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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

LITURGIA DE LA PALABRA EN EL MALECÓN DE VERACRUZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Veracruz, México
Lunes 7 de mayo de 1990

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Desde las orillas del golfo de México, camino providencial para la llegada del Evangelio a esta bendita tierra, saludo con vivo afecto a cuantos esta tarde habéis querido congregaros en el Malecón para dar gracias a Dios por la evangelización de América.

Es el saludo del Papa, que quiere estrechar en un abrazo de gozo y esperanza, en primer lugar, a sus hermanos en el episcopado. En particular al obispo de esta diócesis, Veracruz, al arzobispo de Jalapa y a los obispos de la región pastoral del golfo: Coatzacoalcos, Papantla, San Andrés Tuxtla y Tuxpan.

Os saludo, igualmente, a vosotros sacerdotes, misioneros, religiosos, religiosas y laicos comprometidos que, con generosa abnegación, continuáis la labor de llevar la Buena Nueva a las familias, a las escuelas, a los lugares de trabajo y de descanso. Os saludo, fieles todos aquí presentes, que con tanta ilusión habéis esperado este encuentro, expresión de la fe y el amor que anida en vuestros corazones.

Como Obispo de Roma y Sucesor de san Pedro me siento muy gozoso de unirme a todos vosotros para dar gracias a Dios, Uno y Trino, por la sacrificada y continuada labor de todos aquellos que, en estos cinco siglos, han anunciado la Palabra evangélica a vuestro pueblo, y también de quienes hoy, en este final del segundo milenio cristiano, siguen anunciándola. “!Qué hermosos son sobre los montes los pies del heraldo que anuncia la paz, que trae buenas nuevas!”, exclamamos con el profeta Isaías (Is 52, 7).

Estamos aquí en Veracruz, para celebrar con alegría nuestra fe y pedir al Señor que continúe suscitando en México nuevos evangelizadores. La evangelización, queridos hermanos y hermanas, está marcada por el signo de la Cruz, por la Verdadera Cruz.

Dentro de dos años celebraremos un hecho de capital importancia: el V Centenario del encuentro entre el mundo europeo y vuestro continente, el Nuevo Mundo. Fue éste un encuentro entre razas y culturas que configuró a vuestro país, donde el descubrimiento, la conquista y la evangelización ocupan un lugar decisivo, luminoso en su conjunto, aunque no exento de sombras. Pero la penetrante mirada cristiana nos permite descubrir en la historia la intervención amorosa de Dios, a pesar de las limitaciones propias de toda obra humana. En el cauce de la historia se da, en efecto, una confluencia misteriosa de pecado y de gracia, pero, a lo largo de la misma, la gracia triunfa sobre el poder del pecado: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20), nos dice el Apóstol san Pablo.

2. A este hermoso puerto, que lleva el nombre de la Verdadera Cruz, cabe la gloria de haber sido la puerta por donde en 1523, bajo el estandarte de la Cruz, llegaron a México los primeros evangelizadores: tres franciscanos, entre los cuales fray Pedro de Gante; un año después, otro grupo de doce religiosos. En San Juan de Ulúa se inició la historia cristiana de vuestra patria; el mensaje de Cristo la ha ido configurando profunda y eficazmente en su mentalidad, en su idiosincrasia, en sus raíces, modelando su fisonomía y contribuyendo más que cualquier otro factor cultural a su identidad étnica y nacional. Todo esto ha hecho que México ocupe el lugar destacado que hoy detenta entre las naciones.

