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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS
 CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

SANTA MISA EN EL MONTE DEL GOZO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 20 de agosto de 1989

 

1. «Vendrán pueblos y habitantes de grandes ciudades, y los de una ciudad irán a otra, diciendo: Vayamos a implorar al Señor, a consultar al Señor de los ejércitos» (Za 8, 20-21).

¡Saludo cordialmente a todos los presentes!

¡Habitantes de numerosas ciudades! ¡Representantes de muchos pueblos y naciones! Llegados aquí no sólo de Galicia, de España entera, de toda Europa, desde el Atlántico hasta los Urales, sino también de América del Norte y de América Latina, del Oriente Medio, de África, de Asia y de Oceanía.

Asimismo me es grato saladar a los jóvenes que han venido de tantas comunidades parroquiales y diocesanas, movimientos y grupos de la Iglesia de Dios.

Saludo a los jóvenes presentes en esta celebración eucarística y a todos vuestros coetáneos, dondequiera que se encuentren.

Os he invitado a esta peregrinación con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud del Año del Señor 1989. Os agradezco vivamente vuestra presencia.

2. Este lagar está unido a la memoria del Apóstol de Jesucristo. Uno de los dos hermanos Zebedeos: Santiago, hermano de Juan. Por el Evangelio conocemos el nombre de su padre y conocemos también a su madre. Sabemos que ella intervino ante Jesús en favor de sus hijos: «que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» (Mt 20, 21).

La madre se preocupó por asegurar el futuro de sus hijos. Observaba todo lo que Jesús hacía: había visto el poder divino que acompañaba a su misión. Creía ciertamente que El era el Mesías anunciado por los profetas. El Mesías que iba a restablecer el reino de Israel (cf. Hch 1, 6).

No hay que maravillarse de la actitud de esta madre. No hay que maravillarse de una hija de Israel que amaba a su pueblo. Y amaba a sus hijos. Deseaba para ellos lo que consideraba un bien.

3. He aquí a Santiago, hijo de Zebedeo, pescador como su padre y su hermano; hijo de una madre decidida.

Santiago siguió a Jesús de Nazaret cuando el Maestro, respondiendo a la pregunta de su madre, les dijo: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20, 22). Santiago y su hermano Juan responden sin dudar: «Lo somos» (ib.).

Esta no es una respuesta calculada, sino llena de confianza.

Santiago no sabía aún, y en todo caso no lo sabía totalmente, qué significaba este «cáliz». Cristo hablaba del cáliz que El mismo había de beber: el cáliz que había recibido del Padre.

Llegó el momento en que Cristo llevó a cabo lo que había anunciado antes: bebió hasta la última gota el cáliz que el Padre le habla dado.

Verdaderamente, en el Gólgota Santiago no estaba con su Maestro. Tampoco estaban Pedro ni los demás Apóstoles. Junto a la Madre de Cristo permaneció únicamente Juan; solamente él.

Sin embargo, más tarde todos comprendieron ―y Santiago comprendió― la verdad sobre el «cáliz». Comprendió que Cristo había de beberlo hasta la última gota. Comprendió que era necesario que sufriera todo eso; que sufriera la muerte de cruz...

Cristo, en efecto, el Hijo de Dios, «no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

¡Cristo es el servidor de la Redención humana!

Por esto: «el que quiera ser grande de entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20, 26).

4. A través de los siglos gente de muchas ciudades y de muchas naciones ha venido en peregrinación hasta aquí; hasta el Apóstol al que Cristo había dicho: «mi cáliz lo beberás».

Han peregrinado los jóvenes para aprender junto a la tumba del Apóstol aquella verdad evangélica: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor».

En estas palabras se encuentra el criterio esencial de la grandeza del hombre. Este criterio es nuevo Así fue en tiempos de Cristo y lo sigue siendo después de dos mil años.

Este criterio es nuevo. Supone una transformación, una renovación de los criterios con que se guía el mundo. «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros» (Mt 20, 25-26).

El criterio con el que se guía el mundo es el criterio del éxito. Tener el poder... Tener el poder económico para hacer ver la dependencia de los demás. Tener el poder cultural para manipular las conciencias. ¡Usar... y abusar!

