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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

SANTA MISA PARA LOS JÓVENES EN LA EXPLANADA DE «EL ROSARIO»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

San Juan de los Lagos, México
Martes 8 de mayo de 1990

 

Queridos jóvenes:

1. Ha llegado para mí uno de los momentos más esperados de mi viaje a México: el encuentro con vosotros los jóvenes. He sabido la ilusión que habéis volcado en la preparación de esta eucaristía y de cómo os habéis ido preparando en vuestros grupos, parroquias y diócesis mediante la reflexión y la puesta en práctica de lo que habéis llamado “acciones proféticas”. Me ha llenado de gozo ver, en las respuestas que habéis dado a algunas encuestas preparatorias, vuestros deseos, sobre todo, de que el Papa venga como amigo. Sí, queridos jóvenes, muchachos y muchachas de México, me siento vuestro amigo, porque Cristo es vuestro amigo.

En nombre de Cristo quiero, pues, sembrar entusiasmo y esperanza en vuestros corazones. Deseo ofreceros aliento y apoyo para la llamada exigente y comprometida que Cristo dirige a cada uno de vosotros. Pido a Dios que fortalezca vuestra fe y os haga experimentar más y más la ternura y protección de nuestra Madre la Santísima Virgen.

El Papa se siente cercano a vosotros y os tiene muy dentro del corazón porque percibe vuestro afecto y cariño, pero sobre todo porque con vuestras ganas de vivir y luchar abrís horizontes luminosos para la Iglesia de Cristo y para la sociedad actual. Lleváis en vuestras manos, como frágil tesoro, la esperanza del futuro. El Señor tiene su confianza en la savia nueva que late en cada joven, como promesa floreciente de vida. Por eso también deposita en vosotros una exigente responsabilidad en cuanto artífices de una nueva civilización, la civilización de la solidaridad y del amor entre los hombres.

2. El Salmo que hemos recitado en esta celebración eucarística nos ayuda a descubrir el verdadero valor de lo que somos a los ojos de Dios. Su autor, meditando en la quietud de la noche, y como interpretando nuestro propio sentir, se queda anonadado por la profundidad del silencio y la belleza del cielo estrellado. En su interior nace esta reflexión: ¡semejante espectáculo no es más que la huella de la hermosura y bondad del Creador! Admira la Gloria, la Belleza y la Omnipotencia de Dios, pero en vez de sentirse avergonzado por la insignificancia y pequeñez de ser creatura, exclama: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8, 5). El salmista comienza a saborear la ternura gratuita de Dios porque ha comprendido que el objeto de su predilección no es el firmamento sino el hombre en su pequeñez. Cada uno de vosotros, jóvenes amigos, sois los predilectos de la creación de Dios. Por ello habéis sido capacitados por Dios para inundar la tierra de su gloria, de su amor, justicia, vida y verdad. “¿Qué es el ser humano para que le dieses poder?” (Ibíd.). Dios se ha complacido en revestirnos y coronarnos de su misma dignidad y gloria. Pero su gloria, que es también la gloria del Hijo, “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”— (Jn 7, 1), está en que deis la vida hasta el extremo, en que sepáis compartir los dones que ha sembrado en vosotros, para hacer presente su reino en medio del mundo.

Jóvenes de México, no destruyáis vuestras cualidades y valores poniéndoos al servicio de los poderes del mal que existen en el mundo. ¿Os dejaréis engañar por estos poderes que pretenden convertiros en títeres e instrumentos fácilmente manipulables al servicio de una cultura insolidaria y sin horizontes? ¿Caeréis en la tentación de alienar el precioso don de vuestra vida con el poder de la droga destructora y asesina, la fuerza cegadora del hedonismo o la prepotencia irracional de la violencia?

3. El Papa sabe que la fuerza de Cristo resucitado, el empuje y lozanía de su Espíritu vivificador no van a desvanecerse en los corazones de los jóvenes mexicanos, protagonistas del tercer milenio ya pronto para amanecer. Con Cristo sois fuertes. Por eso podéis decir siempre con san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). Si ponéis los cimientos de vuestra fe en la Roca que es Cristo, ninguna tentación de este mundo podrá apartaros del camino que os muestra el Señor. El es nuestra piedra angular (cf. 1P 2, 4-9). En El se fundamenta para todos ese nuevo estilo de vida que nos lleva a la plenitud y nos hace crecer en la entrega y amor a los hombres para la construcción de un cielo nuevo y de una tierra nueva (cf. 2P 3, 13).

