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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN EL VALLE DE COCHABAMBA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Miércoles 11 de mayo de 1988

 

Dichoso quien teme al Señor / y ama de corazón sus mandatos (Sal 112 [111], 1)

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con estas palabras del Salmo de la liturgia de hoy, saludo cordialmente a todos los presentes, a todos los que participáis conmigo en este sacrificio Eucarístico en el valle de Cochabamba, en el corazón de Bolivia. Saludo especialmente al Pastor de la arquidiócesis, Monseñor René Fernández, a los obispos auxiliares y a los demás hermanos en el Episcopado; a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a las autoridades y a todo el Pueblo de Dios que vive y trabaja en esta región de los valles. A los venidos del Chapare y de las serranías andinas, a los de la prelatura de Aiquile, a los que han bajado del altiplano, y a los habitantes de esta ciudad; a todos llegue mi saludo lleno de afecto.

De modo especial quiero dar un gran abrazo a los campesinos quechuas de estas tierras que, desde tiempos inmemoriales, cultivan con esfuerzo los campos que nos rodean. Saludo también con particular afecto a cuantos se dedican a promover la salud y la educación de sus conciudadanos.

2. La liturgia de hoy pone ante nuestros ojos la figura del buen samaritano. Conocemos bien esta parábola que nos narra el evangelista San Lucas  (cf. Lc 10, 29-37).

En esta parábola del Señor, el buen samaritano se distingue claramente de otras dos personas –una de ellas un sacerdote y la otra un levita– que, recorriendo el mismo camino de Jerusalén a Jericó, se cruzan con el hombre asaltado por los malhechores. Ninguno de los dos se detiene ante aquel pobre desdichado, víctima de los ladrones sino que al verlo dan un rodeo y pasan de largo (cf. Ibíd. 10, 31-32).  Un samaritano, en cambio, refiere San Lucas, “llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima” (Ibíd. 10, 33),  es decir, siente compasión. El desdichado lo necesitaba, porque no sólo había sido despojado, sino también tan herido que había quedado junto al camino medio muerto.

El samaritano –al contrario de los otros dos que habían pasado anteriormente junto al herido– no lo abandonó, sino que “se le acercó, le vendó las heridas..., lo llevó a una posada y lo cuidó” (Ibíd. 10, 34).  Y cuando tuvo que proseguir su viaje, lo dejó al cuidado del dueño de la posada, comprometiéndose a pagar cualquier gasto que fuese necesario.

¡Qué elocuente es esta parábola! Porque, aunque Jesús sitúe el relato en el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí, en tierra boliviana! Y, ciertamente, se habrá repetido más de una vez.

3. El Señor Jesús quería aclarar con esta parábola la dificultad que le había planteado un letrado: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29).  Después de escuchar el relato de Jesús, su interlocutor ya no encuentra ningún obstáculo para indicar quién era el que se había comportado como verdadero prójimo. Evidentemente es el samaritano, aquel que ha tenido compasión de otro hombre en la desgracia, aunque fuera un extraño y desconocido. Jesús le dice entonces: “Anda, haz tú lo mismo”. Con otras palabras el Apóstol Santiago pone de relieve la necesidad de la actitud del buen samaritano cuando escribe en su epístola: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil” (St 2, 14. 17. 20). 

Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo.

4. La Palabra de Dios nos plantea a nosotros, los creyentes, en la liturgia de hoy, una pregunta fundamental: ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?

Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe. Sabemos que Cristo dirá a cada uno en el día del juicio: Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mi me lo hicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteis de hacer (cf. Mt 25, 40-45). Exactamente igual que en la parábola del buen samaritano.

Esto mismo hemos oído en la Epístola de Santiago: Si «un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y... uno de vosotros les dice: “Dios os ampare, abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve?...; la fe sin las obras es inútil» (St 2, 15-16. 20). 

Volvamos a preguntarnos: ¿Da fruto nuestra fe?, ¿está viva?, ¿es una “fe que obra por la caridad”? (Ga 5, 6).

5. La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. “Enséñame tu fe sin obras –acabamos de escuchar– y yo, por las obras, te probaré mi fe” (St 2, 18).  Probaréis vuestra fe con esas obras que sirven para aliviar el sufrimiento físico –la enfermedad, el hambre, la desnudez, la falta de techo– y el sufrimiento moral –hambre de educación, de comprensión, de consuelo–.

Este conjunto de circunstancias, presentes siempre en la vida, son ocasión no sólo para dar a los demás lo que uno tiene, sino también para entregarles lo que uno es, con un compromiso total. Cristo –el Buen Samaritano por excelencia, que cargó sobre Sí nuestros dolores–  (cf. Is 53, 4) seguirá actuando así a través de unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una vocación de servicio. A todos nos ha dicho el Señor: “Amarás... a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27). 

6. Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado. El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás. El verdadero bien que habéis de buscar siempre en el trabajo es el bien para los demás, el servicio al prójimo.

