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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

SANTA MISA PARA LOS AGRICULTORES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Villarrica, Paraguay
 Martes 17 de mayo de 1988

 

“El reino de Dios es como un hombre que echa simiente en la tierra” (Mc 4, 26).

1. Después de escuchar estas palabras de la parábola de Cristo, tan evocadoras para todos los presentes, saludo cordialmente y doy la bienvenida a todos los que participáis hoy en esta Eucaristía: al obispo de esta diócesis, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a autoridades y a todas las familias; a los pobladores de estas tierras y a los habitantes de esta hermosa ciudad de Villarrica; así como a los venidos de lugares tan lejanos como Concepción, a quienes saludo con particular afecto, de Pedro Juan Caballero, San Pedro, Hernandarias, Puerto Presidente Stroessner; o de sitios más cercanos, como Caaguazú, Arroyos y Esteros, Caazapá y San Juan Bautista de las Misiones. Dirijo un saludo particular al Pastor, clero y fieles de la diócesis Coronel Oviedo. Pero, sobre todo, deseo dirigirme a vosotros, queridos hermanos y hermanas agricultores:

Che corazóité güivé, po mo maitei opaité chokokué mba’apó hara pe (De todo corazón os saludo a todos vosotros campesinos, trabajadores de la tierra).

2. Vosotros y vuestras familias sabéis lo que significa sembrar la semilla en la tierra. Intuís quizá mejor que nadie, gracias a la propia experiencia, lo que Cristo quiere decir con la parábola del sembrador. Sabéis también que, “de noche y de día, la semilla germina y va creciendo”(Mc 4, 27) , mientras el hombre que la ha sembrado duerme o vela. La semilla crece y él mismo no sabe cómo. Es la tierra la que “va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano” (Ibíd. 4, 28). 

Cristo habla de la tierra que produce el fruto por si sola; pero al mismo tiempo se refiere al trabajo desarrollado por el hombre. En efecto, el campesino después de haber realizado su trabajo como sembrador de la semilla, queda a la espera de poder continuarlo recogiendo la cosecha. “Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Ibíd. 4, 29). 

3. Las palabras de Jesús indican la semejanza entre vuestro trabajo en los campos y el misterio del reino de Dios. Por eso se os invita a que, mientras estáis trabajando, os esforcéis en encontrar este reino al cual todos somos llamados por Dios en Jesucristo. Pues dice el Profeta: “Buscad al Señor mientras está cerca”(Is 55, 6). El trabajo en los campos y el contacto con la naturaleza crean unas condiciones favorables para que el hombre pueda acercarse mejor a su Creador.

El hombre, desde el principio, fue llamado por Dios para “someter la tierra y dominarla” (Gen 1, 28). Por eso el trabajo del campo es el primero que se le encomienda, como leemos en el Génesis: “Tomó Yavhé al hombre y le dejó en el jardín del Edén para que lo labrase y cuidase” (Ibíd. 2, 15). Era un trabajo sencillo y placentero, ya que el Creador había confiado al cuidado de hombre “toda hierba de semilla que existe sobre la faz de la tierra y todo árbol que lleva fruto de semilla” (Ibíd. 1, 29), y en el jardín del Edén, el mismo Dios había hecho “brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida” (Ibíd. 2, 9). 

En este relato “aparece ya inscrita esta verdad fundamental: el hombre, creado a imagen de Dios, participa en la obra del Creador mediante su trabajo: es colaborador de su Creador” (Laborem exercens, 25).  Y esta verdad, que se refiere a cualquier trabajo humano, por insignificante que parezca, se aplica de una manera especial en los trabajos del campo.

4. ¡Cómo no recordar aquí tantas expresiones salidas de los labios de Cristo! ¡La frecuencia con que compara el reino de los cielos a fenómenos hechos o labores que podemos contemplar casi a diario en la naturaleza! ¡El conocimiento de las faenas agrícolas que revelan sus ejemplos!

Jesús habla del labrador, de la siembra y la siega (cf. Mc 4, 26-29), de los lirios del campos y de los pájaros (cf. Ibíd. 6, 25-34), de la cizaña y el trigo (cf. Mt 13, 24-30), del vino y del aceite (cf. Lc 16, 1-12).  Se compara a Sí mismo con la vid verdadera y a su Padre con el viñador (Jn 15, 1).  Y, sin embargo, ¡qué lejos quedan para algunos todas sus enseñanzas! Se diría que, a medida que progresan en el sometimiento y dominio de la tierra, se van olvidando cada vez más de Dios, Creador de ella y de cuanto contiene.

