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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA LOS FIELES DE LA DIÓCESIS
DE NETZAHUALCÓYOTL EN LA EXPLANADA XICO DE CHALCO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Ciudad de México
Lunes 7 de mayo de 1990

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Viniendo a Chalco y contemplando la muchedumbre de hombres y mujeres, de jóvenes y niños que han acudido deseosos de escuchar la palabra de Dios, viene a mi mente la exclamación de Jesús: “¡Siento compasión de la gente porque hace ya tres días que me siguen y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino!” (Mt 15, 32).

Y Jesús, sabiéndose Pastor verdadero, sació su hambre, curó sus enfermedades y se puso a enseñarles la Buena Nueva del reino de Dios (cf. Ibíd., 9, 35-36; 15, 32).

¡Qué maravilla de “ seducción ” emanaba la persona de Jesús, que arrastraba tras de sí muchedumbres que incluso olvidaban el comer por estar cerca de El y escuchar su palabra! ¡Qué deseo irresistible de acercarse a la fuente de la Vida para satisfacer las ansias más profundas del corazón humano! ¡Qué sensibilidad y humanidad las de Jesús, a quien la predicación del reino de Dios no le hace olvidar la necesidad del sustento diario de quienes le siguen!

Hoy como ayer, Jesús continúa estando en medio de nosotros como Buen Pastor. También hoy en Chalco Jesús es el Buen Pastor de la grey cristiana, aquí reunida en torno al Sucesor de Pedro, a quien Cristo confió la tarea de apacentar sus ovejas y confirmar la fe de sus hermanos.

Cristo sigue ofreciéndonos a manos llenas el Pan de su Cuerpo y el Vino de su Sangre en la celebración eucarística, como alimento para andar el camino de nuestra vida cristiana. Y, junto con ello, nos da el Pan de la Palabra, el alegre anuncio del amor que Dios nos tiene al hacernos hijos suyos y herederos de las promesas de la felicidad futura.

2. Acabamos de oír las palabras del evangelio de san Juan: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10,11). Cristo se presenta a sí mismo bajo la imagen humilde y cercana del Buen Pastor. Una imagen que habla de cuidados y desvelos, una imagen que inspira confianza. La parábola del Buen Pastor continúa la tradición de los profetas del Antiguo Testamento, que llaman a Dios “ Pastor de Israel ”. En Cristo, enviado del Padre, se cumple plenamente lo anunciado por los profetas.

Ante la muchedumbre que le sigue, Jesús “sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). El Señor, a diferencia de los falsos líderes del pueblo, que como mercenarios huyen en el momento de la prueba, se presenta como el Pastor bueno y verdadero, porque está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. El testimonio supremo y la prueba mayor de Cristo como Buen Pastor es el dar la vida pos sus ovejas: lo cual realiza en la cruz, en la que ofrece el sacrificio de sí mismo por los pecados de todo el mundo. Esta cruz y este sacrificio son el signo que distingue radical y transparentemente al Buen Pastor de quien no lo es, de quien sólo es mercenario.

La cruz y el sacrificio, amadísimos hermanos y hermanas, nos permiten distinguir entre el Buen Pastor y los falsos pastores o mercenarios. A lo largo de la historia se han sucedido no pocos “pastores” líderes, caudillos, jefes, ideólogos y creadores de opinión o corrientes de pensamiento que han intentado “ pastorear ” y guiar al pueblo hacia paraísos artificiales y hacia tierras prometidas de libertad, de bienestar, de justicia de realización plena, queriendo prescindir de Dios y de su santa ley. Y uno tras otro, llegado el peligro llegada la hora de la verdad en la marcha inexorable de la historia, se han ido demostrando pastores falsos, servidores no de la verdad y del bien, sino de intereses particulares, de ideologías y sistemas que se volvían contra el hombre.

Cristo, en cambio, como Buen Pastor sale al encuentro de la cruz, porque conoce a sus ovejas y sabe que el sacrificio de sí es necesario para la salvación de ellas. Es necesario que El ofrezca su vida por las ovejas. Sí. El Buen Pastor conoce sus ovejas y las ovejas le conocen a El. Le conocen como a su Redentor.