Sin embargo, para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud del buen samaritano.

Por desgracia, el dolor, la enfermedad, es algo que afecta a muchas personas en Bolivia. La desnutrición, el alto índice de mortalidad infantil, el mal de Chagas, el bocio y tantas otras dolencias, a la par que la falta de agua corriente y de otras condiciones sanitarias elementales, afectan a muchos hogares bolivianos. Los niños, esperanza de vuestra patria, son con frecuencia los más afectados. Resolver esta situación es un desafío para todos; pues, como escribía en la Carta Apostólica “Salvifici Doloris”: “La revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del dolor no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad” (Salvifici Doloris, 30). 

Dios quiere contar con nuestra colaboración para resolver esos problemas. Alabo y expreso mi gratitud a cuantos dedican sus conocimientos y esfuerzos a curar las enfermedades y dolencias de la población boliviana: médicos, enfermeras y enfermeros, asistentes sociales, religiosos y religiosas, y voluntarios laicos. Vosotros realizáis un trabajo que el Señor elogia en el buen samaritano: “Al verle..., acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10, 33-34).  Seguid viendo en los enfermos al mismo Cristo (cf. Mt 25, 40-45).  No dejéis que la rutina cosifique vuestro trabajo y os haga insensibles al sufrimiento. Compensad la falta de medios con vuestro amor, vuestra disponibilidad y vuestro ingenio. Mejorad vuestra entrega a los demás con un constante perfeccionamiento técnico y científico. Y, sobre todo, ayudad siempre a los enfermos a comprender el significado del dolor dentro del plan salvífico de Dios.

No olvidéis nunca que el auténtico amor al prójimo es inseparable del amor a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas (cf. Lc 10, 27). La oración y la frecuencia de los sacramentos –especialmente la Penitencia y la Eucaristía– os darán la fortaleza necesaria para llevar adelante vuestro compromiso con los que sufren. Y, con esa fuerza, ayudaréis a los enfermos a permanecer unidos a Dios acercándoles a los sacramentos, a través de los cuales nos llega constantemente la gracia de Cristo.

7. «Al día siguiente –continúa la parábola del buen samaritano– sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”» (Lc 10, 36).

Las evidentes carencias sanitarias de poblaciones enteras, particularmente afectadas, han traído la atención de instituciones nacionales e internacionales, privadas y públicas, eclesiásticas y civiles, que, a ejemplo del buen samaritano, han querido contribuir a la curación del prójimo necesitado. Mas vuestra actitud, amadísimos bolivianos, no debe limitarse a distribuir la ayuda que obtenéis de fuera o de las grandes ciudades, sino que debe encaminarse a promover una solidaridad activa de todos, también de los propios interesados, haciendo que se conviertan, como hombres libres y responsables, en los primeros gestores de su propia promoción. Debéis poner entre vuestros objetivos prioritarios la educación sanitaria: han de ser cada vez más los que se aparten de las lacras que tanto afectan a la propia salud y a la de sus hijos, como por ejemplo la bebida; y los que adquieran hábitos de aseo e higiene, siempre posibles aun en situaciones de extrema pobreza. En ocasiones será también posible aprovechar las medicinas nativas, integrándolas con las técnicas modernas.

No caigáis nunca en la lamentable tentación de pensar que la solución de los problemas está en la eliminación de nuevas vidas mediante métodos prohibidos de control de la natalidad, o mediante la esterilización o el aborto. No cedáis al chantaje moral de quienes supeditan la ayuda sanitaria y material a planes ilícitos de limitación de la natalidad.

El esfuerzo de personas particulares y de instituciones debe integrarse y complementarse con el de las autoridades a todos los niveles. En efecto, el cuidado de la salud colectiva es uno de los primeros deberes de los gobernantes y una indispensable inversión a largo plazo.

8. Pero el hombre, criado a imagen y semejanza de Dios, no sufre sólo por causas físicas: la principal causa del dolor es el mal moral. Son muchos los que acuden al Señor para pedirle los cure de sus enfermedades, pero acaso son pocos los que le preguntan, como el letrado del Evangelio de hoy: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10, 25).  También en las almas hay hambre de verdad, como en los cuerpos hay hambre de pan. El bienestar físico debe servir al progreso de toda la persona y, por tanto al desarrollo de la inteligencia, que alcanza su cumbre más elevada en el conocimiento de Dios. Mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, advierte en la Encíclica Populorum Progressio que “la educación básica es el primer objetivo de un plan de desarrollo”(Populorum Progressio, 36),  y vuestros obispos señalaron hace ya varios años que los problemas educacionales de vuestro país son, a la vez, un drama y un reto (cf. Obispos bolivianos, Epistula pastoralis, 1971). 

La educación –como nos recuerda el Concilio Vaticano II– a la vez que respeta el carácter propio de cada pueblo, debe “proporcionar los medios oportunos para participar en la vida comunitaria, adscribiéndose activamente a los diversos grupos sociales y prestar su colaboración al logro del bien común” (Gravissimum Educationis, 1). 

