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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA CON LOS
HABITANTES DE LAS "POBLACIONES" DE SANTIAGO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

 Santiago de Chile
Jueves 2 de abril de 1987

 

Amadísimos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

1. Al verme hoy en medio de vosotros, queridos pobladores de la periferia y de los barrios más pobres de Santiago, no puedo ocultaros que un inmenso gozo invade mi corazón, al meditar en estas palabras del Evangelio: “Nadie conoce al Hijo más que el Padre”; el Padre “lo ha revelado a la gente sencilla”; el Padre ha querido revelaros a vosotros a su Hijo “porque así le ha parecido mejor” (Mt 11, 25).

Al igual que los Apóstoles Pedro y Juan cuando subían al templo para orar, así también yo tengo que deciros que no traigo “oro ni plata” (Hch 3, 6), pero vengo en nombre de Jesucristo a anunciaros el amor de predilección del Padre, que ha querido revelar la esperanza del reino a los pobres, a los sencillos de corazón, a los sencillos de corazón, a los que abren sus puertas al Señor y no desdeñan su mano misericordiosa.

Conozco vuestros sufrimientos, y vuestro clamor de esperanza ha llegado a mis oídos. Por eso, como mensajero del Evangelio os animo a buscar en Jesucristo la anhelada paz. Jesús mismo nos invita a aprender de El la mansedumbre y la humildad de corazón, y a depositar en El nuestra esperanza. Esa esperanza tan característica de este maravilloso pueblo y de toda América Latina, que os permite mantener la alegría, la paz interior, y celebrar los acontecimientos de la vida aun en medio de tantas y graves dificultades. Pero también aquí, como en otros muchos lugares, he podido ver con dolor la pobreza de muchos en contraste con la opulencia de algunos.

2. He venido hasta esta población vuestra para proclamar nuestra común fe en el Hijo de Dios y en sus enseñanzas. Me encuentro aquí para anunciar, una vez más, las bienaventuranzas del Señor: “Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). Bienaventurados vosotros si tenéis un corazón sin apegos terrenos, porque de esa manera el Padre os revelará sus misterios y os ayudará a cargar con el yugo de Jesús, a llevarlo como El hasta encontrar vuestro descanso.

En Cristo encuentra el hombre lo que no podrían procurarle todos los bienes de este mundo. Como el Buen Pastor nos dice: “Venid a mí... yo os aliviaré... encontraréis descanso” (Ibíd. 11, 28-29), y nos invita a llevar su yugo, esto es, la ley del amor; una ley que libera y que es descanso para el alma. Cualquier carga es ligera cuando estamos unidos a Cristo, cuando es El quien nos da energía y respiro para seguir caminando. Por el contrario, ¡qué pesado resulta el fardo cuando se lleva sin Cristo! Tal es el fardo del egoísmo, del odio, de la violencia, de la dureza de corazón, que no pocas veces se suman para hacer ingrata y hasta imposible la convivencia humana. Estamos ante el reverso de la ley del amor cuando no se ve en el prójimo a un hico de Dios y hermano en Cristo, sino que se le considera solamente como un instrumento, únicamente útil para satisfacer las propias apetencias. Este individualismo egoísta, que es un desorden fruto del pecado, impide la creación de lazos de humanidad y fraternidad que hagan sentirse al hombre miembro de una comunidad, parte solidaria de un pueblo unido.

3. En esta Zona Sur he querido estar presente, aunque sea por tan breve tiempo, para mostraros visiblemente mi solicitud por cuanto estáis haciendo para formar comunidades de vida y de trabajo en las que solidariamente os esforzáis con empeño en vivir vuestra fe, vuestra esperanza y vuestra caridad cristianas.

Toda la historia de la Revelación es un testimonio del papel que juega la comunidad en la obra de salvación. Dios mismo, por medio de Jesucristo, se ha revelado como una auténtica comunidad: la Trinidad Santa, una maravillosa comunión que es el fundamento v el modelo para toda relación basada en el amor. La Iglesia universal y esta Iglesia en Chile son manifestación de ese espíritu de comunidad, que congrega a los hombres para hacerlos partícipes de la vida divina.