En esta hora de la historia, en la que asistimos a profundas transformaciones sociales y a una nueva configuración de muchas regiones del planeta, es necesario proclamar que cuando pueblos enteros se veían sometidos a la opresión de ideologías y sistemas políticos de rostro inhumano, la Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, Buen Pastor, levantó siempre su voz y actuó en defensa del hombre, de cada hombre y del hombre entero, sobre todo de los más débiles y desamparados. Defendió toda la verdad sobre el hombre, pues, “el hombre es el camino de la Iglesia”, como ya dije al inicio de mi pontificado.

La defensa de la verdad sobre el hombre le ha acarreado a la Iglesia, como le sucedió al Buen Pastor, sufrimientos, persecuciones y muerte. La Iglesia ha tenido que pagar en la persona de sus pastores, de sus sacerdotes, de sus religiosos y religiosas, de sus fieles laicos también en tiempos recientes un precio muy alto de persecución, cárcel y muerte. Ella lo ha aceptado en aras de su fidelidad a su misión y al seguimiento del Buen Pastor, consciente de que “no es el discípulo mayor que su Maestro. Si a El lo han perseguido, también a ellos los perseguirán” (cf. Jn 15, 20). Cristo, Buen Pastor, obedeciendo al Padre, ofrece su vida libre y amorosamente por la redención de los hombres (cf. Ibíd., 10, 18).

3. Jesús continúa diciendo en su parábola: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil también a esas las tengo que traer y escucharán mi voz y habrá un sólo rebaño, un solo Pastor” (Ibíd., 10, 16).

A la luz de estas palabras se explica la actitud del Apóstol san Pedro en el episodio de la conversión del centurión romano Cornelio, que hemos escuchado en la primera lectura de nuestra celebración. Cristo, en efecto, tiene otras ovejas, que se encuentran esparcidas por todas las partes del mundo, por todas las naciones. Hace falta, pues, que El, Buen Pastor, las conduzca constantemente, por el ministerio de los Apóstoles y sus sucesores, a la unidad del rebaño de Dios.

Misión de la Iglesia, continuadora de la misión de Cristo, es conducir a todas las ovejas hacia el único redil de Cristo, para alcanzar aquella unidad que El pidió al Padre en la oración de la Ultima Cena. Y una vez reunidas bajo un único cayado, mantener la comunión de ellas con Cristo, y de ellas entre sí.

La solicitud del Buen Pastor abarca a todos los hombres y a todas las naciones. También a los habitantes del Valle de Chalco, este vasto asentamiento humano que, como ciudad satélite, surge hoy donde hasta hace unas décadas había sólo campos baldíos. También a vosotros, habitantes del Valle de Chalco, de Netzahualcóyotl y zonas limítrofes, se extiende la solicitud del Buen Pastor, su preocupación por vuestra fe cristiana y por vuestra promoción integral.

En muchos de vosotros descubro el rostro de Cristo sufriente: rostros de niños víctimas de la pobreza, niños abandonados, sin escuela, sin ambiente familiar sano: rostros de jóvenes desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad, frustrados por falta de oportunidades de capacitación y ocupación; rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos; rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas; rostros de madres y padres de familia, angustiados por no tener los medios para sustentar y educar a sus hijos; rostros de marginados y hacinados urbanos, golpeados no sólo por la carencia de bienes materiales, sino también por la degradación y contaminación del medio ambiente; rostros de ancianos desamparados y olvidados (cf. Puebla, 31-39).

Sobre este pueblo, que lleva en su rostro los rasgos dolientes de Cristo, se oyen las palabras del Buen Pastor: “Misereor super turbam” (Mt 15, 33). “Siento compasión por la muchedumbre, porque están vejados y abatidos como ovejas sin pastor” (cf Ibíd., 9, 36). La solicitud de Cristo es hoy la solicitud de la Iglesia, la solicitud del Papa y de los obispos. Con palabras del Concilio Vaticano II repetimos: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Gaudium et spes, 1).

