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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

MISA PARA LOS CONSAGRADOS Y LOS AGENTES DE PASTORAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Estadio «Vélez Sarsfield» de Buenos Aires
 Viernes 10 de abril de 1987

 

« Familias de los pueblos, aclamad al Señor, / aclamad la gloria y el poder del Señor » (Sal 96 [95], 7.

1. La liturgia que estamos celebrando hoy, amadísimos en el Señor, repite estas hermosas palabras del Salterio, que nos invitan a glorificar a Dios por su acción salvífica en medio de los pueblos y en la creación entera.

Este canto brota ahora de corazones que se han consagrado a Dios para recorrer gozosamente el camino de la perfección y hacerse plenamente disponibles para la acción evangelizadora. Gracias por vuestra presencia y por vuestro entusiasmo, gracias por vuestro testimonio que seguramente se traduce a diario en compromiso de santificación y de apostolado.

Ya en el umbral de la Semana Santa, la Iglesia nos recuerda con las palabras del Salmista que es Cristo quien ora dentro de nosotros, desde nosotros y por nosotros, como queriendo entregar a Dios de nuevo y para siempre toda la creación y toda la humanidad, como ansiando que sea pronto una realidad la restauración de todas las cosas en El, «para que sea Dios en todas las cosas» (1Co 15, 28). El Señor anticipa así en nuestra vida «el himno que se canta perpetuamente en el cielo» (Sacrosanctum Concilium, 83).

Desde el día de 1a Encarnación, Jesús, el Verbo hecho hombre, comenzó su obra de redimir todo cuanto estaba caído a causa del pecado, y entregarlo al Padre como nueva creación. Jesús, «con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22.) y lo ha transformado en una nueva creatura por la filiación divina de la que El mismo nos hace partícipes mediante su sacrificio cruento y resurrección gloriosa.

2. Verdaderamente el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para que nosotros, unidos a El y transformados en El, podamos restituir a Dios el mismo don de amor que El nos concede: «De tal manera amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). A partir de esa donación de amor, podemos comprender mejor y hacer realidad en nosotros la vida eterna de Dios, que consiste en participar de la donación total y eterna del Hijo al Padre en el amor del Espíritu Santo. Realidad sublime que San Juan de la Cruz expresaría con las palabras: «dar a Dios el mismo dios en Dios»  (S. Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª.

He querido recordares estos ideales cristianos para reavivar en vuestra mente y en vuestro corazón el objetivo final y grandioso de toda evangelización. Sólo el apóstol que esté enamorado de estos ideales de perfección, sabrá afrontar todas las dificultades transformándolas en un seguimiento más radical de Cristo y en una entrega pastoral más decidida. «Dios es glorificado plenamente desde el momento en que los hombres reciben plena y conscientemente la obra salvadora de Dios, que completó en Cristo» (Ad Gentes, 7), nos dice el Concilio Vaticano II.

Pero hay un obstáculo en el corazón de cada hombre, que impide este proceso de unidad interior y de armonía con toda la creación: el pecado, la ruptura con Dios, la enemistad con el hermano. Vivimos en una sociedad que, a veces, parece haber perdido la conciencia del pecado, precisamente porque ha perdido el sentido de los valores del espíritu que han de animar cualquier auténtico humanismo. El hombre, salido de las manos del Creador, sólo hallará su realización plena cuando en su mente y en su conducta, a nivel individual y social, se asimile a su condición de « imagen y semejanza de Dios» (cf. Gen 1, 26). El pecado, en última instancia, es la destrucción del don de Dios que, mediante Cristo Salvador, se nos entrega en el Espíritu.

3. Cristo vence el pecado con el sacrificio de la cruz, «oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres»(Dominum et Vivificantem, 31). Vence, pues, por medio de la obediencia al Padre hasta la muerte, transformada ya en misterio pascual de resurrección (cf. Flp 2, 8-11). Esta superación del pecado por medio del amor es un nuevo inicio del «restituir» a Dios todas las cosas y toda la humanidad como cosa suya. Gracias al misterio pascual de Cristo, todo es de Dios en sentido aún más pleno: como universo redimido y restaurado en Cristo (cf. Ef 1, 10). El hombre como persona y la humanidad entera pueden en Cristo, hacer de la propia existencia una donación a Dios y a los demás.

