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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA EL MUNDO DEL TRABAJO

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Monterrey, México
Jueves 10 de mayo de1990

 

En esta celebración os invito, también, a encomendar al Señor las víctimas del accidente aéreo ocurrido esta mañana en tierra mexicana, en Chiapas, entre los cuales se encontraba el obispo de Tapachula, monseñor Luis Miguel Cantón Marín. Que el Señor conceda el descanso eterno a los fallecidos y un rápido restablecimiento a los heridos.

Ruego a Dios para que otorgue a los fieles de la diócesis de Tapachula el consuelo que viene de la suprema certeza de la fe.

Amadísimos hermanos y hermanas,
¡Alabado sea Jesucristo!

1. ¡Alabado sea Jesucristo en esta ciudad de Monterrey que se precia de sus raíces cristianas!

¡Alabado sea Jesucristo en vuestras familias, en vuestros lugares de trabajo y de descanso!

¡Alabado sea Jesucristo por el don de la fe que hace casi cinco siglos fue plantada en vuestra tierra!

He venido como peregrino portador de amor y de esperanza, como Sucesor del Apóstol san Pedro, para confirmar en la fe a mis hermanos, obedeciendo así al mandato recibido de Jesús (cf. Lc 22, 32). Me siento feliz por encontrarme en esta bella e industriosa capital del Estado de Nuevo León, donde se me ha dispensado una calurosa acogida, a la que correspondo con igual afecto y gratitud.

Mi saludo de paz se dirige al señor arzobispo y a los demás hermanos en el episcopado, a todos los amados sacerdotes colaboradores en el ministerio pastoral, a los religiosos, religiosas, fieles y, en una palabra, a todos los habitantes del norte del México.

Saludo hoy con particular afecto al mundo del trabajo, siempre tan cercano a mi corazón y a mi propia experiencia de trabajador. Desearía poder estrechar la mano de cada uno de vosotros, para manifestaros mi cariño y mi aprecio por vuestra misión como trabajadores al servicio de la sociedad.

Por medio de vosotros quiero que mi saludo llegue a todos los trabajadores de esta gran nación: a los que se dedican a las faenas del campo y de la industria, de las minas y de la pesca, a quienes ejercen su labor en los pueblos, en las ciudades, en las oficinas, en el comercio; a los empresarios, a todos los trabajadores intelectuales y manuales que forjáis la gran comunidad mexicana del trabajo. No quiero dejar de dirigir también aquí en Monterrey un particular saludo a un particular grupo de trabajo: a todas las madres mexicanas. Cuando se habla del trabajo humano, cuando se aprecia cada trabajo, ¿cómo no apreciar este trabajo fundamental, trabajo maternal de la mujer?, ¡especialmente en este Día de las Madres!

2. Hoy quiero meditar, con vosotros, sobre el mensaje que el Señor nos dirige en esta celebración eucarística. Cristo nos dice: “No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... Fijaos en las aves del cielo..., contemplad cómo crecen los lirios del campo” (cf. Mt 6, 25-26. 28).

¿Qué quieren decir estas palabras dichas por Jesucristo en el sermón de la montaña? ¿Cuál era su significado para quienes las escuchaban por primera vez? ¿Qué sentido encierran hoy para nosotros?

En verdad, estas palabras del Evangelio parecen contradecir tantos criterios y actitudes que vemos en el mundo contemporáneo. En efecto, para la humanidad, para la sociedad actual, la producción, la ganancia, el progreso económico parecen asumir la categoría de criterios últimos y definitivos que rigen el comportamiento humano. De acuerdo con estos criterios se enjuicia y se da valor a la gente y a los pueblos, y se determina su posición en la escala social por la importancia que se les concede o por el poder que detentan.

Si se aceptara moralmente esta jerarquía de valores, el hombre quedaría obligado a buscar en todo momento el poseer como única meta de la vida. Entonces el hombre se mediría, no por lo que es, sino por lo que tiene.

