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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO

SANTA MISA PARA LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 10 de octubre de 1992

 

“Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1P 2, 9).

Amados sacerdotes, religiosos, religiosas,
miembros de vida consagrada y contemplativa:

1. Reunidos en torno al altar en esta catedral primada os saludo en el Señor con estas palabras del apóstol san Pedro, dirigidas a los primeros cristianos. En efecto, todos estáis llamados a anunciar con vuestra vida y ministerio a Jesucristo, el que ha iluminado con la luz de la verdad a los pueblos de América, haciendo de ellos un sacerdocio real y una nación santa por medio del bautismo.

Nos encontramos en este templo ante la “Cruz de la Evangelización” y ante el primer cuadro de la Santísima Virgen traído a América: Nuestra Señora de la Antigua. Es como si estuviésemos en el Cenáculo de Jerusalén, donde los discípulos se reunieron “con María la Madre de Jesús” (Hch 1, 14), “para implorar al Espíritu y obtener fuerzas y valor para cumplir el mandato misionero” (Redemptoris missio, 92).

En vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, saludo a cuantos en América Latina dedican generosamente su vida a la edificación del Reino de Dios. Abrazo con afecto a todos los ministros de la evangelización, hombres y mujeres, que en los lugares más remotos de este Continente de la esperanza hacen presente el mensaje de salvación, sembrado hace cinco siglos en el alma noble de los pueblos de América. Al mismo tiempo, deseo manifestar a todos mi gratitud por la labor sacrificada con la que, “como piedras vivas” (1P 2, 5), construís día a día la Iglesia, difundiendo la Palabra de Dios y administrando los sacramentos que santifican. Gracias por vuestra labor pastoral en los diversos campos, como son la catequesis, la educación, la salud, la promoción humana, la pastoral familiar, las vocaciones, la enseñanza, los asilos, los hospitales y allí donde hacéis tangible y cercana la presencia de la Iglesia entre los más pobres y abandonados.

Mi saludo fraterno se dirige igualmente a todos los Señores Obispos aquí presentes y, en especial, al Episcopado de este entrañable país que nos acoge para conmemorar el V Centenario de la Evangelización del Continente.

2. Las palabras del Evangelio nos han recordado los comienzos de la predicación de Jesús, el anuncio del Reino, el sermón de la montaña. Un anuncio de felicidad y de gozo: las bienaventuranzas, código del seguimiento de Cristo, expresión de la novedad que el Hijo de Dios, como nuevo Moisés, proclama con autoridad. Junto al Maestro estaban sus discípulos que, dejándolo todo, le habían seguido. Ellos acogían sus palabras como primeros destinatarios de la Buena Noticia que habían de anunciar por todo el mundo.

Hoy se cumple también esta Escritura. Junto al Señor, presente en medio de nosotros, estamos reunidos para escuchar las palabras de vida que nos convocan a la misión. Estoy firmemente convencido de que el futuro de la nueva evangelización en América Latina depende principalmente de la entrega y fidelidad de los sacerdotes y religiosos, que a imitación de los discípulos del Señor, “lo dejaron todo y le siguieron” (Lc 5, 11) para “estar con él y para ser enviados a predicar” (Mc 3, 14).

El programa de vida –que para el discípulo del Señor son las bienaventuranzas que hemos proclamado– exige una renovación espiritual fundada en el seguimiento radical de Cristo Sacerdote, Maestro y Buen Pastor. Se trata de hacer de la propia vida un don, una oblación a Dios, que nos llama a construir el edificio espiritual que es la Iglesia.

Éste es el sentido de la exhortación de san Pedro contenida en la primera lectura: “Vosotros, como piedras vivas, entrad en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2, 5).

3. Estas palabras, dirigidas a los cristianos de la Iglesia naciente, vinieron a ser una realidad para los habitantes de estas tierras, cuando hace cinco siglos el mensaje de salvación fue anunciado por primera vez. Todos ellos fueron llamados a formar parte del edificio espiritual que es la Iglesia, cuya piedra angular es Cristo Jesús. El Evangelio fue proclamado por abnegados misioneros –la mayor parte de ellos pertenecientes a órdenes religiosas– y lo que antes eran sólo “semillas del Verbo” (cf. Lumen gentium, 16; Ad gentes, 2) se convirtió por la acción del Espíritu, en un árbol frondoso, que hunde sus raíces en el corazón de los hombres y de los pueblos latinoamericanos.

