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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS ROQUE GONZÁLEZ,
ALFONSO RODRÍGUEZ Y JUAN DEL CASTILLO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE GIOVANNI PAOLO II

Campo «Ñu Guazú» de Asunción (Paraguay)
Lunes 16 de mayo de 1988

 

 

“¡Señor, dueño nuestro, / qué admirable es tu nombre / en toda la tierra!” (Sal 8, 2). 

1. Hoy amadísimos hermanos y hermanas de Asunción y de todo Paraguay, es un día de fiesta grande para vuestro país y para toda la Iglesia. Como Sucesor del Apóstol Pedro, tengo la dicha de celebrar esta Eucaristía, en la que son elevados a los altares un hijo de esta querida ciudad de Asunción, el padre Roque González de Santa Cruz –primer santo de este queridísimo Paraguay–, y sus dos compañeros, los padres Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, nacidos en tierras de España, en Zamora el primero y en Belmonte (Cuenca) el segundo, los cuales, por amor a Dios y a los hombres, vertieron su sangre en tierras americanas.

Todos ellos gastaron su vida en cumplir el mandato de Cristo de anunciar su mensaje “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). La fuerza salvadora y liberadora del Evangelio se hizo vida en estos tres abnegados sacerdotes jesuitas que la Iglesia en este día presenta como modelos de evangelizadores. Su inquebrantable fe en Dios, alimentada en todo momento por una profunda vida interior, fue la gran fuerza que sostuvo a estos pioneros del Evangelio en tierras americanas. Su celo por las almas les llevó a hacer cuanto estuvo en sus manos por servir a los más pobres y abandonados. Todos sus encomiables trabajos en favor de aquellas poblaciones –tan necesitadas de ayuda espiritual y humana–, todas sus fatigas y sufrimientos tuvieron como único objetivo el transmitir el gran tesoro de que eran portadores: la fe en Jesucristo, salvador y liberador del hombre, vencedor del pecado y de la muerte.

Los Pastores y todo el Pueblo de Dios que vive en Paraguay, así como de las otras naciones hermanas de la cuenca del Plata, cuyos dignos representantes están entre nosotros, encontrarán en estos nuevos Santos modelos y guías seguros en su peregrinación hacia la Jerusalén, la patria celestial. El hecho mismo de ser venerados en todos los países del sur de este continente de la esperanza no solamente indica la vigencia de una fe que no conoce fronteras, sino que ha de estimularos a promover en estas naciones una conciencia cada vez más viva y operante del ideal cristiano de fraternidad, sobre la base de las comunes raíces religiosas, culturales y históricas.

2. “¡Señor, ...qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2),  repetimos con las palabras del Salmo.

Ensalzando el nombre de Dios, que nos ha enriquecido con estos modelos de evangelizadores, saludo a todos los aquí presentes y a todos los que habitan estas tierras paraguayas. Al señor arzobispo de esta querida arquidiócesis y a su obispo auxiliar, a todos los hermanos en el Episcopado del Paraguay y de los demás países vecinos que han querido unirse a nosotros en esta liturgia, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a las autoridades civiles y militares y a todos los amadísimos fieles. Saludo especialmente a los superiores de la Compañía de Jesús y a todos los hijos de San Ignacio de estas regiones.

Hace un momento, al solicitar oficialmente la canonización de los padres Roque González de Santa Cruz, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, se ha pasado en reseña su vida santa, así como los méritos y gracias celestiales con que el Señor quiso adornarlos. En ellos, y en presencia de los frutos que obtuvieron en sus tareas de difusión de la verdad cristiana y de promoción humana, reconocemos las señales auténticas de los apóstoles, cuya vida está sólidamente edificada en la imitación de Cristo.

3. “¡Señor, dueño nuestro, / que admirable es tu nombre / en toda la tierra!” (Sal 8, 2). 

“A imagen tuya creaste al hombre” («Prex Eucharistica»). 

“Lo hiciste poco inferior a los ángeles, / lo coronaste de gloria y dignidad; / le diste el mando sobre las obras de tus manos” (Sal 8, 6). 

Toda la creación canta alabanzas a Dios. Todas sus obras son motivo de acción de gracias. Y sobre todas destaca el hombre, “poco inferior a los ángeles”, el cual tiene el dominio sobre las obras de sus manos. El hombre, la criatura que puede alabar a Dios conscientemente, la que puede llegar a reconocerlo por las obras de sus manos cuando contempla “el cielo, ...la luna y las estrellas” (Ibíd. 4). 