3. Jesús, el Maestro del sermón de la montaña, el mismo que proclama las bienaventuranzas, nos enseña ante todo que el Creador y las criaturas están por encima de las obras del hombre. Los hombres y las sociedades pueden producir los bienes industriales que impulsan la civilización y el progreso, en la medida en que en el mundo creado encuentran los recursos que le permiten llevar a cabo su trabajo.

A ti, hombre que miras complacido las obras de tus manos, el fruto de tu ingenio, Cristo te dice: ¡no te olvides de Aquel que ha dado origen a todo! ¡No te olvides del Creador! Es más, cuanto más profundamente conozcas las leyes de la naturaleza, cuanto más descubras sus riquezas y sus potencialidades, tanto más te has de acordar de El.

¡No te olvides del Creador nos dice Cristo y respeta la creación! ¡Realiza tu trabajo usando correctamente los recursos que Dios te ha dado! ¡Transforma sus riquezas con la ayuda de la ciencia y de la técnica, pero no abuses, no seas usurpador ni explotador, sin miramientos, de los bienes creados! ¡No destruyas y no contamines! ¡Recuerda a tu prójimo, a los pobres! ¡Piensa en las generaciones futuras!

Cristo, queridos hermanos y hermanas, dice esto, de modo particular, al hombre de nuestro tiempo, el cual se da cuenta, cada vez más, de la necesidad irrenunciable de proteger el ambiente que lo rodea.

4. ¡Con cuánto amor miran los ojos del Maestro y Redentor la belleza del mundo creado! El mundo visible ha sido creado para el hombre. Cristo dice entonces a los que le escuchan: ¿No valéis vosotros mucho más que las aves del cielo y los lirios del campo? (cf. Mt 6, 26. 28)

Ciertamente, nosotros somos más importantes a los ojos de Dios. Lo que da la medida y el valor del hombre es haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo cual se refleja en su naturaleza como persona, en su capacidad de conocer el bien y amarlo.

Pero precisamente por eso, el hombre no puede aceptar que su ser espiritual se vea sometido a lo que es inferior en la jerarquía de las criaturas. No puede tomar como meta última de su existencia lo que le ofrecen la tierra y la temporalidad de lo creado. No puede bajarse a servir a las cosas, como si estas fueran el único fin y el destino último de su vida.

Al contrario, el hombre está llamado a buscar a Dios con todas sus fuerzas, incluso por medio de su trabajo en el mundo. Sólo en Dios el hombre encuentra afirmada su propia libertad, su señorío y superioridad sobre todas las demás criaturas. Y, si alguna vez se debilitase esta sencilla y profunda convicción, la contemplación de la misma naturaleza nos debe recordar que, si así cuida Dios a todas sus criaturas, ¿cuánto no hará para que no nos falte nada de lo necesario?

5. A los hombres nos corresponde una tarea primordial: Buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Ibíd. 6, 33). En esto debemos emplear todas nuestras fuerzas, porque ese Reino es “como un tesoro escondido en un campo, la perla más valiosa”, de que nos habla el Evangelio; y para obtenerlo, debemos hacer todo lo posible, hasta “ venderlo todo ” (cf. Ibíd. 13, 44. 45), es decir, no tener otro afán en el corazón. Por eso, también el trabajo ha de formar parte del esfuerzo que ponemos en buscar el Reino de Dios.

Pero hemos de estar precavidos contra una tentación: la de querer poner los bienes terrenos por encima de Dios. Por esto Cristo dice: “No podéis servir a Dios y al Dinero”, porque “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24). Si lo que representa el símbolo bíblico del “ dinero ” llega a convertirse en objeto de un amor superior y exclusivo por parte de las personas y de la sociedad, entonces nos hallamos ante la tentación de despreciar a Dios (cf. Ibíd.). Pero ¿no constatamos que esta tentación, al menos parcialmente, se halla presente en nuestro mundo? ¿No lo observamos de modo particular en algunas regiones y pueblos? ¿No es ya una realidad este despreciar a Dios bajo diversos modos: primeramente en el campo del pensar humano, y después en el de su actuación? ¿No se ha convertido en programa para muchas personas de nuestro tiempo el vivir como si Dios no existiese?