Pero vosotros, jóvenes de México, sabéis muy bien que muchos coetáneos vuestros viven en este mundo como heridos por la desesperanza. El aguijón de la desilusión se ha clavado en ellos. Creen que ya nada ni nadie podrá cambiar el rostro dolorido y sufriente del mundo en que vivimos. Piensan que la marcha de los acontecimientos de la historia es como un barco cuyo único timón está en manos del poder del dinero y en los intereses políticos de unos pocos. Sus vidas se sumergen y se dejan arrastrar por lo que hoy se denomina la crisis de las utopías. La sombra del tedio, del vacío y del desencanto han dejado sus huellas en jóvenes vidas, que deberían ser ilusión y promesa del futuro. Y os preguntáis: ¿Cómo es posible que muchos jóvenes compañeros y amigos nuestros estén cansados y aburridos de la vida antes de empezar a vivirla? ¿Cómo entender que estén ya de vuelta sin haber llegado todavía a ninguna parte?

El mundo de hoy necesita no sólo de la juventud como realidad sociológica, sino de la juventud del Espíritu de Cristo que habita en vosotros. Se necesita escuchar la voz límpida de los jóvenes que han experimentado cómo el fuego del amor de Cristo ardía en sus corazones. ¡Jóvenes, ayudad a vuestros amigos a salir de la cárcel de la indiferencia y la desesperanza! ¡Cristo os llama a resucitar en otros jóvenes la ilusión por la vida!

4. En este tiempo pascual, en que resplandece el fulgor de Cristo resucitado, la Iglesia presenta a nuestra meditación el episodio de Emaús. La noche y la tiniebla de la muerte habían ocultado la figura del Maestro a los ojos de los discípulos, que comenzaron a dispersarse con angustiosa sensación de miedo y fracaso. El Resucitado no se había manifestado aún a los suyos, cuando seguimos la pista de dos de ellos, por qué no jóvenes, que caminan hacia Emaús. El camino hacia Emaús es el camino del desencanto, de la desilusión, del vacío.

Hoy son incontables los que van por el camino de Emaús. Emaús es hoy la evasión, el olvido, el hedonismo, la discoteca, la droga, la indiferencia, el pesimismo, los paraísos artificiales en que tantos se refugian.

“Nosotros esperábamos...” (Lc 24, 21) que se lograría un mundo más justo; que la democracia de hecho se convertiría en bastión de derechos humanos; que el desarrollo económico no se haría a costa de los más pequeños y débiles; que el progreso técnico y científico nos haría más felices. Esperábamos tantas cosas, pero todo sigue igual. Por esto es preferible encerrarse en el propio mundo, desentenderse de los demás y que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesucristo resucitado se hace el encontradizo con los jóvenes para pronunciar en el interior de ellos palabras que vuelvan a despertar la ilusión y el entusiasmo que paraliza el miedo. Según hablaba el Maestro la mente de los discípulos de Emaús se iba encendiendo de esperanza y un fuego irresistible revolucionaba sus corazones.

Jóvenes, no perdáis la esperanza, sois peregrinos de esperanza, como reza el lema de este encuentro. Pues esta esperanza se fundamenta en la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte. Dejad que vuestro corazón se embriague de la Vida que os ofrece Jesús; en El está vuestra auténtica juventud. El nos enseña a renacer a una vida nueva: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5), le dice a Nicodemo. Cristo es el Señor de la Vida y ha venido “para que tengamos vida en abundancia” (c. Ibíd., 10, 10).

5. Modelo de confianza y docilidad a la promesa de vida del Resucitado es para nosotros la comunidad de los Apóstoles reunida en el cenáculo con María, la Madre de Jesús. “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1, 14), hemos escuchado en la primera lectura de nuestra celebración eucarística.