Es doloroso reconocer que el propio pecado ha crucificado a Cristo que vive en el hermano; pero es consolador encontrarse con Cristo crucificado que muere amando para destruir el pecado y restaurar al hombre. Ese hombre perdonado y restaurado, como San Pablo o San Agustín es quien mejor puede anunciar a todos el perdón y la reconciliación. ¿No es verdad que en esta perspectiva tan grandiosa del Evangelio, se reaviva la esperanza cristiana, que sabe construir la paz anunciando a todos el perdón y la reconciliación en el gozo de Cristo resucitado?

4. La liturgia nos ha ido acercando poco a poco a la celebración de la Pascua, misterio del Emmanuel, Dios con nosotros. Jesucristo es el Hijo de Dios que hα sellado para siempre una Alianza de amor entre Dios y los hombres. «El puso su morada entre nosotros » (cf. Jn 1, 14), y compartió nuestra misma existencia, hasta el punto de hacer de su muerte sacrificial la fuente de una nueva vida para todos los hombres (cf. Ibíd., 7, 38-29). Por Cristo y en la vida nueva del Espíritu, el hombre ya puede ser restituido a la Trinidad Santísima, pues de su cruz viene la fuerza de la redención (Dominum et Vivificantem, 14).

El mundo y la humanidad entera, gracias a la muerte redentora de Cristo, el Hijo de Dios, han recuperado aquel equilibrio que habían perdido por el pecado, restableciendo la maravillosa unidad del cosmos y de toda la familia humana. Gracias al misterio pascual, todo el mundo creado participa de la gloría de Cristo resucitado y puede cantar el «cántico nuevo» de los seguidores de Cristo (cf. Ap 5, 9), del que se hace eco nuestra celebración litúrgica: «Cantad al Señor un canto nuevo, / cantad al Señor la tierra entera, / cantad al Señor y bendecid su nombre» (Sal 96 [95], 1-2).

5. Nosotros todos, aquí reunidos para participar en esta Eucaristía, en la que se actualiza el misterio pascual por el que Cristo nos restituye al Padre, dirigimos nuestra mirada de fe profunda al Redentor (cf. Hb 12, 2), para reafirmarnos desde lo más hondo de nuestro corazón de que todos somos de Cristo.

Somos totalmente suyos por el bautismo, que nos configura sacramentalmente con la muerte y resurrección del Señor, para dar así comienzo a una vida nueva por la que Cristo recupera y entrega al Padre toda nuestra existencia en novedad de vida. Por el hecho de ser bautizados, somos ya llamados a ser santos, puesto que «todos los fieles», de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (Lumen gentium, 40).

Somos totalmente suyos por la misión que El ha confiado a los Apóstoles y a toda la Iglesia. A esta misión «merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, sí es necesario, le consagre su propia vida» (Evangelii nuntiandi, 5).

Somos totalmente suyos por la ordenación sacerdotal que nos capacita sacramentalmente para representar a Cristo, Cabeza de su Cuerpo místico, y servir así a todos los fieles en su nombre y con su autoridad. El hecho de haber recibido el sacramento del orden, requiere por nuestra parte una profunda identificación con Cristo y con los misterios de nuestra fe, de los cuales somos dispensadores.

Somos totalmente suyos por la consagración religiosa y por la práctica permanente de los consejos evangélicos, que radicando en aquella recuperación y entrega al Padre que el sacramento del bautismo plasmó en cada uno de nosotros, imprime en nuestro ser una semejanza y configuración con Cristo muerto y resucitado. Esta consagración a Cristo es «señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo» (Lumen gentium, 42).

Todos nosotros, pues, sacerdotes, personas consagradas, agentes de pastoral, somos totalmente suyos, con la alegría pascual de prolongar, cada uno según su propia vocación, la presencia, la palabra, el sacrificio y la acción salvífica de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

6. Hoy en esta asamblea eucarística, todos nosotros, que somos totalmente suyos, queremos no sólo escuchar su mensaje, sino sobre todo acoger en nuestro corazón el mandato misionero del Señor: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 5).

Este encargo misionero de Jesús es como una declaración de amor, puesto que nos confía lo más querido que El tiene: el encargo recibido del Padre de redimir a la humanidad caída. Si El entregó su vida para llevar a cabo su misión salvífica, nosotros, que somos totalmente suyos, recibimos este encargo de manos de la Iglesia para compartir con El nuestra vida.

La consagración que se ha realizado en nosotros por el bautismo constituye la fuente primera de esta llamada al apostolado, a la evangelización. Si «la Iglesia entera es misionera, la obra de evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios» (Ad Gentes, 35). Por eso «evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino pro-fundamente eclesial» (Evangelii nuntiandi, 60).