La evangelización entonces iniciada está aún en camino, y este V Centenario debe ser para todos ocasión propicia para darle nueva vitalidad y empuje. Por eso los obispos de toda América Latina se reunirán en Santo Domingo, en 1992, para reflexionar acerca de la situación actual de la Iglesia en esos países y estudiar, bajo la guía del Espíritu Santo, la tarea que entre todos tenemos que llevar a cabo, ya próximos al tercer milenio de la era cristiana. En efecto, la labor de anunciar el Evangelio a todas las naciones, que como acabamos de escuchar en la lectura del evangelio de san Marcos, Cristo encomendó a su Iglesia es una responsabilidad que incumbe a todos y cada uno de quienes, por la gracia del Señor, somos y nos llamamos cristianos. Después de cinco siglos de iniciada esta misión eclesial en el nuevo continente, Cristo, resucitado y elevado a la derecha del Padre, nos envía de nuevo a evangelizar a todas las gentes (cf Mt 28, 19).

La evangelización de América, impulsada por el Señor y fruto de la acción de tantos hombres, tuvo muchas limitaciones y también dificultades que, todavía hoy, esperan un desapasionado estudio de la historia para verlas en su verdadera luz; pero tuvo también grandes aciertos, como lo muestran las espléndidas realizaciones que han servido de pauta y soporte en el caminar de vuestro pueblo durante estos siglos, y que ahora conviene potenciar y revitalizar con una visión cada vez más clara, más solidaria y más fiel a la Palabra del Señor.

3. Diversas figuras, llenas de profundo espíritu de fe y de gran valor humano, pueden servirnos de guía para la renovada evangelización a la que ha sido llamada la Iglesia en América Latina. Recordemos, por ejemplo, a fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la ciudad de México, que mereció el título de “defensor de los Indios” y que tanto se preocupó por la catequesis no sólo de los indígenas sino también de los colonizadores, que juntos dieron origen a vuestra característica raza mestiza. Un primer fruto escogido de esta catequesis fue el indio Juan Diego, a quien he tenido el gozo de beatificar ayer y a quien el Señor eligió, por medio de su Madre, para iniciar la acción evangelizadora de México. Don Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, desarrolló su misión episcopal como auténtico padre de los tarascos, por lo que aún se le llama con cariño “ Tata Vasco ”; con afecto de padre se entregó enteramente a la educación y promoción de los fieles que el Señor le había encomendado; sus “hospitales” eran mucho más de lo que hoy indica ese nombre, porque incluían escuelas, tálleres, almacenes y todos los elementos de un centro artesano y agrícola, con herramientas, instrumentos de labranza, etc. Aún hoy día podemos apreciar la herencia cultural y cristiana de su heroica labor misionera y civilizadora en favor de las poblaciones michoacanas. Fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, tuvo una actitud poco común en su tiempo al proclamar la dignidad de la persona humana del indígena, y adoptar sus puntos de vista, asumiendo como propios sus sufrimientos, sus tristezas, su estado de postración; siempre estuvo dispuesto a elevar su voz en defensa de los derechos de los más débiles y necesitados, en quienes veía el rostro de Cristo.

He aquí tres figuras diversas, tres modelos distintos de evangelizadores, dignos de un puesto de relieve entre los grandes pioneros de la acción misionera. Ellos tres y otros muchos hicieron vida en México aquellas palabras de san Pablo: “Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda” (1Co 9, 19). Mas el trabajo apostólico de tantos sacerdotes y religiosos debe ser contemplado en el conjunto de la acción misionera de toda la Iglesia, que recibe de Cristo el mandato de ir y predicar el evangelio a todas las naciones. Por ello, con los obispos latinoamericanos en la Conferencia de Puebla, se ha de decir que: “La obra evangelizadora de la Iglesia en América Latina es el resultado del unánime esfuerzo misionero de todo el pueblo de Dios” (Puebla, 9). Y esta llamada comunitaria a hacer presente la Buena Nueva entre los hombres, continúa siendo viva y exigente en nuestros días.

4. A lo largo de estos cinco siglos vuestra historia cristiana ha recorrido diversas etapas, y hoy la Iglesia que peregrina en México puede justamente gloriarse de ser una comunidad viva, operante y abierta al futuro. Me llena de gozo saber que los católicos mexicanos representáis la cuarta parte de la Iglesia en América Latina; que formáis una gran comunidad de 77 territorios eclesiásticos con una jerarquía enteramente mexicana, que cumple su misión junto con 11.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, unos 1.000 hermanos religiosos y más de 32.000 religiosas, que caminan integrados en el pueblo cristiano guiando la peregrinación de la fe.

