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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

SANTA MISA PARA LOS CAMPESINOS, LOS MINEROS Y LOS EMIGRANTES

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Zacatecas (México)
Sábado 12 de mayo de 1990

 

“¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6, 3).

1. Esta era la pregunta que se hacía la gente de Nazaret cuando Jesús comenzó a enseñar, un sábado, allí mismo en su tierra. Mientras Jesús cumplía su misión mesiánica, «la multitud, al oírle quedaba maravillada y decía: “¿De dónde le viene esto? Y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María...?”» (Ibíd. 6, 23)

.Sí, es cierto, Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre eterno que ha revelado la sabiduría divina a través de sus propias palabras, que ha revelado la potencia de Dios por medio de sus obras, ¡era el carpintero, nacido de María! De esta manera, el Hijo de Dios quiso hacerse semejante a todos los trabajadores, a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que transcurrís vuestros días dedicados a un trabajo duro y fatigoso.

El Hijo de Dios, ocupándose durante la mayor parte de su vida terrena, día tras día, en un trabajo manual, pone de manifiesto la gran dignidad del trabajo humano. Puede decirse, de algún modo, que éste es el primer evangelio que Cristo predica.

2. El Papa desea dirigirse hoy en particular a los trabajadores: a los campesinos, a los mineros, a todos los que con su actividad laboral son la base y el fundamento de la vida social del Estado de Zacatecas y a todos los que con su sudor cooperan cada día en la construcción de la República Mexicana. Saludo también a quienes os siguen siempre con especial afecto: al señor obispo monseñor Javier Lozano Barragán, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas. Mi saludo va asimismo a las autoridades y a todas las familias, a los pobladores de esta región y a los habitantes de esta hermosa ciudad de Zacatecas. Un poeta nacido en estas tierras deseaba que el Papa pudiera escuchar las campanas de la catedral: ya las he oído con gozo, como he oído también vuestros cantos llenos de alegría. Saludo igualmente a los venidos de diócesis vecinas como Guadalajara, San Luis Potosí, León, Querétaro, Celaya, Autlán, Ciudad Guzmán, Tepic y otras. A todos dirijo mi saludo entrañable colmado por el gozo de sentirnos íntimamente unidos en la fe y en el amor.

Quiero recordar también a quienes, por diversas circunstancias, han debido emigrar de esta tierra, viéndose obligados a buscar en otra su sustento. También Jesús, como muchos de vosotros o de vuestros compatriotas, hubo de emigrar de su tierra, siendo todavía niño, para huir de la injusta persecución de Herodes. Sí, el Señor sufrió también la injusticia de tener que abandonar su tierra.

3. “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios” (Hch 13, 46), hemos escuchado en la primera lectura de nuestra celebración eucarística.

Al igual que los Apóstoles en aquellos tiempos, la Iglesia de nuestros días es consciente de este deber. Es necesario proclamar la palabra de Dios a todos los hombres, porque Cristo, enviado del Padre, vino para ser luz del mundo, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra (cf. Hch 13, 47).

En una época como la nuestra, marcada profundamente por el dinamismo del trabajo humano, la Iglesia siente la urgente necesidad de proclamar la palabra de Dios, el evangelio, de modo particular a los hombres del trabajo y precisamente sobre el tema del trabajo. Los tiempos actuales reclaman de manera apremiante que siga anunciándose “el evangelio del trabajo”.

La Iglesia, atenta siempre a los signos de los tiempos, no ha dejado de anunciar el mensaje evangélico sobre el trabajo y los problemas relacionados con él. Por esto mismo, el Papa quiere hoy invitar a todos a acoger con alegría la palabra de Dios, el evangelio del trabajo, a redescubrir en Cristo, al Hijo de Dios, el carpintero, como modelo de vuestras vidas de trabajadores cristianos.

