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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA CON LOS CAMPESINOS Y LOS INDÍGENAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Temuco (Chile) - Domingo 5 de abril de 1987

 

Alabado sea Jesucristo!

Queridos hermanos y hermanas:

 1. Mi corazón se siente feliz al encontrarme hoy con los habitantes de La Frontera en esta ciudad de Temuco, y presidir esta celebración de la Palabra junto a vuestros Pastores, el señor obispo de Temuco y el vicario apostólico de la Araucanía, con los otros hermanos en el Episcopado y con tantos sacerdotes que con generosa entrega ejercen su ministerio entre vosotros. En esta tierra de la Araucanía, de la espiga y del copihue, es una gran dicha para mí compartir con los presentes esta celebración de fe y de amor. En modo particular me alegro de saludar al pueblo mapuche, que cuenta con su lengua, su cultura propia y sus tradiciones peculiares como valores característicos dentro de la nación chilena.

Mi afecto y mi palabra quisiera abrazar en este día, de un modo especial, a todos los campesinos de Chile, que con su trabajo abnegado contribuyen al bien común de todos los chilenos y que encarnan en su vida tantos valores humanos y cristianos.

2. El mensaje del Papa se dirige a todos, porque todos, por encima de cualquier diferencia étnica o cultural, sois hijos de Dios; porque, como nos dice San Pablo, todos habéis sido igualmente “elegidos de Dios” (Col 3, 15) llamados a formar un solo Cuerpo, que es la Iglesia (cf. ibíd.). Como afirma el mismo Apóstol, refiriéndose a los pueblos y categorías de su tiempo, en Cristo “no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Ibíd. 3, 11).

La fe, queridos hermanos y hermanas, supera las diferencias entre los hombres. La fe da vida a un nuevo pueblo: el pueblo de los hijos de Dios. Sin embargo, aun superando las diferencias, la fe no las destruye sino que las respeta. La unidad de todos nosotros en Cristo no significa, desde el punto de vista humano, uniformidad. Al contrario, la Iglesia, la familia de Dios, de la que todos enriquecida al acoger la múltiple diversidad y variedad de todos sus miembros.

Por eso, el Papa, hoy desde Temuco, alienta a los mapuches a que conserven con sano orgullo la cultura de su pueblo: las tradiciones y costumbres, el idioma y los valores propios. El hombre es imagen y semejanza de Dios: por esto mismo, el amor de Cristo a los hombres alcanza también a todas las múltiples formas en las que el hombre se expresa conforme a esa imagen y semejanza. Al defender vuestra identidad, no sólo ejercéis un derecho, sino que cumplís también un deber: el deber de transmitir vuestra cultura a las generaciones venideras, enriqueciendo, de este modo, a toda la nación chilena, con vuestros valores bien conocidos: el amor a la tierra, el indómito amor a la libertad, la unidad de vuestras familias.

Sed conscientes de las ancestrales riquezas de vuestro pueblo y hacedlas fructificar. Sed conscientes, sobre todo, del gran tesoro que, por la gracia de Dios, habéis recibido: vuestra fe católica.

A la luz de la fe en Cristo, lograréis que vuestro pueblo, fiel a sus legítimas tradiciones, crezca y progrese tanto en lo material como en lo espiritual, difundiendo así los dones que Dios le ha otorgado. Iluminados siempre por la fe en Cristo, veréis en los demás hombres, por encima de cualquier diferencia de raza o cultura, a hermanos vuestros, y los sabréis comprender y querer. La fe agrandará vuestro corazón para que quepan en él todos los hombres, especialmente quienes forman parte con vosotros de la nación chilena; a su lado y en unión con ellos habéis de trabajar sólidamente en favor de la patria y del bien común. Y esa misma fe llevará a todos los chilenos a amaros, a respetar vuestra idiosincrasia y a unirse con vosotros en la construcción de un futuro en el que todos sean parte activa y responsable, como corresponde a la dignidad humana y cristiana.

