera intuición: La familia es «el vivero de la ciudad» (San Agustín De Civitate Dei, XV, 15: PL 41, 459), quiere decirse la sociedad.

Es verdad que son muchos los problemas que hoy se plantean a esta institución básica. Algunos son urgentes y muy delicados, ya que comportan la decidida aplicación, en vuestro ambiente cultural y social, de la doctrina cristiana sobre el matrimonio. A este respecto no olvidéis que el punto de referencia ha de ser siempre la verdad revelada tal como la profesa la Iglesia, y su Magisterio la enseña. «Nadie puede edificar la caridad, si no es en la verdad. Este principio vale tanto para la vida de cada familia como para la vida y acción de los Pastores que se propongan servir a las familias ... Las funciones de la familia cristiana, cuya esencia es la caridad, sólo puede realizarse si se vive plenamente la verdad .. Es la verdad la que abre el camino hacia la santidad y la justicia» Homilía de la misa de clausura del V Sínodo de los obispos, 25 de octubre de 1980). De esta verdad sale garante el Magisterio de la Iglesia, consciente de que se trata de un servicio primordial a la familia y a la sociedad misma.

Hemos de descubrir en esa enseñanza de la Iglesia algo más que unas normas externas, puesto que en ella se encierra el misterioso designio de Dios sobre los esposos, llamados a ser colabora-dores de su amor creador, a la vez que recorren un camino de santidad personal, de testimonio y evangelización para el mundo. El Concilio Vaticano II definió a la familia como la «escuela del más rico humanismo» (Gaudium et spes, 52). La familia es el lugar más sensible donde todos podemos poner el termómetro que nos indique cuáles son los valores y contravalores que animan o corroen la sociedad de un determinado país.

En este contexto se comprende mejor cómo «las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben dedicarse a obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres» (Familiaris consortio, 44). Por esto como indicaba en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, «la función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma de "intervención política", es decir, las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. En este sentido las familias deben crecer en la conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "política familiar", y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad» (Familiaris consortio, 44).

He aquí un motivo ulterior para que la familia adquiera conciencia de estar llamada a salvar y cultivar la esperanza a través del amor, a formar hombres en ese mismo amor, de modo que esté abierto a la comunidad social y movido por un sentido de justicia y de respeto hacia los demás.

8. Queridos esposos y esposas de Chile: Vuestra misión en la sociedad y en la Iglesia es sublime. Por eso habéis de ser creadores de hogares, de familias unidas por el amor y formadas en la fe. No os dejéis invadir por el contagioso cáncer del divorcio que des-troza la familia, esteriliza el amor y destruye la acción educativa ele los padres cristianos. No separéis lo que Dios ha unido. (cf Mt 19, 6).

En la unión conyugal el amor debe ser genuino, es decir, «plenamente humano, total, exclusivo y abierto a una vida nueva» (Humanae vitae, 9, 11).  En un mundo en que tantas veces vemos un amor falsificado y contrahecho de mil maneras, la Iglesia considera como uno de los deberes más apreciados y urgentes para la salvación del mundo, el « testimonio de inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial» (Familiaris consortio, 20). El amor va unido intrínsecamente a la vida, se orienta hacia la vida. Por esto la familia es « intima comunidad de vida y de amor» (Gaudium et spes, 48; Familiaris consortio, 17) .Cuando el amor conyugal es auténtico, se constituye en imitación del amor de Cristo que «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).

Frente a una «mentalidad contra la vida» (Familiaris consortio, 30), que quiere conculcarla desde sus albores, en el seno materno, vosotros, esposos y esposas cristianos, promoved siempre la vida, defendedla contra toda insidia, respetadla y hacedla respetar en todo momento. Sólo de este respeto a la vida en la intimidad familiar, se podrá pasar a la construcción de una sociedad inspirada en el amor y basada en la justicia y en la paz entre todos los pueblos.

9. Volvamos nuevamente al texto evangélico que ha sido proclamado durante esta celebración eucarística. En él encontramos unas palabras maravillosas y concisas que resumen la vida de la Sagrada Familia en Nazaret, las cuales indican el estilo de vida escondida que llevaba el Hijo de Dios, como Hijo del hombre, junto a María y a José: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 51-52).

¡Qué denso contenido el de estas breves frases del Evangelio de San Lucas! ¡Sagrada Familia de Nazaret! 'Haz que la vida de todas las familias chilenas se parezca a ti. Que adquiera profunda madurez humana y cristiana; que se deje penetrar por aquella hermosura espiritual que nace del amor y que se expresa en la solicitud, servicio, ayuda al prójimo.