Los obispos de América Latina, reunidos en Puebla hace diez años para celebrar la III Conferencia General sobre el presente y el futuro de la evangelización, reiteraron siguiendo la Conferencia de Medellín la opción preferencial por los pobres del continente, como signo de la caridad evangélica. Hoy, al prepararnos para celebrar en Santo Domingo la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, quiero reafirmar que sigue estando en el corazón de la Iglesia la opción por los pobres, la cual, sin ser exclusiva, pues el universalismo de la redención ofrecida por Cristo abarca a todos los hombres sin distinción sí es signo inequívoco de su fidelidad a El.

4. “Cristo Jesús, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos mediante su pobreza” (cf. 2Co 8, 9). Así habla san Pablo sobre el misterio de la encarnación del Hijo eterno, que vino a asumir la naturaleza humana mortal para salvar al hombre de la miseria en la que el pecado le había sumido (Libertatis Conscientia, 66). Su pobreza nos muestra en qué consiste la verdadera riqueza, que se ha de buscar en la comunión de vida con Dios y en la capacidad de servir y darse a los demás.

La pobreza que Jesús declaró bienaventurada está hecha de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con los demás, de sentido de justicia, de hambre del reino de los cielos, de disponibilidad a escuchar la palabra de Dios y a guardarla en el corazón (cf. Ibíd.).

Distinta es la pobreza que oprime a multitud de hermanos nuestros en el mundo y les impide su desarrollo integral como personas. Ante esta pobreza, que es carencia y privación, la Iglesia levanta su voz convocando y suscitando la solidaridad de todos para debelarla.

Vosotros, habitantes del Valle de Chalco, de gran parte de esta diócesis de Netzahualcóyotl, y tantas otras personas y familias de los suburbios de la Ciudad de México y de otras ciudades del país, sabéis lo que es la carencia, la privación.

Hoy como ayer, la Iglesia, excluyendo opciones partidistas y de naturaleza conflictiva, quiere ser la voz de los que no tiene voz; quiere dar testimonio de la dignidad del hombre y ser su alivio y defensa. Mirando la historia de México no podemos dejar de recordar a aquellos misioneros y evangelizadores de la primera hora, que fueron campeones de la promoción y defensa del indígena, del pobre: fray Toribio de Benavente, conocido como “ Motolinía ”, el pobre; fray Juan de Zumárraga, fray Bernardino de Sahagún, don Vasco de Quiroga, llamado por el pueblo “Tata Vasco”; fray Pedro de Gante, fray Bartolomé de las Casas y tantos otros, que dedicaron sus vidas a sembrar la buena semilla del evangelio en esta gran nación. Ellos, como los muchos que continuaron su obra durante estos cinco siglos, estaban convencidos de que “el mejor servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente” (Puebla, 1145). En esta ayuda al hermano necesitado, sobre todo al más débil, procura la Iglesia ejercitar el mandamiento supremo de la ley, que es amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a sí mismo (cf. Mt 22, 37-40).

La Iglesia practica la caridad a través de múltiples obras de misericordia corporal y espiritual, que son otros tantos modos de servir al hombre que padece necesidad. Más aún, traduce el cumplimiento del mandamiento del amor en una praxis cristiana, que es la moral social cristiana, fundada en el Evangelio y en la tradición viva de la Iglesia, y presentada por su magisterio. Los grandes retos de nuestra época, como la situación en que se encuentran los habitantes del Valle de Chalco y de otras muchas zonas parecidas de México y de América Latina, constituyen una llamada urgente a poner en práctica la doctrina social de la Iglesia.

5. Cercana ya la conmemoración del primer centenario de la Encíclica “ Rerum Novarum ”, del Papa León XIII, no podemos dejar de evocar su enorme caudal de doctrina. La dimensión social “perteneció desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre y de la vida social, y especialmente a la moral social elaborada según las necesidades de las distintas épocas” (Laborem exercens, 3). Ese patrimonio tradicional, y el esfuerzo de tantos hijos de la Iglesia por practicar la caridad social, son recogidos por el Magisterio Pontificio (cf. Ibíd.) y van constituyendo un corpus doctrinal que sirve de orientación segura para cuantos tienen la responsabilidad sobre las realidades terrenas.