6. Jesús de Nazaret habla a sus contemporáneos, pero sus palabras llegan con una fuerza maravillosa hasta nuestros días y nuestros problemas. Estos son los temas eternos sobre el hombre. Pero vemos con frecuencia, que se ha invertido la jerarquía de valores: lo que es secundario, caduco, se pone a la cabeza, pasa al primer plano. En cambio, lo que realmente debe estar en primer plano es siempre y sólo Dios. Y no puede ser de otra manera. Por esto dice Cristo: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Ibíd. 6, 33).

Por tanto, ¿qué hay que hacer para que la búsqueda del Reino sea una realidad en la vida de los individuos, de las familias, de la sociedad?

Como vemos en la lectura que hemos escuchado, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, los verdaderos discípulos y seguidores de Cristo han tratado de responder a esta pregunta ya desde los albores del cristianismo. Nos dice el texto sagrado que los primeros discípulos “ tenían todo en común” (Hch 2, 44). Esa realidad es muy rica de significado. En efecto, la búsqueda del reino exige ante todo la caridad, el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. Mc 12, 34). En este sentido, los primeros discípulos pusieron los bienes de la tierra al servicio del amor, es decir, trataron de orientar la nueva vida que habían abrazado en función del bien común, o sea, del servicio al prójimo. Por eso vendían sus posesiones y distribuían entre todos lo obtenido, según las necesidades de cada uno. Al mismo tiempo y como elemento importante de la comunidad, “partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (cf. Hch 2, 45-46).

Pocas palabras, pero ¡tan llenas de significado! La luz que ellas irradian ha de iluminar también el mundo de la producción y de la economía, para que se abra con clarividencia y generosidad a esta perspectiva del bien común. El esfuerzo solidario por los demás es una exigencia que interpela a todos y a cada uno en el mundo del trabajo. Interpela a los empresarios e industriales en su difícil tarea de dirigir y administrar con justicia los frutos de la actividad humana, así como crear riqueza y puestos de trabajo, contribuyendo de este modo a aumentar el nivel de bienestar social que permita el desarrollo integral de las personas. La solidaridad interpela igualmente a cuantos se dedican al mundo de la técnica, que es “indudablemente una aliada del hombre. Facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica” (Laborem exercens, 5). Interpela, en definitiva, a todo trabajador, a toda persona, que debe orientar su trabajo hacia el bien de todos.

7. Entre vosotros, amadísimos hermanos y hermanas que me escucháis, habrá muchos que cuentan con un trabajo seguro, que les ofrece grandes satisfacciones, que les permite sustentar dignamente a sus familias. Por todo ello hay que dar gracias a Dios. Pero ¿cuántos hay que sufren al no poder dar a sus hijos el alimento, el vestido, la educación necesaria? ¿Cuántos los que viven en la estrechez de un humilde cuarto, carentes de los servicios más elementales, lejos de sus lugares de trabajo; un trabajo, a veces mal remunerado e incierto, que les hace mirar al futuro con angustia y desaliento? ¡cuántos niños obligados a trabajar en temprana edad, obreros que ejercen su profesión en condiciones poco saludables, además de la insuficiencia de instrumentos legales y asociativos que tutelen convenientemente los derechos del trabajador contra los abusos y tantas formas de manipulación!

Me conmueven profundamente estas situaciones difíciles, a veces dramáticas, que afectan a tantas personas del mundo laboral y que van ligadas a toda una serie de factores, no sólo coyunturales sino también estructurales, esto es, dependientes de la organización socio-económica y política de la sociedad. Por eso, movido por mi solicitud hacia los más necesitados, quiero hacer un nuevo llamado a la justicia social.