“El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue” (Mt 13, 24-25). 

En este campo sembrado, que se refiere a la vida, don de Dios para cada uno de nosotros, aparece con frecuencia la cizaña, esparcida aquí y allá por el enemigo. En efecto, vosotros sabéis bien cuáles son las consecuencias del pecado original. Habéis experimentado la profunda verdad que encierran aquellas palabras del Génesis: “Con fatiga sacarás... el alimento, todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Gen 3, 17-19)  ¡Cuánto trabajo para que la simiente echada en tierra fructifique abundantemente! Limpiar la maleza, desmontar, encauzar las aguas, luchar contra las plagas, todas esas tareas exigen vuestra dedicación antes de la cosecha. ¡Cuánta fatiga! ¡Cuántas preocupaciones y incertidumbres ante el presente y ante el futuro!

Porque, si bien es cierto que esta fertilísima tierra que Dios os ha dado premia abundantemente vuestros esfuerzos, cuántas veces los que trabajan no pueden gozar de sus frutos. La falta de paz y tranquilidad ante la incertidumbre por el futuro familiar o el carecer de un adecuado sistema de previsión social; la intransigencia en cuanto a salarios y contrataciones injustas se refiere y hasta los escollos que hay que superar para acceder a la propiedad, son algunas de las modernas espinas y abrojos que aumentan las ya difíciles condiciones de vuestro trabajo. A todo esto se añaden, después, nuevos problemas: la comercialización de vuestros productos, los precios regulados desde las ciudades, las cuestiones de política comercial a nivel nacional y internacional; en resumen: los intereses de tantos que, no teniendo en cuenta las exigencias del bien común ni las necesidades cada día más insoslayables de los campesinos, ponen ante sí como única meta la ganancia a toda costa.

Muchos centran todo su afán en acumular el mayor número de bienes y consideran el derecho a la propiedad como algo absoluto, olvidando que está “subordinado al derecho de uso común, al destino universal de los bienes” (Laborem exercens, 14),  A este respecto olvidan aquella advertencia del Apóstol Santiago: “El salario que no habéis pagado a los obreros que laboraron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos” (St 5, 4);  pues se comportan como si nunca tuvieran que dar cuenta a Dios de su administración (cf. Lc 16, 2). 

5. La solución de tan numerosos problemas del campo requiere la colaboración solidaria de todos los sectores de la sociedad. Hoy día el trabajo agrícola moderno está vinculado también a las ciudades, donde pueden entorpecer o, al contrario, perfeccionarse los mecanismos económicos y jurídicos sin los cuales la producción del campo, por abundante que sea, seguirá beneficiando principalmente a unos pocos.

Por un sentimiento de solidaridad y más aún por un deber de justicia, las autoridades públicas y todos aquellos cuya actividad empresarial o profesional se relaciona directa o indirectamente con el campo, deben sentirse obligadas a buscar una solución a los conflictos que la sociedad campesina de vuestra tierra presenta en la actualidad. El desarrollo progresivo de la industria, el comercio y los servicios no deben gravar indebidamente sobre el mundo agrícola. A su vez, los incrementos de productividad conseguidos en la agricultura, la ganadería y los bosques deben revertir en retribuciones justas y en la mejora de la calidad de vida de todos los trabajadores y de sus familias.

Los pequeños productores independientes debieran contar sin contrastes de ninguna índole con la posibilidad de acceder libremente a sistemas de comercialización y transformación que no les perjudiquen. Por último, es de desear que se arbitren las medidas oportunas para que cada vez sean más los que tengan acceso a la propiedad de la tierra que trabajan: esto será sin duda alguna una garantía de desarrollo y estabilidad social.

Los valores propios de vuestro carácter paraguayo –amistad generosa, prontitud para compartir, solidaridad con los necesitados, amor a la familia y sentido trascendente de la existencia– están hondamente enraizados en la vida y en el trabajo agrícola. Esto debe llevar a todos los habitantes de este país a sentir personalmente los problemas y necesidades de los hombres del campo.

Chokokué mba’apo hara rupí, imbaretévaerá opa ara ko pe ne retá Paraguay. (Gracias a los campesinos se hará grande y fuerte esta patria vuestra que es el Paraguay).

6. “Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros” (Is 55, 9). 