4. Como Pastor de la Iglesia universal vengo a visitaros, queridísimos hermanos y hermanas, para traeros un mensaje de esperanza, un llamado a construir una sociedad fundada en el amor, en la solidaridad, en la justicia. Al veros aquí, campesinos, mineros, hombres y mujeres del mundo del trabajo, mi corazón se eleva en acción de gracias por el don de la fe que, como gran tesoro supieron cultivar vuestros antepasados y que vosotros tratáis de encarnar en vuestras vidas y transmitir a vuestros hijos. Vienen a mi mente y a mi corazón aquellas palabras de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25). Hoy, en Zacatecas, entre vosotros, esta plegaria del Señor resuena con tono vibrante porque a los sencillos de corazón ha querido Dios manifestar las riquezas de su Reino.

Vosotros, campesinos, cumplís cabalmente el mandato del Señor de cultivar la tierra para que produzca los alimentos necesarios al sustento de todos. ¡Cuántos de vosotros pasáis toda la vida sometidos al duro trabajo del campo, recibiendo quizás salarios insuficientes, sin la esperanza de conseguir un día un pedazo de tierra en propiedad, con problemas de vivienda, de inseguridad social, preocupados por el porvenir de vuestros hijos! Y los que sois pequeños propietarios, ¡cuántas dificultades debéis de afrontar para obtener créditos suficientes con intereses moderados, cuántos riesgos hasta llevar la cosecha a buen término, cuántas dificultades para conseguir una mejor capacitación agrícola!

Ante este panorama, a muchos asalta la tentación seductora de marcharse a la ciudad donde, por desgracia, se verán obligados a aceptar condiciones de vida todavía mas deshumanizantes.

La solución a los nuevos problemas del campo requiere la colaboración solidaria de todos los sectores de la sociedad. Hoy el trabajo agrícola está vinculado a la comercialización de los productos, a su adecuada distribución, a los mecanismos económicos y jurídicos que deciden la política comercial a nivel nacional e internacional. Mas, no es justo que intereses de grupos, no tengan en cuenta las exigencias del bien común ni las necesidades cada día mas insoslayables de los campesinos, y pongan la ganancia a toda costa como única meta a conseguir.

5. Vosotros, mineros, lleváis las marcas de la dureza de la mina de donde extraéis los minerales que durante siglos han sido fuente de riqueza para México. En vuestros semblantes se dejan traslucir las señales de la soledad, de la fatiga, de las privaciones propias de una vida austera que ha forjado en vosotros un temple recio, capaz de resistir al cansancio, al sufrimiento y a la adversidad.

Conozco las dificultades de vuestra situación actual y quiero aseguraros que la Iglesia, como Madre solícita de todos, os acompaña en vuestras legítimas aspiraciones. Como ya indiqué en mi Encíclica sobre el trabajo humano «la Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como la verificación de su fidelidad a Cristo, para ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”» (Laborem exercens, 8).

Sed vosotros mismos, queridos trabajadores, asistidos siempre por vuestra fe en Dios y por vuestra honradez, por vuestro esfuerzo colectivo y apoyándoos en adecuadas formas de asociación para defender vuestros derechos, los artífices incansables de un desarrollo integral, que tenga el sello de vuestra propia humanidad y de vuestra concepción cristiana de la vida.

Los valores y actitudes del hombre del campo, de la mina, como son la sabiduría característica de quien está en contacto con la naturaleza, la capacidad de ser agradecidos y de compartir con los demás, la sencillez de vuestras costumbres, la piedad popular, especialmente, vuestra acendrada devoción a la Santísima Virgen, el amor a la familia, y el sentido transcendente de la vida son un tesoro que habéis de conservar y hacer fructificar en bien de toda la comunidad nacional.
Especialmente a lo largo de este último siglo, cuando más acuciantes se han hecho los problemas laborales, la Iglesia ha dejado oír su voz con insistencia, bien para denunciar la injusta degradación a la que en tantas ocasiones se ven sometidos los trabajadores, bien para proclamar la dignidad y el valor de todo trabajo humano. La Iglesia, también cuando habla sobre el trabajo humano, no cesa de proclamar la palabra de Dios.

6. El evangelio del trabajo nos enseña que cualquier labor humana, por difíciles que sean las circunstancias en que se realice, puede y debe ser fuente de progreso social y de maduración personal. Sí, vuestro trabajo, en el campo o en la mina, cualquier ocupación humana honesta, puede y debe ser ocasión para alabar a Dios y encontrar a Cristo. Sí, el trabajo debe ser instrumento de vuestro desarrollo humano y sobrenatural. Es el medio habitual que el hombre tiene para forjar también su destino eterno. Esta es la gran dignidad del trabajo humano.