Tal es el «espíritu de este mundo».

¿Quiere esto decir acaso que el poder en sí mismo es malo? ¿Quiere esto decir que la economía ―la iniciativa económica― es en sí misma mala?

¡No! De ninguna manera. Una y otra cosa pueden ser también un modo de servir. Este es el espíritu de Cristo, la verdad del Evangelio. Esta verdad y este espíritu están expresados en la Catedral de Santiago de Compostela por el Apóstol, que ―según el deseo de su madre― debía ser el primero, pero ―siguiendo a Cristo― se convirtió en servidor.

5. ¿Por qué estáis aquí vosotros jóvenes de los años noventa y del siglo veinte? ¿No sentís acaso también dentro de vosotros «el espíritu de este mundo», en la medida en que esta época, rica en medios del uso y del abuso, lucha contra el espíritu del Evangelio?

¿No venís aquí tal vez para convenceros definitivamente de que «ser grandes» quiere decir «servir»? Pero. . . ¿estáis dispuestos a beber aquel cáliz? ¿Estáis dispuestos a dejaros penetrar por el cuerpo y sangre de Cristo, para morir al hombre viejo que hay en nosotros y resucitar con El? ¿Sentís la fuerza del Señor para haceros cargo de vuestros sacrificios, sufrimientos y «cruces» que pesan sobre los jóvenes desorientados acerca del sentido de la vida, manipulados por el poder, desocupados, hambrientos, sumergidos en la droga y la violencia, esclavos del erotismo que se propaga por doquier...? Sabed que el yugo de Cristo es suave... Y que sólo en El tendremos el ciento por uno, aquí y ahora, y después la vida eterna.

6. ¿Por qué estáis aquí vosotros, jóvenes de los años noventa y del siglo veinte? ¿No sentís también dentro de vosotros «el espíritu de este mundo»? ¿No venís tal vez ―vuelvo a decirlo― para convenceros definitivamente de que «ser grandes» quiere decir «servir»? Este «servicio» no es ciertamente un mero sentimiento humanitario. Ni la comunidad de los discípulos de Cristo es una agencia de voluntariado y de ayuda social. Un servicio de esta índole quedaría reducido al horizonte de «espíritu de este mundo». ¡No! Se trata de mucho más. La radicalidad, la calidad y el destino del «servicio», al que todos somos llamados, se encuadra en el misterio de la Redención del hombre. Porque hemos sido criados, hemos sido llamados, hemos sido destinados, ante todo y sobre todo, a servir a Dios, a imagen y semejanza de Cristo que, como Señor de todo lo creado, centro del cosmos y de la historia, manifestó su realeza mediante la obediencia hasta la muerte, habiendo sido glorificado en la Resurrección (cf. Lumen gentium n. 36). El reino de Dios se realiza a través de este «servicio», que es plenitud y medida de todo servicio humano. No actúa con el criterio de los hombres mediante el poder, la fuerza y el dinero. Nos pide a cada uno de nosotros la total disponibilidad de seguir a Cristo, el cual «no vino a ser servido sino a servir».

Os invito, queridos amigos, a descubrir vuestra vocación real para colaborar en la difusión de este Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz. Si de veras deseáis servir a vuestros hermanos, dejad que Cristo reine en vuestros corazones, que os ayude a discernir y crecer en el dominio de vosotros mismos, que os fortalezca en las virtudes, que os llene sobre todo de su caridad, que os lleve por el camino que conduce a la «condición del hombre perfecto» ¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Gál 5, 1). No como la prometen con ilusión y engaño los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto criaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros limites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del «espíritu de este mundo», condenados a la «servidumbre de la corrupción» (Rm 8, 21).