Este hombre que fue creado por Dios “a imagen suya” (Gen 1, 27),  según su “semejanza” (Ibíd. 1, 26),  es, sin embargo, capaz de olvidarse de El y caer en el pecado, que es la peor de las esclavitudes. “Sumergido su pensamiento en las tinieblas y excluido de la vida de Dios (Ef 4, 18) –como dice San Pablo a los fieles de Efeso–, habiendo perdido el sentido moral, se entregan al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de impurezas” (Ef, 4, 19).  Es “el hombre viejo corrompido por deseos de placer” (Ibíd. 4, 22). 

4. Pero el mismo Apóstol añade: “Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir... a renovaros en la mente y en el espíritu” (Ibíd. 4, 22-23).  “Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre (Redemptor hominis, 10).  Sólo en Cristo “el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de la humanidad” (Ibíd.). 

Sabiéndose responsables en cuanto a la necesidad de custodiar la dignidad humana en aquel momento de la historia, el padre Roque González, el padre Alfonso Rodríguez, el padre Juan del Castillo y tantos otros cristianos, afrontaron el tremendo desafío que había supuesto el descubrimiento del llamado Nuevo Mundo. Convencidos de que el Evangelio es mensaje de amor y de libertad, procuraron dar a conocer “la verdad en Cristo Jesús” (Ef 4, 21)  a lo largo y a lo ancho de estas tierras. Respondiendo al llamado del Señor que los invitaba a hacer discípulos en todas las naciones, quisieron repetir a los pueblos recién conocidos las palabras de San Pablo a los Efesios:

“Dejad que el espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ibíd. 4, 24). 

5. En su afán de ganar almas para Cristo, el padre Roque y sus compañeros recorrieron todas estas tierras desde el estuario del Plata hasta las nacientes de los ríos Paraná y Uruguay, y hasta las sierras de Mbaracayú en el Alto Paraguay, afrontando todo tipo de incomodidades y peligros. Infatigables en la predicación, austeros en su vida personal, el amor a Cristo y a los indígenas les llevó a abrir caminos nuevos y levantar reducciones que facilitaran la difusión de la fe y aseguraran condiciones de vida dignas a sus hermanos. Itapúa, Santa Ana, Yaguapoá, Concepción, San Nicolás, San Javier, Yapeyú, Candelaria, Asunción del Yjuhí y Todos los Santos Caaró son nombres de lugares que han entrado en la historia de la mano de estos Santos. Lugares en que se promovió un auténtico desarrollo, que abarcó “la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad” (Sollicitudo rei socialis, 46). 

Toda la vida del padre Roque González de Santa Cruz y sus compañeros mártires estuvo marcada plenamente por el amor: amor a Dios y, por El, a todos los hombres, en especial a los más necesitados, a aquellos que no conocían la existencia de Cristo ni habían sido aún liberados por su gracia redentora.

Los frutos no se hicieron esperar. Como resultado de su acción misionera, muchos fueron abandonando los cultos paganos para abrirse a la luz de la verdadera fe. Los bautismos se sucedieron ininterrumpidamente y continuaron también después de su muerte hasta abarcar multitudes. Junto a la administración de los sacramentos ocupaba un lugar primordial la instrucción en las verdades de la fe expuesta sistemáticamente y de modo asequible a los oyentes. Floreció también la vida litúrgica –bautismos solemnes, procesiones eucarísticas– y toda una piedad popular enraizada en la doctrina: congregaciones marianas, fiestas patronales de San Ignacio, música sagrada...

6. Al mismo tiempo, la labor de los padres jesuitas hizo que aquellos pueblos guaraníes pasaran, en pocos años, de un estado de vida seminómada a una civilización singular, fruto del ingenio de misioneros y indígenas.

De este modo se puso en marcha un notable desarrollo urbano, agrícola y ganadero. Los nativos se iniciaron en la agricultura y en la ganadería. Florecieron los oficios y las artes, de lo cual dan testimonio todavía hoy tantos monumentos. Iglesias y escuelas, casas para las viudas y huérfanos, hospitales, cementerios, graneros, molinos, establos y otras obras y servicios civiles surgieron en pocos años en más de treinta villas y pueblos por toda vuestra geografía y por las regiones vecinas. Con la palabra y el ejemplo de tantos santos religiosos, los aborígenes se hicieron también pintores, escultores, músicos, artesanos y constructores. El sentido de solidaridad conseguido creó un sistema de tenencia de tierras que combinó la propiedad familiar con la comunitaria, asegurando la subsistencia de todos y el socorro de los más necesitados. Se navegaron y exploraron los grandes ríos. Se hicieron descubrimientos geográficos y científicos, y llegaron a incorporarse a la civilización y a la fe territorios inmensos.