Vuestra identidad concreta está marcada por muchos elementos raciales, culturales, religiosos, que se han ido fundiendo y configurando en la nación mexicana. Y esta realidad vuestra ha sido escogida por el Señor, para hacer de vosotros “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de su propiedad” (1P 2, 9), en una palabra, os ha escogido para ser un pueblo cristiano. En efecto por el bautismo habéis sido incorporados a la Iglesia católica, que ha venido a ser parte constitutiva de vuestra identidad. De esta identidad brota precisamente la siguiente pregunta: ¿cuál es vuestra misión hoy como pueblo cristiano?

La respuesta viene dada por la condición misma de bautizados: haber sido llamados por el Señor para vivir y proclamar su Evangelio en el mundo, a partir de vuestra historia como mexicanos, con sus luces y sombras, pero convencidos de que vuestra misión es la de dar testimonio de vuestra fe ante el mundo.

5. Evangelizar significa anunciar la Buena Noticia. Y la Buena Noticia que el cristiano comunica al mundo es que Dios, el único Señor, es misericordioso con todas sus criaturas, ama al hombre con un amor sin límites y ha querido intervenir personalmente en su historia por medio de su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, para liberarnos del pecado y de todas sus consecuencias y para hacernos partícipes de su vida divina.

¿Quién es este Dios, el único Señor?

Lo hemos escuchado en la primera lectura bíblica. El profeta Ezequiel nos ha dicho: “Aquí estoy yo: yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). El es el Pastor que va en busca de la oveja perdida, que cura a la oveja herida y toma a todas bajo su custodia y amparo (cf. Ibíd., 34, 16). Así lo había hecho con el pueblo escogido sellando con él una alianza e inaugurando una historia de salvación a través de la cual Yahvé conduce y libera a Israel (Libertatis Conscientia, 44). Esto mismo nos enseña el Salmo que hemos proclamado: “El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos: enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel” (Sal 103 [102], 6-7).

Por eso Dios nuestro Señor, en su amor infinito, quiso llevar esa Buena Noticia a todas las naciones, haciendo del pueblo elegido un instrumento para anunciar la salvación prometida: “ Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra ”, leemos en el profeta Isaías (Is 49, 6).

6. Esta acción de Dios llega a su cumplimiento en Jesucristo. Y María recibe en la anunciación esta Buena Noticia para luego comunicarla a los demás; en efecto, apenas recibido el mensaje del Señor se dirige a una ciudad de Judá, para llevarlo a Isabel su pariente y proclamar las maravillas del Dios en quien ella ha puesto su fe: “Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46-47).

Este mismo Dios que en el Nuevo Testamento se nos revela Uno y Trino, se nos ha manifestado en la humanidad de su Hijo Jesucristo, concebido en las entrañas de María. Evangelizar es, en primer lugar, anunciar a Jesucristo: su vida y doctrina, sus valores y opciones, su muerte y resurrección por nosotros. En su predicación y en sus acciones descubrimos lo que significa que Dios es el único Señor, porque todo el misterio de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, su vida están al servicio del reino y Señorío de Dios.

El predicó el Evangelio a los pobres, a los faltos de esperanza, a los pequeños que no tenían voz, a los marginados, a los pecadores, a los considerados impuros en su tiempo como los leprosos, a los paralíticos y ciegos, y en general a todas las personas que necesitaban ser liberadas de algún mal. “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17) y nos enseñó que la condición para ser su discípulo es seguirlo.