Sin negar los buenos resultados conseguidos por el esfuerzo de conjunto de la iniciativa pública y privada en los países donde está en vigor un régimen de libertad, no podemos, sin embargo, silenciar los defectos de un sistema económico que no pocas veces hace del lucro y del consumo su principal motor, que subordina el hombre al capital, de forma que, sin tener en cuenta su dignidad personal, es considerado como una mera pieza de la inmensa máquina productiva, donde su trabajo es tratado como simple mercancía merced a los vaivenes de la ley de la oferta y la demanda.

8. Es cierto que en la raíz de los males que aquejan a los individuos y a las colectividades se encuentra siempre el pecado del hombre. Por eso la Iglesia predica incansablemente la conversión del corazón para que todos, con espíritu solidario, colaboren en la creación de un orden social que sea más conforme con las exigencias de la justicia.

La Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar, por ninguna ideología o corriente política, la bandera de la justicia, la cual es una de las primeras exigencias del Evangelio y el núcleo de su doctrina social. También en este terreno la Iglesia ha de hacerse presente en el mundo con una palabra sobre los valores y los principios que inspiran la vida comunitaria, la paz, la convivencia y el auténtico progreso. Precisamente por esto ha de oponerse a todas aquellas fuerzas que pretenden implantar ciertas formas de violencia y de odio, como solución dialéctica de los conflictos. El cristiano no puede olvidar que la noble lucha por la justicia no debe confundirse de ningún modo con el programa “que ve en la lucha de clases la única vía para la eliminación de las injusticias de clase, existentes en la sociedad y en las clases mismas” (Laborem exercens, 11).

Al veros aquí en tan gran número, en esta ciudad de Monterrey, convocados por vuestra común fe cristiana y para encontraros con el Sucesor de Pedro, me brota del corazón haceros un llamado a la solidaridad, a la hermandad sin fronteras. El saberos hijos del mismo Dios y hermanos en Jesucristo ha de moveros, bajo el impulso de la fe, a dedicar todo vuestro esfuerzo solidario en lograr que este gran país sea más justo, fraterno y acogedor. Me mueve a ello el ardiente deseo de que vuestra amada Patria, con el respeto debido a sus mejores tradiciones, pueda progresar material y espiritualmente sobre la base de los principios cristianos que han marcado su caminar en la historia.

La solidaridad a la que os invito debe echar sus raíces más profundas y buscar su alimento en la santa misa, el sacrificio de Cristo que nos salva. Debe inspirarse siempre en la Palabra de Dios, que ilumina el camino de nuestras vidas.

9. La Iglesia escucha continuamente el mismo sermón de la montaña pronunciado por Cristo. De generación en generación anuncia el Evangelio, que es también el Evangelio del trabajo.

En nuestra época este Evangelio se ha hecho actual, de un modo nuevo, ante los numerosos problemas del desarrollo socio-económico; ante los problemas relacionados con el capital, con la producción y distribución de los bienes, tan desproporcionada e injusta especialmente en algunas regiones del mundo.

Con la liturgia de nuestra celebración eucarística alabamos a Dios diciendo: “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2). Ante esto, el cristiano no puede perder la conciencia de que el nombre de Dios es grande sobre toda la tierra y de que él, en cuanto cristiano, así como todo hombre ha sido llamado a alabar este nombre. No puede olvidar que todos los programas de las economías humanas deben ordenarse, en definitiva, según esta Economía divina, que se realiza en su Reino. “Ya sabe vuestro Padre celestial, que tenéis necesidad de todo eso” (Mt 6, 32), nos dice el Señor, pero añade: “Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Ibíd. 6, 33).

Por intercesión de la Madrecita de Guadalupe, en este “Día de las Madres” pido a Dios abundantes gracias celestiales para todos vosotros, para vuestras familias y para todos los trabajadores de México, para todo el trabajo que se hace en vuestra gran Patria.

Así sea.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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