Hasta este Continente llegó el Evangelio de las bienaventuranzas, el anuncio de Cristo Crucificado y Resucitado, de su dolor solidario y liberador, camino hacia un nuevo cielo y una nueva tierra donde no habrá más lágrimas, ni muerte (cf. Ap 21, 1.4). “La bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres” (Tt 3, 4) han sido proclamados en estas tierras. En los surcos abiertos de su historia, la semilla del Evangelio, regada por la sangre de los mártires, fructificó en un pueblo creyente que acogió al Señor de la Vida, y “la fe pasó a ser constitutiva de su ser y de su identidad” (Puebla, 412), como lo demuestran cinco siglos de vida cristiana.

Hoy la Iglesia tiene que afrontar nuevos desafíos a los que tiene que dar una respuesta desde el Evangelio. Por ello, con amor de padre y pastor, me atrevo a preguntaros: ¿Qué estáis haciendo, queridos sacerdotes, para que este V Centenario sea un tiempo de gracia en el que el mensaje de salvación penetre profundamente en la vida de los individuos, de las familias, de la sociedad? ¿Cómo estáis contribuyendo, amados religiosos y religiosas, a las tareas de la nueva evangelización con vuestro testimonio de seguimiento radical a Cristo en la práctica de los consejos evangélicos?

4. Vosotros, sacerdotes, estáis llamados a dar la Palabra de vida, los sacramentos, el amor y la gracia de Cristo. Esto es lo que esperan los fieles y la Iglesia os pide: que seáis sacerdotes íntegros. En palabras de san Pablo: “Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Co 4, 1). Vuestra fidelidad se enmarca, pues, en el misterio de la Iglesia en la que Jesús está presente y operante para la salvación del mundo. Él nos ha llamado a ser sus ministros, nos ha consagrado en modo peculiar y nos envía a predicar (cf. Mt 28, 19; Mc 3, 13-14). Por ello, el ministerio de la Palabra es nuestro primer deber, nuestra obligación más apremiante, “lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal” (Evangelii nuntiandi, 68).

Os exhorto, pues, a que vuestra predicación se inspire siempre en la Palabra de Dios, transmitida por la Tradición y propuesta autorizadamente por el Magisterio de la Iglesia. Hablad con valentía, predicad con fe profunda y alentando a la esperanza, como testigos del Señor Resucitado. No os consideréis maestros al margen de Cristo (cf. Mt 23, 8) sino testigos y servidores que, como nos lo recuerdan las palabras del Pontifical Romano en la ordenación de los presbíteros, “creen lo que anuncian, enseñan lo que creen y practican lo que enseñan” (Pontificale Romanum. «In presbyterorum ordinationem»).

Sed fieles también a vuestro ministerio de santificar, pues habéis recibido “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1, 8) para ser testigos de Cristo e instrumentos de la vida nueva. El Concilio Vaticano II afirma con insistencia que la misión esencial del sacerdote se halla en la Eucaristía (cf. Lumen gentium, 28). A través de la Eucaristía la redención de Cristo toca el corazón de cada hombre transformando la historia del mundo. El misterio eucarístico, intensamente vivido, reforzará vuestra voluntad de servicio a los hermanos, os hará descubrir la importancia de los demás sacramentos y encontraréis fuerza para dedicaros a la confesión y a la dirección espiritual. Para cumplir adecuadamente este ministerio, es imprescindible vuestra misma experiencia personal del sacramento de la reconciliación, por medio de vuestra confesión frecuente. La gozosa experiencia de ser perdonados por Cristo alimenta el deseo de ofrecer a los otros su perdón.

El amor llevó a Jesús a entregarse en oblación por nosotros: “Por ellos me consagro yo” (Jn 17, 19). También nosotros, como Jesús y con Él, hemos de dar la vida por los demás (cf. ibíd., 10, 119. Por esto, la caridad pastoral del sacerdote, alimentada por la pobreza, la castidad y la obediencia, es como un signo sacramental del amor del Buen Pastor.