Con la prudencia que da el vivir en Cristo y movido únicamente por los valores del Evangelio, el padre González de Santa Cruz supo ganarse el respeto y la consideración tanto de los caciques indígenas como de las autoridades europeas de Asunción y del Río de la Plata. Su sentido de justicia –vivido en primer lugar con Dios–, le llevó a elevar su voz en defensa de los derechos de los indios. Junto con otros muchos eclesiásticos de la región, consiguió eliminar el yaconazgo en esta parte del continente y mitigar los abusos de la encomienda. Se formó así una legislación ejemplar, en un clima de concordia y armonía, que posibilitó la fusión étnica y cultural característica de este país.

7. “¡Señor, dueño nuestro, / qué admirable es tu nombre / en toda la tierra! / Ensalzaste tu majestad sobre los cielos; / ...afirmas tu fortaleza / frente a tus adversarios, / para acabar con enemigos y rebeldes” (Sal 8, 2-3). 

La labor inmensa de estos hombres, toda esa labor evangelizadora de las reducciones guaraníticas, fue posible gracias a su unión con Dios. San Roque y sus compañeros siguieron el ejemplo de San Ignacio, plasmado en sus Constituciones: “Los medios que unen al instrumento con Dios y lo disponen a dejarse guiar por su mano divina son más eficaces que aquellos que lo disponen hacia los hombres” (San Ignacio de Loyola, Constitutiones Societatis Iesu, n. 813). 

Por eso, estos nuevos santos vivieron en aquella “familiaridad con Dios, nuestro Señor” (Ibíd.),  que su fundador quería como característica del jesuita. Fundamentaron así, día a día, su trabajo en la oración, sin dejarla por ningún motivo. “Por más ocupaciones que hayamos tenido –escribía el padre Roque en 1613–, jamás hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder” (Epist., 8 de octubre de 1613). 

8. La liturgia del día de hoy nos lleva, queridos hermanos y hermanas, al Cenáculo, donde escuchamos aquellas palabras de Cristo: “Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado... En esto conocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 34-35). 

San Juan nos ha transmitido también estas otras palabras de Cristo: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Ibíd. 15, 13).  Ellas nos dan la clave para entender la vida cristiana capaz de inmolarse con el martirio. Por eso, debemos amarnos los unos a los otros, teniendo como modelo el amor de Cristo a los hombres. Las páginas del Evangelio están llenas de este amor. Grandes y pequeños, sabios y ignorantes, hombres con posesiones y otros que no tenían nada, justos y pecadores, hallaron siempre acogida bondadosa en el corazón de Cristo. Clavado en la cruz, poco antes de entregar su vida, dio el testimonio postrero de amor perdonando a quienes lo crucificaron (cf. Lc 23. 34).  El Apóstol Juan, discípulo amado, nos legó en su Evangelio el mandamiento nuevo del Señor, subrayando cuál es la mayor prueba de amor (cf. Jn 15, 12.13). 

El padre Roque González de Santa Cruz y sus compañeros mártires habían entendido y experimentado, sin duda, esta enseñanza. Por eso, fueron capaces de abandonar la vida tranquila del hogar paterno, el ambiente y las actividades que les eran familiares, para mostrar la grandeza del amor a Dios y a los hermanos. Ni los obstáculos de una naturaleza agreste, ni las incomprensiones de los hombres, ni los ataques de quienes veían en su acción evangelizadora un peligro para sus propios intereses, fueron capaces de atemorizar a estos campeones de la fe. Su entrega sin reservas los llevó hasta el martirio. Una muerte cruenta que ellos nunca buscaron con gestos de arrogante desafío. Siguiendo las huellas de los grandes evangelizadores, fueron humildes en su perseverancia y fieles a su compromiso misionero. Aceptaron el martirio porque su amor, levantado sobre una robusta fe y una invicta esperanza, no podía sucumbir ni siquiera ante los duros golpes de sus verdugos. Así, como testigos del mandamiento nuevo de Jesús, dieron prueba con su muerte de la grandeza de su amor.