Y precisamente expresión de esa vida son también varias formas de comunidad, que dan consistencia a vuestras poblaciones. Ante todo, la familia, que el Concilio Vaticano II definió como la “escuela del más rico humanismo” (Gaudium et spes, 52). Ella es la célula fundamental de toda sociedad, primera e insustituible catequista de los hijos. Las verdades, los valores, los comportamientos, los modos de pensar, de relacionarse con las otras personas y con el mundo, se aprenden en el hogar y es ésta una misión y un derecho que hay que ejercer amorosamente, y que hay que defender ante los peligros de un mundo materialista que propone el acumular cosas como el sumo bien del hombre y de la sociedad. “El hombre vale más por lo que es, que por lo que tiene” (Ibíd. 35).

Quienes han respirado en el seno de sus propias familias una atmósfera de auténtica comunidad, se sentirán más inclinados a comprometerse con sus hermanos en la tarea de construir una sociedad renovada, más humana y acogedora. Ello supone dar vida a formas de asociación que contribuyan, cada una a su manera, a la consecución del bien común, y que ayuden a satisfacer mejor “muchos derechos de la persona humana, sobre todo los llamados económico-sociales, los cuales miran fundamentalmente a las exigencias de la vida humana” (Mater et Magistra, 61).

4. Obviamente, se ha de tender a que se vivan en cada familia las virtudes sociales que fomentan el desarrollo pleno de cada uno de sus miembros: el diálogo, la comunicación, la corresponsabilidad y la participación, la capacidad de sacrificio, la fidelidad. Todas ellas deben ser expresión y fruto del amor. Tomad como modelo la Sagrada Familia de Nazaret; en ella habrá de inspirarse todo programa de renovación cristiana y social en la familia y desde la familia.

Son también manifestaciones de la vida y del sentido comunitario aquellas formas de organización popular que buscan mejorar el nivel de vida de los pobladores de los barrios: las asociaciones vecinales, los talleres laborales, los grupos de vivienda, los grupos de salud, de apoyo escolar, las ollas familiares, los comedores infantiles, los clubes juveniles y deportivos, los grupos de folklore y. en fin, tantas manifestaciones de aquella solidaridad que debe caracterizar “el noble empeño por la justicia”.

Estas iniciativas podrán ser, a su vez, semilla de nuevas formas de organización social, que abran el camino a una auténtica y efectiva participación de todos los ciudadanos en las decisiones que afectan a su vida y a su destino. De esta manera los grupos van transformándose poco a poco en auténticas comunidades solidarias y participativas. Si bien, es igualmente necesario que esos grupos no pretendan monopolizar toda la acción ni ahogar la iniciativa y justa autonomía y libertad de los individuos.

5. La Iglesia os acompaña en vuestros esfuerzos y legítimas aspiraciones, consciente de que –como ya señaló mi venerado predecesor el Papa Pablo VI– entre evangelización y promoción humana existen efectivamente lazos muy fuertes (Evangelii Nuntiandi, 31). Es ésta una parte importante de la labor apostólica que tantos agentes de pastoral desarrollan entre los más necesitados. A vosotros, sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, catequistas, laicos comprometidos, quiero dirigir mi palabra de aliento para que continuéis ilusionados en vuestras tareas de construir el reino de Dios, mediante la Palabra anunciada en su integridad, mediante los sacramentos celebrados en la fe, con el testimonio de vuestras propias vidas, tomando como modelo a Cristo, pobre y humilde de corazón, “el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que es enriquecierais con su pobreza” (2Co 8, 9).

En perfecta sintonía con el Magisterio auténtico de la Iglesia y en intima comunión con los Pastores, sed fieles a vuestra vocación y a la misión que habéis recibido, y no permitáis que intereses de índole ideológica o política, extraños al Evangelio, enturbien la pureza de vuestra labor de asistencia y santificación. Tenéis entre vosotros eximios ejemplos de apóstoles que, a pesar de las dificultades e incluso incomprensiones, supieron desempeñar su ministerio pastoral a costa de los mayores sacrificios.