Ulteriormente, los que hemos recibido el sacerdocio ministerial estamos, en virtud de un título nuevo, especialmente obligados al apostolado y a la evangelización mediante el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos. Para nosotros servir a la acción evangelizadora de la Iglesia constituye un apremiante, aunque también gustoso, deber. Somos instrumentos válidos y eficaces de la acción del mismo Cristo, Buen Pastor, en las almas: somos los instrumentos de unidad necesarios para la acción evangelizadora que el Señor ha confiado ala Iglesia.

La llamada diνiηα a la profesión religiosa, a la práctica permanente de los consejos evangélicos, abre nuevos caminos al apostolado de la Iglesia, y de ella dimanan nuevas energías para la evangelización. La persona consagrada debe ser un signo transparente y portador del ofrecimiento del mundo a Dios. Es también una ex-presión viva de la pobreza de Cristo, que se desprendió de todo y se hizo «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). A través de esta consagración al Señor aparece claramente la inmolación de Cristo en aras de la voluntad salvífica del Padre. De ahí proviene la misteriosa fecundidad apostólica de la vida consagrada, como signo eficaz de evangelización. Los llamados a esta consagración, que «se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra» (Evangelii nuntiandi, 69)

7. El Evangelio es proclamado por medio de palabras vivas, de gestos de vida. Y especialmente es proclamado mediante el testimonio de una donación total a Dios, entregándole a El la creación entera en donación esponsal a la causa del reino de Dios, que Cristo ya ha instaurado en la historia del hombre. Esta misión salvífica de «devolver» y «entregar» a Dios todas las cosas, Cristo la quiere compartir con todos los que se hacen disponibles para seguirle e impregnarse del Evangelio hasta lo más profundo de la propia existencia. Compartir la misión de Cristo supone una actitud esponsal de correr su suerte arriesgando todo por El. La participación en el apostolado de la Iglesia, en su misión universal, nace del «amor esponsal por Cristo, que se convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de Dios, por la Iglesia que es ala vez Esposa y Madre» (Redemptionis Donum, 15).

La actitud de asociación y de fidelidad esponsal a Cristo os con-vierte pues en expresión de una Iglesia que, como María, escucha, ora, ama. Los apóstoles de todas las épocas y también vosotros sacerdotes, personas consagradas y agentes de pastoral de la Argentina, necesitáis una vivencia fuerte de Cenáculo con María, para recibir nuevas gracias del Espíritu Santo y poder afrontar las nuevas situaciones de evangelización en el mundo de hoy. Esta hα sido mi invitación en la Encíclica Dominum et Vivificantem, como lo fue ya en mí primera Encíclica Redemptor Hominis, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 59; Ad Gentes, 4). El Año Mariano, que pronto habremos de iniciar, os brinda una ocasión extraordinaria para dar renovado impulso a vuestras vidas según esta perspectiva evangélica.

8. De vosotros espera el Señor que sepáis predicar su mensaje con palabras llenas de vida, como transparencia del mismo Evangelio, pues vuestra existencia será palabra evangélica en la medida que brote espontáneamente de vuestra entrega interior. Entonces vuestro apostolado se hará fecundo y «creíble», pues el mundo espera de nosotros un compromiso de vida y un testimonio de oración, como quise poner de manifiesto en el encuentro de Asís del año pasado.

Predicar el Evangelio de esta manera se convierte en «motivo de gloría» (cf. 1Co 9, 16),30 como nos dice San Pablo en la segunda lectura de esta celebración eucarística, Pero precisamente por ello, el anuncio del Evangelio ha de ser para nosotros una urgencia apremiante, una obligación santa, así como lo confiesa el mismo Apóstol: «¡Αγ de mí sí no evangelizare!» (Ibíd.). Sí, ¡ay de mí! ¡Ay de nosotros sí no supiéramos presentar hoy el Evangelio a un mundo que, a pesar de las apariencias, sigue teniendo «hambre de Dios»! (Redemptor hominis, 18).