9. El corazón incorrupto del padre Roque González de Santa Cruz constituye una imagen elocuente del amor cristiano, capaz de superar todos los límites humanos, hasta los de la muerte. Hoy, día de su canonización, el padre Roque González de Santa Cruz se hace presente de una manera especial entre vosotros. Es no sólo un paraguayo, sino un hijo de vuestra ciudad, de Asunción, párroco de vuestra catedral, jesuita ejemplar, amadísimo de vuestro pueblo. El vuelve hasta vosotros y os habla otra vez:

– para exhortaros a conservar viva vuestra fe; aquella fe en Cristo que los nuevos Santos transmitieron con su vida y hicieron fecunda con su sangre;

– para alentaros a hacer que esta fe sea verdaderamente operativa. Que vuestro amor a Dios fructifique en un amor al prójimo capaz de abatir todas las barreras de división y crear un sentido de verdadera solidaridad y de caridad en el Paraguay de hoy;

– para invitaros a ser fieles a las más genuinas tradiciones culturales de vuestro pueblo y de vuestra tierra, impregnadas del sentido de auténtica religiosidad cristiana;

– para daros ejemplo de amor a la Virgen María, que os guiará en vuestra vida como guió los pasos de San Roque en su peregrinación apostólica entre vosotros.

Católicos de Asunción y de todo el Paraguay: No cerréis vuestros oídos a esta voz. Es el primer Santo de vuestro país. El se ha quedado aquí, entre vosotros, como señal de su amor sin límites. ¡Que sus fatigas no sean vanas! ¡Dad a su corazón la alegría de ver que os amáis como Cristo nos ha amado!

10. “Hijos míos –dice Jesús a sus discípulos en el Cenáculo– ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Me buscaréis... pero a donde yo voy, vosotros no podéis venir” (Jn 13, 33). “En la casa del Padre hay muchas mansiones; ...voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Ibid. 14, 2-3). 

Cristo nos ha abierto las puertas del cielo. El es el primogénito de los muertos y el primero de los que resucitan. La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, tiene ya su Cabeza en el cielo y, con Cristo, están ya muchos de sus miembros. Es la Iglesia triunfante, descrita por San Juan en el Apocalipsis:

“Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.... Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos” (Ap 21, 2-3). 

Allí, gozando de la visión de Dios, están todos los que abandonaron “el anterior modo de vivir”(Ef 4, 22), de que nos habla San Pablo y que han seguido su consejo: “Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ibíd. 4, 24). Allí están todos aquellos a los que el Señor, como justo Juez, dirá: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34). Todos aquellos que han seguido el “angosto camino que lleva a la vida” (Ibíd. 7, 14),  desechando “la entrada ancha y el camino espacioso que lleva a la perdición” (Ibíd. 7, 13). 

11. Entre todos los que gozan ya de la visión de Dios, la Iglesia canoniza a algunos, proponiéndolos como modelos de santidad para todos los cristianos. Cada vez que esto ocurre, toda la Iglesia se llena de alegría porque uno de sus hijos ha conseguido el premio prometido por Cristo. Siempre que esto ocurre, cada cristiano se llena de esperanza, porque un hermano suyo –con todas las limitaciones de la naturaleza humana– ha “llegado a la meta en la carrera” (2 Tm 4, 7),  ha “conservado la fe” (Ibíd.). 

Esta canonización de tres mártires jesuitas es también un motivo de sano orgullo para toda la Compañía de Jesús. Roque González se encuentra entre los primeros jesuitas del nuevo continente, y Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo pertenecen a aquel grupo de hombres generosos que, respondiendo a la llamada de Jesús para incorporarse a su compañía, llevaron a Cristo por todo el mundo.

12. “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre / en toda la tierra!” (Sal 8 , 2). 

La Virgen es, para nosotros, modelo de santidad. San Roque González de Santa Cruz, San Alfonso Rodríguez y San Juan del Castillo, como San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, fueron ejemplo de ferviente devoción a la Santísima Virgen –a la que invocaban como Virgen Conquistadora– en su anhelo por conquistar almas para Dios. La fe de vuestro pueblo y el celo de los primeros evangelizadores han dejado un elocuente testimonio de devoción a María en la multitud de advocaciones marianas que pueblan vuestra geografía y las regiones limítrofes. Sin aquella acendrada piedad y prácticas marianas, particularmente el rezo del Santo Rosario, no hubieran sido tan abundantes los frutos apostólicos por los que hoy damos gracias a Dios.

Que la intercesión de la Virgen de los Milagros de Caacupé nos obtenga la fidelidad a su Hijo para que, finalmente, todos entremos en la nueva Jerusalén, donde ya “no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Ap 21, 4). 

“Vi la ciudad santa” (Ibíd. 21, 2),  la morada de Dios con los hombres. “Ellos serán mi pueblo y Dios estará con ellos” (Ibíd. 21, 3). “Un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ibíd. 21, 1), “porque el primer mundo ha pasado”(Ibíd. 21, 4). 

Así sea.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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