5. Vosotros, religiosos y religiosas, estáis llamados a ser signos luminosos de las realidades del Reino de Dios en su dimensión escatológica (Perfectae caritatis, 1) y testigos del espíritu radical de las bienaventuranzas: la pobreza de espíritu, la mansedumbre del corazón, las lágrimas del dolor y de la compasión, el hambre y la sed de justicia, la misericordia y la pureza de corazón, el compromiso por la paz verdadera e incluso la persecución por el nombre de Cristo.

En medio del Pueblo de Dios que peregrina en América Latina, tan cercano a la experiencia de las bienaventuranzas evangélicas, debéis ser heraldos de los ideales proclamados por Jesús en el sermón de la montaña. Sed luz que ilumine, sal que no pierda su sabor. Cuanto más intensa sea vuestra tarea apostólica, tanto más eficaz debe ser el testimonio de vuestra consagración a Cristo. Cuanto más comprometida sea vuestra animación de las realidades temporales, tanto más debéis aparecer en vuestras acciones como personas que han optado por un irrevocable seguimiento de Cristo, pobre, obediente y casto. Como se afirma en la Constitución Lumen gentium, “los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas” (Lumen gentium, 31). En efecto, ¿qué signo más profético e interpelante para el mundo que el de una existencia dedicada exclusivamente al Señor y a su mensaje?

6. En vosotros, además, se manifiesta la variedad de carismas del Espíritu en la vida de la Iglesia, los cuales representan una gran riqueza en las tareas de la nueva evangelización. ¡Permaneced fieles al espíritu de vuestros Fundadores! ¡Mantened una estrecha comunión con los Obispos, sucesores de los Apóstoles y responsables de toda la acción pastoral en las diócesis!

Por otra parte, la colaboración entre los diversos Institutos no debe apagar ni desvirtuar la originalidad de los distintos carismas, pues todos ellos son de inestimable valor cuando se viven como expresión de unidad y complementariedad en el mismo Espíritu. De esta manera, ellos servirán para reforzar la ayuda mutua, la comunión afectiva y efectiva con los Pastores, evitando cuidadosamente que vuestra actividad apostólica se desarrolle “al margen de la jerarquía o que ignore sus orientaciones pastorales” (Los caminos del evangelio, 22).

En vuestra acción apostólica no os dejéis deslumbrar por la idea de que todo queda resuelto con la denuncia de los males que obstaculizan o impiden el desarrollo social; ni siquiera con la noble voluntad de compartir la suerte de los desheredados, con lo que muchos religiosos y, sobre todo, religiosas se han ganado un justo reconocimiento. Seguid colaborando en la pastoral sanitaria, instrumento muy válido de evangelización por la particular cercanía con los enfermos y sus familiares, y que ha sido pionera de los mismos servicios hospitalarios públicos. ¡Valorad también el apostolado en vuestros centros de formación, en las escuelas y universidades para formar profesionales y dirigentes con sólidas convicciones y actitudes cristianas! Ésta es también una forma de expresar el verdadero amor por los pobres.

Que no falte tampoco el aporte tan necesario de los Institutos Seculares, con su prometedora presencia y misión en América Latina, para ser fermento de renovación en medio de la sociedad y orientar hacia Dios las realidades temporales.

7. Vuestra decidida voluntad de renovación personal y comunitaria os ha de llevar a una seria reflexión para conseguir la unidad de vida en la acción y en la contemplación. En medio del trabajo y de las tareas apostólicas habéis de sentir la necesidad de reservar tiempos especiales e irrenunciables a la intimidad con el Señor. La contemplación conduce a la acción apostólica y ésta ayuda a valorar la importancia de los momentos dedicados explícitamente a la plegaria. Jesús ha de ser buscado y encontrado allí donde Él os espera: en la Eucaristía, en la Palabra, en los Sacramentos, en la vida comunitaria, en los hermanos y hermanas que servís con amor y con quienes se comparte la existencia según el espíritu de las bienaventuranzas.