6. La Iglesia, queridos hermanos y hermanas, ha recibido del mismo Jesucristo la misión de hacer realidad su mandamiento central: “Esto os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15, 17). La Iglesia tiene, por tanto, la misión de abrazar a todos los hombres en su amor y de abrir a todos el camino de salvación, sin excluir a nadie. Ella proporciona a todos las riquezas espirituales de que es depositaria; a todos alimenta con el Cuerpo del Señor, les administra los sacramentos y les comunica la vida divina. Gracias a esta preocupación suya de engendrar la vida y conservarla, los fieles sienten el impulso interior de llamarla “Madre”. La Iglesia es madre de todos; ella extiende su amor a todos los hombres, sin distinción, y con todos usa de su misericordia. Pero es justo que, como una madre, tenga ella especial solicitud por aquellos hijos suyos que sufren, por los enfermos, por los necesitados, por los indigentes, por los pecadores. La Iglesia tiene que hacer realidad la acción de Dios mismo, que “levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” (Sal 113 [112], 7-8).

Por tanto, os digo: Contad siempre con esta solicitud maternal de la Iglesia que se conmueve ante vuestras necesidades, por vuestra pobreza, por la falta de trabajo, por las insuficiencias en educación, salud, vivienda, por el desinterés de quienes, pudiendo ayudaros, no lo hacen; ella se solidariza con vosotros cuando os ve padecer hambre, frío, abandono. ¿Qué madre no se conmueve al ver sufrir a sus hijos, sobre todo, cuando la causa es la injusticia? ¿Quién podría criticar esta actitud? ¿Quién podría interpretarla mal?

7. He sabido que entre vosotros, así como en diversos lugares y diócesis del país surgen Comunidades eclesiales de base, las cuales “deben ser destinatarias especiales de la evangelización y al mismo tiempo evangelizadoras” (Evangelii Nuntiandi, 58). Tales comunidades, para que correspondan a su verdadera identidad, deben ser un lugar de encuentro y fraternidad, y deben nacer del deseo de vivir intensamente la vida misma de la Iglesia en un contexto de relación más humana, más de familia. En su seno debe acogerse la Palabra de Dios tal como la transmite la Iglesia y también en su seno corresponde celebrar, en una perspectiva de fe, los acontecimientos que jalonan la peregrinación hacia la casa del Padre.

Estas Comunidades han nacido, con frecuencia, como fruto de una Misión, de un grupo de catequesis familiar, de la celebración del Mes de María –bella y fecunda tradición de la religiosidad popular chilena–, de círculos bíblicos, de la búsqueda de solución a los problemas de la vida diaria en las poblaciones, y de tantas otras manifestaciones de la auténtica vitalidad propia de la Iglesia.

Como compromiso eclesial concreto, exhorto a todos a una mayor profundización de la vida cristiana, a un conocimiento más hondo de la fe católica, a una vida personal y familiar más coherente con la fe que se profesa, a la participación frecuente y activa en la vida litúrgica de la Iglesia, a un estilo de vida más marcado por la fraternidad y el sentido de comunidad.

Para que el surgimiento de las Comunidades eclesiales de base sea una fuerza revitalizadora del auténtico dinamismo de la Iglesia en Chile, es necesario que mantenga siempre una clara identidad eclesial. Esto supone, ante todo, estar en íntima unión con el obispo diocesano y sus colaboradores: supone desarrollar y hacer propias las enseñanzas del Magisterio auténtico de la Iglesia, del Papa y de los obispos; y supone evitar cuidadosamente toda tentación de encerrarse en sí mismas, lo que las llevaría fatalmente a renunciar a algo tan esencial como es la proyección universalista y misionera que debe caracterizar a cualquier iniciativa que se precie de ser católica. Esta identidad eclesial requiere, finalmente, que las Comunidades eclesiales de base eviten la tentación de identificarse con partidos o posiciones políticas que pueden ser muy respetables, pero que no pueden pretender ser la única expresión válida de la proyección evangélica sobre la vida y opciones políticas del país.