El cristiano ha de contemplar con los ojos de la fe su propio trabajo. En él puede descubrir un horizonte de grandeza para la propia vida; a medida que pongáis en práctica el evangelio, comprenderéis que vuestra tarea habitual, en el campo, en la mina, allá donde desarrolléis vuestra actividad laboral, os conduce a la plenitud de vuestro existir cuando sabéis convertirla en ofrenda grata a Dios.

¡Haceos imitadores de Cristo! El es la luz para las naciones (cf. Hch 13, 47). Jesús de Nazaret, el carpintero, ilumina con su vida de trabajo vuestra vida de trabajadores cristianos. Vosotros, hombres y mujeres del mundo laboral, iluminad también vuestro ambiente de trabajo con la luz de Cristo y divulgad con vuestras vidas la palabra de Dios.

7. ¡Acoged el evangelio del trabajo! Sólo así sabréis afrontar las dificultades con espíritu cristiano, con decisión y valentía, esforzándoos por encontrar las soluciones mejores a los diversos problemas laborales. Con la valentía propia del cristiano que, sin admitir odios ni venganzas, sabe ser fuerte para cumplir cabalmente sus deberes y exigir el cabal cumplimiento de sus derechos. Con valentía cristiana, que no acepta el pesimismo ni la desesperanza; que impide refugiarse en el consuelo fácil de los placeres efímeros, como el alcohol, o la droga; que no recurre a falsas soluciones, cuyo único efecto es destruir la dignidad humana como la prostitución, la delincuencia o la complicidad con la corrupción; que rechaza cualquier ofrecimiento que implique colaborar en la difusión del mal para asegurarse una mejor posición económica.

Sabréis también de este modo, afrontar las dificultades laborales con sentido de responsabilidad, conscientes de que el presente y el futuro de vuestra Patria está también en vuestras manos y depende de vuestro trabajo. Vuestra tierra os pide un esfuerzo generoso, decidido, lleno de sana ambición para el momento actual y para el futuro.

8. “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él será para nosotros pan de vida”(Lit. Euchar., Offertorium) .

Con estas palabras alaba la Iglesia a Dios cada día en la liturgia eucarística, ofreciéndole el pan y el vino, fruto de la tierra, fruto de la vid, y del trabajo del hombre. Así la Iglesia presenta cada día a Dios el trabajo humano, el trabajo físico o intelectual, para que el Señor lo acoja junto con el sacrifico redentor el trabajo divino de su Hijo Jesucristo. El trabajo humano, al prolongar la obra creadora de Dios, unido al sacrificio de Cristo, es convertido por El en fuente de vida eterna.

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Son palabras de la liturgia de hoy. Ciertamente Dios ha hecho maravillas, destinándolas a todos los hombres. Por eso todos nosotros hemos de cantar al Señor. Y hemos de cantar un cántico nuevo, el canto de nuestro trabajo que presenta a Dios los dones recibidos de sus manos, transformados por nuestro esfuerzo.

“Cantad al Señor un cántico nuevo” (Sal 97 [96], 1).

Con vuestro trabajo diario, ¡cantad al Señor!

Desde el campo, desde la mina, con vuestro esfuerzo, con vuestro sudor, con vuestra vida de trabajo sacrificada y alegre, ¡cantad al Señor!

Con vuestra vida entera de campesinos cristianos, de mineros cristianos, de emigrantes cristianos, ¡cantad al Señor!

¡Alabad al Señor con vuestras vidas todos los trabajadores mexicanos!

9. “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6, 3).

Sí, Jesús, aquel carpintero de Nazaret, es el hijo de María. Para vosotros, trabajadoras y trabajadores de México, María es también vuestra Madre.

Que desde sus santuarios, y particularmente desde su sede de Guadalupe, María vele sobre el trabajo de todos sus hijos e hijas mexicanos. Que Ella os acerque, a vosotros y vuestro trabajo, a su Hijo, el Carpintero. Este Carpintero de Nazaret es el Redentor del hombre. El es el Salvador del mundo.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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