Dios sigue confiando en el hombre; por eso el pecado y sus consecuencias no anulan el mandato del Creador: “Someted la tierra y dominadla” (Gen 1, 28). Cristo anuncia y realiza mediante toda su vida un auténtico “Evangelio del trabajo”. El trabajo físico, además de ser un modo directo aunque no el único, de participar en la obra creadora de Dios-Padre, está llamado a ser una forma de colaboración con Dios-Hijo en la redención de la humanidad. Pues vuestra fatiga, queridos campesinos, vuestros sudores, vuestras inquietudes, no son algo inútil. Son la cruz de cada día para vosotros: Cristo quiere que le ayudéis a llevar la cruz, que seáis para El como otro cirineo, “que venía del campo” (Mc 15, 21)  y cargó sobre sus hombros la cruz que llevaba Cristo.

Pero no penséis que ayudar a Cristo a llevar la cruz a través del trabajo significa simplemente aceptar con resignación las dificultades con que os encontráis. Sabéis por experiencia que el cultivo de la tierra es un continuo desafío, pues hay que considerar y sortear un conjunto de elementos naturales a la vez que superar tantos obstáculos. Igualmente no es del todo equivocado pensar que la solución al menos parcial de muchos problemas que os aquejan, depende también de vosotros. Debéis vivir la solidaridad entre vosotros, porque la solidaridad es una virtud cristiana que dimana de la caridad, signo distintivo de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35) y, por tanto, signo de unión con su cruz (Sollicitudo rei socialis, 40). 

Al mismo tiempo los horizontes de una efectiva solidaridad entre vosotros son inmensos, como son ilimitadas las exigencias del amor. Pues la colaboración consciente y sumisa con Dios a través de vuestro trabajo implica no sólo poner todo el empeño en cultivar vuestras chacras y parcelas, sino también aportar toda vuestra imaginación, inteligencia y esfuerzo para una fecunda labor en común. Dios quiere ayudaros, pero espera vuestra decidida correspondencia a su iniciativa. Si no la dierais, no estaríais viviendo plenamente como hijos suyos y, sin daros cuenta, estaríais cediendo a la pereza y al conformismo. Muchas veces el anhelo de soluciones absolutas realizadas por otros puede ocultar la huida del esfuerzo diario y inteligente.

Ayeruré ñandeyára ha tupasyme to me’e peéme fe, esperanza y caridad pe mba’apó haguá hekope, ñepytyvó yoaitépe, ha pe moi hagua pende atiyre, Jesucristo kurhzuicha, opaité pe ne quebranto ha pe ne mba’e rembipotá. (Pido a Dios y a la Virgen María que os otorgue fe, esperanza y caridad para que trabajéis con acuerdo, en estrecha solidaridad, como cristianos, unos con otros, y para que pongáis sobre los hombros, como la cruz de Cristo, todos vuestros quebrantos y todos vuestros grandes deseos).

7. “Buscad a Dios mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca” (Is 55, 6) 

Buscad a Dios en vuestro trabajo, en las circunstancias de la vida diaria. Buscadlo desde que os levantéis –muchas veces antes de que aparezcan los primeros rayos de sol– hasta que, quizá rendidos por el trabajo, os concedáis el merecido descanso. Buscad a Dios en el trabajo bien hecho, para poder ofrecerle algo que sea digno de El: lo mejor de vuestras energías.

En la celebración de la Misa el sacerdote ofrece el pan, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, y el vino, “fruto de la vid y del trabajo del hombre”. Junto a ese pan y ese vino podéis ofrecer todo vuestro día y vuestras vidas: el trabajo y el descanso, el sueño y la vigilia, las tristezas y las alegrías. Todo esto, unido al sacrificio de Cristo en la cruz, adquiere su valor más profundo, un valor corredentor.

“Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55, 8), dice Dios por boca del Profeta Isaías. Cuando se pierde la visión cristiana del trabajo, los planes del hombre ya no son conformes a los planes de Dios; los caminos del hombre no son los caminos de Dios.

Pero, sigue diciendo el Profeta: “Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes, que regrese al Señor, y El tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en misericordia” (Ibíd. 55, 7). 