Por el contrario, es prenda fehaciente de que dichas Comunidades son auténticamente eclesiales, cuando la Palabra de Dios es la que congrega a los fieles y les impulsa a reflexionar sobre ella para proyectarla; cuando la maduración de la fe se hace partir de una catequesis seria y vivencial; cuando la Eucaristía es el centro de la vida y la comunión de sus miembros; cuando las relaciones interpersonales se dan en la fe, la esperanza y el amor; cuando la comunión con los Pastores es inquebrantable; cuando el compromiso por la justicia está presente en la realidad de sus ambientes; cuando sus miembros son sensibles a la acción del Espíritu que suscita permanentemente carismas y servicios en el interior de la Comunidad y para la Iglesia universal (Evangelii Nuntiandi, 58; Puebla, 640-642).

8. A la vista de tantas manifestaciones de vitalidad de vuestras comunidades, deseo exhortaros igualmente a reforzar los lazos de vuestra solidaridad; una solidaridad que tenga su fundamento último en los principios de vuestra fe cristiana. Vienen a mi mente las palabras de los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla de los Ángeles: “ Es conmovedor sentir en el alma del pueblo la riqueza espiritual desbordante de fe, esperanza y amor. En este sentido, América Latina es un ejemplo para los demás continentes y mañana podrá extender su sublime vocación misionera, más allá de sus fronteras ” (Nuntius Episcoporum Americae Latinae in urbe «Puebla», 3). Estoy seguro de que será imposible que en vuestros corazones se apague la esperanza. En efecto, la visión optimista de la vida que os hace, aun en medio de la pobreza, capaces de celebrar, de reír, de gozar en las alegrías sencillas de cada día, no proviene de la irresponsabilidad o de la ignorancia. ¡No! Ella tiene una sola explicación: vuestra profunda fe cristiana. Nace de vuestro amor a Cristo y del acatamiento de sus enseñanzas. Es la alegría que Cristo ha comunicado a sus discípulos cuando declaraba: “ Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno ” (Jn 15, 11).

9. Hace pocos días se cumplieron veinte años de la publicación de la Encíclica del Papa Pablo VI sobre el desarrollo de los pueblos, la Populorum Progressio. No sin dolor tenemos que reconocer que aquella voz profética sigue resonando en el mundo sin que haya encontrado una respuesta adecuada. Por eso, hoy, aquí, en este continente de la esperanza, en medio de vosotros, pobladores de Santiago, quiero repetir a todos los hombres y mujeres de buena voluntad de América Latina y del mundo, las palabras de Pablo VI, con el mismo espíritu con que fueran por él propuestas: “Que los individuos, los grupos sociales y las naciones se den fraternalmente la mano; el fuerte ayudando al débil a levantarse, poniendo en ello toda su competencia, su entusiasmo y su amor desinteresado. Más que nadie, el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez” (Populorum Progressio, 75.

La Iglesia, consciente de que todos formamos una familia, la gran familia de los hijos de Dios, repite su llamada para que cada uno desde su posición social, desde su ambiente, utilizando los medios a su alcance, grandes o pequeños, se empeñe en desterrar de vuestra tierra todas las causas de la pobreza injusta. Colaborad en la construcción de un mundo más justo y fraterno que tenga sus fundamentos “en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y. finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad” (Pacem in Terris, 167).

10. Al concluir este discurso, que me ha permitido compartir con vosotros el gozo de sentir que Dios manifiesta sus misterios a los sencillos de corazón, y en el que hemos meditado también sobre la solicitud materna de la Iglesia hacia todos sus hijos, es justo destacar que, de entre sus miembros, nadie inspira ese amor con mayor intensidad que la Madre de Dios, la Santísima Virgen María. Vosotros esto lo sabéis, pues el amor a la Virgen forma parte de vuestra alma y nadie podrá arrebataros este patrimonio. ¡Que la Virgen del Carmen, Reina de Chile, os haga sentir ahora y siempre su amor maternal! ¡Que Ella vuelva hacia vosotros sus ojos misericordiosos y os dé a Jesús!

A todos bendigo de corazón y en modo particular a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los que sufren.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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