Aliento pues a todos a profundizar en el pensamiento social católico, que tiene su fuente más profunda en la revelación. Escuchad la enseñanza social de la Iglesia, adheríos vitalmente a ella, dejando que ilumine vuestra conducta y convirtiéndoos en propagadores incansables de los principios de juicio y de acción que os ofrece el magisterio, haciendo llegar sus contenidos a todos los hombres y mujeres de México. El Valle de Chalco podrá convertirse así en un ejemplo elocuente de lo que es capaz de producir la virtud cristiana de la solidaridad cuando ha calado en la conciencia, en el corazón y en la práctica de un pueblo cristiano la doctrina social de la Iglesia.

Invito pues a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad de México a despertar la conciencia social solidaria: no podemos vivir y dormir tranquilos mientras miles de hermanos nuestros, muy cerca de nosotros, carecen de lo más indispensable para llevar una vida humana digna.

También a los habitantes del Valle de Chalco y Netzahualcóyotl quiero hacer una invitación paterna, para que sean ellos los primeros y principales artífices de su promoción mediante el trabajo personal, la economía doméstica y la educación de sus hijos. La participación activa en las parroquias y en las comunidades eclesiales dará abundantes frutos de caridad, solidaridad y compromiso por la justicia, como exigencia de una intensa vida cristiana que se nutre de la Eucaristía y en la escucha de la Palabra de Dios. Vuestra asidua relación con Dios se traducirá también en una más sólida formación en las verdades de nuestra fe católica, para así hacer frente a las solicitaciones de las sectas y grupos que intentan apartaros del verdadero redil del Buen Pastor.

6. “Mi alma tiene sed de ti, Dios mío” (Sal 42 [41], 2). En nuestra liturgia de hoy resuena este grito: ¡Sed de Dios! Es un grito eterno y universal que repiten tantos corazones. Es un grito que también resuena hoy aquí, en medio de esta comunidad del Valle de Chalco y de Netzahualcóyotl.

Existen ciertamente tantas carencias humanas que se dejan sentir en la vida de la gran ciudad, y particularmente en esta región. Sin embargo, por encima de todas estas necesidades, de todos estos deseos, tantas veces no satisfechos, se siente insistentemente la sed de Dios, que san Agustín expresó con aquellas memorables palabras: “Nos has hecho Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (S. Agustín, Confessiones, 1, 1). ¡Nuestro corazón, queridos hermanos y hermanas, tiene sed del Dios vivo!

El Buen Pastor sale al encuentro de este anhelo: El conoce el interior del hombre y rescató el deseo que éste siente de Dios ofreciendo en la cruz su vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11).

“¡Mi alma tiene sed de ti, Dios mío!”. Cuando el hombre suspira por el Dios vivo sólo el Buen Pastor conoce la profundidad de su deseo, pues, solamente el Hijo conoce al Padre.

Queridos hermanos y hermanas, pido a Dios que las enseñanzas del Buen Pastor arraiguen en vuestros corazones y penetren en la vida de vuestras comunidades cristianas. ¡Que el Buen Pastor conduzca a todos aquellos por quienes ha ofrecido la propia vida a la plenitud que El mismo desea para nosotros!: “¡Para que tengan vida y la tengan en abundancia!” (Ibíd., 10, 10).

A La Virgen Santísima, Santa María de Guadalupe, encomiendo la comunidad del Valle de Chalco y de toda la diócesis de Netzahualcóyotl. Que Ella, que es la Madre del Buen Pastor, os acompañe con especial amor y ternura, y os repita hoy lo que en la colina del Tepeyac dijo al indio Juan Diego: “ Hijo mío, Juan Diego, el más pequeño de mis hijos, ¿qué temes? ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ” (Nicán Mopohua). Así sea.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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