¡Qué inestimable riqueza es para la Iglesia y para el mundo la oración intensa y callada de las almas contemplativas! En esta ocasión quiero dirigir un saludo especial a las Órdenes contemplativas de toda América Latina. Para consuelo de todos, puedo constatar que cuando visité por primera vez Santo Domingo, había un solo monasterio femenino de vida contemplativa. Ahora son ya siete, lo cual es un signo del resurgir de las vocaciones en el Continente y debe ser también una respuesta a mi invitación a colaborar en su implantación en otras Iglesias más necesitadas o más jóvenes, ya que los monasterios ofrecen “un preclaro testimonio entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, así como de unión con Cristo” (Redemptoris missio, 69; Ad gentes, 40)). Os aliento, pues, en vuestro espíritu evangélico, que es eminentemente contemplativo y misionero. Unid vuestra oración perseverante a la de María Santísima. Haced de vuestros monasterios Cenáculos vivientes, donde se invoque la efusión del Espíritu, en un continuo Pentecostés sobre la Iglesia y el mundo. La historia salvífica de los quinientos años de fe en América Latina no hubiera sido tan rica de gracias sin la presencia de tantas vidas que, desde el silencio del claustro, han fecundado la acción evangelizadora de la Iglesia.

8. A todos los aquí presentes y a cuantos, en los diversos campos de la pastoral y de la acción apostólica en América Latina, colaboran estrechamente con los Obispos en la ingente tarea de la nueva evangelización, os exhorto a ser luz y sal que ilumine y dé sabor de virtudes cristianas a cuanto os rodea. Vuestra experiencia testimonial como sacerdotes o personas consagradas ha de ser siempre evangelizadora, para que los necesitados de la luz de la fe acojan con gozo la palabra de salvación; para que los pobres y los más olvidados sientan la cercanía de la solidaridad fraterna; para que los marginados y abandonados experimenten el amor de Cristo; para que los sin voz se sientan escuchados; para que los tratados injustamente hallen defensa y ayuda.

Saludo, finalmente, a los jóvenes seminaristas y aspirantes a la vida religiosa de este país y de todo el Continente. Me alegra saber que aumenta el número de candidatos en los seminarios y en las casas de formación. A todos aliento a proseguir con generosa entrega el camino emprendido en plena fidelidad a la propia vocación, a Cristo y a la Iglesia. Dedicaos intensamente a vuestra formación; sed austeros, humildes, obedientes; cultivad las virtudes humanas, tan necesarias hoy en día para el ministerio pastoral y, sobre todo, cimentad vuestra vocación sobre un gran amor personal a Cristo Eucaristía y una “fiel confianza en la Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como Madre al discípulo” (Optatam totius, 8).

A los diáconos permanentes deseo animarles a una generosa dedicación a las comunidades a las que sirven como discípulos del Señor Jesús.

9. “Vosotros sois piedras vivas...” (cf. 1P 2, 5). Las palabras del Apóstol resuenan en esta catedral con la intensidad del momento que estamos viviendo: la celebración eucarística por la Santa Iglesia de Dios. Vosotros sois piedras vivas de la Iglesia, escogidas y talladas por el Señor, unidas las unas a las otras en la firmeza de la verdad y en la comunión eclesial del amor, apoyadas en la piedra angular que es Jesucristo, fundamento último de vuestra fe y motivación suprema de vuestra vida.

Jesucristo y la Iglesia tienen que ser la pasión de vuestra existencia. No se puede amar y servir a Cristo si no se ama a su Iglesia, a sus pasto res y a sus fieles. ¡Sed “piedras vivas” de la Iglesia de Latinoamérica!

Que la Virgen María, la primera evangelizadora del Continente, os confirme y aliente en el amor de Cristo para ser siempre testigos del Evangelio de las bienaventuranzas. Amén.

Es mi deseo anunciar con gozo que Monseñor Antonio Camilo González es el nuevo Obispo de la Vega.

Presento, por tanto, mis férvidos votos al nuevo Pastor y mi felicitación al Episcopado Dominicano, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles de la Vega, junto con la seguridad de mi oración al Señor para que haga muy fecundo el ministerio del nuevo Pastor.

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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