3. En la lectura de la Carta a los Colosenses que hace poco hemos escuchado, el Apóstol nos pide, en nombre de Cristo: “despojaos del hombre viejo con sus obras” (Col 3, 9), a la vez que nos manda: “revestíos del hombre nuevo” (Ibíd. 3, 10).

¿Quiénes son este hombre viejo y este hombre nuevo de los que nos habla San Pablo? Hombre viejo es el hombre que no ha sido renovado por Cristo, el que aún se deja dominar por el pecado, por las pasiones y los vicios; el que vive según la carne, no según el espíritu (cf. Rm 8, 8). Hombre nuevo, en cambio, es aquel cuyas obras son agradables al Señor, porque son conformes a la condición de hijo de Dios; es decir, un hombre consciente de que en el bautismo ha nacido a una vida nueva y vive en la amistad con su Padre Dios.

Viejo y nuevo son dos modos de vida que difícilmente pueden convivir en una misma persona. Ya en el bautismo hemos abandonado ese hombre viejo, pero las consecuencias del pecado original y de los pecados personales se dejan sentir en nuestro ser y en nuestro actuar. Por ello, esforzaos por eliminar de vuestras vidas cuanto os aparte de Dios y de los hermanos. Rechazad el odio y el rencor, las divisiones y los enfrentamientos, el alcoholismo, la droga, el ocio, la pereza, los desórdenes familiares, la infidelidad matrimonial, la falta de solidaridad con los problemas de los demás y todo cuanto se opone al gran mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Por el contrario, revestíos de Cristo, esto es, “revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro... y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 12-14).

4. Amados hermanos y hermanas, sé que en la vida de los campesinos chilenos, y en particular en la del querido pueblo mapuches existen muchas dificultades y problemas. No pocas veces habéis sido objeto de injusticias y marginaciones. Recordad que en los tiempos lejanos de la conquista hubo sacerdotes, entre los que destaca la figura venerable de fray Diego de Medellín, que elevaron su voz para hacer presente ante el Rey de España los atropellos de que eran objeto los indígenas. También hoy la Iglesia os quiere decididamente apoyar en vuestras demandas de respeto a vuestros legítimos derechos, sin dejar por ello de recordaros igualmente vuestros deberes.

Por otra parte, no os dejéis seducir por quienes os ofrecen soluciones tentadoras e ilusorias a vuestros problemas, como son las del odio y la violencia, o la del abandono injustificado del campo y de sus valores propios, para encontraros a menudo con una vida aún más precaria y difícil en las ciudades. En ocasiones, vosotros mismos habéis denunciado que se pretende instrumentalizar políticamente vuestra situación, o que personas sin escrúpulos os hacen objeto de su afán de lucro, olvidando vuestra dignidad y vuestros derechos.

No se me ocultan tampoco los problemas relacionados con la tenencia de la tierra, la seguridad social, el derecho de asociación, la capacitación agrícola, la participación de los hombres del campo en los diversos aspectos de la vida nacional, la formación integral de vuestros hijos, la educación, la salud, la vivienda y tantas otras cuestiones que os preocupan.

Algunos de estos problemas se hacen particularmente preocupantes en el pueblo mapuche, sobre todo los relacionados con las tierras de quienes se llaman precisamente “hombres de la tierra”, y con la conservación y promoción de su propio acervo cultural.

Mas, no os dejéis abatir ni os atemoricéis por las dificultades, queridos campesinos y mapuches. En primer lugar, sed realistas. Veréis así los muchos motivos de esperanza que también hay en el área rural chilena. Vuestros valores y actitudes de hombres del campo, como son la sabiduría, característica de los que trabajan la tierra con sus manos y viven en contacto con la naturaleza, la capacidad de ser agradecidos y compartir con los demás, la sencillez de vuestras costumbres, la piedad popular con tantas manifestaciones antiguas y nuevas, el sentido de familia y tantas otras cualidades buenas que tenéis, son un tesoro que habéis de conservar y hacer fructificar en bien de toda la comunidad nacional. Además, no faltan las iniciativas prometedoras que, a todos los niveles, se esfuerzan por mejorar las condiciones de la vida rural.