Considerando, pues, la misión de la Iglesia en el mundo de hoy, se percibe la extraordinaria importancia de la familia y la urgencia de actualizar una pastoral familiar que ilumine y acompañe a los jóvenes esposos y también a las novios durante su preparación al matrimonio. Por esto, deseo felicitar al Episcopado chileno, por su fecundo ministerio, particularmente durante los últimos años, en el terreno de la pastoral familiar. Desde la creación de la Comisión nacional de Pastoral familiar en 1979, se ha promovido la creación de comisiones diocesanas en todo el país, y se han organizado numerosos encuentros nacionales, cursos y «Semanas de la Familia». Por otra parte, la familia ha sido colocada entre las principales prioridades de la actividad pastoral en Chile. Quiero también agradecer vivamente a los sacerdotes y a todos los catequistas, formadores v responsables de movimientos dedicados al cultivo de la espiritualidad matrimonial, así como a las llamadas « catequesis familiares », el valioso aporte que prestan en el difundir la gozosa vivencia de las verdades sobre la familia y la vida cristiana en general.

10. Permitidme que resalte todavía un punto básico de la vida familiar, que se refiere a la educación de los hijos para que sepan descubrir su propia vocación. El mismo texto evangélico de San Lucas, que hemos escuchado, nos ayudará a la reflexión. Efectivamente, antes de que María y José regresaran a Nazaret, en el preciso momento del encuentro con Jesús en el templo de Jerusalén, su Madre le preguntó con cierta angustia: «Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 48-49).

Jesús hablaba de su Padre del cielo. Sólo Jesucristo podía dar una respuesta semejante, puesto que toda su vida estaba marcada icor la conciencia de la misión mesiánica recibida del Padre, que era misión de redimir el mundo, amando a todos los hombres sin excepción hasta dar la vida en sacrificio por cada uno de ellos.

Se puede decir que todo hijo e hija, con el correr del tiempo, llega al discernimiento de su propia vocación, que vendrá a ser el camino de su vida, como encargo o misión recibida de Dios para transformar la propia existencia en una donación a Dios y a los hermanos. El camino de cada uno es irrepetible. Nadie puede suplir a los demás en la misión que cada uno ha recibido de Dios.

¡Padres y madres! A veces esta vocación es de una total y exclusiva donación al ministerio eclesial o a la consagración en la vida religiosa. Sabed discernir esa vocación, respetadla y colaborad a su realización.

Ojalá que vuestros hogares sean una auténtica escuela de fe, un lugar de oración, una comunidad que participa gozosa en las celebraciones litúrgicas y sacramentales, de suerte que, por el hecho de compartir esas experiencias de Cristo, se convierta en un pequeño Cenáculo con María desde donde parten apóstoles del Evangelio y servidores de las necesidades de los hermanos.

Durante la preparación a esta visita pastoral, centenares de miles de hogares chilenos, acogieron en sus casas el « altar familiar » como un medio para revitalizar la oración en familia. Que esa hermosa práctica continúe y que se recupere el rezo del santo Rosario en familia, como fue costumbre en los hogares de vuestros mayores.

11. Dentro de pocos momentos, vais a renovar vuestras promesas matrimoniales. Seguidamente ofreceréis algunos dones que simbolizan la vida familiar, entre los que no va a faltar una imagen de la Virgen, venerada en el santuario de Lo Vásquez. Y precisamente esa imagen va a ser presentada por dos jóvenes que representan a todos vuestros hijos. Que todo ello sea prenda de una renovación de la vida familiar.

«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal (127 (126), 1).

¡Familia chilena!

Gracias porque también tú quieres ser mensajera de vida. Gracias por tu compromiso cristiano manifestado en la «Campaña del altar familiar».

Cree siempre en el amor y defiende la vida.

No cedas a las tentaciones del egoísmo o de la violencia. Abre de par en par las puertas de tu casa a Cristo.

A la Virgen María, presente en todos los corazones y en todos los hogares chilenos, encomiendo vuestros propósitos de fidelidad y de renovación. Ella os acompañará para hacer de cada hogar un templo donde reine Dios Amor.

Con esta esperanza imparto mí Bendición Apostólica a todas las familias de Valparaíso y de Chile, especialmente a los niños, a los ancianos y a los enfermos.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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