El Señor os está esperando siempre. Dios, “rico en misericordia” está siempre dispuesto a ayudarnos. Pero, para que esta “piedad divina” sea de veras fuente de paz para los espíritus, hay que regresar “al Señor”: el hombre ha de abandonar “su camino” y entrar por “los caminos” de Dios. El alma de toda persona, al igual que la “tierra buena” (Mt 13, 8) necesita continuos cuidados para dar fruto. Hay que sembrar en ella la simiente de la Palabra de Dios; hay que regarla frecuentemente con los sacramentos que infunden la gracia –especialmente con la penitencia y la Eucaristía–; hay que quitar la maleza de las pasiones desviadas. Habéis de cultivar vuestra alma –y las almas de vuestros hijos– incluso con más cariño que el que ponéis en cultivar la tierra: es vuestra alabanza más importante y la que os dará más fruto. No podéis estar nunca “caigüe” –flojos ni perezosos– para las cosas de Dios.

8. “El reino de Dios es como... un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas” (Mc 4, 26. 31-32). 

Todo cristiano está llamado a contribuir con su vida y con su trabajo al crecimiento del reino de Dios sobre la tierra. En el Evangelio de hoy también se compara el reino con el grano de mostaza. En esta parábola podemos ver también una semejanza con el crecimiento de la Iglesia, la cual, desde sus modestos comienzos, se fue extendiendo por tantos pueblos, naciones y países. En vuestra patria este proceso, iniciado hace ya casi cinco siglos, tuvo características tan singulares como la misma fecundidad de vuestros campos y bosques.

El Señor quiso que los pueblos guaraníes fueses la “tierra buena” para la “semilla” de la Palabra divina. Desde el comienzo mismo de la fundación de Nuestra Señora de la Asunción, en 1537, los misioneros pudieron realizar una extensa y intensa labor gracias a la buena disposición de los nativos para aprender las cosas divinas y humanas. El Paraguay llegó a ser un foco importante de evangelización y civilización, que ganó merecidamente para vuestra ciudad el título de “Madre de ciudades”. Antes de que transcurriera un siglo desde aquella fundación, los asunceños criollos y guaraníes habían llevado la fe y el desarrollo desde los lejanos ríos amazónicos hasta los Andes en el sur. En esos primeros siglos, sacerdotes, religiosos y catequistas mostraron al mundo el poder del Evangelio cuando su semilla cae en “tierra buena”. Vuestra fe creció y se hizo robusta como vuestros tayis y ibirápytás, y dio ya frutos de santidad como San Roque González de Santa Cruz, manteniéndose firme a pesar de las adversidades que tuvo que sufrir vuestro pueblo.

9. Ahora os corresponde a vosotros continuar esa labor hasta conseguir que aquella pequeña semilla (cf. Mc 4, 31), produzca “ramas tan grandes que las aves del cielo puedan anidar en su sombra” (Ibíd 4, 32). Esto es misión de toda la Iglesia, dentro de la cual la tarea de los laicos ocupa un puesto destacado. Sois vosotros, queridos seglares, quienes habéis de llenar de sentido cristiano toda actividad temporal: el campo y la ciudad, la industria y el comercio, la política, la cultura y toda la vida social. Esa es vuestra misión: “impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (Apostolicam actuositatem, 5).  Al laico que siente vivamente en su interior la necesidad del apostolado se le pueden aplicar las palabras del Profeta: “A él lo hice testigo para los pueblos” (Is 55, 4). Vosotros laicos, debéis ejercer esta hermosa tarea, en primer lugar, con la coherencia de vuestra vidatestimonio de la presencia de Cristo entre los hombres–, de modo que viendo “vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 55, 10-11). 

10. La Palabra de Dios en la liturgia de hoy se refiere de modo particular a cuantos trabajáis en el campo. Así leemos en el libro del Profeta Isaías:

“Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra... así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía” (Is 55, 10-11). 

Isaías habla de la fertilidad de la tierra, que depende incluso de las lluvias. La gente que trabaja en el campo sabe cuán importante es lo que nos ha dicho el Profeta. Además de la fertilidad de la tierra, la liturgia de hoy nos hace pensar en la fertilidad de las almas. Cuando desciende sobre ellas la Palabra de Dios, igual que cae la lluvia sobre la tierra, es de esperar que esta Palabra produzca los frutos adecuados.

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Todos vosotros, que hoy escucháis al Sucesor del Apóstol Pedro y, particularmente vosotros, que trabajáis en los campos! Ruego fervientemente a Cristo, Buen Pastor, para que esta palabra que he podido pronunciar ante vosotros no quede “infructuosa”, sino que produzca mucho fruto en vuestra vida y en toda la sociedad paraguaya.

“Buscad al Señor..., invocadlo mientras está cerca.... Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes” (Ibíd. 55, 6-9).  Amén.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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