Sin embargo, más allá de estos motivos que os permiten mirar confiadamente al futuro, llenaos de la esperanza cristiana en Dios, nuestro Padre. No se trata sólo de la esperanza en el cielo, sino también en esta vida, que es camino para la eterna. No dudéis que a todos vosotros se dirigen las palabras de San Pablo: “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados” (Col, 3, 12). No olvidéis, pues, que cada persona, cada hombre y cada mujer, cada joven, cada niño, cada anciano es un elegido de Dios, un ser al que Dios hace objeto de su amor infinito.

“Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo” (Ibíd., 3, 15). No permitáis que el temor, el desaliento, el rencor, la tristeza, se apoderen de vuestros corazones. “Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3, 13), nos exhorta San Pablo. No dejéis que prevalezca en vosotros el hombre viejo; por el contrario, “revestíos del amor” (Ibíd., 3, 14). Ese amor, que os llevará a saber perdonar y que os dará la fuerza para que cada uno se empeñe seriamente en superarse y vencer los obstáculos.

A veces os puede asustar la idea de que el amor no es la solución adecuada a vuestros problemas urgentes, y quizá sintáis la tentación del conformismo pasivo, dejando que otros resuelvan las dificultades que, según os parece, superan vuestras fuerzas; o también del inconformismo violento como vía para oponerse a las injusticias. Ante tales tentaciones, el Papa os repite que el amor vence siempre. Poned como fundamento de vuestras vidas el amor, la paz de Cristo. Un amor y una paz, insisto, que no pueden quedar inoperantes, que no son pasivos, sino que se manifestarán en iniciativas, actividades, obras de solidaridad en favor de vuestro pueblo y de las justas reivindicaciones.

5. “La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Ibíd., 3, 16). Estas son las exhortaciones que San Pablo dirigía a los cristianos de Colosas y que sintetizan el programa del cristiano como hombre nuevo. Os invito a cada uno a conservar siempre la Palabra de Cristo, sus enseñanzas y mandamientos, para que guíen vuestras vidas. Que la Palabra de Cristo “habite en vosotros con toda su riqueza” (Ibíd.), de modo que ilumine siempre vuestro actuar, también cuando se trata de buscar solución a las cuestiones laborales y sociales. Descubrid la Palabra de Cristo en toda su riqueza. Para ello, “instruíos y amonestaos con toda sabiduría” (Ibíd.), acudiendo a los medios que la Iglesia y vuestros Pastores ponen a vuestro alcance: la catequesis para jóvenes y adultos, la preparación para la recepción de los sacramentos, las actividades apostólicas, los grupos de oración y tantas otras iniciativas de promoción y vida cristiana.

“Cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos himnos y cánticos inspirados” (Col 3, 16). Participad, con ánimo agradecido a Dios, en las celebraciones litúrgicas en vuestras parroquias y capillas, especialmente en el sacrificio de la Misa, para alabar a Dios Uno y Trino y confiarle las necesidades vuestras y de vuestras familias. Acercaos con frecuencia a la confesión, que es el sacramento del perdón y de la misericordia de Dios. “Cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones” (Ibíd.), nos repite San Pablo. Practicad, bajo la guía de vuestros Pastores, las devociones cristianas que a lo largo del tiempo han venido a formar parte de la vida espiritual de vuestro pueblo, especialmente el rezo del Santo Rosario; de esta forma, agradaréis a Nuestro Señor, obtendréis mucho bien para vuestras comunidades, y haréis que estén siempre vivas y actuales las manifestaciones de religiosidad popular aprobadas por la Iglesia.

6. Quiero detenerme ahora en algunas consideraciones la actividad que principalmente os ocupa, la misma que realizan millones de hombres de todo el mundo y la mayor parte de los habitantes de la Araucanía: el trabajo del campo. Vuestro trabajo, como he querido poner de relieve en otras ocasiones, es un quehacer noble y que ennoblece, pues os lleva a colaborar con Dios creador y a servir a los demás hombres. En efecto, con vuestra habilidad y esfuerzo continuáis la obra de la creación, haciendo que la tierra produzca los frutos que servirán de alimento a los hombres, a vuestras familias y a la comunidad.