Por esto, pido al Señor que os ayude a crecer en esta «libertad real» como criterio básico e iluminador de juicio y de elección en la vida. Esa misma libertad orientará vuestro comportamiento moral en la verdad y en la caridad. Os ayudará a descubrir el amor auténtico, no deteriorado por un permisivismo alienante y deletéreo. Os hará personas abiertas a una eventual llamada a la donación total en el sacerdocio o en la vida consagrada. Os hará crecer en humanidad mediante el estudio y el trabajo. Animará vuestras obras de solidaridad y vuestro servicio a los necesitados en el cuerpo y en el alma. Os convertirá en «señores» para servir mejor y no ser «esclavos», víctimas y seguidores de los modelos dominantes en las actitudes y formas de comportamiento.

7. Servir: ser hombre para los demás.

Esta es también la verdad que el Apóstol Pablo enseña de modo muy elocuente en la segunda lectura de la liturgia de este día.

«No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno» (Rm 12, 3).

Y el Apóstol añade: «los dones que poseemos son diferentes» (Rm 12, 6).

¡Sí! Es necesario conocer bien qué dones te ha concedido Dios en Cristo. Es menester conocer bien el don recibido, para saber darlo a los demás. Para contribuir al bien común.

Sí. Es necesario conocer bien qué dones te ha concedido Dios en Cristo. Es necesario conocer bien el don recibido en la propia experiencia de vida familiar y parroquial, en la participación asociativa, en el florecimiento carismático de los movimientos, para saber darlo a los demás. Para enriquecer así la comunión y el impulso misionero de la Iglesia. Para ser testigos de Cristo en el barrio y en la escuela, en la universidad y en la fábrica, en los lugares de trabajo y de diversión... Para contribuir al bien común, como servidores de experiencias de crecimiento en humanidad; experiencias de dignidad y solidaridad, en las que los jóvenes sean auténticos protagonistas de formas de vida más humanas.

8. Así enseña el Apóstol. Y lo que dice no es una mera enseñanza, sino una ferviente llamada.

«Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno; como buenos hermanos, sed cariñosos unos con los otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración, contribuid en las necesidades del Pueblo de Dios; practicad la hospitalidad» (Rm 12, 9-13).

¿No lo dice él tal vez particularmente a vosotros. a los jóvenes?

¿Vuestro ser jóvenes no es sensible precisamente a este programa de vida y de comportamiento, a este mundo de los valores?

¿No se abre hacia este mundo? Y si, por casualidad, siente las resistencias que vienen de dentro, o bien de fuera, ¿no está vuestro ser jóvenes dispuesto a luchar precisamente por semejante «forma» de vida?

Esta forma ha sido dada a la vida humana por Cristo. El sabe lo que hay dentro del hombre (cf. Jn 2, 25).

«Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes, n. 22).

¡Queridos jóvenes, dejaos prender por el! Sólo Cristo es el camino, la verdad y la vida como, en la admirable síntesis evangélica, proclama el lema de nuestra Jornada Mundial.

El Monte del Gozo, donde se juntaban los peregrinos, nos hace recordar una de las características más hermosas de Santiago y de su Camino: la universalidad.

Os invito a que os sigáis manteniendo, como siempre lo hicisteis, en los vínculos de la catolicidad.

9. Habéis venido en peregrinación hasta aquí, a la tumba del Apóstol, el cual puede confirmar de primera mano, por decirlo así, la verdad sobre la vocación del hombre, cuyo punto de referencia es Cristo. Venís para encontrar vuestra propia vocación.

Os acercáis al altar para ofrecer, con el pan y el vino, vuestra juventud, la búsqueda de la verdad, así como lo bueno y lo bello que hay en vosotros.

Toda esta inquietud creativa.

Todos los sufrimientos de vuestros corazones jóvenes.

10. Estando en medio de vosotros, quiero decir con el Salmista: He aquí que «la tierra ha dado su cosecha» (Sal 66/67, 7), el fruto más precioso: el hombre, la juventud humana.

Resplandezca ante vosotros el rostro de Dios, que se refleja en el rostro humano de Cristo, Redentor del hombre.

«Alégrense y exulten las gentes» (Sal 67/66, 5).

Que vuestros coetáneos, al contemplar vuestra peregrinación, puedan exclamar:

«Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros» (Za 8, 23).

Esto os desea el Papa, el Obispo de Roma, que ha participado con vosotros en esta peregrinación a Santiago de Compostela.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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