María estaba presente en aquellos momentos cruciales de la historia de la salvación y se preparaba para un nuevo y definitivo nacimiento: la venida del Espíritu Santo. El día de Pentecostés nace la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y en ella nosotros, sus miembros, tenemos como Madre a María.

El significado profundo de esta maternidad espiritual de la Virgen hace que Ella esté también presente en nuestra vida cuando queremos llevar la luz de Cristo a las realidades que nos rodean, a los hermanos y hermanas que esperan nuestra ayuda. Si abrís bien los ojos y miráis a vuestro alrededor veréis mucha tiniebla, mucho dolor y sufrimiento entre vuestros hermanos mexicanos. Sé que el resultado de vuestros análisis, como preparación a este encuentro, os ha hecho descubrir que en vuestro pueblo existen innumerables problemas: el hambre y la desnutrición, el analfabetismo, el desempleo, la desintegración familiar, la injusticia social, la corrupción política y económica, salarios insuficientes, concentración de la riqueza en manos de pocos, inflación y crisis económica, el poder del narcotráfico que atenta gravemente a la salud y la vida de las personas, el desamparo de los emigrantes ilegales e indocumentados a los que tristemente se les llama “espaldas mojadas”, ataques continuos a los valores sagrados de la vida, la familia y la libertad. Ante este panorama de dolor y sufrimiento ¿podéis vosotros permanecer indiferentes, jóvenes mexicanos?

6. En esta hora decisiva de la historia, vosotros, queridos amigos y amigas, estáis llamados a ser protagonistas de la nueva evangelización, para construir en Cristo una sociedad justa, libre y reconciliada. Los hombres de hoy están cansados de palabras y discursos vacíos de contenido, que no se cumplen. El mundo se resiste a creer las palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida. Seréis verdaderos testigos cuando vuestra vida se transforme en interrogante para los que os contemplen: ¿por qué actúa así este joven? ¿por qué se le ve tan feliz? ¿por qué procede con tanta seguridad y libertad? Si vivís así, obligaréis a los demás a confesar que Cristo está vivo y presente. Seréis testimonio y prueba de que aceptar a Cristo como camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6) llena las más altas aspiraciones del corazón.

Queridos jóvenes: Sentíos enviados a la urgente tarea de anunciar el evangelio a cuantos os rodean. Cristo conoce vuestra fragilidad y limitaciones, pero al mismo tiempo os dice: ¡Animo, no temáis! “ Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Y más aún, queridos jóvenes, Cristo en el momento más sagrado y solemne de su vida nos hizo el más precioso regalo. Era su última voluntad, su tesoro más querido: María, su Madre. Estas fueron sus palabras, que acabamos de escuchar hace unos momentos. Es el “testamento de la cruz”: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dice a su madre: " Mujer, ahí tienes a tu hijo ". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" ” (Jn 19, 26-27).

Con este encargo Jesús entrega a María por Madre a toda la humanidad en la persona de Juan, el joven discípulo amado. Jesucristo convierte así a todos los redimidos en hijos de María. A partir de este momento nadie en el mundo estará realmente solo y abandonado, en la travesía de la vida. ¡Jóvenes, María camina con vosotros! Ella también nos repite junto a su Hijo: “ No temáis, yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos ”. Cristo nos ha hecho el mejor de los regalos: seguir presente entre nosotros por medio de la solicitud y la protección materna de María de Nazaret.

7. Jóvenes que me escucháis: en los momentos en que os asalte la duda, la dificultad, el desconsuelo, sabed que la Virgen María es para vosotros consolación y paz. María os pide vuestro sí. Os pide la entrega radical a Cristo. Os pide que os atreváis a seguirle poniendo vuestras vidas en las manos de Dios, para que os convierta en instrumentos de un mundo mejor que éste en que vivimos. María espera de vosotros que respondáis generosamente a la llamada de su Hijo si El os lo pide todo. No tengáis miedo si el Señor os llama para una vocación de consagración especial. Ciertamente, Cristo pide la vida entera, una entrega radical y sin límites.

Imploro a María, nuestra Madre de Tepeyac, que acompañe y bendiga en vosotros a todos los jóvenes de México.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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