Sin embargo, no es infrecuente que la sociedad no haga patente su reconocimiento a la dignidad de vuestro esfuerzo, ya que, mientras privilegia otros tipos de actividad laboral, no remunera suficientemente la vuestra. Como he afirmado en mi Encíclica sobre el trabajo, es preciso “volver a dar a la agricultura –y a los hombres del campo– el justo valor como base de una sana economía, en el conjunto del desarrollo de la comunidad social” (Laborem Exercens, 21). Secundad vosotros este deseo del Papa, aunando vuestro esfuerzo solidario y pacífico para que la sociedad reconozca vuestros legítimos derechos. No cedáis ante las dificultades; al contrario, creceos ante ellas, buscando, entre todos, los medios legítimos para vencerlas. Esto ciertamente exigirá de vuestra parte empeño y sacrificio; os llevará a intensificar más vuestra formación humana y profesional; os empujará a trabajar más y mejor; os hará ser cada vez más solidarios entre vosotros y con todos los sectores laborales de la nación. Así lograréis, para vosotros y para vuestros hijos, un futuro más digno, y sobre todo imitaréis la vida de trabajo de Jesús, el “hijo del artesano” (Mt 13, 55).

Por todo ello, deseo dirigirme a las instancias responsables en el ámbito de la agricultura chilena, para invitarles a poner todos los medios a su alcance en orden a aliviar los problemas que hoy aquejan al sector rural, de tal manera que los hombres y las mujeres del campo y sus familias puedan vivir del modo digno que corresponde a su condición de trabajadores agrícolas y de hijos de Dios.

A los empresarios agrícolas, quiero manifestarles mi aprecio por la tarea que desempeñan y. a la vez, pedirles encarecidamente un renovado esfuerzo, aun a costa de sacrificios, en la promoción humana y cristiana de la vida en el campo chileno. Haced lo posible para que todos los que trabajan con vosotros se sientan “en lo propio”, buscando formas de participación que les abran un futuro mejor, de acceso progresivo a la propiedad, de mayor formación técnica y cultural, y que les permitan transmitir a sus hijos un patrimonio material, y sobre todo espiritual, que sea la base de su futuro mejor según los principios de la justicia.

7. No puedo terminar este encuentro sin antes dirigirme a mis hermanos obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, a los fieles laicos, a cuantos colaboráis en la evangelización de la Araucanía y en la pastoral rural. El Papa, en nombre de Cristo y de la Iglesia, quiere agradeceros vuestra labor como sembradores de la buena semilla del Evangelio en el alma noble del campesino, del mapuche. A todos os dirijo la recomendación de San Pablo: “Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Que vuestro trabajo apostólico tenga siempre como fundamento a Cristo, fuente del amor que debe llenar nuestra vida. Revestíos de sentimientos de caridad para comunicar a los hombres, vuestros hermanos, el amor. Seguid los ejemplos preclaros de tantos evangelizadores abnegados que os han precedido, en particular en este obispado de Temuco y en el vicariato apostólico de la Araucanía, confiado al celo infatigable y bondadoso de los padres capuchinos.

“Y todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Ibíd., 3, 17). En nombre de Jesucristo sabréis perseverar en vuestra labor de llevar el Evangelio a todos los habitantes de esta tierra.

Queridos campesinos y mapuches, también a vosotros os digo: “revestíos del amor” (Ibíd., 3, 14), Que las palabras de San Pablo resuenen siempre en vuestros corazones y se manifiesten en vuestras vidas. Esta es la petición que os invito a dirigir conmigo a Dios, repitiendo la Colecta de la Misa de este V Domingo de Cuaresma: “Señor, Dios nuestro, te pedimos nos concedas vivir el mismo amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Por la intercesión de Nuestra Madre, Santa María – tan querida y venerada por vosotros – ¡quiera Dios que en el campo chileno se abran surcos renovados para sembrar esperanzas de vida eterna!, y ¡que el amor y la paz de Cristo presidan siempre vuestras vidas! Amén.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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