Esta recomendación conciliar cobra particular importancia en el caso de la educación campesina. Habrá que conjugar el respeto de la cultura tradicional con la adquisición de conocimientos y técnicas propias del mundo contemporáneo. Se evitará de esta forma, por una parte, el desarraigo y, por otra, una situación de inferioridad en el desempeño de las propias tareas y en los intercambios que exige el mundo actual.

9. La Iglesia, aquí en Bolivia como en todo el mundo, ha desempeñado un papel importante en esta tarea. Me complace señalar como ejemplo y rendir homenaje a tantas iniciativas en el campo de la educación que, de manera paciente y constante, impulsan este desarrollo desde hace ya muchos años. Me refiero a las Escuelas de Cristo de Fray José Zampa, la obra educacional salesiana, las escuelas parroquiales del Campo, Fe y Alegría, y tantas otras acciones admirables, apoyadas por el esfuerzo de la comisión episcopal de Educación.

Toda esta labor educativa no sería posible sin el sacrificio silencioso y anónimo de tantos educadores, y el aporte de los maestros de escuelas fiscales, de las organizaciones populares, del magisterio organizado y de tantas iniciativas de educación no formal, de alfabetización y capacitación de adultos, de aprovechamiento de la rica pluralidad cultural y regional de este país.

A todos, y por todo, os agradezco en nombre del Señor el trabajo que realizáis, y os hago llegar mi más ferviente aliento e invitación a continuar realizando esta meritoria labor con esa sabiduría que viene de lo alto y que “es –debe ser–, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía” (St 3, 17). 

10. “Dichoso quien teme al Señor / y ama de corazón sus mandatos. / Su linaje será poderoso en la tierra” (Sal 112 [111], 1-2). 

Dichoso el que, en cualquier trabajo, busca de corazón a Dios. Dichoso el que, en el ejercicio de cualquier profesión, busca el bien de los demás.

Quiero dirigirme ahora, desde esta tierra de Cochabamba, campesina por excelencia, a vosotros, campesinos quechuas, hombres del “linaje de bronce”, que desde tiempo inmemorial pobláis estos valles y estáis en las raíces de la nacionalidad boliviana; que habéis dado al mundo vuestros hallazgos alimenticios y medicinales como la papa, el maíz y la quinua. El Señor sigue acompañando con su ayuda vuestro trabajo. El cuida de las aves del cielo, de los lirios que nacen en el campo, de la hierba que brota de la tierra (Mt 6, 26-30).  Esta es la obra de Dios, que sabe que necesitamos del alimento que produce la tierra, esa realidad varia y expresiva que vuestros antepasados llamaron la “Pachamama” y que refleja la obra de la Providencia divina al ofrecernos sus dones para bien del hombre.

Tal es el sentido profundo de la presencia de Dios que debéis encontrar en vuestra relación con la tierra, que abarca para vosotros el territorio, el agua, el arroyo, el cerro, la ladera, la quebrada, los animales, las plantas y los árboles, porque tierra es toda la obra de la creación que Dios nos ha regalado. Por eso al contemplar la tierra, los cultivos que crecen, las plantas que maduran y los animales que nacen, levantad vuestro pensamiento al Dios de las alturas, el Dios creador del universo, que se nos ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Hermano y Salvador. Así podréis llegar hasta El, glorificarlo y darle gracias. “Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rm 1, 20). 

 “Dichoso el que... administra rectamente sus asuntos; el justo jamás vacilará” (Sal 112 [111], 5-6). Dichoso el que se esfuerza en su trabajo, a pesar de las dificultades del ambiente. Dichoso el que procura construir con su trabajo la civilización del amor.

11. Sabemos que, en cada Santa Misa, el sacerdote, al ofrecer el pan y el vino, pone sobre el altar aquello que es don de Dios y, al mismo tiempo, fruto del trabajo del hombre, y lo hace bendiciendo a Dios: “Bendito seas, Señor, Dios del universo”.

Sí, queridos hermanos y hermanas, Dios Creador y Padre nuestro nos permite unir cotidianamente el fruto del trabajo del hombre con el sacratísimo Sacrificio de su Hijo Unigénito: con el Señor en el Gólgota y en el Cenáculo. Este sacrificio inefable de nuestra fe debe convertirse para nosotros en la fuente de las obras que derivan de la fe: de las obras buenas y salvíficas.

Pido, junto con vosotros, que la tierra boliviana abunde en tales obras. Que abunden en ellas todos sus habitantes, la sociedad entera, en todos los campos de la vida y del trabajo. Que todos produzcan frutos para el bien común de todos.

Caminad par la senda del amor a los demás –por la senda del buen samaritano– hacia ese amor que es el mandamiento principal que nos dejó Cristo. Caminad hacia la salvación, y sabed que en ese camino encontraréis la felicidad.

“Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz” (St 3, 18). 

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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