7. Ya el salmista en el Antiguo Testamento clamaba a Dios: “Envías tu Espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104 [103], 30). Esta oración halla su pleno cumplimiento el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, bajo la acción del Espíritu Santo, comenzaron a poner por obra su vocación de misioneros. Esta misma plegaria acompaña a la iglesia en su tarea de evangelizar al mundo. Y bajo el impulso del mismo Espíritu, nosotros también hemos de continuar la tarea que nos corresponde como Iglesia, como miembros del Pueblo de Dios. En el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, todos tenemos una misión que cumplir, como nos enseña san Pablo: cada uno según el carisma recibido (cf. 1Co 12).

Hemos de proclamar pues ante el mundo que sólo Dios es el Señor. Así lo señalaron los obispos en la Conferencia de Puebla, que yo mismo tuve el privilegio de inaugurar en mi primera visita a este querido país hace once años: «Nada es divino y adorable fuera de Dios. El hombre cae en la esclavitud cuando diviniza o absolutiza la riqueza, el poder, el Estado, el sexo, el placer o cualquier creación de Dios, incluso su propio ser o su razón humana. Dios mismo es la fuente de liberación radical de todas las formas de idolatría, porque la adoración de lo no adorable y la absolutización de lo relativo lleva a la violación de lo más íntimo de la persona humana: su relación con Dios y su realización personal. He aquí la palabra liberadora por excelencia: “Al Señor tu Dios adorarás, sólo a El darás culto” (Mt 4, 10)» (Puebla, 491).

8. Y el primer medio para proclamar este mensaje, queridos hermanos y hermanas, es el testimonio de vida de hombres y mujeres creyentes que expresen abiertamente su fe siguiendo a Cristo. Por eso decía mi predecesor el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica sobre la evangelización: “El hombre contemporáneo escucha mejor a los testigos que a los maestros; o si escucha a los maestros, lo hace porque son testigos” (Evangelii Nuntiandi, 42).

Anunciemos pues con fuerza al mundo que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, y que como escribe san Pablo nosotros participamos de su muerte y resurrección por el bautismo (cf. Rm 6, 3-4). Nuestro bautismo y nuestra condición de hijos del mismo Padre nos ha de llevar a mirar a cada hombre como hermano. Por eso, Jesucristo pone como condición para hacernos partícipes de su salvación dar de comer al que tiene hambre, dar de beber al que tiene sed, vestir al desnudo, consolar al triste, porque “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

9. Los principios cristianos que habéis recibido de vuestros mayores han de informar, pues, todas las relaciones humanas. Los valores del Evangelio deben ser la norma del servicio que ha de imperar en la convivencia social: en la política, en la cultura, en la educación, en la vida de familia, en las relaciones laborales. Pero sin confundir nunca ni limitar el Reino de Dios a los logros terrenos, que son sólo una parte, un instrumento. Como han proclamado los obispos en Puebla: “El Reino de Dios pasa por realizaciones históricas, pero no se agota ni se identifica con ellas” (Puebla, 193).

Por último, a la proclamación de la Buena Nueva ha de seguir una sólida catequesis a todos los niveles, particularmente en la familia y en los ambientes juveniles. La invitación a creer ha de ir acompañada por la oportuna instrucción acerca de todo aquello que el Señor, por medio de su Iglesia, ha querido enseñarnos. Sería un error catequizar sin haber evangelizado previamente, como lo sería igualmente evangelizar no atendiendo luego en modo suficiente el instruir en la fe recibida.

La formación cristiana mediante la catequesis llevará a una participación más activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia. De esta manera, el pueblo sencillo hallará en esto y en las prácticas de la piedad popular motivaciones para dar razón de su fe. Y así, los ambientes descristianizados se harán más permeables a un reencuentro con el Señor, y la actividad proselitista de las sectas podrá encontrar un freno a las ambigüedades y confusionismo que siembran.

Queridos hermanos y hermanas, pido a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre nuestra, a la que invocáis con la advocación de Guadalupe, y que fue la primera mujer que recibió el mensaje del Evangelio para anunciarlo a los demás, que sea la “ estrella de la evangelización ” que os guíe en el fiel cumplimiento de esta misión que el Señor os encomienda.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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