Así, pues, amadísimos hermanos y hermanas, en este penúltimo viernes de Cuaresma, dirijamos nuestra mirada llena de esperanza al misterio pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo, expresión suprema de su amor redentor. El Señor os bendice con un crecimiento de las vocaciones apostólicas, sacerdotales y de vida consagrada. Es éste un don suyo, que habéis de agradecer y con el que habéis de colaborar día a día. Es necesario presentar, tanto en la vida personal como en la vida comunitaria, «la alegría de pertenecer exclusivamente a Dios» (Redemptionis Donum, 8) Pero esa alegría, que es gozo pascual, nace de un corazón enamorado de Cristo, desprendido de los bienes de este mundo, inmolado con el Señor en la cruz y dispuesto a compartir en la vida con los hermanos los dones de su amor. Muchos jóvenes y muchas jóvenes se sentirán llamados a este seguimiento de Cristo, sí ven en vosotros y en vosotras las huellas del amor, el rostro de Cristo que acoge, que ayuda, que reconcilia, que salva.

9. Vivid en la esperanza, sin dejaros vencer por el desaliento, por el cansancio, por las críticas. Es el Señor quien está con vosotros, pues os eligió como instrumentos suyos para que, en todos
los campos del apostolado, deis mucho fruto y vuestro fruto perdure (cf. Jn 15, 16).

Cuantos trabajáis como «agentes de pastoral» encontraréis sin duda en el próximo Congreso nacional de catequesis un campo concreto de planificación y de acción evangelizadora para la renovación eclesial. Una catequesis bien orientada es la base para una vida sacramental, personal, familiar y social, pues toda acción apostólica y especialmente la catequesis está « abierta al dinamismo misionero de la Iglesia » (Catechesi Tradendae, 24). A todos os invito a trabajar juntos para una evangelización permanente.

¡Iglesia en Argentina! «Levántate y resplandece, porque ha llegadο tu luz, y la gloría del Señor alborea sobre ti» (cf. Is 60, 1).

Estas palabras del Profeta Isaías nos recuerdan la liturgia de Epifanía o manifestación del Señor a todas las gentes. Hoy, en esta celebración eucarística en Buenos Aires, la Iglesia se aproxima ya a la Pascua del Señor. La resurrección de Cristo será el momento culminante en el que se cumplen estas palabras. El Señor se manifestará en su misterio de la cruz y de la resurrección; El resplandecerá con la luz de la verdad para llamar a todos los pueblos con la fuerza del Espíritu: «Los pueblos caminarán a tu luz » (Ibíd., 60, 3).

¡Cómo pido a Dios que Argentina camine en la luz de Cristo!

¡Caminad firme, decididamente; el Señor os tiene de la mano y os iluminará con su luz para que vuestro pie no tropiece! (cf. Sal 91 [90], 12).

Cuando las sociedades de la abundancia y del consumo atraviesan una grave crisis de valores del espíritu, vuestra Iglesia, la Iglesia de toda la América Latina, si mantiene su fidelidad a Cristo, podrá ser luz que ilumine al mundo para que camine por el sendero de la solidaridad, de la sencillez, de las virtudes humanas y cristianas, que son el verdadero fundamento de la sociedad, de la familia, de
la paz en los corazones.

De ahí vuestro compromiso evangelizador; vuestra misión de ser luz para iluminar a quienes están en tinieblas. Habéis sido llamados, queridos hermanos y hermanas, para sentir dentro de vosotros y vivir con todas las consecuencias el lema de San Pablo, que se os convierte en examen cotidiano: «¡Ay de mí si nο evangelizare!» (1Co 9, 16).

10. Habéis sido llamados y cautivados por el ejemplo de amor del mismo Cristo, y también por el ejemplo de San Pablo y de tantos santos y santas, apóstoles y fundadores, para haceros débiles con los débiles, de modo que seáis «todo para todos para salvarlos a todos» (Ibíd., 9, 22). A esta llamada habéis respondido por amor al Evangelio, por amor del mismo Jesús, «para participar en él»( (Ibíd., 9, 23).

Que vuestro corazón, pues, se ensanche con esta alegría y esperanza anunciada por el Profeta Isaías y realizada en Jesús aquí y ahora (cf. Is 60, 5).

Con las palabras del Salmo, alabad al Señor, «contad a los pueblos su gloria. El Señor reina» (Sal 96 [95], 10). ¡Sí! Cristo crucificado reina. Por su cruz y resurrección Cristo es el centro de la creación, Señor de la historia, Redentor del hombre. El nos ha dado al Padre, nos ha dado una vida nueva que procede de Dios y que es participación en su misma vida trinitaria de donación.

Que la Santísima Virgen de Luján se haga para vosotros la Virgen del «sí», la Virgen de ła fidelidad generosa y de la donación total a la misión; y que sea Ella también la Virgen de la esperanza, que habéis de anunciar y comunicar a todos los hermanos haciéndola primero realidad en vuestros corazones. Así sea.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

 

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